La narrativa límite de Erik Martínez

Las virtudes capitales, Barbarie, Museo de Antropología, de Erik Martínez

“Barbarie es puro rezongarle a los avances impresionantes en la ciencia política imperial, destinada a mejorar las relaciones en el hemisferio, usando de lubricante, of cors, la sangre talibán, de infieles al cristianismo y la democracia, perros descreídos”.

Las virtudes capitales

Todo sucede en el límite, se fragua el descenso por lo bajo de las estructuras fijas, las fronteras del lenguaje se desparraman y la violencia escurre imparable, insondable, con un sable de samurai escrito en espanglish y un inglish sin parangón epocal, acaso las palabras del Hamlet, acaso Ofelia descarnada en sus recuerdos, en su discurrir inconsciente o su consciente recordar incesante, inventado el estropicio de la escena, perenne e ininteligible, sin nombre, sin línea, sin definición. Tajo tras tajo Erik Martínez nos hace olvidar Las virtudes capitales [México: Resistencia, 2008] y nos avienta al rostro, a los ojos a la lectura la tremenda batalla entre cadáveres, zombis y putas de la nación limítrofe, un lugar donde todo sucede y revienta pustuloso para herir mister, sí, mister cara adefesio, el congal no registra vivos, apenas los pedazos de esto que es lo que no podemos saber.

Inquietante.

Afrentoso, qué le haces a tu lengua mientras la escritura se derruye y derrite las encomiendas de matones. Dónde quedaron los pedazos, “qué se puede del así esperar, no lo dije que el pinche recordar no tiene parangón” si sucede en la cabeza desprendida, pateada, lanzada a gol en arco sin guardameta. Todo sucede, lo he dicho, sobre el filo de las fronteras, sobre el descuartizador partirse de lo limítrofe, corte inexacto de cirujano alcohólico. Todo sucede en el límite de la memoria, el lenguaje y el escape hacia dentro. Mirada hacia el centro de la condición fronteriza. Al límite de la violencia.

Violencia inquietante. “Pero Ofelia es la conciencia condenada al purgatorio”, condenada a reiteraciones de los lindes entre cuerpo, barbarie y placer. En Las virtudes capitales operan asideros calentados con el fragor de las batallas entre perros armados con marines gringos, narcos y narquitos, señores impotentes transferidos a los caños de las nueve milímetros o las cuerno de chivo o las aortas borbotones fuentes de sangre glorificada por la ausencia de piedad o la flaqueza de la templanza cogiéndose a un perrito chihuahueño. Qué risa en el espanto, qué floritura de escenas ambientadas en la esencia de la memoria traumatizada por los años explotando, “pero hasta los escuincles saben que la memoria miente más que esos broncos ecos rebotando otra vez ahora desde la magnolia y los albañales aledaños de los tendajones”, ¿sucedió?

No importa, si no quedan marcas arañando pieles negras o de gringas pequeñitas realizadas en el clarísimo tianguis de carne, pa qué recordar los escupitajos al culo, pa qué si ya sabemos, dice Erik Martínez, “que es una mierda la memoria pero la verdad también”, entonces se regodea mintiendo al recordar y siendo veraz al fallar en la sintaxis y la ortografía de unas letras descarriadas, imposibles, filudas o filosas o filósofas o calientes, como perro en carnicería, como amante de sangrías mirando el snuff cotidiano de la calle mal diseñada por las entonaciones ora oníricas, ora reproducidas por efectos de una memoria desgastada, aderezada por los sonidos de la rocola o la rola rápida de Alejandra Guzmán y luego la lenta de, no sé, Poisson o Bon Jovi. Cama de rosas “y el calorón se agorda en los intersticios de la música” y el desierto aparece, inequívoco, sombra de la frontera y manto de los nuevos poetas de la prosa violenta; “es que ora resulta que todos los narcos aquí tienen ambiciones literarias”, por eso inventan cada cosa, cada incursión, cada nueva virtud que irá ganando terreno en este camino sanguinolento para encumbrar santidades apócrifas y remediar el mal de nacer al borde, border criminal bíner feo.

