Jack el saltarín en la ciudad

O lo que el demonio del rock necesita

Los Rolling Stones en México. El último concierto de la banda de septuagenarios, seguramente. El palomazo de Charlie Watts en la Torre Mayor. Las mismas viejas canciones y el mismo entusiasmo renovado de un público siempre fiel.

I

“¡Qué cabrón! ¿De verdad toca jazz?”, piensa Roberto Verástegui posando sus manos sobre las teclas cuando un anciano de 74 años da un salto y sube al escenario. Las notas de “Miss you” con arreglos de jazz hechos por el saxofonista Tim Ries aún reverberan en el Club Piso 51 cuando el vocalista Bernard Fowler aparta sus trenzas del rostro y anuncia a un tal Charlie Watts por el micrófono. A esas alturas de la Torre Mayor pocos ignoran que ambos músicos fungen de apoyo para una monstruosa maquinaria rockera cuya lengua rampante se conoce en todos los puntos del globo.

Watts.

Watts.

Watts, alto y desgarbado, viste unos jeans negros coronados por una camiseta roja pegada a su delgado cuerpo, tan sólo cubierto por una chamarra de cuero oscura como ese frío miércoles por la noche en una ciudad que ya no sabe cómo llamarse. Se despoja de su abrigo venciendo una vez más su timidez para asumir el protagonismo de hacer música. Gustavo Nandayapa deja la batería y cede sus baquetas mientras la concurrencia mira atónita cómo uno de los Rolling Stones comienza a tocar sin mediar palabra alguna. Suenan los acordes de “Waiting on a friend”, canción del legendario grupo que ahora se escucha por primera vez interpretada por un ensamble de jazz en la Ciudad de México.

Clap clap clap clap y silbidos se escuchan cuando termina el primer corte. Así se abandona el público que llena el lugar, una atalaya elitista que se erige a decenas de metros lejos del olor a alcantarilla que los de abajo tenemos que respirar a pie por la ciudad, olvidándolo todo pues el viejo Charlie se arranca con “For all we know”, un standard que en su tiempo fuera interpretado tanto por Nat King Cole como por Nina Simone. Watts cambia las baquetas por unas escobillas, que rascan la superficie del tambor, demostrando conocimiento y sensibilidad a la hora de interpretar un género en el cual pocos saben que se siente cómodo.

Hay que reconocerles a sus satánicas majestades el buen gusto de seleccionar músicos provenientes de otras áreas que no fueran ni el rock ni el blues.

Verástegui toca su teclado, pero al igual que el resto de la banda conformada especialmente para esa ocasión por Luri Molina (contrabajo), Francisco Lelo de Larrea (guitarra) y Jerónimo González (jarana), mira el hecho inaudito que acontece ese 16 de marzo a las 10:30 de la noche. Pero mientras los músicos mexicanos tocan fascinados con una leyenda del rock con un gusto secreto por coleccionar discos de jazz, Darryl Jones rasga las cuerdas de su bajo con la confianza de un músico que debutó en 1983 apadrinado nada menos que por Miles Davis. En 1993, ante la salida de Bill Wyman de los Stones, Jones ocupó su lugar y sigue ahí desde entonces. Algo similar ocurrió con Karl Denson, presente esa noche con su sax tenor por acompañante. Hay que reconocerles a sus satánicas majestades el buen gusto de seleccionar músicos provenientes de otras áreas que no fueran ni el rock ni el blues. Irónicamente, cuando Wyman se fue tuvo a bien formar a los Rhythm Kings, volviendo a las raíces del swing, el boogie, el rockabilly y el blues, en paz consigo mismo a pesar de ser ninguneado por sus otrora compañeros que le negaron la coautoría de “Jumpin’ Jack Flash”, “It’s only rock and roll” y “Honky Tonk Women”.

La algarabía es general cuando los tragos y los platillos a precios exorbitantes son llevados por discretos meseros a las mesas atiborradas de comensales. Como era de esperarse, el foco de atención es Watts, que cierra los ojos mientras toca, ajeno y distante al público que se pierde del momento que él disfruta, empeñados como lo están en tomar fotos y video, cuando el viejo Charlie va esbozando una leve sonrisa que se mantiene en sus labios incluso cuando interpreta “Billie’s bounce”, un blues de Charlie Parker para finalizar su intervención.

