Habacuc

Y el resplandor fue como la luz
Rayos brillantes salían de su mano;
Y allí estaba escondida su fortaleza.
—Hab. 3:4

Bajé azotando la puerta de la Cheyenne porque eso es lo que más odiaba Padre, después de intentar que encendiera ahogando el carburador de gasolina cruda.

¿Madre? Iba de la cocina a la sala, de la sala a la mesa del comedor, de la mesa del comedor, donde fingía hojear una revista de la farándula, a su trabajo sin terminar de corte: pedazos de tela gris y azul celeste pretendían ser una falda plisada. Estaba ahí, para ocupar sus manos, pero regresaba a la cocina, ponía la olla del café, salía al patio de un costado de la casa, para increpar a los perros.

Así Madre, hasta que terminó sentada en la sala, frente al televisor, para ver alguna novela, y allí fue donde la dejé. Aprovechando una surtida tanda de gritos que un personaje le dirigió a otro, más la música estrepitosa con que el director acompañó la escena, aproveché la oportunidad para que Madre no volteara la mirada cuando tomé el juego de llaves que estaban colgadas de un gancho al lado del refrigerador. De otra forma no sé cómo podría justificar el tintineo metálico.

Voy a casa de mi primo José, dije, y ella apenas murmuró no tardes o con cuidado o pórtate bien, o las tres cosas juntas.

Pero en casa de mi primo José no supieron de mí esa tarde, ni siquiera cuando logré que la Cheyenne arrancara, después de “revisar” el motor, como si a mis quince recién cumplidos hubiera aprendido algo de mecánica automotriz.

Durante la infancia Padre me obligaba a embadurnarme las manos de grasa junto a él, cambiando bujías, filtros de gasolina, limpiando de sarro los polos de las baterías, reemplazando los mofles agujereados o aprendiendo a buscar el sitio exacto bajo el chasís donde debía ir el gato, para cambiar alguna llanta ponchada, mientras el niño lo único que quería era estar junto a sus libros y su librero, con las manitas limpias, pasando páginas, admirando las fotografías, ya fueran de volcanes, organismos fósiles o galaxias.

Desde luego Padre tuvo la culpa al comprarme esos libros para que yo estudiara. Llegué a conocer sobre formación de planetas, pero frente al motor de una camioneta vieja y maltratada lo único que se me ocurrió fue apretar un tornillo en forma de moño encima del carburador, medir el nivel de aceite y revisar el depósito de agua. Todo bien, dije cual experto.

Me metí en la cabina, puse la palanca en neutral y, aunque no fuera necesario, pisé el freno. Di marcha hasta torturar los metales y logré que, tras una ligera explosión, encendiera la máquina.

Salí de la cochera y me encaminé rumbo a la avenida principal, no sin antes mirar de reojo la puerta de la casa. Podría estar allí Madre, pero nada. Aliviado, avancé a pocos cuarenta kilómetros por hora y llegué hasta la entrada de la colonia de los obreros.

Me topé con una larga fila de camiones cañeros, que como elefantes detenidos, esperaban llegar a la báscula para dejar su carga. El ambiente olía a podrido y alcohol, típico aroma de los días de zafra: de los camiones caen algunos tallos que son machacados por las llantas y el jugo mezclado con el agua de lluvia se fermenta al sol durante días y días, un nauseabundo olor que significa dinero, día de raya, venta de pollos, noches de juerga, sábados de sol y agua en Bacalar.

Todo ello para los más afortunados. Y nosotros lo éramos. El aroma fermentado y la ceniza de los cañales significaron, por mucho tiempo, para nuestra pequeña familia de tres, las mejores ganancias. Y también que Padre cambiara la presencia femenina de Madre con la de alguna de sus clientas. O que pasaran por su garganta cantidades industriales de cubas: hielo, ron barato y coca-cola, en cualquier vaso alto de cristal.

Temí que esta vez fueran las dos cosas juntas: mujeres y alcohol.

