Elemental, mi querido House

El doctor y los detectives

Copiar algunos rasgos de un personaje de la literatura y colocarlos en uno de televisión con la esperanza de que sea un éxito es no sólo ingenuo sino estúpido, por decir lo menos, dados los lenguajes tan disímiles entre ambos medios. Pero así ha sucedido con el doctor House. ¿En dónde, pues, radica que la serie sea tan popular?

Presentación del caso

El plan general de cada emisión va, más o menos, así: un médico genial y su equipo —inteligentes, por supuesto, aunque nunca tanto como el líder— se enfrentan a una dolencia caprichosa y poco domesticable. Después de algunas hipótesis fallidas, el gran maestro tiene la intuición genial, lanza un diagnóstico que nadie veía venir y los espectadores quedamos asombrados y satisfechos cuando el paciente se cura. La premisa que guía cada intento de solución de este gurú de la medicina es aún más evidente que la enfermedad en sí: no hay, no puede haber, alguien que presuma comportamiento intachable, por lo tanto, vivimos en un mundo lleno de mentirosos más inclinados a guardar las apariencias que a declarar la verdad absoluta. Si, como señala el eminente y sagaz galeno, se asume ese axioma como punto de partida, el proceso deductivo que habrá de llevar a la solución del misterio, y de paso salvar la vida del paciente, consistirá en observar con atención a los sospechosos (síntomas, enfermos e, incluso, doctores), descubrir al culpable y regodearse en la victoria.

La metodología utilizada por el doctor House, personaje de la serie televisiva del mismo nombre, es por supuesto una libre adaptación del ideal detectivesco. Razonar al revés es, según Sherlock Holmes, el camino intelectual a seguir cuando sólo se tiene acceso al resultado, a los síntomas. Para llegar a conocer la enfermedad causante de todo el problema se debe hacer un análisis invertido, es decir, remontarse a lo largo de la cadena de causas y efectos con el objetivo de aplicar un tratamiento eficaz.

Con el mismo procedimiento, por ejemplo, es posible vislumbrar el motivo por el que Gregory House tiene varios guiños al genio de Baker Street. Se puede deducir con facilidad que todo parte de la afición del productor y creador de la serie, David Shore, por las aventuras del más celebre investigador privado con consulta. Al igual que Arthur Conan Doyle, médico que por falta de pacientes dedicaba la jornada entera a escribir las hazañas intelectuales de Holmes, Shore se basó en un médico para delinear a su personaje. Joseph Bell, de la Royal Infirmary de Edimburgo, es el modelo sobre el que se inspiró Doyle mientras que Shore hizo lo mismo a partir de la columna periodística de la doctora Lisa Sanders, en el New York Times, para imaginar un personaje dedicado a resolver casos médicos poco comunes utilizando sólo sus increíbles superpoderes deductivos.

Son obvios los homenajes y deudas que el doctor House tiene con la novela de enigma. Pero este tipo de referencias no son realizadas sólo por los guionistas de House. Por citar algunas otras series afines a coquetear con las letras, es posible mencionar a ese otro fenómeno de audiencias y especulaciones: Lost. En este programa, los personajes aparecían con frecuencia leyendo textos de Henry James, Vladimir Nabokov, Agatha Christie, John Steinbeck, Charles Dickens o Fiodor Dostoievski, o ellos mismos presumiendo nombres o alusiones extraídos de páginas célebres de la literatura clásica. El que la televisión estadounidense esté viviendo lo que algunos llaman una nueva “golden age” en sus contenidos, específicamente series como The Sopranos, Lost, House, Mad Men y un prolongado etcétera, radica en que los guionistas detrás del éxito con el público han sido reclutados de las mejores clínicas y talleres de escritura creativa de universidades y escuelas para escritores del país. Como se ponen en evidencia, la literatura lleva en la nueva televisión estadounidense el papel de prestanombres generoso que otorga inspiración y, a pesar de todo, no deja de reclamar lo que realmente es suyo.

Primera aproximación al diagnóstico

Copiar algunos rasgos de un personaje de la literatura y colocarlos en uno de televisión con la esperanza de que sea un éxito es no sólo ingenuo sino estúpido, por decir lo menos, dados los lenguajes tan disímiles entre ambos medios. Pero así ha sucedido con el doctor House. ¿En dónde, pues, radica que la serie sea tan popular?

Copiar algunos rasgos de un personaje de la literatura y colocarlos en uno de televisión con la esperanza de que sea un éxito es no sólo ingenuo sino estúpido, por decir lo menos, dados los lenguajes tan disímiles entre ambos medios. Pero así ha sucedido con el doctor House. ¿En dónde, pues, radica que la serie sea tan popular?