Toma su chaqueta de nuevo al despedirse efusivamente de cada uno de los músicos, huyendo presuroso antes de que la gente se arremoline para pedirle fotos y autógrafos. Algunos tienen suerte; otros, como el bajista y el cantante del grupo mexicano Paté de Fois, se limitan a mirar a través de los cristales que recubren el edificio, buscando entre las luces de abajo el brillo que a falta de estrellas en el cielo sólo puede suplirse con lámparas LED —o un astro del rock de platinada cabellera.

II

—¿Por qué no puedo entrar por aquí? —increpo con enojo a Tonatiuh, uno de los que custodia la entrada al Foro Sol.

—Disculpe, pero hubo que cerrar con vallas —me explica calmadamente como si no escuchara a lo lejos “Let’s spend the night together”—, pero ya sabe cómo es, ahora sí que la gente hizo de las suyas —sentencia enojado el buen Tona, con unos incipientes 22 años y notando en mi rostro la desesperación porque el concierto ya ha comenzado.

Un violento portazo acaba de ocurrir y algunas personas logran colarse al inmueble, ocasionando perjuicio para los demás que, además de llegar estúpidamente tarde, venimos con ticket en mano. “Habrá que dar toda la vuelta”, pienso con frustración al tiempo que maldigo mil veces a la aerolínea que llegó con hora y media de retraso.

La lengua del rock.

La lengua del rock.

—¡A la chingada la contingencia ambiental! —grito muy resuelto cuando emprendo una desesperada carrera hacia la entrada opuesta. Afuera, en la puerta 6, los revendedores continuaban diciendo por lo bajo: “Le sobran, ¿le sobran boletos?” Por increíble que parezca, todavía hay gente que demanda entrar aunque el precio sea exorbitante hasta por 300% según las cifras cotejadas en redes sociales. Pero nada es inverosímil cuando se trata de ver por primera, segunda o última vez a una de las bandas de rock más famosas e influyentes del planeta, así, a secas, sin idealizarlos un ápice pues los verdaderos dioses del rock tuvieron el buen gusto de morir jóvenes dejando un cadáver que todavía lucía bien.

Así que corro, corro con todas las fuerzas que el sedentarismo y mis pulmones de fumador me permiten. Antes de comenzar a escupir ventrículos por la boca me detengo, pues siento punzadas en el pecho, mas no es un infarto: “Angie”, una de sus baladas emblemáticas vibra por debajo de las gradas mientras la bilis se me agolpa, impulsándome a correr de nuevo. Al fin llego a la otra entrada, tosiendo y tosiendo, las perlas de sudor vuelan por los aires y a lo lejos, la panacea: Ron Wood rasga su guitarra al compás de “Paint it black”. Me siento desfallecer. La cerveza que ya tengo en la mano y el riff de “Honky tonk women” me reaniman cuando ya me interno entre la multitud todavía agitado por el esfuerzo.

“Esos viejos lo valen”, digo hacia mis adentros al escuchar a Mick Jagger presentar a Keith Richards como “mi compadre”. Richards, con el pelo más canoso que el de mi abuelo, esgrime su guitarra para entonar con su aguardentosa voz “You got the silver” y luego, sin dejar de reír con su cuidada dentadura de un millón de dólares dedica “Happy” a su esposa, que cumple años ese 17 de marzo de 2016. Keith enciende un cigarrillo frente a sesenta mil personas que lo miran expectantes, tan sólo para ceder la batuta de nuevo a Jagger, que viene corriendo desde el otro lado del escenario impulsado seguramente por un oscuro resorte producto de un pacto mefistofélico cuyo símbolo empuña en la mano como si se tratara de su alma: una armónica. La bluesera “Midnight rambler” comienza y Mick toca y resopla como si ¿tal vez? su vida estuviera en juego. No lo sabemos, sólo bailamos, sólo bailamos, bebemos y gritamos.

