El pintor ciego

Crónica ficción

Me contó lo que sentía cuando dibujaba. Consideraba que la pérdida de uno de los sentidos podía constituirse en una ventaja. Amaba el olor del papel, la rugosa textura de su superficie; decía que podía oír el sonido del grafito deslizándose y sentir la imperceptible resistencia que oponía la granulosidad a la mina finísima que usaba para dibujar.

Pintor ciego

Una tarde hace ya mucho, en el café de la esquina de la redacción, alguien me dijo que yo debería hacerle una nota al pintor ciego. Me causó gracia y lo tomé como una broma o una trampa, pero no era tal. Nelson Rafecas, el artista uruguayo al que llamaban así, en verdad había sido pintor, pero después del accidente automovilístico que le ocasionó su ceguera dejó de pintar. Desde entonces se dedicó a dibujar —con muchísimo éxito—, pero la gente lo seguía llamando el pintor ciego. Él se reía de eso, como de casi todo. Cuando supe más acerca de él me picó la curiosidad y viajé a Montevideo a conocerlo. Vivía en un departamento pequeño en la calle Maciel, en plena Ciudad Vieja, muy cerca del hospital en el que trabajaban los enfermeros asesinos que habían matado a decenas de internados no hacía mucho tiempo. Era una persona cálida y de conversación amable, alto, barbado, parecía un cantor campero. Me gustó enseguida su manera de ver la vida. No de ver, que no es la manera más adecuada de decirlo, sino de entenderla, de relacionarse con ella. Rafecas me contó lo que sentía cuando dibujaba. Consideraba que la pérdida de uno de los sentidos podía constituirse en una ventaja, en su caso había sido así. Amaba el olor del papel, la rugosa textura de su superficie; decía que podía oír el sonido del grafito deslizándose y sentir la imperceptible resistencia que oponía la granulosidad a la mina finísima que usaba para dibujar. Podía sentir, en el lápiz que hacía contacto con el papel, la diferencia entre una parte dibujada y otra en la que el papel estaba en blanco, y así nunca dibujaba sobre lo ya dibujado. Las imágenes que producía eran inclasificables, paisajes de otro mundo, filigranas barrocas que tanto podían ser un bosque de flora demencial o una foto de tejido animal tomada con microscopio electrónico. Y balanceando esa proliferación de líneas y sombras, zonas en blanco iluminadas únicamente por algún detalle, un pequeño dibujo que, como un pequeño ser, era el único testigo y habitante de ese microcosmos. Un prodigio de belleza y de misterio. Le comenté mis impresiones después de ver varios dibujos, todos hechos a lápiz en grandes hojas de formato rectangular, entonces Rafecas estalló en una carcajada carrasposa.

Enseguida me dijo:

—No te lo tomes tan a pecho. La gente decía que estaba loco cuando dije que, ya que me había quedado ciego, me iba a dedicar al dibujo, pero viste que la gente dice cualquier cosa. Yo descubrí una nueva dimensión en mi arte, algo que ni siquiera había intuido de mí. Me di cuenta de que antes solamente había arañado la piel del monstruo, pero ahora estoy metido dentro de la cosa hasta los huevos. Qué me importa que no lo entiendan, fijate que me llaman el pintor ciego, y resulta que los ciegos son ellos.

Las imágenes que producía eran inclasificables, paisajes de otro mundo, filigranas barrocas que tanto podían ser un bosque de flora demencial o una foto de tejido animal tomada con microscopio electrónico. Y balanceando esa proliferación de líneas y sombras, zonas en blanco iluminadas únicamente por algún detalle, un pequeño dibujo que, como un pequeño ser, era el único testigo y habitante de ese microcosmos.

Bajé con él a tomar cerveza en un bar de la cuadra y cuando volví a Buenos Aires empecé a escribir mi nota. Como nadie me la había encargado no tenía fecha de entrega, de modo que la encaré sin apuro, con parsimonia.

Últimamente Rafecas, además de sus trabajos en papel, estaba dibujando en la calle. Se hacía llevar por algún amigo a cualquier lugar de la ciudad en el que hubiera una pared blanca lo suficientemente grande para dibujar. Primero medía la pared abriendo los brazos, como queriendo abarcarla. Después pasaba sus manos por la superficie, acariciándola, para conocer la textura, las irregularidades y detalles, y por fin empezaba a dibujar siguiendo una dirección. Lo hacía desde el ángulo superior izquierdo y a medida que dibujaba iba avanzando en diagonal hacia abajo y hacia la derecha. Dibujaba con lápices de carbón y después de concluido, si alguien pintaba un graffiti encima o le daban una mano de pintura, lo tenía sin cuidado. Decía que eran regalos para la ciudad y ella podía hacer lo que quisiera con sus dibujos. Una vez había terminado uno de ellos y cuando se iba, un vecino, mirando el cielo nublado y amenazante, le dijo:

—Maestro, la lluvia se lo puede borrar.

