La escuela de los sicarios

Lo importante no es matarlos, sino que griten*

Para ser albañil uno debe embarrarse de mezcla y aprender en la obra. Para ser un fierrero, elegir el material y aprender de regateo. Para carpintero, buscar la perfección. Para ser un sicario hay que ir a una escuela. A la escuela de la Nueva Generación.

Paisaje desolado.

Paisaje desolado.

La universidad, hasta ahora exclusiva para varones, está enclavada a tres horas de la gran Guadalajara, dice un graduado. Es un área serrana, rodeada por pinos que rasgan el cielo con su follaje y equipada con todo lo necesario para que sus alumnos aprendan sobre la muerte.

La escuela es la emulación de una academia militar. Hay un área de comedor, atendida por un robusto hombre que ya no sirvió como sicario y se convirtió en cocinero. Un área de dormitorios, que en realidad son casas de campaña, una zona de regaderas y baños al aire libre, la regla es que “se vayan lejos para que no llegue el olor”, pero nunca solos, deben cuidarse incluso a la hora de mear. No es por nada, todos acá deben vidas.

“Yo me he echado a quince”, dice como sin nada el Carnicero, uno de los mejores alumnos de la escuela, hoy en el retiro definitivo que se autoimpuso. El Carnicero, apodo ficticio para proteger lo que queda de vida en él, es casi un adolescente, pero también un viejo. Ya no lo asusta nada.

El material didáctico que la universidad brinda a sus alumnos para un mejor aprendizaje son: escuadras, granadas, la 45, la 38, el R-15, el G-3 y el señor cuerno de chivo. Al adquirir cualquiera de estas herramientas de trabajo se incluye un curso de cómo armar y desarmar cada una de ellas, todo con el fin de que el alumno esté más familiarizado y conozca en cuáles casos qué arma debe utilizar.

El profesor del Carnicero, un hombre de apodo y aspecto bovino, que tiene un método que ya quisieran los colegios Montessori de más prestigio: desde el adiestramiento deja libres a sus alumnos con una motosierra y un conejillo de indias humano.

A estas alturas parece que no existe algo que no se anime a hacer: “Primero les sacas los ojos para que no te estén viendo. Después les vas quitando: que una mano, que el brazo, que una pierna, que la otra”. Esto lo va diciendo el Carnicero mientras hace con sus manos los movimientos hirientes, como si sus extremidades fueran una motosierra furiosa. “Les clavas una navaja en la frente y les levantas el cuero”, gesticula como si estuviera abriendo una lata de chiles. La navaja se usa del cuello hacia arriba y la motosierra del cuello hacia abajo. “Para el patrón lo importante no es matarlos, lo importante es que griten. Entre más gritan más contento está el patrón”.

El patrón es el director de la escuela. El profesor del Carnicero, un hombre de apodo y aspecto bovino, que tiene un método que ya quisieran los colegios Montessori de más prestigio: desde el adiestramiento deja libres a sus alumnos con una motosierra y un conejillo de indias humano. Cada quién forja su propio estilo de descuartizar al prójimo.

Resulta que acá el estilo es importante, porque en este campus los puntos también cuentan. Cada parte mutilada equivale a un punto, que a la vez equivale a mil pesos. El cuerpo entero no vale ni un cinco. Los puntos son una prestación extra que reciben los alumnos durante sus prácticas profesionales, además de la beca de 24 mil pesos mensuales, afirma el Carnicero.

Cosa curiosa, en este lugar en el que la vida no vale nada, las orejas son lo más preciado. “Las orejas son para el patrón. Disque para un collar de orejas que carga él”.

Mientras habla el Carnicero la virgen del Rosario lo mira desde su espalda, a la que no le llega la luz. La habitación apenas iluminada por los rayos del sol que rebotan en el piso y de ahí a la cara del Carnicero. Él no deja de contar sus logros dentro de la universidad, de los cuales no se siente del todo orgulloso; dice que sí le da lástima y le creo, porque en la dos horas que llevamos de una conversación que se extenderá por una hora más, no ha dejado de sobarse las rodillas y mirar al techo. A veces con ojos casi cristalizados por un líquido extraño que quiere brotar de sus ojos, tal vez sólo es agua.

—¿Cómo le hacían para aguantar? —le pregunto.

—Andábamos trepados con un polvito que parece cristal.

—¿Es cristal?

—Ándale, con ése.

El cristal es un incentivo para las largas jornadas de trabajo. El Carnicero recuerda uno de sus días más pesados durante su estancia en la escuela. “Un día agarramos a seis, y a mí me tocó desbaratarlos a todos, nadie me ayudó. Ese día acabé bien cansado de los brazos”, lo dice con un tono casi molesto, tal vez el cansancio lo superó la paga de puntos y de pesos.

