Fukushima

Vivir en Yamada

Cuando salimos de casa
la más pequeña dijo
que habíamos olvidado
el gato encerrado.
Que regresaba por él.
Le dije que no,
que perderíamos el tren,
que ya tendría otro
en casa de los abuelos.
Dijo que no, que volvería a casa.
Cuando le dije que
ya tenía otras mascotas
de peluche, que lo olvidara,
insistió que iba para traerlo.
Le dije que sus pisadas
serían cubiertas por la nieve,
que se extraviaría lejos
de nuestras manos y miradas.
Luego me respondió algo que ya no oí.

Fukushima

uno.
Sentada en posición de loto la abuela hospedará esta tarde a los nietos. La parca vendrá con ellos.
dos.
Desde la foto que preside la sala, los ojos de la abuela irradian plutonio, cesio y yodo, materiales radiactivos, que un día heredará a los chicos.
tres.
A menudo, el anuario del colegio era consultado por la abuela. A cada foto le rotulaba el nombre de cada nieto con sus nombres. Algunos impuestos por ella: Sol, Lluvia, Abril y Fukushima. Demasiado tarde lloró, y lo hizo en balde.
cuatro.
La tele, la radio, el ventilador, las cortinas agitadas por un viento cargado de radiactividad, el fax, el teléfono celular, la compu portátil. Todo cobró vida luego que se restableció la energía eléctrica. Menos la vida de los habitantes.
cinco.
En el distrito de Fukushima vuela una gaviota, ajena a los cuerpos en descomposición, informó Kyodo News.

Morir en Hironomachi

uno.
Tengo 75 años: antes del tsunami ya me habían diagnosticado la enfermedad, por eso permanezco aquí. La sentencia ya la tengo en el alma, mis días y mis noches cada vez son menos. Como cualquiera.
dos.
Con mis hijos es distinto: ellos se fueron para alejar a mis nietos de la radiación. Aunque ésta no se ve como vemos las estrellas y el vaho en invierno, pude apreciar el germen del cáncer en los ojos de los niños, en los labios, en sus mascotas, en la soledad que me envuelve.
tres.
Allá arriba, cerca de la pagoda, vive mi hermana mayor que, como yo, decidió quedarse, fiel a su pasado y apegada a sus ancestros. A su vida, dice ella, llegó puntual el maremoto como llega a tiempo el último aliento. Aunque no hay quien profane el hogar ni quien robe sus pertenencias, ella determinó quedarse para anotar las réplicas en el cerezo centenario. Me dice que en sueños ha viajado a Fukushima, de donde ha rescatado el álbum que le heredaron los antepasados. Ella afirma que en la foto sepia de mi infancia yo ya tenía esta mirada, la del desastre.
cuatro.
Ella dice que alguno de nosotros morirá antes del siguiente invierno. También me ha manifestado su deseo de que sus cenizas las esparza con el viento en dirección a Fukushima, que será como volver al seno materno. Pero si yo muero antes, ya sabe que me complacerá vaciar mis cenizas en el río más próximo, ahora tumba de miles de peces, de lirio acuático y de niños abandonados a su muerte. ®

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Publicado en: Mayo 2011, Poesía


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