LA CRIATURA

Vives en mí, pero te soy ajeno,
recóndito ladrón que nunca sacio
—Alfonso Reyes

Una criatura habita bajo mi piel y me suplanta/ vela cuando yo duermo/ se desplaza como gusano azul entre mis vísceras/ en el nervio central de mi faringe construye su esqueleto/ lejos de cualquier luz / levanta su graznido hacia mi cuello y sacude en mi cama su locura/

Me acompaña y se ríe (siempre embozada) cuando respiro y el aire no me llena/ ha crecido de las verdes cascadas de mi sangre/ asoma por mis ojos y me brinca hasta el rostro/ y aparece ante ti como si fuera yo bajo mi cara/

Mentirosa y tenaz tiende sus trampas para que caiga en mí y no regrese/ detiene mi esternón y lo presiona/ para que busque un pasamanos roto y me arroje al vacío/ cada mañana/

Casi escorpión, sonríe y se diluye con una mueca mía entre sus labios/ su puñado de polvo me sutura la boca/ intenta (desgraciado) ser el otro/ que sólo soy/ éste que no renuncia y se sostiene en el hilo de niebla de estas letras/

Mi enemigo/ no pierde ni un instante y espera a que yo duerma/ para trazar aquí en este poema/ palabras que se hundan en tu oído/ lector y hermano mío/ para construir en ti nueva morada/

Tú que retuerces la última raíz

Tú que retuerces la última raíz, la que describe nuevos hemisferios, no la mujer ahora, la espuma eres de la turbia marea que se alza en el destierro.

Tú que ofreces a mi frente el otro paraíso, el instante sellado, la llave de esplendores, el sueño del poder y del olvido; y a mis espinas, la luz y la esperanza, acércate de nuevo.

Amo ahora mi boca que es capaz de nombrarte. Mi lengua que repite tus sílabas como un bosque tendido sobre el agua.

Amo mi piel que te retiene y mis manos que te construyen a ciegas cada noche.

¡Oh, tú!, que en la caída encontraste mi cuerpo sin aliento, mi tacto sin un eco que lo alumbre, mis miembros encharcados, derrama en mí tu bálsamo y marchemos; junto a mi oído nombra la otra ciencia, con tus palabras abre mi memoria y llénala de pájaros.

Dale a mi cuerpo el fruto codiciable, entrégale el veneno del hambre que no acaba, la sombra que al final logre vencerlo.

Y ama en mi voz el alba y en mis ojos el mapa de los nuevos agostos; y déjame amarte a ti, en la amargura de esta hora final, cuando la tarde duele, mientras llega el olvido y nos levanta.

Mientras la noche se desgaja, yo te nombro…

Mientras la noche se desgaja, yo te nombro como a la nave que me conduce al alba.

A ti, la que despierta las aves de mi cuerpo y encuentra los caminos que ya no reconoce la memoria.

A ti, dueña de las palabras que amanecen en la cifra luminosa de la carne; poseedora de la sabiduría de las uvas, del guarismo redondo de la feminidad.

Te convoco para ordenar mi mundo, para recuperar el curso de las cosas, para contener las paredes del orbe, que se desmoronan en calles que transitan por mis pasos.

Te convoco desde la ciudad de la niebla con voz de humo. Te llamo con altas manos blancas y un sonido de sal que se desvanece en la memoria

—La luna extiende anacondas sobre tu desnudez mientras tú duermes. Abre cristales de agua en nuestra habitación para tocar las ruinas de los sueños que jamás alcanzamos—.

Y tú (es decir: ) recobras las certezas y las sendas perdidas entre diques y sótanos, para buscar nuestro espacio de luz y de humedad.

Duerme ya el día en el fondo del mundo, cobijado en señales y prodigios.

En realidad no estoy (estoy ausente). Me quiero describir y te describo: paja de luz, fibra de la mañana, nervio de mi verde voluntad, surges del barro del lenguaje y nada puede detenerte.

Brotas de mis palabras como un trébol, como un chorro de sol que no sé contener.

Yo, regreso y me pregunto: ¿estoy aquí esta noche?, ¿soy algo más que estas líneas trazadas, que esta ceniza húmeda?, ¿algo más que esta máscara que me cubre y descubre como si aquí estuviera?

Y tú,

¿estás allá realmente?, ¿más allá de esta hoja, de la cortina que dibuja esta tinta?

Oh, dime, haz una seña. Arranca estos espinos que me ocultan; destruye ya el tejido que la araña elabora en mi rostro. Apaga el golpe verde de mi pecho.

Demuéstrame que tal vez en algún lugar, estás, estoy, estamos, sacudiendo la vida, nuestra posesión callada y breve;

que abrimos puertas en el jardín del cuerpo para intentar vivir nuestro único acto –el único posible— de verdadera luz en este mundo. ®

Archivado en Abril 2010, Poesía

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