La carcajada trasímaca

Las leyes del injusto

Priistas descontentos, tomando las calles de la ciudad (las manifestaciones en democracia no excluyen el cinismo, siempre y cuando los manifestantes hagan peticiones aparentemente justas), para denunciar no un fraude electoral, sino que los engañaron, que no les dieron ni pa’ la torta, pues algunos nada más recibieron “unos pinches totis y un jugo”.

Sócrates

Trasímaco es uno de los personajes de la narrativa platónica que sobresale no sólo por la vehemencia con que interpela a Sócrates, el maestro de la dialéctica, que de alguna u otra manera siempre se las arregla para que sus interlocutores no hablen en sus propios términos sino en los suyos —los de Sócrates—, como irónicamente asevera Trasímaco, haciendo preguntas que ya llevan implícita la respuesta y a las que “como a las viejas que cuentan leyendas” sólo resta asentir o disentir; sobresale también por ser uno de los pocos personajes frente a los que la elaborada dialéctica socrática no termina de convencer mediante argumentos contundentes que impongan el razonamiento sobre el “sentido común” —especialmente de alguien que lo lee más de dos milenios después, en un país que “democráticamente” elige el retorno al poder de un partido cuyas prácticas habrían impresionado al mismísimo Trasímaco…

“Afirmo”, dice este gran personaje, político (en un impulso de vehemencia, pues esto se contagia, iba a escribir: priista, pero para ser, valga la expresión, políticamente correcto y no ser acusado de ingenuo o tendencioso, debo pues añadir, aunque dependiendo de cómo se los conciba los términos pueden ser intercambiables, es decir, sinónimos): mexicano avant la lettre, “que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”. Pero ¡cómo!, se preguntará escandalizado el lector. ¡Pues sí! Y por si fuera poco, este charlatán, este sofista —diría el que hablaba a solas con demonios (la traducción es mía)— agrega:

“Cada gobierno implanta las leyes en vista de lo que es conveniente para él… Una vez implantadas, manifiestan que lo que conviene a los gobernantes es justo para los gobernados, y al que se aparta de esto lo castigan por infringir las leyes y obrar injustamente… en todos los Estados es justo lo mismo: lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza, de modo tal que, para quien razone correctamente, es justo lo mismo en todos lados, lo que conviene al más fuerte”.

Sócrates, siendo fiel a su estilo, que es por siempre mantener el temple y no dejarse llevar por las pasiones en medio de una discusión entre animales políticos (discúlpeseme el préstamo), empieza a envolverlo dialécticamente para encantarlo como una serpiente (Glaucón dixit), y para ahorrar al lector esta perífrasis (¡Pero cómo te atreves —me reclamarán indignados los amantes de la sabiduría— a llamar de esa manera al ejercicio mismo del logos!) presento su conclusión —que como ya el mismo Trasímaco anticipaba, no podía ser otra que invertir la relación de los términos dados en la definición de lo justo de éste–: “—Entonces, Trasímaco, en ningún tipo de gobierno aquel que gobierna, en tanto gobernante, examina y dispone lo que le conviene, sino lo que conviene al gobernado y a aquel para el que emplea su arte, y, con la vista en éste y en lo que a éste conviene y se adecua, dice todo lo que dice y hace todo lo que hace”.

En este punto culminante el adversario —que no enemigo— del representante del logos, luchando con todas las fuerzas que le restan antes de caer bajo el influjo de la víbora —que no tepocata—, en un movimiento esquivo digno de un pugilista para evitar el knock out socrático, astutamente lanza una pregunta desconcertante por, en apariencia, no venir al cuento y, con esto, además, muestra un exquisito ingenio, que los mismos ingleses envidiarían:

“—Dime, Sócrates, ¿tienes una nodriza?

—¿Y eso por qué lo dices? ¿No sería mejor contestarme que preguntar esas cosas?