El rollizo crítico literario Ciryl Connolly fue un acucioso lector de novelas policíacas. Sobre el estereotípico personaje de esas narraciones dijo que éste debe ser soltero, despreciado por la gente, sospechoso ante la policía, fiel a su código personal y, además, tener como idioma básico la ironía; características que, por supuesto, Gregory House posee a modo de tarjeta de presentación. Pero tampoco los detalles que modelan a este individuo se reducen a meros asuntos de carácter; si bien los comparte en efecto con Holmes, hay también cercanías tanto más importantes dada la profesión de ambos: resolver problemas servidos sólo de sus conocimientos e ingenio personal.

Fue Poe quien dejó todo en claro desde el principio: lo único que le importaba a él y a Auguste Dupin, el primer detective en la literatura, era la presunción orgullosa de su intelecto. Cada crimen se debía resolver por la fuerza de la mente, sin lugar alguno para la especulación. Es ésta la misma idea que gobierna también cada una de las aventuras de Sherlock Holmes. En definitiva, el relato detectivesco se trata al principio de un género literario para la inteligencia, diáfano, en el que se apela a la noción de reto o juguete mental no sólo para el lector, que seguirá el transcurso de la narración intentando adivinar quién es el asesino, sino, y en mayor grado, para el detective que persigue por todos sus medios a la verdad absoluta. Sin embargo, años más tarde, con los estadounidenses Dashiell Hammett y Raymond Chandler la narrativa policíaca deja de ser un mero despliegue aséptico y cerebral del eminente investigador a cargo para convertirse en una narración violenta, sexual y realista en donde héroes como Sam Spade y Phillip Marlowe representan un tipo más emparentado con los matones del cuento de Hemingway “Los asesinos” que con la flemática actitud de Holmes. Hammett y Chandler son novelistas más preocupados por analizar las esquirlas de una sociedad fracturada por su decadencia interior que por recrearse en el mero diseño de rompecabezas.

Vivimos en una época caótica, decía Borges, en dónde sólo hay algo, humilde y a veces poco atendido, que mantiene en alto las virtudes clásicas de orden y claridad: el cuento policial o detectivesco. Cada elemento debe encajar a la perfección en el corpus narrativo gracias a las deslumbrantes dotes del investigador a cargo. Desde su origen, la presunción de un racionalismo exacerbado por parte del personaje principal ha sido la característica más atrayente. Como lectores, somos testigos de un desarrollo lógico sin ápice de error, un teorema translúcido, la arquitectura perfecta de un proceso mental envidiable. El relato detectivesco, por tanto, es una ciencia exacta. Pero House, además de poderosos recursos intelectuales, también posee un carácter que lo hace detestable a los ojos de la mayoría. Pese a su maledicencia House tiene un particular encanto que le viene de poseer una mezcla de la mordacidad de Phillip Marlowe, el gesto cerebral de Holmes, el aura atormentada del ser incomprendido y, sobre todo, el dominio de la medicina que, como apuntara Foucault, es la práctica de vigilancia y control de nuestro tiempo.

Segunda tentativa de diagnóstico e inyección de cien miligramos de teoría

William Irwin es un profesor de filosofía en el King’s College, Pensilvania, que funge como coeditor de obras de divulgación filosófica sobre temas contemporáneos. Pero este profesor tiene una particularidad, un sesgo que define su labor y resulta clara sólo al leer algunos de los libros en los que ha participado: Batman and Philosophy: The Dark Knight of the Soul, Terminator and Philosophy: I’ll Be Back, Therefore I am, The Simpsons and Philosohpy: The D’oh! Of Homer y, como era de esperarse, House and Philosophy: Everybody Lies.

Aparecido en la colección The Blackwell Philosophy and Pop Culture Series el libro que coeditan Irwin y Henry Jacoby, profesor también de Filosofía en la Universidad de Carolina del Norte, reúne ensayos escritos por profesores universitarios con especialidades en diversas ramas de la filosofía. Cada uno de los trabajos reunidos aborda desde diversos enfoques las particularidades del testarudo y narcisista doctor Gregory House. Si bien el ejercicio no es malo y cada colaborador en el volumen logra con mayor o menor fortuna delinear una lectura “filosófica” del personaje, lo que más inquieta es la nómina de autores aludidos a lo largo del texto. Nietzsche, Sartre, Heidegger, Pierce, Lao Tzu, Sócrates, Shunryu Suzuki, Bertrand Russell y otros más desfilan por las páginas de este libro que el compilador anuncia escrito por la razón de que los ahí reunidos sencillamente aman a House. Cosa que no se presta a dudas ya que apenas si hay reproches críticos o lecturas suspicaces de la serie. El libro es más bien un conjunto de benevolentes aproximaciones de fanáticos con formación académica que lecturas de salvajes filósofos.