Y pum, pum, pum suelta Erik Martínez en cada capítulo que no se resuelve, salta, se desborda y apendeja y teje su historia que no se apoltrona en la linealidad del embeleso del uno, luego dos y sigue el tres, sino en un tejido o, mejor dicho, en un fieltro donde las frases, los encuentros, los personajes y las situaciones se amontonan para explotar en la violencia, en la enorme violencia desde el lenguaje hasta el rodar de cabezas. Esto es comprensible, porque, como dice Erik, “no hay tiempo ya para pendejadas líricas”, la historia u otra cosa aparece burbujeante, es invento de la afrenta al lector, quien será culpable de la lectura y el tejido.

Barbarie

Erik Martínez

La Barbarie [México: Felou, 2010]es puro rezongarle a los avances impresionantes en la ciencia política imperial, destinada a mejorar las relaciones en el hemisferio, usando de lubricante, of cors, la sangre talibán, de infieles al cristianismo y la democracia, perros descreídos. Barbarie es, como resume, bien resumido y por detroit Erik Martínez, pinche “costumbrismo rancio que resonaba falso”. Barbarie apenas franja, kilómetros de línea vestida con reflectores y centuriones en jarleis o yips, motores ronroneando gruñidos para hacerse entender con los latinos (no germánicos) dispuestos a invadir la parte pavimentada. Barbarie es “La frontera del Imperio. Donde se quiebra la tensión del mundo que más acá se distiende con un quejido grave o agudo”, el receptáculo de “Guanacos hacinado, chapines enanos, emesdieciocho acuclillándose con los autóctonos”, un fresco de animales limítrofes, fantásticos cafecitos grasosos frijoleros maiceros, inferiores, subespecies, las cochinillas en el jardín, “Porque el imperio es todo el orbe y han viajado” arrastrando ganas de vivir. Barbarie es el límite, la marca, el espacio ancho donde surgen infecciones viciosas, prostíbulos, cárteles y santos paganos, donde la mirada viene de “Las méndigas tangas rojas con el boquete. Según simulacro pupila de gato”, de putas desabridas por deshidratación y exceso de uso violento. Ora, si no compra no mallugue mercancía de intercambio cultural, amamos las raíces autóctonas de esta nación-colonia-del-imperio-que-dicen-patio-trasero y hasta para dar por detrás hay descuento: las hay de voces-lenguas casi muertas, las lenguas, no las muchachas. Y ya dejen las jetas de asco, ¿o no, pinche Erik? Ya ves “Los nacos, se lo toman todo tan en serio, luego no onderstanden de las bromas”.

Mejor “Dales tú un buen show, nada muy intelectual ni pendejadas de ésas aquí entre nos si antes no las entendían ahora menos cabrón”, algo salvajón, lleno de palabras en sube y baja, al límite, como navajazo detrás del camión al filo de la frontera, donde las niñas se ven más deliciosas por más débiles, bocados fáciles para los, uy sí, muy malos marines en uniformes muy chichos de peli bélica, todos muy a la John Cena, pero, como dices tú que dijo ésa, ¿era la Magda, la Vieja? Al fin y al cabo la puta ésa, dices que dijo, algo como “Estos cabrones se la pasan llorando durante todo el coito Babas, se están colapsando desde dentro”, como sus torrecitas, ay sí, muy malos los putos centuriones con sus M16, acá rifa la cuerno de chivo, al cabo rabo de diablo ¿o cuerno retorcido? Sepa la chingada. “Y por si no entienden la palabra chingada por ser abstracta o arcaica o bárbara entonces se las deletreo en moderno: Geuaeneteaconacentoeneaemeo”. Porque, por mucho que haya eso de dizque racismo ojete, de matones al borde de la ley o enmiendados asegún enmiendas, ¿Enmierdados por la segunda enmienda? Se la pelan con la Barbarie. Fuerza del dios chipocludo, “Nosotros y el Nazareno somos los puntales de este Imperio”, a güesos.

