Festival de cine de Nueva York

Treinta películas, nomás

El Festival de Cine de Nueva York (NYFF, por sus siglas en inglés), que organiza año con año la Film Society del Lincoln Center, cumple este año su primer cincuentenario de mostrar cine de vanguardia, experimental y una inmensa variedad de propuestas originales y valientes, así como una muestra de unos cuantos éxitos comerciales relevantes.

El festival no es competitivo y tiene un formato compacto, no se extiende por toda la ciudad en docenas de cines ni ofrece cientos de películas como otros festivales, sino que se limita a mostrar una treintena de filmes, es decir, presenta una apuesta por ciertas obras y una toma de posición con respecto al cine. En esta edición han añadido a la selección oficial un conjunto de obras maestras que van desde Las puertas del cielo, de Michael Cimino (1980) hasta Satyricon, de Fellini (1969), así como una sección de documentales y ensayos fílmicos, que incluye Room 237, de Rodney Ascher, en donde se hace una exploración de los presuntos símbolos ocultos en El resplandor, de Kubrick, y cintas sobre cineastas como Roman Polanski: Odd Man Out, de Marina Zenovich (2012), y sobre la relación entre Liv Ullman e Ingmar Bergman en Liv and Ingmar, de Dheeraj Akolkar (2012).

El amor hasta la muerte

Uno de los filmes más inquietantes del año es la obra más apabullante del festival, lapidaria, sin concesiones ni tregua del cineasta austriaco Michael Haneke, que este año presenta la cinta ganadora de la Palma de Oro en Cannes: Amour. El filme cuenta la desintegración de una pareja de ancianos, Georges (Jean-Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva), a partir de que ella sufre un primer infarto cerebral y comienza un lento deterioro que le va arrancando poco a poco todos los placeres de vivir y su identidad. Haneke es un cineasta que se ha caracterizado por su habilidad para mostrar la crueldad, la pasión destructora y el terror de la muerte. En este caso su tema es el amor y para hacerlo cuenta una historia íntima sin giros inesperados ni salvaciones celestiales. Georges acepta la voluntad de Anne de nunca ser enviada a un hospital o asilo, por lo que debe cuidarla mientras la ve desaparecer dentro de un cuerpo cada vez más frágil y una mente que parece disolverse. Hay un tema recurrente en el filme que es la violación de la intimidad y que es simbolizada por puertas que son abiertas por la fuerza. La primera vez sucede cuando los bomberos rompen la puerta del departamento para encontrar el cadáver de Anne. La segunda es cuando Georges y Anne regresan de un concierto y encuentran que alguien ha tratado de romper la chapa para entrar a robar. Y una vez más sucede en una pesadilla de Georges. El espacio doméstico es el bunker donde se refugia el amor de un embate final que ninguna puerta podrá detener. Haneke retrata con apabullante simpleza el absoluto terror de que provoca el deterioro irredimible al mostrar a Anne paralizada por unos minutos mientras desayuna. Ese instante misterioso y atroz pone en evidencia que algo terrible e irremediable le ha sucedido.

Imágenes portentosas, filosofía superficial

El festival no es competitivo y tiene un formato compacto, no se extiende por toda la ciudad en docenas de cines ni ofrece cientos de películas como otros festivales, sino que se limita a mostrar una treintena de filmes, es decir, presenta una apuesta por ciertas obras y una toma de posición con respecto al cine.

