INTELECTUALES Y REVOLUCIÓN EN CUBA

Entrevista con Rafael Rojas

Uno de los acontecimientos políticos del siglo XX que más impacto tuvo sobre América Latina lo fue indudablemente la revolución cubana triunfante en 1959, la que para muchos prometió la unión de valores como la justicia, la igualdad y la libertad, la que la haría distinta al socialismo real de raigambre soviética.

Rafael Rojas

El contexto de la Guerra Fría terminó por hacer del cubano un régimen muy cerrado que fue alejándose de aquellos ideales, lo que trajo consecuencias para la vida de la sociedad cubana en todos sus ámbitos.

Uno de esos ámbitos lo fue el cultural, en el que las condiciones políticas internacionales y las propias concepciones que del intelectual tenían varios dirigentes revolucionarios hicieron que los espacios en los que se expresaba la pluralidad creativa y crítica de los intelectuales cubanos se fueran reduciendo drásticamente —lo que llevó a mucho de ellos al exilio—, lo que terminó por generar un duradero y polarizado conflicto entre quienes apoyan al régimen castrista y quienes no lo hacen, enfrentamiento que permanece hasta la actualidad.

Un muy logrado estudio del desarrollo de la intelectualidad cubana en el siglo XX, con especial acento en los efectos que para ella significó la revolución, lo es el libro Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (Barcelona: Anagrama, 2006) de Rafael Rojas, con quien sostuvimos una conversación acerca de diversos aspectos del volumen, entre los que se encuentran los siguientes: los espacios de libertad en las dictaduras y en el régimen castrista, las razones y circunstancias de la cerrazón a la disidencia, el conflicto entre la poesía y la historia entre los escritores cubanos, los proyectos culturales de la revolución cubana y la recuperación de diversas tradiciones para la construcción de un nuevo modelo cívico.

También abordamos temas como la posición de los intelectuales extranjeros frente al régimen revolucionario, la relación entre los dirigentes políticos y los intelectuales, los aspectos positivos de la revolución en la cultura y el papel de los intelectuales en la construcción de un régimen democrático en Cuba.

Rojas, quien nació en Santa Clara, Cuba, es doctor en Historia por El Colegio de México y profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas. Autor de más de diez libros, es codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y colaborador de publicaciones como Letras Libres, El País y El Nuevo Herald. Con Tumbas sin sosiego ganó el XXXIV Premio Anagrama de Ensayo.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar un libro como el suyo?

Rafael Rojas (RR): En mi caso llevo muchos años trabajando sobre el tema de la historia intelectual cubana, y de algún modo lo que hice en este libro fue sintetizar muchas de las reflexiones que venía realizando. Claro, hay una motivación siempre ligada a la escritura de estos libros que son resultado de una investigación, y que es un poco ajustar cuentas con el pasado y hacer justicia. Siempre hay ese impulso en el historiador de hacer justicia a través de la memoria, y en mi libro se nota: es tratar de reconstruir un campo intelectual que era muy diverso, muy amplio, y que en las visiones más difundidas ha quedado como cercenado, enfocado en un solo sentido.

AR: Claro, ha habido una visión muy polarizada del asunto tras la revolución cubana. A mí me queda la impresión, tras la lectura de la primera parte del libro, que había un ámbito mayor de libertad, de pluralidad, de crítica política que provenía de la literatura y de la poesía, en las dictaduras, por ejemplo las de Machado y de Batista, que en el régimen de Fidel Castro. ¿Fue así?

RR: Sí, eso se transmite en el libro. Yo no me ocupo específicamente de eso, pero sin duda esas dictaduras fueron, para empezar, muy breves; estamos hablando de dictaduras de seis o siete años, no mucho más. No todo el momento de la dictadura es alta o férreamente autoritario; hay momentos en que son dos dictaduras que juegan con el orden constitucional o que lo tratan de respetar, el de 1902 en el caso de Machado y el de 1940 en el caso de Batista.