No obstante, la admiración no es el único motivo para escribir tal libro, hay también otras relaciones o afinidades. La más clara es la que se menciona en el prólogo: House es un ejemplo de razonamiento aplicado y búsqueda de la verdad, a pesar de los heterodoxos caminos por donde lo consiga. Gesto que comparte con el pensamiento filosófico y, que ahora cabría extender, al relato policíaco.

Pero, ¿cómo es que un personaje ficticio puede provocar tanto interés y alboroto en un grupo de profesores de filosofía? Aquí la respuesta la tiene de nuevo Borges, que como dijera Cabrera Infante, parece tener siempre la razón, cuando en su ensayo-conferencia El cuento policial afirma: “Pensar es generalizar y necesitamos esos útiles arquetipos platónicos para poder afirmar algo”. Es claro que House, como ya se ha mencionado, es fundamentalmente una mezcla de arquetipos literarios, rasgos ideales y excéntricos que hacen al personaje tan atractivo como inverosímil. El poder de seducción del programa radica no tanto en su fórmula repetitiva, sino en los rasgos del carácter de nuestro brillante médico, en la confianza de su método, en la certeza de que siempre habrá un camino que conduzca a la solución del enigma. Una esperanza para la lucidez ante el mar de la estulticia.

A pesar de lo increíble de la propuesta, observar la mise en escene de sus teorías es suficiente para atrapar a un público angustiado por la perspectiva de sufrir una enfermedad terrible y desconocida que mira con satisfacción cómo el pensamiento bien aplicado puede aquietar sus temores. Pero más allá de su juego en alusiones a pensadores filosóficos y literarios es también la exaltación más profusa del pensamiento rectilíneo.

Hijo de Poe, Conan Doyle y varios más, este programa continúa y extiende las ramas del árbol genealógico de los personajes claros y distintos. House, en otros términos, es un silogismo aristotélico, una línea euclidiana, un frontispicio áureo en donde no hay lugar para la asimetría. Su lógica implacable, su reticencia a considerar parcelas de la vida humana que no sean estrictamente las intelectuales así como su firme actitud positivista ante las más extrañas y disímiles dolencias lo hacen un heredero de aquel apotegma tan caro al racionalismo europeo: Je pense, donc je suis.

Ahora bien, a pesar de la exaltación enfermiza de la ciencia médica en todo momento, que se sabe no es ni tan avanzada ni tan exacta, House se hace entrañable, a pesar nuestro, por sus matices. Su afición a la vicodina lo emparienta con la solución al siete por ciento de cocaína que Sherlock Holmes consume cuando se encuentra aburrido, pues si algo aleja a ambos de la “monotonía de la existencia” es el ejercicio intelectual, el reto de ingenio e imaginación que demanda al máximo sus mejores habilidades. Nada mejor que un asesinato o una enfermedad terminal para estos dos sabuesos adictos a armar rompecabezas.

Crítica y clínica. Porque la sintomatología es siempre cuestión de arte

En Lo frío y lo cruel Gilles Deleuze emprende la disociación teórica y filosófica del masoquismo de su reverso agresivo, la pulsión sádica. El libro es una confrontación con algunas concepciones del psicoanálisis respecto de la dupla perversa del sadomasoquismo pero sobre todo, y aún más importante, es un acercamiento literario a un problema clínico. Para Deleuze de lo que se trata es de ir a los principios mismos del universo icónico del mundo de Sacher-Masoch para leer en ellos los rasgos de una práctica malamente comprendida. Al prestar atención a las narraciones del autor austriaco el filósofo francés clarifica la relación entre literatura y vida, entre los síntomas expuestos y el diagnóstico al que conducen. La mirada atenta y la lectura detenida son pues claves para desenmarañar cualquier misterio.