Sorteé los camiones, cuya fila seguía interminable hasta la entrada de El Ingenio, a un lado del campo de futbol. Allí doblé a la izquierda y avancé sin acelerar hasta salir del pueblo. Avancé hasta llegar al rancho de mi tío Pepe el Grande, en el ejido de Álvaro Obregón Nuevo.

Saludé a los encargados del rancho. No estaba Padre ni tampoco mi tío Pepe el Grande ni mi primo José. Creí, al salir de casa, que alguno de ellos, cuidando los naranjales, tal vez podándolos, me darían alguna pista.

Jalé la Cheyenne fuera del rancho hacía un jacal donde una señora vendía comida picante para borrachos a todas horas. En las mesas del cobertizo de enfrente no distinguí a ningún comensal que pudiera ser él. Me acerqué a baja velocidad. Tampoco encontré la Ranger de Padre.

Seguí avanzando por la única calle asfaltada, que tenía más de brecha, con algunas esporádicas casas y solares a un lado y otro. Doblé en la esquina de un templo evangélico y me metí en un camino de sascab pero metros adelante encontré un lodazal cubriendo el camino, digno de cualquier porqueriza. Allí quedé varado, como un cachalote en la playa. Las llantas traseras patinaban, moliendo más el lodo a medida que fustigaba el acelerador; un lodo espeso y negro como el asfalto.

Pensé Aquí termina todo.

Dos adolescentes que pasaban —uno bigotudo y moreno, otro blanco y con acné en la cara— me ayudaron a sacar la camioneta.

—¡Empuja, híja, empuja! —gritaba el moreno.

Metí el acelerador a fondo. Por el retrovisor vi cómo el lodo que salpicaban las llantas ennegrecía sus humanidades. Maldije a Padre. Me maldije por el resto de mi vida, pero no logré sacar mi puto culo del fango.

—¡Alto! —gritó el muchacho con acné.

—¿Qué pasa?

—Déjame, déjame. Yo te la saco.

—¿Cómo te llamas?

—Habacuc.

—Órale —contesté.

Puse mis dos manos sobre la esquina izquierda de la batea y empujé, junto con el amigo de Habacuc. Cerré los ojos. El lodo me azotaba en la cara hasta que, después torturar el pobre motor modelo 1982 de la Cheyenne, Habacuc logró sacarla del lodazal.

—¡Híja! —gritó el moreno.

Me sentí como un perfecto estúpido cuando vi que el moreno corría como si tal cosa rumbo a la camioneta, mientras yo, paralizado, veía a aquellos dos alejarse. Pero fue tan sólo la aceleración que Habacuc le imprimió al motor porque se detuvo a la mitad de la siguiente cuadra. Caminé avergonzado. Los dos se doblaban de la risa y se tiraban pedazos del lodo húmedo que se les desprendía de la ropa. ¿Qué haría?

—Súbanse, vamos al río —dije.

Llegamos al arroyo del ejido Álvaro Obregón Viejo, a veinte kilómetros del ejido Álvaro Obregón Nuevo. Allí, con la camioneta metida en el cauce del arroyo, la lavé a cubetazos. Desprendí la porquería del guardalodos con un bejuco seco y luego cepillé las llantas. Habacuc y su compañero me ayudaron a lavar la batea. Luego que la saqué del pequeño cauce la estacioné bajo las ramas de un zapote chiclero para secar la carrocería con mi playera. Odio las marcas de agua sobre la lámina.

Todavía nos quedaba algunas horas de luz, aunque fueran las seis de la tarde.

Nos encaminamos cauce arriba y después de atravesar el cocotal llegamos a la represa, solitaria a esas horas. Para ese momento ya había mandado a volar todo mi plan. Decidí hacer lo que Habacuc y su amigo hicieron: aventarme al agua desnudo, para regresar a casa y esperar que Padre, borracho o sobrio, llegara y a gritos arreglara con Madre cualquier diferencia que ellos únicamente sabían arreglar de esa forma.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté al muchacho moreno.