Ahora que, según Erik Martínez, las certitudes se van mucho al carajo en el “Mundo irreal y cruel, éste es. Y luego resulta con todo que es nomás pantalla para otra faramalla”. Aja, pues sí, patio trasero divertimento de negros, ni modo de darles el frente, no vaya a ser se empalagan y hasta de presidente-imperator quieran poner uno suyo, no, un texano muy equis en mejor opción. Blanco protestante y muy pendejo. Y no le hace, echen sus “Huecas anfractuosas inarmónicas carcajadas. Átonas”, cafecitos color marrón, pero de esos, apestosos, salen cuando cagas, “Putos wetbacks, se cren mucho porque dejamos los entrar como si no los sabieramos asr nosotros seguro que hasta me da anyer”. No muy chiles, se reduce nomás el umbral, nomás más chingones pa entrar, pa servir, pa ser la retaguardia, pa ser el espacio vacío ocultando el cúmulo de gandalladas.

Barbarie es, pues, la pura imaginación cachonda de Erik Martínez, mítico fabulantástico territorio atrapado en las arenas de nación en vías de desarrollo del primer mundo, una cosa incomprensible, un lugar inaccesible por las cámaras de video de los defensores de la vida animal.

Pero no tan avorazados ¿eh? Acá, desde acá sale la fuerza divina para llenar la cabeza de los imperiales de la ausencia, su hastío, su muerte, su gusto blanco-verde-cristal. “Quizá no querrían reconocerlo. No querrían recordar que el Imperio depende de otras manos, más etéreas, invisibles, y omnipresentes. No por nada al Nazareno así le pusieron”, gigante de bajo perfil sosteniendo sus ensueños. Chúpate ésa pinche César de bolsillo. Y pues sí, ya vienen las botas retobando sobre la arena, escociendo los oídos, vienen a salvar al imperio y, nomás de refilón, la colonia de tanta molicie, propia de los pueblos inferiores, bárbaros. Balas contra milagros, el Naza en su ara bien ausente, “Dijeron las muchachas que lo vieron caminar sobre el agua. Órale chamacas a quién creen que engañan, Tanta es la necesidad de nosotros los pobres que hasta vemos agua en el desierto, susurré. Ellas bajaron la vista, la subieron empapada de rencor. Me sentí in desgraciado, culpable: la única vez. Tanto necesitaban creer”. Pero ni sus huesos ni sus huestes, apenas reflejos de traiciones, apenas el desastre en el desierto, sequedad de espírtu, “Lo que ve uno en esta realidad asusta”, pero no de ver al diablo, sino de ver tanto ardor por lo divino como único aliento para correr hacia la vida y morir penetrado por las tropas, por las tropas, no por las balas, vaya, “Lo que quiero decir es que Señoritas puritanas de las Colonias. Nosotros los cowboys le decimos nomás me la mamas”, sin mayor protocolo, según la doctrina imperial en lo que a relaciones internacionales se refiere. Allende las fronteras, queridos cohabitantes del mundo, sólo es un paso para la expansión del Imperio, TLC apenas cabeza de playa, “Cómo me encanta el latín popular, la pura buena onda”.

Ay, pinchi bato éste ques el Erik, hasta le sale en una de esas reflexión acá, posmoderna, una tesis digna de Baudrillard, “la realidad es siempre de segunda mano. La encarnación del sueño en el mundo mal imita a la fábula. La trastorna, la muta”. Por eso pinche porno, arte mayor del video americano, conviértese en miseria snuff de soldier o migras o judas (judiciales, ya se nota) violando tierno cadáver de tierna niña, puta tierna, sangrita sin tequila, sin alarido, sin ayayayayay. Resonando la humedad sanguínea y el asco, blurp, blurp y órale carnales que ésta sí ya no cobra. Gratis la masacre aunque sin vida por arrebatar, por eso éstas sí son putas y no modelos anoréxicas, “No hay peor decadencia para un imperio que sus putas cayéndose jetonas. Órale. A lo que las truje. A traer pachocha”. Barbarie es, pues, la pura imaginación cachonda de Erik Martínez, mítico fabulantástico territorio atrapado en las arenas de nación en vías de desarrollo del primer mundo, una cosa incomprensible, un lugar inaccesible por las cámaras de video de los defensores de la vida animal. Esos animales son ratas, piojos, “En su tristeza las ratas se comen entre ellas”, no hay manera de salvarlas. Barbarie está, al mismo tiempo y con el mismo guiño, pero con climas diferentes, en el norte y el sur, no se define en los mapas, no se sabe si se extiende o se contrae. Pinche Erik, se me hace que poco sabe de geografía, porque no habla de México, no ¿On tán las arquitecturas de centurias, a ver? ¿On tán las cosas dignas pa ser narradas? Pura barbaridad la de Barbarie de Erik Martínez y todavía se atreve a remedar al bueno, “Ésta es la manera como hacemos el cúleo en esta parte del Imperio, libre de cualquier interferencia, libre de todo el mundo”. Vaya, quién sabe de qué mundo habla, Imperio, chale, suena a vieja canción globalifóbica, nomás falta que quiera inmolarse en una cumbre de dignatarios y virreyes, por eso, “Pobre Imperio tujav que tujav a todos ustedes como neibors”. Hasta podría terminar diciendo que esta Barbarie de Erik Martínez hiere la relación bilateral, pero nel, mejor nel, no vaya a ser la de malas ¿y luego?