El cristal no es la única forma en que preparan al alumnado para aguantar el trabajo, también cuentan con un entrenamiento de tipo militar. “Les dicen los rusos, son entrenamientos como guachos, con escaleras, tiro al blanco, pasas en el lodo debajo de púas, con el uniforme, una corta en el pantalón, el cuerno colgando de los hombros, un chaleco bien pesado, balas en todo el chaleco; ahí te ponen a correr para que tengas condición, así nadie te alcanza y puedes tirar aunque vayas corriendo”, dice el Carnicero.

“Si no haces las cosas como ellos dicen te dan una tabliza, te bajan el pantalón y te dan como nalgadas con una tabla por todo el cuerpo; duelen bien culero. O si no te dejan todo un día amarrado a un pino sin comer y en la noche el escalofrío se siente bien gacho”.

Continúa la entrevista entre risas suyas en complicidad con las mías, los ojos cristalinos… No fija su vista en mí ni en el piso ni en el techo ni en sus manos, mira todo y casi nada a la vez. Él, vestido improvisadamente a la moda, con unos pantalones engrapados, encintados y enligados, para hacerlos que parezcan entubados, con una playera blanca de manga corta que deja ver sus tatuajes hechizos. La playera mojada y manchada por los trastes que estaba lavando, unos tenis reebook que en algún tiempo fueron negros y unas cejas, o el intento de ellas, delineadas por la moda y para ser de barrio, como él dice.

Abre sus ojos y la boca porque recuerda algo importante: “Si no haces las cosas como ellos dicen te dan una tabliza, te bajan el pantalón y te dan como nalgadas con una tabla por todo el cuerpo; duelen bien culero. O si no te dejan todo un día amarrado a un pino sin comer y en la noche el escalofrío se siente bien gacho”.

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—¿Y por qué podían castigarte? —le pregunto.

—Porque no les hacías caso. Por ejemplo, no te puedes drogar mientras no estás trabajando, porque tienen miedo de que te trepes y los mates; y no te puedes pelear a golpes, todo es a palabras. Si golpeas a alguien en ese rato te matan a ti y al que golpeaste. Otro castigo es que ya no te dejen bajar, te tienen como secuestrado allá arriba y no vuelves a ver a tu familia.

Según el Carnicero, ése era el castigo al que más temía, no volver a ver a su familia. Aquí el periodo escolar dura de tres a cuatro meses dentro del campus, y un día de vacaciones por cada ciclo escolar. Pero no siempre se está trabajando, el patrón también los deja divertirse. Mandó construir una casa de asistencia en la cual se puede hacer lo que quieran, incluso llevar muchachas para platicar, al menos eso dice el Carnicero. “Íbamos a platicar con muchas de ahí cercas o nos mandaban mensajes por el celular; ellas nos buscaban para que les diéramos cristal, estaban bien locas las morras, a cambio estaban un ratito con cada uno de nosotros”.

—¿Por qué decidiste dejar todo eso y salirte de ahí? —le pregunto.

—Extrañaba mucho a mi familia y ya no quería seguir haciendo eso.

—¿Después de todo lo que has hecho tienes miedo?

—Sí, tengo miedo que vengan por mí, que maten a mi familia, porque antes de entrar me dijeron que nadie salía de ahí vivo y yo lo hice, por eso tengo miedo.

—¿Piensas que alguien puede castigarte?

—No, la policía y los guachos están comprados, a lo mejor la Marina.

—¿Crees en Dios y que él te castigue?

—Eso sí, quién sabe cómo me vaya porque yo creo que sí he matado gente inocente y no está bien.

El Carnicero, con sus pantalones engrapados, encintados y enligados, el mismo que hace un momento era un asesino y ahora solamente un bailarín, se arrastra con una profesionalidad por el piso de la habitación en la que estamos, todo para mostrar los mejores pasos que tiene y ha sacado cuando anda trepado en la mota. Cada una de sus extremidades se mueve como si él mismo estuviera mutilado y le truenan como tiros que salen de sus coyunturas.

El Carnicero, para ser un albañil se embarró de mezcla. Para ser un fierrero aprendió de regateo. Para carpintero se llenó de aserrín y aprendió a usar la motosierra. Para ser un sicario fue y regresó de la escuela, convertido en el mejor. Para ser un bailarín únicamente necesita un pantalón a grapas, el piso y su cuerpo tronador y de aspecto mutilado. ®

* Nota importante: Replicante recibió este texto de manera anónima y no tiene la manera de comprobar la veracidad de lo que se afirma.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2013


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  • jiberth

    yo soy un sicario y esta vida no es tan buena por que la gente teman da a matar mejor es que trabajen ay muchos que se quieren salir de esta vida lo mejor es que no teman den a matar es te libro bueno