Pero evidentemente sí son climas de mayor flexibilidad, y que se nota sobre todo en la opinión pública y en el campo intelectual, porque en éste tienes a comunistas, católicos y liberales debatiendo muy civilizadamente sin que la sangre llegue al río.

AR: Me llamó la atención este espacio público donde, como usted señala, podía haber una coexistencia entre liberales, católicos y comunistas. En ese sentido, ¿había una tradición fuerte de tolerancia?

RR: Tampoco era una tradición fuerte. Estamos hablando de un país que comienza una vida semiindependiente en 1902, y la experiencia republicana es muy breve, a pesar de las dos dictaduras. Pero esa experiencia de medio siglo ha sido negada en la historia de Cuba por un orden típicamente totalitario, donde existe un único partido y un único caudillo prácticamente desde 1959, que además es un régimen que tiene que insertarse plenamente en la Guerra Fría. Entonces se incorpora en la esfera doméstica de la cultura la polarización generada por ese conflicto.

AR: Una de las partes que me parecieron más apasionantes del libro es donde trata el tema de la Revista de Avance, en cuya dirección convivían liberales como Jorge Mañach, Félix Lizaso y Francisco Ichaso, con comunistas como Alejo Carpentier y Juan Marinello. ¿Cómo fue posible esta confluencia? ¿Por qué tras la revolución los comunistas se cierran y atacan a sus antiguos compañeros y polemistas liberales?

Entre 1960 y 1961 hay una oposición armada dentro de Cuba, respaldada por Estados Unidos, con el propósito deliberado de aniquilar al gobierno revolucionario, y éste buscaba también aniquilar a esa oposición. Fue un momento de guerra civil intensa, y eso se refleja en el campo de la cultura.

RR: Es la polarización de la Guerra Fría, que lleva a un Estado de sitio que prácticamente se impone a la cultura cubana, especialmente a partir de 1961, cuando se resuelve la inserción de la isla al bloque soviético, y por la propia guerra civil que está teniendo lugar. Entre 1960 y 1961 hay una oposición armada dentro de Cuba, respaldada por Estados Unidos, con el propósito deliberado de aniquilar al gobierno revolucionario, y éste buscaba también aniquilar a esa oposición. Fue un momento de guerra civil intensa, y eso se refleja en el campo de la cultura.

El mismo afán de liquidación del contrario que se vive en términos militares y políticos se vive en la cultura.

AR: Pero Mañach y varios de los intelectuales liberales tenían otra idea de la revolución cubana y de lo que debía de ser; incluso uno de ellos, después, ya establecido el régimen castrista, dijo que la revolución no se trataba de eso.

RR: Todos eran revolucionarios a finales de los cincuenta, hasta 1960. Todos se opusieron en algún momento —unos más temprano que tarde, es verdad— a la dictadura de Batista y respaldaron a la revolución. El momento de la ruptura es la radicalización comunista desde el poder. Hay un momento entre finales de 1960 y principios de 1961 cuando la elite del poder, quienes están tomando las decisiones cruciales en el gobierno revolucionario —léase Fidel Castro y las personas más allegadas a él—, decide la alianza con la Unión Soviética en un contexto de Guerra Fría, como protección frente a los Estados Unidos para algunos, y como resuelta adopción del orden totalitario para otros.

El joven Castro y Nikita Kruschev

Fue una decisión que, como toda decisión, tiene elementos racionales y también no tan racionales. Pero ese es el momento en que se produce la fractura, porque en una situación de polarización total, binaria, como la que se vive en Cuba en ese momento, de Estado de sitio, entonces el opositor comienza a ser asumido como enemigo.

AR: Tras la revolución hubo acusaciones a algunos intelectuales de que habían colaborado con el antiguo régimen. ¿Pero hubo intelectuales importantes que se pronunciara contra la revolución y a favor del régimen batistiano?