—Porque se nota que te deja con las narices moqueando cuando necesitas que te las haga sonar; y si tuvieras nodriza, ella te habría enseñado a reconocer ovejas y pastor”.

En otras palabras: Sócrates, tienes la ingenuidad y la candidez de un escuincle que no sabe sonarse los mocos, cuando no puedes ver —estoy parafraseando al adversario de la serpiente hipnotizadora— que los justos tienen menos que los injustos; que en lo referente a los impuestos, aunque tengan los mismos bienes, los injustos pagan menos y también reciben más a la hora de cobrar las facturas; “cuando cada uno de ellos ocupa un cargo —ésta sí debía ser una cita textual pues no hay desperdicio—, al justo le toca, a falta de otro perjuicio, vivir miserablemente por descuidar sus asuntos particulares, sin obtener provecho alguno de los asuntos públicos, en razón de ser justo; y además de eso, es aborrecido por sus parientes y conocidos, por no estar dispuesto a hacerles un servicio al margen de la justicia”.

¡Oh, cínico y desvergonzado Trasímaco! ¡Debes ser tú la inspiración de aquel priista que haciendo alarde de una asombrosa capacidad de síntesis resumió tu exposición en una sola frase: “Un político pobre es un pobre político”! ¿Dónde está el líder moral, necesariamente amante de la sabiduría, filósofo pues, que pueda no sólo desmentir sino convencer, como dudosamente habría hecho Sócrates, a la plebe, a la prole, que tiene hambre y sed no sólo literalmente sino también (pero solamente habiendo satisfecho estas necesidades básicas) de conocimiento y sabiduría?!

¡Oh, cínico y desvergonzado Trasímaco! ¡Debes ser tú la inspiración de aquel priista que haciendo alarde de una asombrosa capacidad de síntesis resumió tu exposición en una sola frase: “Un político pobre es un pobre político”!

Y si no me creen, juzguen ustedes mismos. En nuestras democracias (¡bananeras!, exigiría que adjetivara Sanjuana Martínez), donde, ¡Oh Sócrates!, ¡oh Platón!, nos gobiernan no filósofos como en tu bendita república ideal, sino políticos reales, o sea, esos que, en el mejor de los casos, sólo conocen la Realpolitik, que solamente en épocas electorales se vuelven toda ternura, todo compromiso, toda dádiva, al ser el único momento en el que se sienten vulnerables, cuando se esfuerzan por aparentar que comulgan no con las ideas de Trasímaco sino con las de Sócrates y en este sentido se dirigen al electorado no como a ovejas, sino como a ciudadanos bien informados que van a manifestarse de manera libre y responsable a las urnas (aunque esta última afirmación proviene más bien de los autodenominados “analistas” de los mass media, nuevos personajes de las democracias modernas, una suerte de Hermes, dedicados a traducir para nosotros, pobres mortales, el sentido de nuestros actos y de quienes habitan no en los Campos Elíseos sino más abajo, cerca de El Bosque de Chapultepec). Como decía, en nuestras democracias (¡bananeras!, vuelve a exigir Sanjuana), donde nuestros sabios y viejos políticos —no por nada quienes instauraron estas prácticas gobernaron la República (mexicana, se entiende) por más de setenta años y a partir de diciembre de este año a seguir contando— se curan en salud dándose baños de pueblo y, así, aplican en la medida de sus posibilidades una de las máximas de la sabiduría popular que reza “Barriga llena, corazón contento”; decía pues, estos políticos, que preocupados por asegurar, antes que otra cosa, el derecho a la alimentación del electorado mexicano (aunque sea por un día), orquestaron (me gusta esta palabra, que implica, siguiendo la teoría del complot, de una manera bastante demodé, que habría uno, un solo director de orquesta) la entrega masiva ya no de despensas sino de una moderna tarjeta de prepago (¿quién dice que no hay avances en las democracias? En la nuestra, gobernada por seguidores de la doctrina neoliberal, y en absoluta congruencia con sus principios, se considera al elector, antes que otra cosa, “agente racional”, eufemismo de consumidor, capaz de elegir por sí mismo —en este caso no el lugar donde comprar, vayamos paso a paso— qué productos consumir —incluidos los políticos— en función de las diferentes ofertas y precios que ofrecen las empresas en una economía de “libre mercado” —no como las anticuadas prácticas de entregar despensas privando al consumidor de una de las ventajas de este modelo económico: la posibilidad de elegir— donde la “sana competencia” beneficiaría —al menos así lo postula la teoría— al consumidor al incidir directamente en la disminución de los precios de los productos, ¡sóplate ésta Slim, perdón, Smith!), con el único fin de —en esto resultan más marxistas que neoliberales— asegurarse de que habiendo satisfecho esta necesidad elemental y desde hace algunos decenios también declarada derecho humano, es decir, después de haber comido como se debe, haber reposado y echado la siesta y posteriormente reflexionado concienzudamente durante la veda electoral sobre a cuál de las muy “claras y distintas” opciones políticas entregar el voto —momento culminante del papel del Gran Elector, después de lo cual los partidos le dan las gracias por participar dejándolo tranquilo con la promesa de que lo que sigue después no debe preocuparle pues ahora está en sus manos —de los primeros— el rumbo de la nación, y que en democracia se debe respetar la Responsable Decisión de La Mayoría—; decía pues (¡carajo, este párrafo no se deja terminar!) que estos políticos responsables y generosos en fechas recientes, y como han documentados algunos medios de comunicación, entregaron tarjetas de prepago en lugar de despensas.