—Bryan.

—Bryan —dije, y me zambullí para sacar una piedra y ver de qué color me tocaba. Con ese juego estábamos matando el tiempo.

—¿Y cuántos años tienes? —le pregunté a Bryan.

—Veintitrés.

—¿Y tú? —le pregunté a su compañero.

—Veintiuno.

Mientras Bryan salía de la poza y, parado sobre el borde, se preparaba para un clavado olímpico, le pregunté a Habacuc.

—¿Y qué hacen?

—Voy a la agropecuaria.

—Órale.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Al tecnológico.

—¿La universidad? —preguntó el moreno.

—No, la preparatoria apenas.

Me hundí en el agua hasta quedar con la mirada en el borde, oteando cual anfibio. Me prendí de la mirada de Habacuc, que resplandecía, acaso por los últimos rayos del sol que lo iluminaban, o también por los minerales que el arroyo traía consigo de la montaña.

Ahora era Habacuc quien se preparaba para un clavado. Nadé en rededor, entrando y saliendo del agua y luego me detuve, en dirección al borde rocoso por donde se podían hacer los saltos. Detenido, desnudo, miré a Habacuc. También se fijó que lo miraba, mientras su compañero me decía que por las tardes atendía sus deberes en la misma Escuela Técnica Agropecuaria No. 22, única a la que podían aspirar los menos afortunados, hijos de cortadores de caña o campesinos embrutecidos por el alcohol y los programas asistencialistas del gobierno. Habacuc lo pensó un momento parado como un soldado, con el pene fláccido y colgante. Se tapó la cara y se dobló hacía atrás, desperezándose. Luego, en cuclillas, se aventó.

Un clavado perfecto.

Un lugareño, en bicicleta, muchacho un tanto de mi edad, apareció detrás de los cocoteros. Chifló.

—Tú, mira, ahí te habla tu mayate —le dijo Habacuc a Bryan.

Éste salió como un sábalo huyendo de un posible anzuelo y, convertido en un muchacho moreno de firmes y torneadas nalgas, caminó hacia la rama del árbol donde colgaba nuestra ropa húmeda.

Me quedé con Habacuc. Me preguntó que con quién vivía en Chetumal y qué hacía en la escuela. Sacié la curiosidad del muchacho y le propuse una competencia: bucear y ver quién podía alcanzar el otro extremo.

Habacuc no llegó al extremo, se detuvo antes, aspirando el aire a bocanadas. Yo salí casi a la mitad del trayecto y llegué a él dando brazadas. Me zambullí, me acerqué a su cintura y le acaricié el sexo. Su pene, un pececillo endémico de las aguas de la selva, moviéndose al capricho de las corrientes acuáticas, despertando al sentirse atrapado por mi mano, depredador hambriento.

Cuando nos vestimos los trapos estaban húmedos. Los muchachos prefirieron viajar en la batea. Mientras rodábamos colina arriba para alcanzar la carretera estatal ajusté el retrovisor y éste me devolvió los ojos de Habacuc. El muchacho me sostuvo la mirada por algún par de kilómetros más. Del camino a los ojos de Habacuc, de sus ojos al camino, conduje.

En el ejido de donde habíamos partido los dejé. Luego me dirigí a un taller mecánico en el ejido de Pucté. Allí, junto al taller, estaba la casa del mecánico, con su infaltable hilo tendido al sol con ropa multicolor recién lavada por su mujer. Otro hilo, de agua pestilente y jabonosa, escurría sobre la tierra negra, y más de una vez me había quedado mirando el trayecto de las pompas de jabón mientras las camionetas, o ambas o por separado, eran reparadas.

Me acerqué a la verja de madera y apagué las luces, dejando las preventivas. La tarde corría a lo largo del ecuador y pronto entraría la noche. Del taller colgaban dos focos que iluminaban las mesas y herramientas de trabajo, dejadas ahí por sus dueños que regresarían por la mañana. Pero había nadie más debajo de la techumbre de láminas de zinc. De la casa del mecánico una ventana, la de la recámara, estaba iluminada, y había ropa, como siempre, colgando del hilo tendido, mas no la Ranger ni Padre contándole anécdotas al mecánico. Embragué a primera y regresé por la carretera, a un lado del Río Hondo.