RR: No, los batistianos sí quedaron fuera del campo muy pronto. Realmente era difícil encontrar intelectuales batistianos; más  bien había intelectuales que podían justificar la dictadura por la crisis de las instituciones, pero batistianos, como después habría castristas, fue muy raro encontrar. Entonces no los hubo; que hablaran de defensa de la dictadura o regreso a ésta, no; ni siquiera en Miami, que en los años sesenta es un lugar básico del exilio, era muy popular la figura de Batista.

La mayoría de los intelectuales eran revolucionarios con distintas ideas de la revolución: estaban los que defendían a la revolución como una recuperación del orden democrático perdido, que querían una reforma agraria moderada, que querían instituciones representativas, y había los que defendían la revolución desde un punto de vista marxista o socialista, que querían la radicalización del proceso para llevar a la alianza con Moscú.

AR: Hay una discusión que atraviesa todo el libro, que es el choque que hay entre lo que llamaría la poesía, en términos de la literatura (y que hacia el final del libro adquiere el cariz de memoria), y la historia, entendiendo a ésta como política. ¿Se pueden conciliar ambos aspectos en la realidad cubana?

RR: Ese es el gran dilema de los creadores, de los poetas y de los narradores en Cuba antes de la revolución: ¿Cómo conciliar poesía e historia? Muchos de ellos estaban frustrados con la historia, y producían su literatura a partir de esa frustración. Lo que produce la revolución es supuestamente un idilio, en el que el problema histórico se resuelve porque supuestamente Cuba ya es plenamente soberana y justa, y por lo tanto la literatura pierde el soporte de frustración y se vuelve muy complicada: ¿cómo hacer una literatura, una narrativa y una poesía en un estado de felicidad? Ese es el gran dilema.

Esa es una de las discusiones más fecundas que se producen en Cuba en los años sesenta y setenta. Ahora, por suerte, creo que en la literatura que se produce de los ochenta para acá ya está resuelto el asunto, porque quienes trazan la política cultural, el Ministerio de Cultura, no pretenden que estamos viviendo en un mundo feliz. Entonces la literatura vuelve a adquirir esa plataforma de insatisfacción con la historia que necesita para poder crear.

AR: Sobre la política cultural de la revolución cubana, usted menciona que ha habido cuatro: la liberal, la guevarista, la soviética y la posmoderna. Pero parece que hoy sólo quedan ruinas de ellas. Pero ¿hubo algún proyecto cultural de la revolución cubana coherente e integrado?

Uno puede hablar claramente del proyecto cultural muy vanguardista antirrepublicano, pero al mismo tiempo distante de los soviéticos y de los chinos, que era el de Carlos Franqui, un gran político de la cultura cubana, en los años sesenta y setenta.

RR: Ha habido varios. Uno puede hablar claramente del proyecto cultural muy vanguardista antirrepublicano, pero al mismo tiempo distante de los soviéticos y de los chinos, que era el de Carlos Franqui, un gran político de la cultura cubana, en los años sesenta y setenta. También se pueden mencionar ciertas instituciones como el ICAIC con Alfredo Guevara o la Casa de las Américas con Haydeé Santamaría, que parecieron seguir ese proyecto nacionalista pero al mismo tiempo cosmopolita, de vanguardia.

Ese es un proyecto; pero hay otro proyecto claramente delineado en el Congreso Nacional de Educación y Cultura en 1971, que es el del marxismo-leninismo ortodoxo soviético y que se opone al anterior.

También en los ochenta hay proyectos culturales posmodernos. Pero lo que ha pasado al final es que no ha subsistido ninguno, y entonces el régimen actual casi carece de política cultural, y lo que hace es recuperar tímidamente el nacionalismo republicano, católico, algo de reencontrarse con el nacionalismo revolucionario, pero sin enfatizar fuertemente desde las políticas culturales un perfil.

AR: Plantea usted que para la recuperación democrática de Cuba, que no abarcaría solamente el ámbito político, se requiere un nuevo modelo cívico. Para construirlo habría que recuperar el pasado colonial y republicano, nos dice. ¿Qué habría que recuperar de este pasado para ese flamante modelo? ¿Tal vez los mitos de la revolución inconclusa, del regreso del mesías, que tanto pesaron sobre la intelectualidad cubana?