La relación entre la mirada y el conocimiento, según Foucault, es primordial para el nacimiento de la clínica moderna. No es coincidencia pues que la serie de televisión se desarrolle en un hospital, espacio idóneo para ejercitar la vigilancia y la aplicación del saber. House no necesita siquiera conocer a sus pacientes ya que el ojo de la inteligencia no precisa rebajarse a las mundanas contingencias de lo concreto. Además, el equipo de médicos a sus órdenes le ofrece toda la información necesaria para resolver sus casos, incluso, obviamente, irrumpir en la privacidad de sus pacientes. La muerte y, sobre todo, la vida son territorios en los que la ciencia médica ejerce su control. Tal como lo predijo Michel Foucault, el espacio representativo del poder será sin dudas la medicina y su facultad para alterar todo tipo de factores biológicos. Sherlock Holmes asegura que las tres cualidades necesarias para ser un gran detective consisten en la facultad de observar, la de deducir y poseer abundantes conocimientos que, cosa curiosa, en su caso son exactos, pero no sistemáticos en cuanto a química pero profundos y profusos en anatomía y medicina.

Hijo de Poe, Conan Doyle y varios más, este programa continúa y extiende las ramas del árbol genealógico de los personajes claros y distintos. House, en otros términos, es un silogismo aristotélico, una línea euclidiana, un frontispicio áureo en donde no hay lugar para la asimetría.

El relato policial canónico trabaja en el nivel de la lectura de signos. Todo está frente al detective, como en La carta robada de Poe, sólo basta que éste sea capaz de interpretar adecuadamente las señas que se le presentan, leer en el libro del mundo para deducir el encadenamiento lógico del universo. El arte escondido en la narración detectivesca es el de hacer creer a lector que nada se escapa, que cuando Dupin, Holmes, el padre Brown e incluso House se entregan a sus meditaciones no existe el azar sino un conjunto de pistas que precisan ser ordenadas para que todo vuelva a la normalidad. La claridad argumentativa es lo más importante para otorgar coherencia a aquello que se manifiesta rebelde, fuera de las leyes del hombre o la naturaleza. House y Sherlock comparten no sólo el espíritu inquisitivo y el método sino, acaso con mayor arraigo, la creencia en el principio de causalidad así como la fe en que todo puede ser explicado. El mundo en que estos personajes se desenvuelven no es uno en el que opere lo fortuito o el arbitrio caprichoso.

En la medicina, como en el mundo criminal, la mirada se recrea en las minucias so pretexto de satisfacer su curiosidad. Gregory House podrá ser un cretino, pero es uno que a la usanza de Philip Marlowe resulta ser un rudo de corazón noble, ya que la motivación profunda de su actuar es la insaciable búsqueda de lo verdadero. La pesquisa de las causas primeras, sin embargo, no es nada más una cuestión filosófica y científica, sino el camino que habrá de conducir a la medicina y al investigador a detentar el poder absoluto, su independencia de la realidad.

El paciente responde. El investigador vuelve a triunfar

La hipótesis de que todo es susceptible de ser explicado anima el espíritu inquieto y hosco de figuras que van de Dupin a House, personajes que apuestan por la entronización del pensamiento y las ciencias duras. Positivismo televisivo o cartesianismo para las masas, House representa una actitud inconsistente con el mundo real. En el terreno donde las probabilidades reinan sobre el determinismo el principio de razón suficiente apenas si se aplica, la incertidumbre nos es más cercana que las certezas y la imbecilidad una práctica común, resulta comprensible que un programa televisivo que ejemplifica lo opuesto sea tan exitoso.

House es un asidero para el televidente que no atina a encontrar explicación alguna a lo que lo rodea. Quizás sea una evasión banal y de poco alcance, pero aun así lo suficientemente entretenida como para ser un fenómeno de ventas. La promesa que este programa regala no es poca cosa, resguardarse de los embates de una existencia que se niega a ser dócil gracias a la fantasía de una razón que ciñe y aquieta el furor de lo incomprensible.

Alfonso Reyes tenía razón cuando aseguraba que la literatura policial era el género de nuestro tiempo no nada más por su popularidad sino porque era el único género literario creado para satisfacer las demandas de su época. Literatura para temporadas difíciles y momentos de crisis, la maquinaria precisa y pulcra de las aventuras detectivescas regala una tranquila ilusión: no existe lo irracional. Por ello, cuando la economía, la naturaleza y la política se apresuran en su marcha hacia el caos, el despropósito y la más degradante imbecilidad, quedarse prendido de la pantalla observando cómo la lógica aunada a la inteligencia conducen a que el flujo de acontecimientos sea controlado mediante una perfecta explicación, puede resultar tan tranquilizante como un cóctel de analgésicos y tan efectivo como un enorme tazón de palomitas. ®

Publicado en: Junio 2011, Televisión y videojuegos

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