El sello de agua

Nadie en el hotel vio nada

uno. Al mediodía supo…

Era pasado el mediodía cuando pidió que le estamparan el sello de tinta en el dorso de la mano derecha. Esa marca de tinta, que creyó indeleble, le dijo el chico de la puerta, le duraría todo el día, que no necesitaría lavarse —con sus propios orines para borrarla, como es el caso de la usada en las elecciones federales, pensó—, más que con agua y jabón. El sello, según apreció, eran las iniciales Expo Guadalajara (EG) o FIL. Ya con la marca impresa pudo salir a fumar con la garantía de regresar al espacio dedicado a la lectura y sin necesidad de comprar otro boleto.

dos. Supo también…

Tuvo la corazonada de que esa tarde conocería a alguien, que era cuestión de abrirse a la posibilidad. Pasadas las cuatro de la tarde decidió abordar el camión de pasajeros Premier que lo acercaría a su hotel para dejar la carga de libros encontrados y adquiridos para llevar de vuelta a casa. Se apeó en la parada más cercana al templo de San Francisco. Muy cerca de ahí entró en un restaurante de bufete asiático. Compartió mesa con una pareja joven que le abrió espacio. En el hotel se cambió de ropa, entró al baño y antes de enjuagarse el rostro tuvo cuidado de no mojarse el sello del dorso, que permanecía igual. Ese día, desde temprano, trajo entre ceja y ceja el propósito de encontrar dos trusas rojas: una para Nochebuena y otra para la noche de san Silvestre. Sabía que si el fin de año se acercaba más sólo encontraría en las tiendas departamentales de su pueblo bóxers con la estampa de Homero Simpson, cuyo sentido del humor le resultaba inocuo y su figura tonta. Llegó a la entrada de la tienda de ropa que el verano pasado conoció cuando fue a buscar bermudas sin encontrar las de su talla y color deseado. Entró y de inmediato halló las prendas procuradas en menos de veinte minutos.

tres. A medida que…

Conforme fue acercándose al edificio del hospicio Cabañas empezó a escuchar los acordes que primero lo remitieron a una canción de Lila Downs. Pero ya más cerca le pareció que era un CD de Jaramar, “Lenguas” o “A ras de tierra”. Vio que cerraban el museo. El guardia al que abordó le informó que cerraron un poco más tarde para atender a un grupo de turistas. Pero que la hora de cierre era más temprano, dijo mientras veía el reloj. Para probar su suerte todavía le preguntó por el cine porno. El uniformado señaló con la vista en dirección al mercado, donde hay una pequeña explanada, le dijo, ahí está el cinema con películas para gente de “amplio criterio”. Hacia allá dirigió sus propósitos.

cuatro. Cuando abandonó el lugar…

Salieron juntos de la sala con dirección al hotel. Aprovecharon el trayecto para conversar de todo y de nada. Como abandonaron el cine, entraron en la habitación alquilada, juntos. En ese momento la recepcionista atendía a un grupo de inquilinas como si ella fuese la anfitriona, dispuesta y de excelente humor. Entregó la llave con la eficiencia de un lugar donde se interesan por complacer y atender al huésped. Hubo un episodio que le contó su invitado, que todavía recuerda. A Juan, su compañero de trabajo, le sucedió y así se lo narró. Juan aceptó la invitación al hotel de un recién conocido al que abordó en el centro de la ciudad. El hotel estaba cerca y aprovecharon el trayecto para conocerse. Ya desnudos ambos y en la cama Juan se sintió observado. Eran dos desconocidos que ahí estaban, como recién materializados. Uno le tiró un puñetazo, ataque al que Juan respondió con otro. Luego recibió un puntapié con calzado y otro golpe bajo; él cree que su nuevo amigo se unió a golpearlo con los desconocidos. Luego lo arrastraron al baño y le dijeron que lo colgarían del tubo con una sábana mojada. Ahí quedó inconsciente. Cuando despierta se encuentra sin ropa, sin zapatos y solo. Cubierto con una toalla baja a la administración, donde le facilitan ropa y le ofrecen que ponga una demanda. Nadie en el hotel vio nada ni supo nada.

cinco. Salieron juntos…

También abandonaron juntos el hotel. Aún había tiempo de alcanzar el tren rápido. Todavía se entretuvieron en una esquina a intercambiar datos, propósitos y promesas. A escuchar revelaciones familiares, conflictos con la pareja y un fondo de soledad e insatisfacción persistentes. Viene luego la despedida y la separación. Cerca hay un bar a donde entra en busca del sanitario. Luego de cuatro cervezas se va al hotel. Solo.

seis. Luego del baño…

Cuando termina de secarse pasa la toalla sobre el vapor del espejo. Ahí, en el cuello, del lado izquierdo, ya es lunes, encuentra dos huellas rojizas, una variante de recuerdo del encuentro del sábado. Luego se busca el sello impreso el mismo día sábado en el dorso de la mano. Pero la marca del sello de agua ya se desvaneció, sin percatarse del día ni de la hora. ®

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Publicado en: Diciembre 2012, Narrativa


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  • Javier Contreras

    Una incesante variación de lo que sucede y de lo que se sabe. Un trozo de la vida en esta cárcel llamada cotidianeidad; las sinrazones de la razón y el extravío del corazón que apenas deja huella (dos chupetes cerca de la vena cava inferior) y un eterno peregrinar llevando en el equipaje la sensación de la muerte.

    Una abstracción de vida que es pasada por una ausencia voluntaria y absoluta del dolor. El sabor en los labios de la derrota personal en cada lance resistencial.

    Bien poeta.

  • Sergio Ortiz

    La historia vivida, repetitiva una y mil veces del mundo gay en atmósferas de soledad e infelicidad individual y una carga de violencia que flota en el ambiente provocada por razones a veces estúpidas y otras provocadadas por situaciones sociales no resueltas, el pan de cada dia en el vivir diario de la vida. Uriel Martinez (autor de esta historia) ojo receptor de realidades atroces.