Mas ese flacucho de rostro un tanto avejentado está lleno de fibra, “fibroso el condenado” alcanza a gritar el tipo a mi costado. Y bien adjetivado el asunto, ya que sin reparar en lo ridículo que resulta un hombre arriba de sus setenta haciendo esos movimientos, lo cierto es que nos tiene a todos obnubilados de música y marihuana, que rola a discreción aquí y allá sin importunar a nadie, no importando de qué generación se trate.

El pandemónium no se desata sino hasta que comienza “Miss you”, rola de su etapa disco que provoca el ulular de cientos de personas al unísono. Frente a mí, un tipo de chamarra negra se mueve incontrolablemente emulando a Jagger, que para esos instantes ya se contorsiona en el escenario, haciendo requiebres de cadera que se antojan nostálgicos y complicados a cualquier edad. Mas ese flacucho de rostro un tanto avejentado está lleno de fibra, “fibroso el condenado” alcanza a gritar el tipo a mi costado. Y bien adjetivado el asunto, ya que sin reparar en lo ridículo que resulta un hombre arriba de sus setenta haciendo esos movimientos, lo cierto es que nos tiene a todos obnubilados de música y marihuana, que rola a discreción aquí y allá sin importunar a nadie, no importando de qué generación se trate. De pronto, Mick se pone de espaldas y le da una nalgada a su huesudo trasero, provocando a la audiencia y a mujeres de todas las edades que en ese momento empapan sus calzones por alguien que es mayor que su padre. Pero el anciano trompudo los tiene comiendo de la mano y se sale con la suya ejecutando una epiléptica danza, Piernas Locas está fuera de control cuando “Gimme shelter” arranca y la vocalista Sasha Allen hace su aparición: “It’s just a shot away, it just a shot away” canta la belleza negra dando oportunidad de que Jagger recobre el aliento antes de que su voz comience a menguar.

Una vez repuesto, retoma las riendas con “Start me up”, trotando por la pasarela que es una extensión del escenario y Keith, siempre fiel, lo sigue de cerca azuzado por miles de puños que se levantan en vilo como queriendo golpear al fantasma de la vejez y de la ineludible muerte que te dice al oído “wooo, wooo, wooo, wooo” sincopada por unos ominosos tambores que te indican que todo ya valió madres porque a la hermosa Marianne Faithfull se le ocurrió darle a Mick El maestro y Margarita, novelón de Bulgákov que narra la visita del demonio a Moscú. Eso bastó para que en los sesenta muchos sintieran “Simpatía por el diablo”, al igual que ahora cuando la cerveza vuela y los pies se mueven más allá de sus posibilidades, emocionados cuando aquél se despoja de la capa roja y negra estilo glam que lo cubre, siguiéndose de largo con el baile desaforado de “Brown sugar” con la cual se despiden del Foro Sol.

III

Las luces se apagan. Nadie se mueve. “Otraaa, otraaa, motaaa, motaaa” se mezclan los gritos de la concurrencia cuando Mick sale vistiendo un gorro al tocar la guitarra acústica, alguien sopla un corno francés y el coro Elementum aparece en el proscenio entonando las notas celestiales de “Can’t always get” que marca el éxtasis final de este concierto —al menos para mí—, a pesar de que le sigue “Satisfaction”, demasiado tarde ya, cuando mi mente está volando en dirección de los fuegos artificiales que terminan de incendiar la experiencia histórica de presenciar su última gira juntos, tal y como el sentir popular nos asegura.

En algún lugar del mundo.

En algún lugar del mundo.

En la memoria quedan Ron Wood y Charlie Watts, verdaderos puntales de la banda y los más rifadores según se pudo apreciar. Sin la base rítmica del comandante Watts los R[uc]olling no serían nada, tampoco sin los riffs y solos de Wood que, sólido y siempre fumando, sostienen los brillantes momentos de Richards y Jagger que se echan al público a sus hombros mientras que aquellos cargan con el peso musical de la banda, intactos y certeros, sin tantos aspavientos y tocando las notas correctas para compensar las deficiencias que acusa la voz de Mick sin grandes consecuencias. Y así comenzamos la retirada aunque algunos aferrados todavía piden más, sabedores de que a lo largo de dos horas hicieron todo lo que sus cuerpos permiten y de que uno no siempre puede obtener lo que quiere, pero que los Rolling Stones nos dieron justo lo que necesitábamos. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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