Lo sorpresivo no ha sido tanto enterarnos de estos actos como que en fechas recientes hemos visto un fenómeno inédito (lector, no soy tan viejo como puedes imaginar y estoy menos informado de lo que quisiera; si esto ya ha pasado antes, por una vez haz caso omiso de mi error y considéralo un efecto retórico): priistas descontentos, tomando las calles de la ciudad (las manifestaciones en democracia no excluyen el cinismo, siempre y cuando los manifestantes hagan peticiones aparentemente justas, como ya se verá), para denunciar no un fraude electoral, sino que los engañaron, que no les dieron ni pa’ la torta, pues algunos nada más recibieron “unos pinches totis y un jugo” (lector, a partir de ahora, lo que esté entre comillas son citas textuales tomadas de diferentes fuentes, hay que ser democráticos —lo cual no necesariamente quiere decir demócratas—: no solamente los grandes clásicos merecen ser parafraseados o citados textualmente). Leamos algunos valiosos testimonios (se omitirán los nombres de los declarantes para resguardar su identidad):

“Ahora nos están mandando mensajes anónimos. Nos dicen que por pinches 500 pesos vendimos al país, que somos traidores, que esperan que nos alcancen para seis años, algo así. Pero cuáles 500 pesos, si no nos están dando nada”.

Transimaco

Fungiré como “analista” y traduciré para ustedes el significado oculto de estos mensajes. Traducido en otras palabras esta persona quiso decir: no entendí qué tiene que ver que haya vendido mi voto por pinches 500 pesos con la traición a la patria. En una economía de libre mercado se puede vender todo aquello que sea propiedad de uno; México es una democracia regida por el libre mercado, y yo soy un agente libre; ergo (¡ah, sofista!), tengo la libertad de enajenar mi voto y venderlo al mejor postor o partido, ya que a falta de argumentos en todas las campañas, ¿quién se puede resistir a un cañonazo de 500 pesos (parafraseando a otro clásico de la cultura nacional)? Por cierto, tampoco entendí a qué se referían con que ojalá los 500 pesos nos duren seis años. ¡Yo lo único que reclamo es que el gobierno entrante cumpla su compromiso y si no tiene… que encuentre alguien que me los pague!

¿Qué opinas, querido lector? ¿No es acaso un reclamo justo? ¿O dirías que es injusto?