RR: No, eso no, esa es la parte que a mí no me parece que contribuya a un orden democrático. Hay que salvar algo de las tradiciones intelectuales de la tradición cultural colonial republicana y revolucionaria también. Es decir, yo creo que la revolución también tiene valores muy importantes que deben aprovecharse en el orden democrático.

A grandes rasgos podría mencionar, de la tradición colonial, toda la gran historia del pensamiento cubano liberal-republicano, que dotó a la nacionalidad de bases modernas, desde José Antonio Saco hasta José Martí. De la republicana, la diversidad: los católicos, los marxistas, los liberales; para mí los marxistas anteriores a la revolución —Guillén, Marinello— hacen varios de los aportes más valiosos a la cultura cubana, y son críticos muy refinados. En la revolución también hay una gran tradición de irreverencia política, de vanguardismo en los proyectos culturales, sobre todo en los sesenta y en los ochenta, que son dos épocas de mucha efervescencia desde abajo.

AR: Otro punto que me llama la atención de su libro es que también toca en algunas partes a los intelectuales de fuera que viajaron a Cuba; usted va desde la célebre visita de Jean Paul Sartre hasta José Saramago. ¿Qué tan parecidas fueron las posiciones frente a la revolución de intelectuales cubanos y extranjeros? Veo el ejemplo de Octavio Paz, quien se entusiasmó inicialmente con la revolución, y terminó como un terrible crítico de ella. Actualmente sigue habiendo quienes critican de forma acerba al régimen cubano y otros que siguen defendiendo a capa y espada a Castro, como ocurre en el caso de Ramonet y el escándalo de su más reciente libro. ¿Qué tanto el conflicto de la intelectualidad cubana se trasladó al ámbito internacional?

RR: Lo que sucedió fue que desde los años de 1959 y 1960 Cuba se colocó muy bien en el imaginario de la izquierda occidental, porque una revolución en el Tercer Mundo, y además en un país fronterizo con Estados Unidos, capitaliza muchos símbolos anticoloniales, y, además, cuando se alía con la Unión Soviética capitaliza muchos símbolos socialistas. Es decir, la revolución es anticolonial y al mismo tiempo anticapitalista, y además defensora de una democracia directa o participativa. Eso fue un atractivo muy grande para la intelectualidad de la izquierda occidental, que estaba buscando una convergencia con todo eso.

Uno de los capitales simbólicos más grandes del gobierno de Fidel Castro en los sesenta era su distancia o su conflicto con Moscú; o sea, aparecer como un orden social heterodoxo dentro del socialismo, un orden herético o inconforme. Lo que sucede a finales de los sesenta y en 1971 es que con la sovietización de la isla una buena parte de esa intelectualidad socialista le retira su apoyo al régimen cubano. Creo que desde entonces hasta ahora lo que ha habido es un desencanto sucesivo, una serie de frustraciones que le van restando apoyo intelectual desde las izquierdas intelectuales al gobierno cubano.

Creo que más bien va por allí; crecimiento del respaldo, no, y van quedando muy pocos al final, como el fallecido Mario Benedetti o el propio Gabriel García Márquez, quien es un defensor más bien afectivo, que ya ni siquiera apela a cuestiones ideológicas; pesa más su amistad con Fidel Castro que cualquier otra cosa.

AR: En esta historia de la intelectualidad cubana, ¿qué papel desempeñan los grandes dirigentes de la revolución, como Fidel y el Che?

La visión que tenían tanto Fidel Castro como el Che y otros dirigentes de la revolución como ideólogos, desplazaba o subordinaba el papel de los intelectuales. Allí es donde se produce un choque entre el intelectual como letrado, y el dirigente revolucionario como ideólogo.

RR: La visión que tenían tanto Fidel Castro como el Che y otros dirigentes de la revolución como ideólogos, desplazaba o subordinaba el papel de los intelectuales. Allí es donde se produce un choque entre el intelectual como letrado, y el dirigente revolucionario como ideólogo. Al atribuirse el dirigente revolucionario el papel del ideólogo le restringía, digamos, una función de representación al intelectual, y por lo tanto subordinaba a éste.