En esta ocasión el festival abre con la esperada adaptación de la novela de Yann Martell, Life of Pi, de Ang Lee (un libro supuestamente imposible de filmar). Como en otras ocasiones cuando se trata de eventos sobrepromocionados un aire enrarecido rodea esta propuesta y resulta difícil acercarse sin expectativas exageradas o prejuicios agudos. La cinta está en tercera dimensión y visualmente es espectacular: las tormentas en el mar, los animales, el diseño sonoro y de producción son memorables, lo que no lo es tanto es la dosis de filosofía desparpajada que fusiona religión (con equitativas dosis de cristianismo, hinduismo, islam y budismo), lecciones extremas de la vida y moralejas edificantes. De no ser por su extraordinaria cinematografía podríamos resumir que este filme es una especie de Cómo agua para chocolate en un naufragio, en donde el protagonista, Pi, trata de sobrevivir por meses a un naufragio en el Pacífico a bordo de una barca en la compañía de un tigre feroz, y frecuentemente hambriento, llamado Richard Parker. La cinta está dividida en dos partes, la primera describe la vida de Pi Patel (cuyo nombre viene de la palabra francesa Piscine, no del número) en la pintoresca ciudad de Pondicherry, en la India francesa, a mediados de los años setenta. Pi se cría en un ambiente liberal, cosmopolita, intelectual donde crece rodeado de las bestias del zoológico de su padre. Pero este universo idílico se colapsa, el padre decide vender el zoológico y emigrar al Canadá. La segunda parte es el viaje que habrá de tener un desenlace catastrófico pero en el que Pi vive experiencias sin precedentes “que podrán hacer que un ateo crea en dios”. Sin duda, Lee consigue crear momentos de revelación emocional y apabullante tensión dramática, pero cualquier vitalidad queda aplastada ya que trata de presentar el relato como una poderosa reflexión existencial disfrazada de anécdota pero no oculta su grandilocuencia, sus epifanías literales y su ominoso mensaje de redención celestial.

Casablanca en la RDA

La cirujana pediátrica Bárbara (la fabulosa Nina Hoss) tiene la osadía de pedir una visa de salida de la República Democrática Alemana en 1980. Bárbara, de Christian Petzold, es una inquietante reflexión sobre el espíritu, la solidaridad y la dignidad en un régimen autoritario y sofocante. El castigo de la protagonista es ser expulsada del prestigioso hospital berlinés donde trabaja y enviada a un modesto hospital provincial, donde es acosada por agentes de seguridad y tratada con frialdad por sus colegas. Bárbara asume el castigo y se somete al trato más humillante imaginable por sus deseos de desertar. Bárbara se encarga ahí de jóvenes en situaciones desesperadas que terminan por obligarla a bajar su defensas. Su novio, quien vive en la República Federal, prepara su escape, le da dinero regularmente y la visita de manera clandestina. Sin embargo, pronto el director de cirujanos del hospital comienza a interesarse en ella y se desarrolla entre ambos una tensa relación repleta de sospechas, deseo, angustia y frustración. Petzold va mucho más allá de una denuncia de la represión del desaparecido régimen de Alemania del Este, asimismo su cinta es más que un filme de aventuras o un romance trágico. En muchos sentidos Bárbara, con su fascinante fotografía deslavada que enfatiza la sensación de decrepitud, desasosiego y paranoia dominante en los últimos años del régimen,es una puesta al día, en una versión madura y notable, del sacrificio fílmico clásico de Casablanca (Michael Curtiz, 1942).

Un iraní en Tokio

El cineasta iraní Abbas Kiarostami se ha vuelto una especie de poeta nostálgico e itinerante que va de país en país tomando fotos, filmando historias y explorando una variedad de medios para expresarse. Su nuevo proyecto, Like Someone in Love, fue filmado en Japón y narra una historia que sería imposible de contar en Irán. Una joven y atractiva estudiante que trabaja en su tiempo libre como prostituta tiene un singular encuentro con un profesor retirado y entre ellos se desarrolla una curiosa complicidad. En el breve tiempo que comparten él la desea pero la respeta y ella lo ve como un refugio a sus dudas e inseguridades, principalmente en relación con un novio posesivo que la acosa. Así, tenemos una situación extraña que propicia malentendidos y eventualmente reacciones violentas, muy poco comunes en el cine de este autor. Desde la primera escena en un bar donde tardamos varios minutos en descifrar quién está hablando podemos anticipar la confusión y los juegos de personalidades que evocan aquella obra maestra de Kiarostami Close Up (1990), donde un individuo pretende ser el cineasta Mohsen Makhmalbaf. Ésta es otra obra maestra de un autor prodigioso capaz de tomar prácticamente cualquier historia en cualquier parte de mundo y apropiarse de ella al reducirla a emociones esenciales y universales.

