El vacío y el aburrimiento

Vivir, de Julio Scherer García

Por momentos parece que ahora su función ya no es informar, sino acusar y acosar. Y en el inconsciente quizá se halle la explicación, él mismo afirma que “Las horas sin vida pueden resumirse en un vacío que convoque al aburrimiento”, o “No soy un intelectual ni aspiro a la erudición”.

Figura del periodismo mexicano desde hace décadas, Julio Scherer García ha dejado su testimonio personal en diversas obras, que podemos dividir en tres etapas, sin duda la más lúcida la primera con La piel y la entraña (1965), colección de crónicas a partir de encuentros y visitas en el reclusorio al muralista David Alfaro Siqueiros; Los presidentes (1986); El poder, historias de familia (1990); Estos años (1995) y Salinas y su imperio (1997).

Luego vino una serie de volúmenes que escribió de manera conjunta con Carlos Monsiváis: Parte de guerra I (1999); Parte de guerra II (2002) y Tiempo de saber (2003). Ejercicio memorioso de los acontecimientos en Tlatelolco en aquel octubre de 1968 y una explicación más del llamado “golpe a Excélsior” el 8 de julio de 1976 en Reforma 18.

Y la tercera, la actual, que habla de sus últimos temas recurrentes, sin dejar de ser el periodista, el entrevistador, ahora de nueva cuenta solo con su pluma, nos habla de sus recuerdos como en La terca memoria (2007), dibuja personajes extraordinarios como en La Reina del Pacífico (2008) y Secuestrados (2009), para luego pasar a la denuncia pública, ya en primera persona, donde ahora el personaje es él, pasa de la crónica a la memoria para ser juez y parte como en Historias de muerte y corrupción (2011), Calderón de cuerpo entero (2012) y la más reciente, Vivir (Grijalbo, 2012).

Desde el título, que parece tomar prestado de su admirado Gabriel García Márquez, sólo que el colombiano quería Vivir para contarla, y parece que el periodista mexicano desea únicamente cumplir, y cumple sobre todo con él, con esos retazos que le quedaron de historias pasadas, sus recuerdos, a su modo de verlos, su versión de los hechos.

Sin una estructura clara, a modo de diario íntimo, es un libro para quienes han seguido la trayectoria y la obra de Scherer García, de otra forma se complicaría más su comprensión. Va de los temas que ha tratado en obras anteriores, y quizá la mayor parte del morbo radique en su breve explicación de por qué se inclinó por Rafael Rodríguez Castañeda como director del semanario Proceso.

Una vez más se comprueba que mientras el personaje público se esmera en estar en la palestra, disminuye la figura del mito, lo cual le resta para la perdurabilidad. Vivir es un libro flojo en general que no aporta a la obra del autor. Por momentos parece que ahora su función ya no es informar, sino acusar y acosar.

A manera de golpes de memoria, de aclaraciones a sucesos pasados, Vivir es un conjunto de páginas formadas de otros textos (tres páginas de citas del libro Mis tiempos, de José López Portillo por ejemplo), las múltiples citas que desfilan pueden prestarse al exceso, y por momentos parece que la única intención de la obra es el reclamo, el testimonio se disuelve con la acusación, y de pronto aparecen sus fobias.

Una vez más se comprueba que mientras el personaje público se esmera en estar en la palestra, disminuye la figura del mito, lo cual le resta para la perdurabilidad. Vivir es un libro flojo en general que no aporta a la obra del autor. Por momentos parece que ahora su función ya no es informar, sino acusar y acosar.

Y en el inconsciente quizá se halle la explicación, él mismo afirma que “Las horas sin vida pueden resumirse en un vacío que convoque al aburrimiento”, o “No soy un intelectual ni aspiro a la erudición. Soy persona que existe a partir de los sentidos, no de mi inteligencia”.

Pero incluso en esos momentos de trabajo final se puede ver una mala jugada de la memoria: cuando habla del trato del entonces presidente Vicente Fox hacia Proceso, en la página 111 del libro, Scherer García nombra la figura de “publicidad legítima denegada” (inevitable relacionarlo con un término que cerca de seis años escuchamos: el “legítimo” en forma de apellido de una “Presidencia”), cuando fue una batalla de todos los días, y ahora resulta que la publicidad oficial gubernamental era algo legítimo pero al mismo tiempo obligatorio, y eso no funciona así, como él mismo lo sabe.

Al final de la obra Julio Scherer narra un encuentro con el Nobel de Literatura García Márquez, pretexto perfecto para añadir un cuento, “El Pirata”, que no tiene un final como tal a recomendación del autor de Cien años de soledad, y quizá Scherer quiso que así fuera también Vivir, terminar sin terminar, pero por mala fortuna no fue como le recomendó el escritor colombiano, sino que este volumen última termina como empieza, trastabillando. ®

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Publicado en: Libros y autores, Noviembre 2012


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