Él le contestó:

—¿Y a mí qué carajo me importa? Ya lo hice.

Y se fue a un bar para tomar su cerveza.

Tiempo después Rafecas vino a pasar unos días a Buenos Aires, me avisó antes de llegar y me dijo que quería hacer un dibujo en esos días que iba a estar aquí. Tenía que conseguirle una buena pared. Y justamente cerca de mi casa, tapiando un baldío había una pared perfecta para eso, solamente le hacía falta una buena mano de pintura, que me comprometí a darle yo mismo. Me pareció perfecto para mi nota, una pequeña relación del artista trabajando en la calle.

Ese sábado me puse un mameluco, preparé el enduido, la espátula y la lata de pintura, el rodillo y el pincel y me fui a mi pared. En cuanto llegué me dediqué a inspeccionar las irregularidades. No estaba en tan malas condiciones, pero tenía que pensar en una superficie plana, apta para dibujar. Estuve un rato aplicando enduido para tapar agujeros y rellenar huecos. Después empecé con la pintura. Trabajé todo el día y el resultado fue impecable: la pared había quedado muy prolija. Le avisé a Rafecas que ya tenía dónde dibujar. Quedamos en que al otro día me pasaría a buscar por mi casa con un remis y nos iríamos juntos al paredón. A las dos de la tarde el remisero estaba tocando el timbre en casa, salí y subí al auto donde estaba Rafecas, que me dijo:

—Hola, compañero, cuando terminemos venimos a tomar mate, ahora vamos a ver esa famosa pared.

Y despachó su carcajada carrasposa.

Enseguida llegamos. Rafecas había llevado una valijita y una silla plegable, que abrió para apoyar la valija. Entonces se acercó a la pared y yo me alejé para dejarle todo el espacio libre. Primero recorrió la superficie a lo largo apoyando su mano izquierda en el extremo superior de lado a lado, y después la recorrió con las palmas abiertas, desde arriba hacia abajo, en toda su extensión. De vez en cuando se detenía en alguna zona, para comprobar una rugosidad más pronunciada o alguna saliente. Entonces se volvió hacia mí y me dijo:

Pencil-Drawing

—Hiciste un buen trabajo, es una hermosa pared. Pero me parece que es un poco arisca, voy a necesitar un favor. Precisaría carbón, como el que ustedes usan acá para hacer los asados; quiero empezar dibujando con trazos bien gruesos y hacerle saber a esta señora quién es el que manda. ¿Me podrías conseguir una bolsa? Yo solamente traje carbonilla y lápices, pero nada tan contundente.

Fui hasta el supermercado chino de la esquina y traje una bolsa de carbón. Se la alcancé a Rafecas y la rasgó, agarró una piedra y me pidió que lo ubique en el borde izquierdo de la pared. Una vez allí, atacó. Comenzó haciendo grandes trazos verticales muy sueltos y de distinta altura, que se juntaban un poco en su base. De su mano saltaban pequeños pedazos de carbón que parecían chispas negras y volaban cerca de su rostro concentrado. Enseguida esa piedra estaba consumida y agarró otra con la que comenzó a trazar varios semicírculos rodeando la base de los trazos verticales, parecían ondas en el agua. Me pareció que estaba dibujando juncos en una laguna, pero decidí no distraerme buscando referencias de la realidad y dedicarme solamente a mirar. Los movimientos de Rafecas eran enérgicos, decididos y, al mismo tiempo, muy sueltos. Después hizo, por encima de los juncos, es decir de los trazos verticales, unas líneas zigzagueantes y enmarañadas con un trazo más suave y menos grueso, apretando menos el carbón. Así siguió dibujando hacia la derecha llenando de a poco la superficie. En un momento dejó el carbón y tomó unas carbonillas más pequeñas que tenía en su valijita. Hacia el medio de la pared creó una zona de frondosidad vegetal. Yo seguía viendo un paisaje, no lo podía evitar. Pero era un paisaje insinuado, evocado de manera un poco distante. Rafecas era un talento, su manera de moverse, de interactuar con la pared… Y de su mano derecha iba saliendo toda una filigrana enloquecida de animales fantásticos ocultos entre plantas imposibles. Rayos de intenciones contenidas, impulsos eléctricos conectando luces con sombras. Yo trataba de concentrar mi atención al extremo, a veces en el todo y a veces en algunas partes, detalles o zonas que me atrapaban la mirada. Quería conservar en la memoria ese proceso. Un par de veces me pareció que me mareaba ante tanta exuberancia. Rafecas no paraba, seguía avanzando inexorable hacia el borde derecho de la pared; parecía poseído, desbordaba energía. Yo nunca lo había visto trabajando, mis sensaciones cambiaban a medida que la imagen cambiaba, la pared se transformaba continuamente y lo mismo me iba pasando a mí por dentro. Vi que Rafecas sudaba y respiraba agitadamente, se iba acercando al final de la superficie y él parecía saberlo. Por momentos resultaba difícil creer que realmente fuera ciego. Entonces, antes de llegar al borde derecho, me pidió que le alcanzara otra vez los carbones y terminó con nuevos trazos gruesos, enérgicos y decididos; eran como tajos en el blanco con grandes pedazos de carbón que se rompían en el trayecto. Fueron tres sablazos con su brazo derecho y entonces dejó caer el carbón y se detuvo, por fin.