Leamos otro testimonio:

“Dijeron que iban a ser 500 pesos al iniciar y 500 al finalizar, y resulta que después nada más querían dar cien pesos, y al final no nos dieron nada”.

Quizá en las leyes del mercado encontraremos una explicación a este misterio. Es posible que en el distrito electoral de donde proviene el declarante la demanda haya sido mayor a la oferta, y que se le hayan acabado los recursos al ofertante. Por otra parte, y siguiendo la analogía con el mercado, también habría que tomar en cuenta que cuando uno utiliza el voto como si fuera capital para invertir en la bolsa de valores, éste a veces se deprecia, a veces se desploma, a veces deviene capital financiero meramente especulativo; en otras palabras, como en toda democracia libre y soberana, a veces se gana y a veces se pierde, o para usar un dicho popular muy ad hoc, diría que existe la posibilidad de quedarse como el perro de las dos tortas…

¿Qué opinas lector? El reclamo de este especulador ¿es justo o injusto?

Leamos otro testimonio. Se trata de un priista que se siente vejado porque su gallo no ganó y, consecuentemente, no cumplió su parte, o sea, pagar por los preciados votos:

“No porque perdió nos tiene que olvidar; eso no es culpa de nosotros; nosotros trabajamos y queremos que nos paguen”.

De nuevo, hay que acudir a la sabiduría neoliberal. Y que esto sirva de lección. En la jerga de los economistas hay inversiones de alto riesgo. Es, para decirlo en términos coloquiales, una suerte de apuesta o un volado. En economías de capital volátil sólo los muy avorazados y con información privilegiada se animan a invertir todo su capital en negocios especulativos. Seguramente no le explicaron esto o el declarante no puso atención.

Muy parecido al anterior está el siguiente testimonio: “Pero eso no es mi culpa que la candidata no haya ganado. Yo sí vi en la tele a La Gaviota que le alzó la mano a Peña; entonces sí sirvió”.

¡Ah Fuenteovejuna! ¿Quién votó por Quique Peña Nieto, el del coqueto copete, se preguntan entre asqueados y sorprendidos los adversarios? Los “analistas” al unísono contestan: ¡Fue El Pueblo! ¡La Mayoría! ¡El Gran Elector! ¡Debe respetarse su decisión libre y soberana!

¡Ah! Tenemos aquí a la primera declarante que presenta una prueba de la eficacia, de la utilidad de su voto: Quod erat demonstrandum (en español: que es lo que se quería demostrar). Ni Spinoza habría podido ser más riguroso. Sin embargo, se trata de una prueba metafísica en tanto se basa en un acto de fe: estimada —es una forma educada de hablar, querido lector, créeme que no goza de mi estima— electora, voraz consumidora de telenovelas, tevenotas y demás pastiches de chismarajos, notas rosas y morbosas, escucha bien pues no podré volver a revelar este misterio (pausa y silencio dramático): No todo lo que ves en la televisión es verdad ni es real (dejemos las discusiones ontológico-epistemológicas para otro lugar). Lo anterior incluye: imágenes en ángulo cerrado o abierto para hacer parecer que hay más o menos seguidores en los mítines según la o el candidato; mostrar un gesto o un perfil que favorezca o perjudique al candidato o candidata; audios distorsionados con frases y aseveraciones sacadas de contexto para hacer parecer a ciertos candidatos no sólo un-peligro-para-la-nación, sino siniestros abortos de Walt Disney; imágenes de candidatos y candidatas abrazando cálida y amorosamente a algún indígena siempre de menor estatura para que tampoco sobresalga; barritas de colores (también llamadas encuestas) que representarían (ojo con esa palabra) las tendencias y preferencias electorales de El Gran Elector, o dicho en palabras de los “analistas”: La Mayoría, entre otras cosas.

¿Está bien fundamentado el reclamo de esta mujer, lector? ¿Es justo exigir un pago por el voto útil teniendo a las imágenes televisivas como prueba irrefutable de ésta su última verdad —que no Verdad Última?