Desde que descubrí el arte…

Este año los veteranos y prolíficos directores hermanos Vittorio y Paolo Taviani (reconocidos por La noche de San Lorenzo, 82, Buenas días Babilonia, 87 y Padre Padrone, 77) ganaron el Oso de Oro de Berlín con César debe morir, película de una simpleza y una profundidad extraordinaria acerca de la puesta en escena, por un grupo de presidiarios, de la obra Julio César, de Shakespeare, en la prisión de máxima seguridad de Rebibbia, en las afueras de Roma. La cinta tiene poderosas resonancias no solamente por la forma en que se entretejen las vidas y los crímenes de los protagonistas con el teatro, el cine, la vida dentro y la vida afuera, en particular la política italiana contemporánea. Los presos interpretan un papel pero también se interpretan a sí mismos como presos-actores. El filme alterna el blanco y negro con el color para diferenciar el “presente” del “pasado” e imprimir un tono narrativo sencillo que enfatiza el relato de traición, la lucha de poder, la búsqueda de la justicia y en particular el fracaso del idealismo ante la realidad humana y la política. La cinta culmina con la revelación perturbadora de un preso-actor, quien al regresar a su celda declara teatralmente: “Desde que descubrí el arte, esta celda se volvió una verdadera prisión”.

Otras sorpresas

Sin duda, Lee consigue crear momentos de revelación emocional y apabullante tensión dramática, pero cualquier vitalidad queda aplastada ya que trata de presentar el relato como una poderosa reflexión existencial disfrazada de anécdota pero no oculta su grandilocuencia, sus epifanías literales y su ominoso mensaje de redención celestial.

También sorprendente es el regreso de Brian De Palma al festival con su atractiva y bien aceitada Passion, que es un remake con ecos hitchcockianos de Crimen de amor, de 2010, el último filme del cineasta Alain Corneau, quien falleció ese año. Un thriller sexy, elegante y cargado de referencias a otras de sus joyas del pasado como Vestida para matar (80) y Doble de cuerpo (84). El enfant maudit ochentero del cine francés Léos Carax (Mala sangre, 86, Los amantes del Pont Neuf, 91, y Pola X, 99) regresa a los circuitos internacionales tras una larga ausencia con su delirante Holy Motors, un ejercicio lúdico (en el que se ha resignado a emplear video digital) que va de la ciencia ficción al absurdo con notable humor y ferocidad. Un documental digno de mencionarse es The Gatekeepers, de Dror Moreh, una importante reflexión acerca del trabajo de la agencia de seguridad interna israelí Shin Bet a través de entrevistas a seis de sus antiguos directores, quienes cuentan la historia de la institución y su lucha contra la insurgencia palestina. Muy significativamente la cinta culmina con las palabras: “Nosotros ganamos todas la batallas pero perderemos la guerra”.

Decepciones

Una de las grandes decepciones (y de los filmes más inflados de este año) es The Paperboy, de Lee Daniels (Monster’s Ball, 01, Shadowboxer, 05 y Precious, 09), un drama mórbido, acelerado, estrambótico y cargado en una estética del gótico sureño que tiene lugar en el bayú de Florida durante los años setenta. La cinta basada en la novela de Peter Destre (que aparentemente fue ofrecida a Almodóvar pero la rechazó) es una explosión de excesos, en la que un par de reporteros del Miami Times viajan al sur del estado a demostrar la inocencia de un condenado a la pena de muerte. A diferencia de otros filmes similares éste tiene un tono caricaturesco doblemente explosivo, primero por su intensa y provocadora sexualización (con Nicole Kidman haciendo shows eróticos para un preso, orinando a un joven enamorado y teniendo relaciones sexuales brutales en los pantanos) y por estar situada en una zona altamente racista durante la época de las luchas por los derechos civiles.

De Raúl Ruiz se presenta el último filme que hizo antes de morir, La noche de enfrente, donde retoma su veta surrealista pero se siente rancio, desganado y avejentado. También fallida es la cinta À perdre la raison (Para perder la razón), del belga Joachim Lafosse, quien parte de un asunto de la nota roja para meditar en torno a la condición de la mujer y la inutilidad de las buenas intenciones. Se trata de un filme bien intencionado pero superfluo y con demasiadas deudas al trabajo de los hermanos Dardenne. ®

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Publicado en: Cine, Noviembre 2012


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