AR: ¿Hubo algunos intelectuales que hayan ejercido una gran influencia sobre el poder? No sé, Fernández Retamar, Hart tal vez.

RR: Bueno, Hart era un político, era un dirigente revolucionario que se atribuía la función del ideólogo, o Carlos Rafael Rodríguez, que incluso tenía una formación como intelectual más depurada que la del propio Hart.

Entonces hay esa pugna de roles, que es la que subordina a los escritores, que abastecen de ideología a patrones trazados por los políticos ideólogos. Creo que en los años sesenta y setenta no tanto, pero en los años noventa, en el periodo poscomunista que se inicia en 1992, intelectuales como Fernández Retamar y Cintio Vitier se vuelven fundamentales, porque son los que proporcionan una legitimación más genuina al régimen en el momento en que éste se quiere desembarazar de la alianza soviética e incluso de la herencia comunista. En algún momento del poscomunismo el discurso intelectual que sirve de legitimación es el nacionalismo revolucionario, y allí intervienen estos intelectuales. Tienen su momento de influencia sobre el poder, tardío pero lo tienen.

AR: En los esbozos biográficos que se presentan en el libro de intelectuales cubanos, creo que sólo hay uno de la Cuba castrista, Fernández Retamar. ¿Por qué no incluyó a otros.

RR: Bueno, Vitier también está. Incluí de ese medio al que es un productor de sentido para la legitimación ideológica del régimen. Comparé a Fernández Retamar con otros miembros de su generación, como Lisandro Otero y Edmundo Desnoes —aunque éste salió—, y creo que en ella es, sin duda, el intelectual que produce mayor sentido a la legitimación del régimen, y por eso lo escogí.

AR: Me parece que el libro manifiesta un desencanto con la revolución cubana en el ámbito cultural. Pero quiero preguntarle, ¿qué aspecto positivo en el ámbito cultural le encuentra a la revolución cubana?

RR: Creo que un sentido muy agudo que se creó pero que está ahora en decadencia o en crisis: la defensa de valores como la soberanía, la justicia y la igualdad. Son valores que la revolución colocó en el centro de su imaginario, de su plataforma simbólica, segregando a la periferia otros importantes valores, como la libertad.

Eso generó un tipo de comportamiento y de cultura en la ciudadanía de la isla, que es celosa de esos derechos sociales y de su independencia, aunque son valores hoy en crisis. Pero creo que es un legado favorable de la revolución.

La revolución también modernizó de algún modo el orden cultural que traíamos de la república; es decir, conectó mucho la cultura cubana con la izquierda occidental en los años sesenta y setenta, y le inyectó cosmopolitismos y contemporaneidad a esa cultura. No creo que haya sido una voluntad deliberada de los máximos dirigentes de la revolución, pero sí de muchos dirigentes culturales como Carlos Franqui, Alfredo Guevara y Haydeé Santamaría. Eso dejó su huella, muy salvable para el futuro democrático de Cuba.

AR: Usted habla al final del libro de las posibilidades de que se instale un régimen democrático en Cuba. Viendo hacia el futuro, ¿qué papel tienen que cumplir los intelectuales cubanos de dentro de la isla como los de fuera?

RR: Ojalá pudieran desempeñar un papel mayor, pero creo que la esfera política cubana dentro y fuera del país está concebida de tal manera para que su papel sea mínimo. Dentro y fuera de Cuba estamos excluidos realmente de la toma de decisiones, en esa polaridad política que todavía se vive.

Creo que el papel que sí podemos desempeñar es reconstruir de una manera plural la memoria; trazar estrategias políticas de la memoria que sean inteligentes y que salven lo rescatable de estos últimos cincuenta años de conflicto, que no es poco. ®

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Publicado en: Destacados, La izquierda latinoamericana, Septiembre 2010


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