Y ya que tocamos el tema de La Mayoría, he aquí otro testimonio que puede darle una pista a los “analistas” de cómo y por quiénes está conformada esta entidad metafísica, esta entelequia hispostasiada:

“Nos ofreció 600 pesos por apoyarlos en las casillas y no nos dio ni madres, nada más nos dio unos pinches totis y un jugo. Somos un chingo, no nada más soy yo, somos como 600. Para qué te doy mi nombre si somos un putero”.

¡Ah Fuenteovejuna! ¿Quién votó por Quique Peña Nieto, el del coqueto copete, se preguntan entre asqueados y sorprendidos los adversarios? Los “analistas” al unísono contestan: ¡Fue El Pueblo! ¡La Mayoría! ¡El Gran Elector! ¡Debe respetarse su decisión libre y soberana!

Y sobre esto I shall say no more. En este momento el escribano, el narrador, o sea, el que habla en primera persona, o sea “yo”, hace mutis, y dejo al lector, si todavía tiene estómago o siente morbo por conocer más sabrosas declaraciones, la decisión de leer las siguientes transcripciones:

“Caray, que no jueguen, que si ellos tienen esos recursos, que los repartan. Te dicen fórmate aquí, fórmate allá, tráeme a diez personas, tráeme a veinte y pásalas para aquí y pásalas para allá y al ratito estamos ahí como tontos y nada [En efecto, lo que se ve no se juzga]. No es justo, porque si nosotros cumplimos, ellos tienen que cumplir”.

“Nosotros vinimos porque quisimos; nadie nos obligó y exigimos nuestro pago.”

“Lo que exigimos es que nos paguen porque no somos limosneros, somos priistas; no estamos impugnando casillas” (¡Perdón!, el “analista” que llevo dentro me obliga a comentar: ¿es que acaso lo anterior quiere decir que impugnar casillas y pedir el recuento de votos es propio de limosneros? ¡Caray (para usar interjección de priista), ni Luis Carlos Ugalde ni Leonardo Valdés Zurita lo habrían expresado más crudamente!).

Pero ¿qué se escucha al fondo? Es una risa… no, es una carcajada —y no es la tuya, lector— proveniente de las Altas Esferas del Poder: es la Carcajada Trasímaca (las mayúsculas no son necesarias).

En este momento, amable auditorio, queridos lectores, queridas lectoras, debo hacer un paréntesis en tan desapasionada y objetiva exposición de hechos para hacerlos partícipes de un momento de enorme solemnidad y trascendencia para la Literatura Universal. Puede tachárseme de vanidoso y de embustero pues el título mismo de este artículo me desenmascara: “Toda esta larga y embrollada narrativa fue un pretexto para captar nuestra atención y acarrearnos, por así decir, a escuchar tu discurso”, reclama un lector. Sí, lo acepto, mea culpa, pero de todas maneras quiero aprovechar este momento para hacer una propuesta y lo que considero probablemente será mi más grande aporte a la Literatura Universal:

—El Autor (en tono solemne, acorde con los tiempos que vivimos, tratando de imitar la entonación y los ademanes de los oradores priistas): Honorables Miembros de la Real Academia Española, del Diccionario Panhispánico de Dudas, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de la Academia Mexicana de la Lengua; de los Diccionarios Enciclopédicos; Académicos y Académicas estudiosas de las Letras Clásicas y Modernas, Ciudadanas y Ciudadanos del Mundo, Mexicanos y Mexicanas; Literatos y Literatas, letrados e iletrados; Lectores y Lectoras: Por este medio me dirijo breve y respetuosamente a todas y todos ustedes para proponer la adopción de la expresión “carcajada trasímaca” como parte del acervo de expresiones y frases hechas, a la disposición de las y los escritores del mundo. En este sentido, para evitar ambigüedades innecesarias —como en la expresión “risa homérica”— propongo la siguiente definición:

Carcajada trasímaca: Dícese de la carcajada proveniente de las oscuras y seguramente pestilentes entrañas de los gobernantes y futuros gobernantes presuntamente justos —según Trasímaco— que se burlan de los gobernados que demandando la restitución de la justicia —entendida, aunque sin saberlo, según el personaje en honor al cual se presenta la definición en comento— después de haber cometido actos plausiblemente injustos —según Sócrates— que directa o indirectamente benefician a esos gobernantes y futuros gobernantes y, de esta manera, en pleno uso de sus facultades físicas —no necesariamente de las mentales— y en el ejercicio pleno de sus derechos políticos, civiles y también humanos, contribuyen directa o indirectamente, conciente o inconcientemente, al mantenimiento del status quo, a saber: el mantenimiento de las normas escritas y los usos y costumbres con base en la noción de lo justo según Trasímaco.

FIN DEL DISCURSO (Aplausos tímidos y muecas de confusión entre el honorable).

Creo que la definición está lejos de sonar literaria. Y si no ha quedado clara, dejo el debate sobre ésta a hermeneutas, críticos literarios, historiadores, sociólogos, filósofos, filólogos, politólogos y juristas —entre quienes podría encontrarse, por qué no, a miembros del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Delego a los “analistas” la responsabilidad y la obligación de organizar un postdebate con base en el debate entre los primeros.

A manera de conclusión con distintas moralejas según el tipo de lector

A riesgo de ser acusado de anticuado, moderno o incluso premoderno, moralista, ignorante de las modas de la época y los géneros literarios pues en estas páginas, aunque pueda parecer lo contrario, no se narra una fábula, quiero terminar este artículo intentando balancear la exposición: para ser fiel con el estilo platónico, quiero dejarle la última palabra a Sócrates, el que sólo sabía que no sabía nada.

Al final de este acalorado diálogo (que por cierto, para los amantes de la referencia y la nota al pie y para quienes justificadamente duden de mis palabras y quieran acudir a las fuentes originales, debo indicar que se trata del libro I de República), Trasímaco ya evidentemente fastidiado, probablemente exhausto, hambriento y con ganas de echarse un jaibol, perdiendo su vehemencia original termina por comportarse como uno más de los típicos personajes platónicos y se limita a asentir sin mucha convicción a la argumentación de Sócrates, quien le pregunta:

“—¿Te parece que un Estado o un ejército, o una banda de piratas, o cualquier otro grupo que se propusiera hacer en común algo injusto, podría tener éxito si cometiera injusticias entre sí?

—No, por cierto.

—Y si no las cometieran, ¿sería probable que tuvieran éxito?

—Seguramente.

—En efecto, Trasímaco, la injusticia produce discordias, odios y disputas; la justicia, en cambio, concordia y amistad.”

Tenía la intención de dejar que fuera el lector quien interpretara mi guiño sobre aquello de que la conclusión tiene distintas moralejas, pero siendo fiel al canon proveniente del maestro Esopo y para que no queden dudas, tendré que hacerlas explícitas:

Moraleja A. Para el Lector Injusto: “Atención compañeros”, habla uno de ellos, no querría que esta desafortunada moraleja fuera expresada por el autor, “(de fracción parlamentaria, del ejército, de la PFP, de la banda de priistas, perdón, de piratas, cuatreros de cuello blanco o cofrades de la así llamada “mafia en el poder”): No podemos cometer actos de injusticia entre nosotros si queremos tener éxito en nuestras injustas empresas presentes y futuras.”

Moraleja B. Para el Lector Justo: Es preciso actuar con justicia si queremos evitar odios y discordias y, sobre todo, si aspiramos a ser dignos ciudadanos de una república amorosa. ®

—Dedicado al #YoSoy132: Jóvenes, no hay carcajada que pueda hacer decaer sus ánimos.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2012

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