Museo de antropología

Con un Gran final se inicia el recorrido hacia un laberinto lingüístico donde las inflexiones son guías para descubrir las líneas del campo de juego, la retrospectiva al gran momento deportivo, la cresta de la ola o la mirada directa al abismo. El choque violento del encuentro entre las palabras y las evoluciones un tanto dancísticas que éstas emprenden entre gritos y momias, zombis y vivos muertos, trasiego de enervantes y miradas femeninas, la cuales definirán el centro o eje o extravío de las mayoría de los cuentos de Museo de Antropología [México: Resistencia, 2012],de Erik Martínez, es decir, la mirada de la mujer, la observación a la mujer, el acercamiento a ella como si se tratara del precipicio, el vacío de lo incomprensible. Y, desde este primer cuento, sabemos que no hallaremos respuesta y la riqueza del recorrido sobre los suelos de pasillos imposibles está en el aprender a arrastrarse: “supimos en aquel fragor que jamás caminaría”, dice Erik del delantero y nos apercibe para aprender a reptar entre sus letras, pues el título no aconseja, miente, no hay lenguaje museográfico, no hay línea desde la cual mirar, podemos manosear a las putas y dedearle el alma a los malditos, podemos mirar al abismo y asquearnos por el placer de sus sonrisas, como le sucede a la personaje (o personaja) de “A partir del horizonte”, una especie de mueca pintarrajeada por un D. H. Lawrence abandonado en La serpiente emplumada, como sala donde la exhibición es puro exhibicionismo de vísceras servidas al estilo gore japonés o guinea pig, pero en la plaza de toros o anfiteatro de los lobos. Como en La serpiente emplumada, ahora convertida en recinto para puerco manoseo, el aséptico primer mundo clasemediero es envuelto por la rugosa humanidad tercermundista, salvaje de formas, salvaje de gustos, salvaje tan salvaje como para remediar el placer con la invención de más salvajismo (ella dice a sus compañeros de oficina, seguramente del sector. FIRE —finanzas, seguros y bienes raíces o finance, insurance and real estate— que los salvajes la violaron incontables veces) Pero “ni el mar hambreado de su carne, ni los perros encerrados en sus jaulas la hallaron”.

Se cocinó en sus jugos, pues ante el espectáculo no entendería la curiosidad tomándola desde las ingles, quizá sí el reto de saborear la sangre de perros y humanos o el semen desparramado por las parejas arribando en autos para fortificar la torre de cuerpos humanos evaporándose en efluvios, dulces, dulcísimos efluvios, aceites para dejar discurrir los deseos y convertirlos en placeres y con cada cosa, monstruo, salvaje, triste habitante del submundo, “se sorprendió de no sentir arcadas, de estar súbitamente aislada del horror” de casi acceder a “un orgullo de tribu. Inmemorial y tan antiguo como el hambre”, “Como si ella fuera más espectáculo”.