Rafecas no paraba, seguía avanzando inexorable hacia el borde derecho de la pared; parecía poseído, desbordaba energía. Yo nunca lo había visto trabajando, mis sensaciones cambiaban a medida que la imagen cambiaba, la pared se transformaba continuamente y lo mismo me iba pasando a mí por dentro. Vi que Rafecas sudaba y respiraba agitadamente, se iba acercando al final de la superficie y él parecía saberlo.

—Ya terminé.

Entonces tomó un lápiz de carbón, se agachó y estampó su firma.

Sólo atiné a decirle:

—Nelson, esto que hiciste es una maravilla.

—¿Así que quedó bien, che? Qué lástima que no puedo verlo. Bueno, ahora vamos a tomar mate.

Recogió sus cosas, cerró la valija, plegó la sillita y nos fuimos caminando. Cada tanto me daba vuelta para mirar de lejos el dibujo. Rafecas no.

Las medialunas que había dejado preparadas en casa, calentadas apenas en el microondas, emanaban un aroma irresistible. Rafecas las atacó con voracidad, esgrimiendo la excusa inobjetable de tener que reponer fuerzas por la energía gastada en su dibujo. Cuando hizo una pausa en la deglución se puso a hablarme de un tipo específico de virus que afectaba a algunos artistas. El virus yoyoico, lo llamó.

—Produce una hipertrofia del yo, del ego. El tipo se empieza a hinchar, a estar cada vez más repleto de sí mismo y se va inflando como un globo, pero un globo pesado, lleno de mierda. Yo lo percibo a menudo, y muchas veces me ha dado miedo de estar presente cuando estallen por fin; me imagino esas películas de clase B en que los extraterrestres explotan y te enchastran de una sustancia pegajosa de color verde, que te cuesta sacarte de encima porque se adhiere a tu piel.

Yo me reí con ganas y Rafecas me reclamó:

—Pero, digo yo, ¿nunca me toca un mate a mí?

Más tarde se fue al hotel y esa noche regresó a Montevideo, yo me quedé con la sensación de que no podría escribir la nota que pretendía, que se me escapaba lo más importante que quería contar. Al otro día fui a ver la pared con el dibujo.

Las pocas personas que pasaban lo miraban con curiosidad y atención. La pared dibujada era como una criatura nueva en el barrio, una presencia silenciosa pero potente. Había muchas cosas en ese dibujo. Había voluntad, la voluntad de hacer algo nuevo y la imaginación manifestada en acto. Energía. Movimientos y ritmos, algo que me hacía pensar en música. La imagen parecía decir muchas cosas y al mismo tiempo no decir nada, ser una figura muda. Todas eran insinuaciones, o cosas que se escuchaban adentro de uno al mirarla. Recordé a Rafecas haciéndolo, sus movimientos, parecía que el dibujo le fuera brotando desde el interior del cuerpo. Fue un baile de Rafecas tocando la pared. Como si hubiera bailado un tango con la superficie blanca y lo que había quedado dibujado fueran las huellas. Del movimiento y de lo que sintieron los bailarines: las emociones, los deseos, el impulso de proyectarse en el otro y a la vez la contención de ese impulso. Intenciones y retraimientos. Rectas y curvas, afirmaciones y dudas. Todas esas cosas conviviendo juntas en un mismo plano. El final del dibujo, hacia el borde derecho de la pared, parecía estar subrayado por los tres últimos trazos verticales, gruesos y vigorosos, como tres signos de afirmación cerrando una frase.

Entonces me paré en la vereda de enfrente y pensé: Nelson, sos un hijo de puta, y me fui de vuelta a casa a ver si daba pie con bola con la dichosa nota. ®

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Publicado en: Marzo 2013, Narrativa


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