JOHN GRANT Y QUEEN OF DENMARK

Entre la caída de zares y el encuentro de reinas

La vida de los rockeros nos atrae porque tiene muchos elementos de una gran narrativa: éxito, fracaso, drogas, amor, sexo y por supuesto, música. La historia de John Grant tiene todo eso y más.

John Grant

Si fuera por la parte más conservadora de la industria musical, lo que privaría serían historias de gente que salió de la nada (preferentemente barrios pobres y familias disfuncionales) y alcanzó el éxito masivo pese a todo tipo de obstáculos. Adoran aquello de “Y vivieron felices para siempre”. Aunque también existe la vertiente que se alimenta y financia de las tragedias de las estrellas. Existen medios para dar seguimiento a las grandes figuras caídas en desgracia. Ese síndrome de Elvis y Marilyn en nuestros días crece en Pete Doherty, Charlie Sheen o Amy Winehouse. Los tabloides arden en deseo de nuevos desplantes, de más traspiés que llenen portadas y vendan miles de ejemplares.

Se tiende entonces a la dicotomía, a un universo maniqueo dividido únicamente en buenos y malos. Y así no es la vida. Existen muchas aristas, inflexiones y posturas que no nos hacen meros héroes y villanos. Existe una gran complejidad que de verdad nos humaniza, nos vincula con la experiencia existencial hasta la médula, ya sea a través del dolor o el placer.

No falta quien se aferra al modelo de la Cenicienta o de Rocky, pero no son pocos a quienes seducen biografías como las Sid Vicious o Ian Curtis, de Joy Division —la atracción por la tragedia. Se trata de paradigmas extremos muy propios para las leyendas de celuloide, exageraciones que se salen de la medianía. Lo que es un hecho es que entre ambas tendencias hay un espectro vastísimo de formas de vivir para gente de carne y hueso; experiencias con subidas y bajadas que mucho tienen de impredecibles. Hay todo un rango donde se mueven personas que saben lo que es caer, levantarse y seguir luchando, sin que les importe como tema central el éxito; prefieren primero rescatarse y sobrevivir haciendo lo que mejor pueden y más les llena.

Así ha ocurrido con John Grant, quien hace una década trataba de subir algunos peldaños en el escalafón del rock junto a su banda: The Czars. Por más que la propuesta (shoegaze y pop ambiental) poseía calidad y calidez, no trascendió; sus miembros, al ver que nada bueno ocurría, decidieron desintegrar el grupo tras de grabar Sorry, I Made You Cry (2006), cambiar de aires y dejar Denver, entonces su centro de operaciones.

John se vio sin músicos y sin rumbo. Paró en Nueva York, donde se empleó como mesero e intérprete en un hospital. Las más duras batallas las libró con su depresiva personalidad y con una historia crónica de adicciones.

Hoy día ni se conmisera ni se victimiza, pero sabe que sigue siendo un conflicto que debe enfrentar: “A veces siento que tendría que haber seguido bebiendo, consumiendo cocaína y escapando, porque es muy duro afrontar todo esto. Hay gente ahí a la que puedo acudir. Lo que me dicen es que todo va a estar bien, ellos lo creen, pero tengo que ser yo quien lo crea. Me gustaría no tener que pasar por esto. A veces creo que mi cabeza va a explotar, porque no entiendo nada. Pero bueno, luego te despiertas y ahí está un día nuevo”.

Grant se debatía entre un estira y afloja, pero al menos algunos de sus buenos amigos no lo dejaban de lado. De vez en vez los Flaming Lips lo invitaban a tocar juntos, al igual que los texanos de Midlake. Estos últimos cambiaron el rumbo de esta historia; se preparaban para entrar a grabar lo que a la postre sería The Courage of Others (2010), pero pensaron que entre sesión y sesión se abrían espacios que su colega podría aprovechar para reactivar su carrera y si hacía falta una banda de apoyo ellos se encargarían de cubrir tal rol.

John Grant no tenía más que melancolía, resabios de sus adicciones, una infancia perdida como constante cita, y por si fuera poco, una atormentada vivencia de su homosexualidad. Reunió todo ello, lo transcribió en canciones y obtuvo Queen Of Denmark,

un álbum hermosísimo, reposado y sincero, al que no dominan los pesares —no va en la ruta de Antony— sino una apreciación agridulce y humorística de cada una de sus tribulaciones: “Ahora que ha pasado más de un año desde que fue grabado me doy cuenta de que a estas canciones las ha salvado el humor. Es el principal motivo gracias al que puedo escuchar este disco. Hablo abiertamente sobre cuestiones muy personales, doy opiniones, lo que cuento podría no agradar. Pero el humor es humano y unifica”.

Otro aspecto importante de esta grabación, cobijada por el espléndido sello Bella Union, es que no se trata del manifiesto del que se ha sometido a una desintoxicación, fue al revés; ocurrió que tras escuchar sus propias composiciones fue cuando decidió ingresar a una clínica. Tras este trance, ahora hace de abridor para Wilco en su gira europea —lo que no es poca cosa.

Un poco de folk, orquestaciones perfectas, soft rock, teclados intimistas y una interpretación que cala hondo contribuyen a convertirlo en uno de los hallazgos del año, en una de sus joyas.

Queen of Denmark rebosa de pureza y elegancia desde el instante mismo en que comienza el tema de apertura “TC And Honeybear”, en que incluye, además de cuerdas, a una cantante de ópera. Pero parece que la aclamación —al menos de los especialistas— vino con “I wanna go to Marz”, de la que existe una gran versión en vivo desde el programa de Jools Holland. Importantes publicaciones como Mojo o Uncut le han dedicado elogios unánimes. Lo que sin duda da sentido a un hombre volcado sobre su obra: “Mi implicación es muy grande, casi insoportable. Para mí es inevitable hacerlo así. Estoy intentando mirar dentro de mí y aceptar lo que veo. Necesito saber si puedo vivir con lo que soy. Hasta ahora este disco es lo más cercano que he tenido a disfrutar en el estudio, pero al mismo tiempo ha sido muy doloroso. Todo estaba sucediendo mientras lo grababa. Me gustaría hablar de la belleza, de pasarlo bien, de ser joven. Espero poder hacerlo algún día”.

Un poco de folk, orquestaciones perfectas, soft rock, teclados intimistas y una interpretación que cala hondo contribuyen a convertirlo en uno de los hallazgos del año, en una de sus joyas (escúchese “Where dreams go to die”). Aquí hay un torrente de verdad y entrega, que además se encauza sobre el flujo del preciosismo. Una estructura musical de ensueño que permite a un compositor mirar a la cara a sus demonios, como confesó a una revista española: “La gente pasa por la misma mierda por la que paso yo, así que a nadie le puedes importar realmente. Porque no eres especial, sólo eres una persona. Me resulta difícil llegar a darme cuenta de los motivos por los cuales yo puedo importar. Pero por otro lado pienso que estoy aquí. Estoy aquí y tengo contacto con gente cada día. Tú y yo estamos hablando ahora mismo, importamos”. ®

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Publicado en: Diciembre 2010, Música

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