Y después del vértigo, vamos con “Egidio en Acapulco” a un nuevo plano donde las mujeres se van desgajando o dejándose caer para resurgir como pasa con todos los misterios, como terror o “quizás hasta más que con lo de salirse de la tumba. Eso aquí no es gran cosa” pues queda tan poco espacio en los subsuelos y el agua ha quedado tan llena de sonrojo, avergonzada por los cuerpos que “resucitar es como echarse un clavado” y ni asegurarse con las cabezas de los decapitados de la guerra contra el narco garantiza la muerte o será que de tanto muerto el gran peligro es “que los resucitados recuerdan” y la necia verdad de que de “La caja de Pandora” sale la salmodia de siempre, esa de que la realidad le gana a la ficción ficcionada o friccionada entre la verdad de la beberecua y el cansancio de la bestialidad humana entre tropas y entre pliegues, entre santos y putas, matones y Señores, así, con la S mayúscula para dar cargo a la conciencia, para darle sonoridad a la importancia de los bajos viles, ruines que “se agasajan con los caídos” y, dice Erik, “la ficción duele también” porque “la vida no checa en las junturas”. Intersticios donde crece cochambre, fungosas costras de imágenes ya no recuerdos, a veces crudas culpas resueltas en el pecado reciente, “nada de esto es cierto… pero igual duele”, así es la ficción actualizada en la virtualidad de la letras violentas, heridas por hirientes.

Es quizá en “La paradoja de Cena” donde la mujer hace del cuerpo abismo incomprensible e intratable, nadie, ni el joto ése, tiene herramientas para divisar las profundidades, para colorear la negrura de las mujeres de Erik paseándose en este Museo de antropología. “Soy puto pero le noté las piernas”, dice el maricón para describir la potencia de una mujer capaz de levantarle el pito a cualquiera, incluso a él, viejo y cansado de observar cómo ante la falta de pericia masculina para descender a lo hondo, tranquilo y placido de lo femenino es a putazos como se intenta quebrar las barreras. “Pero somos unos sádicos, me dije, porque pensé más contento estaría si la viera jodida. Intrincada y maldita naturaleza humana”. Debe haber otra forma, un lubricante, lo sabe y lo suelta, nos describe la materia para entrar, “Nunca la vi llorar. Eso lo recordaría. Otras cosas se olvidan, el mismo orgasmo, pero no las lágrimas”. El llanto se convierte en concepto central para comprender cómo ha evolucionado eso expuesto en cada galería de este museo apestoso a cadáveres y fluidos muertos. El guía de esta parte, el mariquetas que se cogió a la Cena, la Azucena, la sabrosísima Azucena, da la explicación con las ganas de un parásito apendejado por tratamiento médico. Cuando uno retorna a su útero urbano y le preguntan Qué tal la visita al museo, dice, bueno, todo chingón, sólo que el guía, que se cogió a un forrón, como que no le hecho ganitas a su deposición, “El tono era carcomido. Triste, jodidón. Como la arena de la playa que trae uno aún en los calzones, en el carro o camión, ya de regreso a casa”.

Y pum, pum, pum suelta Erik Martínez en cada capítulo que no se resuelve, salta, se desborda y apendeja y teje su historia que no se apoltrona en la linealidad del embeleso del uno, luego dos y sigue el tres, sino en un tejido o, mejor dicho, en un fieltro donde las frases, los encuentros, los personajes y las situaciones se amontonan para explotar en la violencia, en la enorme violencia desde el lenguaje hasta el rodar de cabezas.