Sintonicé una estación radiofónica de Belice. Dieron el pronóstico del tiempo en ese inglés criollo y luego siguió una programación de clásicos ochenteros.

Si tenía alguna tarea pendiente de la escuela no recuerdo. Si Madre ya se había resignado a no esperar a Padre no podía saberlo. Ni tampoco podría saber qué es lo que pretendía buscándolo. Pese a todo, él siempre llegaba cuando, según el uso horario de la península, el sol ya estaba en el cenit de la bahía de Bengala Occidental.

Aceleré casi a los ciento cincuenta kilómetros por hora ese pequeño trayecto entre la entrada de Pucté y el entronque hacia El Ingenio. Pasó por mi mente aventarme hacia un camión cañero que viniera en el carril contrario. Sentí miedo y aminoré la velocidad, hasta que llegué casi rodando hasta la entrada de la colonia. Los obreros y sus familias se dirigían a cenar a los puestos de tacos en donde la carne se fríe y refríe en aceite quemado. El olor dulzón de la cebolla sofrita invadió la cabina cuando tuve que frenar en un tope a un lado de uno de los puestos. Oteé, y ni rastro de la Ranger.

Acorté la distancia entre mi casa y el puesto de tacos bombeando todo el combustible necesario hacia los pistones, moviéndome por el pueblo como si todo fuera la escenografía de un videojuego.

Me estacioné en la calle. Le subí los cristales a las puertas y salí. Regresé al acordarme de los seguros no puestos. Pero los seguros sí estaban puestos cuando intenté abrir la puerta del copiloto. Iba llegando al portón de la entrada cuando me acordé del tocacintas. Creí no haberlo apagado pero estaba más mudo que un hoyo negro y volví sobre mis pasos. La casa estaba a oscuras, salvo por una leve iridiscencia que palpitaba en la cocina.

Madre había salido, supuse, o dormía. La fuente emitía un resplandor amarillo que dibujaba los contornos de la mesa del comedor, del juego de sala, del refrigerador color hueso, de las juntas de los mosaicos azules de la cocina, ahora verdes por la combinación cromática, un resplandor amarillo que rebotaba en las paredes y en las caras de la Virgen María y san José en el pequeño nicho que Madre tenía en el pasillo anterior a los cuartos, y en el cuarto mismo, resplandor que dormía en nuestras camas y se desparramaba por todo el piso, desbordándose por las ventanas sin poder cubrir todo el oscuro y negro espacio del exterior.

Revisé debajo de mi cama y el resplandor rebotó en los tres pares de tenis abandonados que guardaba allí. Entré al baño y quise encender la luz, pero el switch no cerró el circuito eléctrico. Azoté la puerta y corrí hacia la cocina. El amarillo fluorescente salía de un gabinete de madera, como un resabio debajo del espacio donde la puerta no embona con el marco. Dentro, las botellas de alcohol abiertas ya, sobrantes de pasadas fiestas de cumpleaños y aniversarios. Whiskys, rones, vodkas, vinos baratos y brandis. Habacuc, desnudo y aún mojado por el agua del manantial, sacó tres botellas del gabinete; yo tomé una y vertí todo el alcohol en el fregadero, mientras él me fue pasando una a una, hasta agotar el contenido de las botellas.

Dejamos los envases vacíos, en el piso, y seguí a Habacuc hacia la tercera recámara, que antes ocupáramos como boutique, la cual dejó de funcionar gracias a los embates de una crisis económica.

La habitación, después del desastre, quedó como un almacén donde guardábamos cajas de ropa sin vender y zapatos y algunos accesorios que ya nadie quiso. Habacuc abrió una de las cajas y encontramos dentro cuatro botellas llenas de brandy. El resplandor amarillo destelló en las curvas del cristal de una de las botellas.

