El voto al bote

El derecho del ahorcado

Mientras siga atrapada en esta cárcel de rejas invisibles la población nunca estará compuesta por ciudadanos sino sólo por electores esporádicos, el voto será la única prueba formal de que existe democracia y la libertad no será la de tomar decisiones o influir en ellas, sino sólo el derecho a hablar y al pataleo, el mismo derecho que tiene el ahorcado.

(El) sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.
—Ray Bradbury, Fahrenheit 451

Sin solución de continuidad la vida cotidiana se desliza: plácidamente en la abundancia para una minoría, con penurias, carencias, sobresaltos o por lo menos inquietudes para los más. Sobre ese suelo la vida política también se mueve, en un aparentemente interminable proceso cíclico. Lo que la imaginaria tortuga dijo de la rueda de la fortuna al imaginario Aquiles podrían suscribirlo quienes viven de la política —es decir, los políticos, pero también quienes de un modo u otro, directa o indirectamente, se benefician del juego: “Éste es mi paseo predilecto. Parece que uno fuera tan lejos, y en realidad no va a ninguna parte”.1

Y sin embargo se mueve… o lo aparenta. Aunque el cronómetro indique tres y seis años, en realidad no pasa uno sin que el pueblo —o la población, o la ciudadanía, o “las y los mexicanas y mexicanos”, según el gusto o la ridiculez de cada cual— sea convocado a un rito tan sólido como el guadalupano y no menos aparencial que él. “Para unos”, decía Grandville en 1884, “la libertad es el derecho de escribir sobre papeletas de votación, de manera más o menos legible, los apellidos de ilustres ciudadanos”.2

Esta política es como el autor de una sola obra: no conoce más que reediciones. Candidatos, gobernantes y funcionarios van y vienen, la portada puede variar pero el contenido persiste, tenazmente inmodificado. Las promesas de hazañas futuras, los ofrecimientos de mejoras universales, las protestas de enmienda y los juramentos de “ahora sí” se desgranan a través de los años y elección tras elección. Con leves modificaciones los discursos prometen una y otra vez un bienestar, una justicia y una democracia que, como el arcoíris, siempre se encuentran en el horizonte y nunca se alcanzan. Y una vez cumplido el rito, vueltos los electores a su condición de representados y casi súbditos, vienen los incumplimientos, los olvidos de la enésima repetición del catálogo de promesas. Lo que se dijo no se hace y se hace lo que se dijo que no se haría. Y de ese modo el escenario queda puesto para la próxima repetición cíclica.

Es obvio que la desfachatez no basta para explicar la persistencia de esta continua y sólida transgresión de la más elemental lógica social: la burla organizada, llevada al nivel de institución cultural-nacional y cuya asombrosa fortaleza permite no sólo la impunidad sino la ostentosa premiación de sus sujetos, que exhiben sin que nadie les pida cuentas ni explicación fortunas, calidades y ritmos de vida fabulosamente por encima de sus ingresos declarados. Ello sólo puede prosperar sobre la desmemoria en unos casos y la memoria acallada por el interés o por la necesidad en otros; sobre la endeble educación política y la prácticamente inexistente tradición cívica; sobre el sedimentado convencimiento de que las cosas son así y nunca cambiarán. Todo ello, que podríamos llamar efecto del dominio, se convierte a su vez en causa: es un resultado que, al mismo tiempo, asegura la permanencia y la reproducción de aquello que lo ha generado.

Es natural también que en ocasiones la ingenuidad, el desespero y el hartazgo de otros sectores de la población susciten el entusiasmo y una fe casi religiosa en hombres providenciales. Un ejemplo paradigmático, como mandado a hacer para un manual de ciencia política, es el de aquel que hace doce años fue visto casi como salvador de la patria. Muy pronto, cuando la penitencia por el pecado de estupidez política les cayó encima, el desencanto empezó a construir la verdadera figura de quien hoy es reconocido incluso por los suyos como un lenguaraz, inepto y corrupto bufón, carente no sólo de conexiones sinápticas sino de cualquier rastro de eticidad.

El mismo fenómeno, que combina una situación socioeconómica en continuo deterioro y la anemia política, produjo también a la contraparte: otro hombre providencial, aparente némesis de aquél. Un hombre de discurso a la vez fijo y cambiante, único y proteico, exaltado y amoroso; aquél no perdía oportunidad para meter la pata, éste no la desperdicia para hablar de sus propias virtudes; si aquél vivía en el error, éste no reconoce jamás ninguno. Aquél representó a la derecha guadalupana, hipócrita como ninguna, el otro a lo que en este país se llama “la izquierda”, esa que aglutina a un batiburrillo de ex priistas antiguos y ex priistas más recientes, a quienes los que antaño militaron en partidos y grupos de la otra izquierda (a la vista de lo obvio no tan diferente de la entrecomillada) les sirven de maleteros, subordinados con o sin sueldo y masa de maniobra electoral interna.

