INSEGURIDAD

Tres historias de ladrones en Hermosillo

La violencia es como una gota de agua que taladra incesantemente el caparazón de la sociedad, y la voz oficial de quienes dirigen las instituciones son una contradicción constante. Los mismos dolores para la ciudadanía, los mismos pesares, idénticos los riesgos.


Temor constante

En su estómago hay un ardor constante. En la piel los calofríos son intensos. Cuando es la hora de dormir el pánico la arropa. Luego la almohada es como el hilo a un papalote, interminable en su ejercicio de volar con la imaginación.

Carmen Olivas vive (vivir es un decir) en el centro de Hermosillo. Allí el tránsito de las patrullas es constante, porque a diario se dirigen hacia la Procuraduría de Justicia, pero el acoso de los ladrones es más constante que la vigilancia.

Las escenas que Carmen imagina en la almohada son las de un ladrón, o varios, entrando a su casa para despojarla de las pocas pertenencias —las que le quedan, porque ya los bandidos le han robado en varias ocasiones—, y lo que es peor, el daño que le pudieran hacer a ella y a su hija de seis años.

Una noche Carmen se despertó por el ruido de la puerta: alguien intentaba abrirla. El miedo la paralizó, dice, pero al escuchar el llanto de su hija no pudo más que gritarle a quien intentaba violar la puerta que se fuera, que las dejara en paz.

“Fue tanto mi temor que no sé ni de dónde saqué fuerzas para enfrentarlos, eran dos, pelones, andaban drogados. Le llamé a la policía, y vinieron como a la media hora de que los ladrones ya se habían ido”.

Desde ese día, más bien desde antes, porque a Carmen la han robado en diversas ocasiones, el pánico la acosa, incluso más que los delincuentes.

“La primera vez que me robaron se llevaron el DVD, las películas de mi hija, una cámara fotográfica y mis herramientas de trabajo”.

Carmen es artesana, elabora arte objeto con material reciclado, de ahí gana para la manutención de su familia. Aún no puede comprar un rotor nuevo para la fabricación de las prendas que vende. Y vive todos los días, y ni qué decir las noches, con el miedo que le arrebata el sueño.

Cambio de planes

Tenía la intención de llegar a casa, tumbarse los zapatos y darse un baño. Descansar. Después de un día de labor hasta el cansancio, Silvia Soto encontró en la sala de su casa la escena que le hizo modificar sus intenciones.

Sobre el suelo había ropa, algunos retratos, collares de chaquiras, un par de estuches para maquillaje. Silvia comprendío que la habían robado.

Una televisión, el microondas nuevo que aún no termina de pagar, los lentes de su hijo que va a preparatoria y que esa mañana olvidó llevárselos.

Vino entonces la necesidad de la denuncia, se trasladó a la agencia del Ministerio Público. Allí, dice con la mirada pendiendo de la impotencia, “me trataron como si yo fuera la ratera”.

Alrededor de las cinco de la tarde Silvia llegó a su casa, ese jueves infausto del mes de enero, para enterarse del robo en su casa. Alrededor de las seis se dirigió a denunciar; pasadas las once de la noche salió de una oficina donde los empleados le informaron que harán la investigación, que en ese momento no contaban con unidades, que la denuncia quedaba registrada, que para la otra asegurara más su vivienda.

Después de las once de la noche no hubo agua, por lo tanto no hubo baño. Y lo de descansar fue un intento fallido.

A los meses, y por información de los vecinos, se enteraría de que el Polo la había robado. El Polo, ese muchachito al que muchas veces había ayudado en la rutina de una moneda para la soda, el taco de frijoles, el saludo sincero.

Ahora Polo es su alumno dentro de una cárcel de la ciudad. Silvia soslaya lo ocurrido, comparte con él y sus alumnos charlas sobre valores y cómo aspirar a tener una vida mejor al egresar de la prisión.

Dormir sin cenar

Diego García descendió la avenida con la intención de llegar a la tienda. Por la noche, antes de dormir, el hambre lo hostigó hasta hacerlo levantarse, ir por un paquete de chorizo, un paquete de tortillas.

Unos metros antes de la entrada a la tienda el filo de una navaja se atravesó ante su mirada. Después la voz amenazando: “Túmbate con la feria, dame el celular”.

Diego miró a los ojos del asaltante, y al reconocerlo le conminó para que se tranquilizara: “Soy amigo de tu papá, contigo jugaba al futbol cuando estabas chiquito”.

La respuesta fue un grito violento y el filo de la navaja tocando el cuello de Diego. Como pudo sacó setenta y tres pesos y se los entregó. Ante la parsimonia del asaltado, por eso del temblor que provocan los nervios, el agresor metió la mano en el bolsillo del pantalón de Diego y extrajo el celular.

Diego, con el llanto de impotencia, desde un teléfono público llamó al 066. De inmediato una patrulla con dos policías llegó a la calle Narbona de la colonia El Mariachi, en Hermosillo.

Diego dio las características del asaltante a los oficiales, quienes respondieron que es el mismo, que ya lo han denunciado, que lleva más de cinco asaltos en dos días.

Diego señaló la casa donde vive el ladrón. Los oficiales llamaron a la puerta y los padres del asaltante entregaron, a través de una ventana, el celular desarmado. Lo oficiales no pudieron entrar a la casa para detener al responsable del delito.

Diego regresó a su casa con un temblor en las manos, en las piernas. Esa noche no hubo chorizo frito. Sí la frustración por el asalto.

Promesas e intenciones

Seguirá siendo firme la lucha contra la inseguridad. El Chapo Guzmán no controla Sonora. Bajan índices de violencia en Nogales.

Las anteriores afirmaciones son del director de Seguridad Ernesto Munro Palacio, el mismo que hace un par de semanas compareció ante los integrantes de la Comisión de Seguridad del Congreso del Estado.

La violencia es como una gota de agua que taladra incesantemente el caparazón de la sociedad, y la voz oficial de quienes dirigen las instituciones son una contradicción constante. Los mismos dolores para la ciudadanía, los mismos pesares, idénticos los riesgos. ®

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Publicado en: Mayo 2010, Política y sociedad


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