Gerardo Peña sólo se parece a Gerardo Peña

Trovador y provinciano universal

Es muy posible que Gerardo Peña ame a su ciudad mucho más de lo que ella parece amarlo a él, y que su universalidad siga sosteniéndose sobre los hombros de su generoso provincianismo, hasta que alguna vez el rancho en pleno llegue a reconocerlo como profeta en tierra propia.

El sonorense Gerardo Peña. Foto cortesía La Jiribilla.

El sonorense Gerardo Peña. Foto cortesía La Jiribilla.

Pasas por detrás de un foro en las Fiestas del Pitic, lo ves vistiendo pulcra camisola blanca con logo del Imcatur, controlando la organización del evento con su walkie–talkie, y puede que no imagines lo cerca que has estado de uno de los monumentos de la cultura mexicana contemporánea. Con su natural humildad Gerardo Peña esa noche se gana los frijoles colaborando con la logística de otras figuras de la música, locales o invitados, y ni siquiera emana resentimiento hacia una ciudad que, con escasas excepciones, en los últimos tiempos lo ha subvalorado como el fenómeno poético y trovadoresco que para la región, y para el país, significa.

A veces reaparece con uno de sus conciertos en el Está Cabral, para varias decenas de seguidores incondicionales, o se lo ve como telonero en recitales multitudinarios en los que otro invitado importante cierra la noche. Gerardo Peña demuestra siempre su modestia, talento y capacidad creativa, pero el gran público de Hermosillo que acude a la plaza si se trata de Fernando Delgadillo o Alejandro Filio, después de tantos años todavía no reconoce a su paisano cantautor como un ídolo al cual esperar por horas, aun a pesar de las sillas incómodas y el calor sofocante.

Hermosillo, al menos a gran escala, no se ha dado cuenta todavía de que Gerardo Peña, dentro del universo de la trova poética y vanguardista es, hoy por hoy, el mejor y más completo cantautor mexicano.

México, en el espectro amplio de la Nueva Trova, produjo cantautores de gran calidad. Inevitablemente todos con influencia directa de los trovadores cubanos, en particular, Silvio y Pablo. Cuando se escucha por primera vez a Fernando Delgadillo, al momento se siente el peso de Silvio Rodríguez, como si el mexicano fuese una versión silviana con mucha mejor voz y bastante menos originalidad. Alejandro Filio me recuerda demasiado al difunto Santiago Feliú, con su riqueza armónica, sus letras desenfadadas —según la media creativa de la segunda generación de la Nueva Trova— y las modulaciones juguetonas de su voz.

Al hacer un cotejo entre los muchos bardos con guitarra que andan por la república sacando poesía de sus seis cuerdas, por lo general se hace muy fácil encontrar un parecido con alguien más, y no sólo con Silvio y Pablo —o con sus descendientes de la llamada “novísima” trova cubana— sino con maestros ibéricos como Serrat, Sabina, Víctor Manuel, Aute, segundones internacionales de regular calidad como Bunbury o fraudes como Arjona. Pues bien, hasta el momento, de los muchos que me ha tocado disfrutar —o padecer— en este país, sólo Gerardo Peña ha roto en pedazos esa regla: Gerardo Peña sólo se parece a Gerardo Peña.

En sus inicios como uno de los pilares de Malasangre —aun cuando la agrupación inevitablemente venía marcada por la sonoridad de la llamada “canción de protesta” latinoamericana, con todo y sus quenas y charangos— impulsado por una era de rebeldía guevariana, marchas setenteras y modelos como el grupo Moncada, ya Gerardo dejaba asomar una multiplicidad rítmica que rebasaba la simplicidad orquestal del estilo andino para, en ocasiones a cuatro manos con León Mayoral, meterse en complicaciones más rockeras, abigarradas y vocalmente mejor procesadas.

Ya para los noventa, con años de solista a guitarra limpia, a veces con la armónica cómplice, a veces secundado por grupo itinerante, había consolidado ya su propio estereotipo, su timbre, su estilo musical y poético. El tema “Quizás, tal vez” (1990), quizás, tal vez, significó el punto de giro para un tono lírico que lo definiría: riqueza melódica, notas combinadas en estructuras curiosas y versos con imágenes sencillas a la vez que contundentes.

Su madurez como cantautor levantó presión al terminar el siglo XX y adentrarse en el XXI. Desde joyas como “El gigante” y “Magia negra”, hasta composiciones redondas como “Muy a gusto”, “Provinciano” y “Flores”, Gerardo Peña demuestra que el aburrimiento no es su fuerte. A diferencia del grueso de compositores troveros mexicanos, que descansan en estilos más monótonos, este hermosillense gusta de arriesgarse con ritmos rocanroleros, cuando no caribeños o hasta norteños. Por eso es tan difícil de comprender cómo es que el público mayoritario de su estado todavía no lo ha colocado entre sus ídolos consentidos. Las canciones de Gerardo Peña son tan complejas como cómodas de consumir. Sus metáforas son sólidas pero no rebuscadas, sus arreglos son elaborados pero sus estribillos se dejan corear.

No creo que en México existan muchas rolas tan raigalmente profundas y estéticamente tan bien concebidas como “Autopsia”, desgarrador tema compuesto para la obra teatral Autopsia de Julieta Capuleto, parte de cuyo texto también escribió Gerardo para su compañera, la actriz y directora Elizabeth Vargas. Al tener este dato sobre el cantautor sorprende descubrir que el espectáculo, completado con parlamentos de William Shakespeare, no muestra en su dramaturgia costuras visibles entre la poesía del genio inglés y los aportes del trovador sonorense. Su trabajo como dramaturgo (recientemente se estrenó su texto La lección del profesor en el Teatro Breve 2015) y hasta como actor (Arlequín servidor de dos amos, Unison), por sólo mencionar un par de ejemplos de inquietud escénica que probablemente hayan comenzado en la época en que Malasangre colaboraba de forma muy activa en los performances de danza y activismo, con la compañía Truzca y Beatriz Juvera, también lo delatan como un creador múltiple e incansable.

Por suerte para Hermosillo, tal y como él mismo dice en uno de sus clásicos: “provinciano hasta en el Coliseo/ voy desde el Bronx al malecón habanero/ llevo a navegar, ciudad tras ciudad, coyota y gorra de los Naranjeros”, con lo cual parece muy posible que Gerardo Peña ame a su ciudad mucho más de lo que ella parece amarlo a él, y que su universalidad siga sosteniéndose sobre los hombros de su generoso provincianismo, hasta que alguna vez el rancho en pleno llegue a reconocerlo como profeta en tierra propia. ®

Publicado originalmente en El Expreso, esta es la versión completa del artículo que, por cuestiones de espacio, sólo apareció parcialmente en la edición dominical impresa de ese diario.

Publicado en: Música

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