Para el subalterno —y ello incluye tanto al que vota por coacción como al que lo hace por interés, por ignorancia o por fe— no puede ser ni siquiera concebible la pregunta que planteó alguna vez Gramsci: “¿Queremos que haya siempre gobernantes y gobernados, o es preferible crear las condiciones para que desaparezca la necesidad de la existencia de esa división?”

Como ocurre con la sagrada fórmula trinitaria, las tres opciones partidarias mexicanas son diferentes sólo en lo secundario. Que en lo esencial y más allá de los discursos son idénticas lo prueba ese añejo traspaso osmótico de individuos entre unos y otros: sujetos (y “sujetas”) que amanecen perredistas y se acuestan priistas o a la inversa, panistas que se pasan al PRI e incluso, horribile dictu, al PRD. Emblemático en este sentido es el reciente tránsito al PRI del hasta hace poco representante del lado más oscurantista del PAN, llegado a la ceremonia pública de la defección directamente desde su encierro por motivos etílicos, junto con una exjefa de Gobierno del Distrito Federal, hasta hace no mucho tiempo integrante de la parte supuestamente más radical y límpida del PRD. Ambos flanqueados por una panista que dejó de serlo porque le negaron, allá, una candidatura, y por la hija de la “radical” experredista que pasó a ser priista porque le otorgaron, acá, una candidatura. Para completar el mosaico, desinteresadamente se convirtieron en priistas también otro ex perredista, presentado ahora como “exguerrillero”, y uno que en lejanos tiempos formó parte de la porción relativamente joven de la anquilosada burocracia del fenecido Partido Comunista.

Este juego de trapecistas, este intercambio de caretas a conveniencia puede ser cómico o irritante, según se lo vea. Pero lo trascendente, lo trágico, lo que garantiza la persistencia de este gran juego de simulaciones es que ello resulta invisible para quienes votan por unos u otros. Víctimas eviternas del clientelismo, de la dádiva o del soborno, de la amenaza, el chantaje o la manipulación del sincero deseo de un cambio, los sujetos seguirán siendo individuos y no ciudadanos y la democracia empezará y se agotará en el momento mismo del voto.

Para el subalterno —y ello incluye tanto al que vota por coacción como al que lo hace por interés, por ignorancia o por fe— no puede ser ni siquiera concebible la pregunta que planteó alguna vez Gramsci: “¿Queremos que haya siempre gobernantes y gobernados, o es preferible crear las condiciones para que desaparezca la necesidad de la existencia de esa división?”

Ante la desazón anímica y la sumisión siempre será mejor el entusiasmo —aunque sea ingenuo— y la intención de reaccionar y modificar el estado de cosas, particularmente uno tan desastroso y ominoso como el nuestro. Pero ello, por sí solo, no basta para escapar al círculo de la subalternidad. Y por supuesto “votar por el menos peor” no sólo no constituye una opción verdadera: el hecho mismo de encontrarse ante esa miserable alternativa denota la gravedad de la situación y la extrema pobreza de la cosa política.

Menos “utópico” que Gramsci y ocupado en asuntos más superficiales atinentes a “la naturaleza humana”, por desgracia Maquiavelo parece seguir teniendo razón: “Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”. Pero no se trata del engaño individual sino de la apariencia social, cuyo juego de espejos es infinitamente más sólido, deletéreo y difícil de erradicar. Precisamente porque no se lo ve, y no se lo ve porque ha quedado incorporado al sentido común.

Mientras siga atrapada en esta cárcel de rejas invisibles la población nunca estará compuesta por ciudadanos sino sólo por electores esporádicos, el voto será la única prueba formal de que existe democracia y la libertad no será la de tomar decisiones o influir en ellas, sino sólo el derecho a hablar y al pataleo, el mismo derecho que tiene el ahorcado.

Y la simulación institucionalizada, la política como fuente repentina e intensa de ingresos para unos cuantos y el cíclico juego de ilusión-desilusión continuarán, rozagantes, hasta el infinito y más allá. ®

Notas
1. Douglas R. Hofstadter, Gödel, Escher, Bach: Una eterna trenza dorada, México: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1982, p. 122.

2. Grandville, Otro mundo, Barcelona: Hesperus, 1988, p. 253.

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Publicado en: Destacados, Días del futuro pasado, Elecciones y democracia, Junio 2012

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