Pobrecito jotito, se arañó las entrañas por una triste vieja. Son más locas, más sueltas, más inasibles “Las muertas” con “grandes ojos color inminencia”. Y llevan el oficio de vender el cuerpo al extremo de la vida, a la línea de la muerte, a vender su vida. Simple y sencillo como vender la vida para que alguien dé la muerte, para que suceda lo imposible, para que el hastío encuentre nuevas diversiones sin complicación judicial o espiritual, sin mandar el alma al infierno por matar, matar como deporte o juego de x-box. Las muertas venden su vida y como “en esta ciudad un tiro no llama la atención” el negocio de la propia muerte florece y está por desbancar la vil prostitución, porque un palito y ya, los billetes al buró, no compite con destrozarle el rostro con una magnum a un bombón rubio, imposible, de esos que sabes nunca te recibirá al despertar. Qué mejor, qué bella locura de la muerte ante “tan poco el repertorio del alma”. Quizá hacerlas llorar antes, un poquito antes para lubricar el descenso a “La odisea”, ver los lagrimones desgastando la piel, abriendo lúgubres surcos de placer: “Lloraba bonito, pausado: como oír llover”. El llanto como remedio para la monstruosidad o, como ya he dicho, lubricante para los atracos. Una nueva función de la escritura a través de las lágrimas, unas letras de “Una carta ilegible por tan empapada de lágrimas”, una buena manera para recibir “La última semana de Zeus en el Olimpo”.Aquí, en este museo de antropologías filosóficas negativas, las mujeres son terribles a fuerza de ser víctimas, verdugos más feroces que sus torturas, quizá a fuerza de lastimeras, quizá a fuerza de desconocidas, o quizá por “Lo inimaginable”, quizá porque el terreno, por árido y peligroso que sea siempre está firme, nunca llora y si “En la noche nos atacaron las estrellas” por la mañana el giro será el mismo de milenios u otra medida astronómica u otra medida antropológica, pero lo ominoso podrá ser nombrado, incluso caminado. Pero qué hacer con brutalidad de esa mujer que “fingía el escándalo” para agrandar al amante y así sobreponerse a cualquiera a pesar de ser la presa fingiendo ser ama, jugando con su inermidad para producir efecto de enormidad, tan capaz de aplastar y orientar el corazón a los páramos más yermos de la existencia donde los hombres salen del centro de la tierra y “sus cascos parecen cráneos a los que les crecen pelos tiesos debajo de las meninges, como si la miseria gozara de telequinesia” y derrumbara las certezas de un hombre sobre la blanda carne de los senos de una mujer inimaginable, permitiendo la ficción de elegir de “un catálogo de lo que hay donde no hay nada”.

Desde la “Plataforma” es fácil soltar “un pedazo de vómito del abismo a mitad del mar” cuando llegamos a este punto del Museo de antropología en una “Tarde de domingo” mirando a la mujer deseable, sabrosísima, porque sí, todas son, todas están para chuparles los excesos de sudor de la espalda, y mirarla y reprocharle “que nunca le ha dado chance. Si al menos por caridad” se suspira mientras se recorre con el tacto infinito de la mirada lasciva por necesitada, con la carencia de grandeza para narrar la “Crónica de un magnicidio”, porque la pequeñez invita a los bajos fondos y “sólo caes cuando te das cuenta del abismo a tus pies, sólo sirve por ser inasible”.

Necesitamos un respiro y Erik Martínez juega con nosotros prometiendo una historia rosa, una “Blanca Nieves nueva”, en tres d, quizá, con la cabeza de Walt Disney sobre las piernas pervierte nuestras dolencias. Sí, “parece que la cabeza la disecaron… La usaban algunos como pisapapeles”. Así se deforma el cuento para niños y los enanos parecen Zetas o, mínimo, hijitos de puta muy chiquitos jugando en la oficina con estilo neobarroco kitsch del Chapo Guzmán con la cabeza del Cochiloco, aceptando que “la vida es una mierda pero no siempre: suerte que no fue un machete, tanto alboroto para verme follar lo que era ya un cadáver”.

En la “Pelea nocturna en la antigua fábrica”Parra piensa, él que es un desalmado, y de dónde estos lagrimones, es que nunca había visto morirse a nadie, las putas de a poquito de alguna forma no contaban”, porque esas lágrimas no sirven aquí para interferir la lejanía con que es expuesta la mujer, miles de guarros conminan a mirar desde detrás de la raya roja, por favor, joven, no señale, no toque, no sonría, no llore, sobre todo no llore porque “se lo van a cobrar las putas”. Por “El instinto de conservación” uno atiende las indicaciones de los gorilas parlanchines, pero la siguiente pieza en exposición es la clásica María: “Le patea las muñecas de trapo a una vendedora. Ésta le grita onanista. Casi se para él en seco. Qué país tan raro, piensa. ¿Dónde habrá aprendido la infeliz aquella palabra inútil?… por lo menos ya le halló uso”. Y bueno, de onanista uno se va recio con esta cansada sensación de no saber nada y dedicarse a los inventos en lo que “la mujer luce hermosa en la luz que afloja” este Museo de antropología donde “Así comienza lo inesperado”. ®

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Publicado en: Junio 2012, Libros y autores

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