Abrimos otra caja que debía estar llena de ropa y encontramos más alcohol. El muchacho llevó todas las botellas hacia el fregadero y siguió vertiéndolo todo, dejando que el desagüe se llenara como un depósito de combustible.

Debajo del brandy aparecieron millones de billetes en pesos devaluados, de diferentes denominaciones, y debajo pinturas de mujer y aromas de perfumes baratos que no reconocí de Madre; facturas por pagar y más billetes devaluados y más botellas de alcohol y recibos de luz vencidos y todos los gastos médicos generados por una operación mía que ya había olvidado.

Habacuc se paró en el vano de la puerta del baño, viendo hacia el pasillo con los brazos en los costados. No había ni rastro del muchacho alegre con el que había estado nadando en el manantial. Sus ojos fulguraban por el resplandor ambarino, resplandor que no noté cuando me reflejé en el espejo del tocador. Mi cara, gris y opaca, como es normal en la oscuridad. El tierno sexo de Habacuc colgaba dormido y cubierto por un pastizal incipiente, y de sus axilas, se asomaba una que otra brizna.

El silencio era perfecto. Cuando me acerqué para besarlo su boca me aventó el hálito de una cañería fermentada.

Al despertar pedí agua. Habacuc puso su mano sobre mi frente sudorosa mientras Madre iba apresurada a la cocina, agitando el termómetro de mercurio con que me midió la temperatura. El muchacho, desnudo, sonreía. Su mano estaba fría como el agua del manantial. Las cortinas de mis ventanas estaban recogidas para permitir la entrada del tibio aire tropical, que sentía seco y helado. Escuché a Madre hablar con alguien. Le dijo, adivinando sus palabras, que yo estaba hirviendo y que sí abandoné el tratamiento. Y alguien dijo que cómo Madre no escuchó cuando salí de casa con todo y camioneta. Alguien la reprimía, pero Madre permanecía inmune a los reproches. Me incorporé en la cama cuando me trajo el vaso.

Sorbí.

El muchacho se paró a un lado de ella, sin despegar su mano. Con la luz del día noté los granos de acné que le cubrían parte del rostro y el vello debajo de la nariz.

Después llegó Padre. Dijo que nunca debió dejar que esto ocurriera y que tal vez no había sido buena idea viajar a Chetumal para conseguirme el telescopio que desde que era un crío le había pedido, para ya no estudiar las galaxias y las estrellas en los libros nada más.

Salí a buscar a Padre y nunca quise ir más allá del circuito de los ejidos, nunca me imaginé que Padre rompiera ese circuito y que viajara tan lejos por un telescopio.

Después me dijo, parado en el vano de la puerta, soltando una que otra maldición, que ya no iba a dejar las botellas de alcohol donde fuera, y Madre le rebatió diciendo que de haber seguido las cosas como debían ni las botellas de alcohol ni nada representarían peligro alguno, y que hasta hace poco yo podía conducir.

Padre torció la boca.

Habacuc, sentado en lo alto del clóset, sujetándose del borde, clavaba su mirada en mí. Movía las piernas como si las tuviera dentro de un estanque, sintiendo el agua en rededor.

Señalé con mi mano derecha hacia lo alto del clóset.

—Díganle que mañana iremos otra vez al arroyo y que mañana otra vez llevaré la camioneta y díganle que si quiere los volveré a subir a la batea y…

Está hirviendo, dijo Madre, estoica.

Padre trajo la caja del telescopio, y dijo que las botellas no importaban. Sacó el telescopio y dijo que las ventas iban mejorando, que todo iba mejorando. El Ingenio llegó a cifras récord de molienda y producía más toneladas de azúcar que ningún otro y eso significaba dinero, altas ventas y todo eso. Y significó, también, reanudar el tratamiento, regresar a la escuela y despedirme de Habacuc. ®

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Publicado en: Narrativa, Septiembre 2012


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