LA NUEVA VIDA ALEMANA: IDENTIDADES NO RESUELTAS

Entrevista con Ingo Schulze

Ingo Schulze nació en Dresden, en la antigua República Democrática Alemana, en diciembre de 1962, y vive en Berlín, desde 1990. Schulze es considerado uno de los escritores alemanes más importantes en los últimos tiempos, y sus obras han sido traducidas a veinte idiomas. La entrevista fue hecha en el restaurante favorito del escritor, Il Pane e le Rose, ubicado en el barrio de Prenzlauer Berg. Nuevas vidas, una de sus novelas más traducidas, fue publicada en alemán en 2005 y traducida al español por Destino Libros en 2008; su protagonista es Enrico Türmer, un artista que se convierte en periodista en el Berlín después de la caída del muro. La charla fue en español y en alemán, y Nicolás Grossman, el traductor, hizo posible que nos entendiéramos.

—Usted vivió su infancia en la RDA, ¿qué recuerda de su vida en Alemania del Este?

—Es un poco difícil de contestar esa pregunta, porque viví 27 años en este país y tuve muchas experiencias contradictorias. Podría decir que muchos de mis problemas no fueron diferentes a los de otros chicos en otras familias. Mi mamá trabajaba como médico mientras yo iba al jardín de niños, y creo me hubiese gustado más estar con ella. Pero a mis hijas tampoco les gustaba ir al jardín de niños, entonces esa reflexión no tiene que ver con razones políticas. A lo que me refiero es que en mi vida de niño no veo muchas diferencias con la vida de los niños que no vivían en la RDA.

Estaba claro que desde la localidad de mi casa siempre se mantenía cierta distancia hacia lo oficial, el Estado, la escuela, las instituciones. Por un lado hay que ver que nunca tuve carencias materiales, nunca hubo miedo de perder el trabajo, de no tener alimentos… Por otro lado, muy temprano tuve miedo al pensar en el servicio militar. Eran 17 meses de servicio militar básico, y muy pronto empecé a reflexionar sobre lo que iba a pasar en el futuro porque había cierto poder de influenciar tu vida desde el Estado. Tenían acceso a tu vida, entonces había unas influencias bastante incómodas, por ejemplo, los maestros debían hablar con los alumnos y preguntarles si no querían ir más tiempo al servicio militar o tal vez hacer la escuela en la milicia. Cuando comencé el servicio militar, en ese mismo momento, diciembre de 1981, hubo una situación de guerra en Polonia, y claro que me moría del miedo pensando que tendría que ir.

—¿Cómo era la vida cotidiana? Por un lado, están los aspectos negativos como un Estado represivo que todo lo vigilaba, pero también los aspectos positivos que podían encontrarse en la RDA.

—La represión, por un lado, fue mediada por las instituciones educativas, entonces era claro que si no entrabas al partido no podrías crecer en tu carrera. Por el otro, una vez que tenías un puesto de estudios en la universidad no tenías que preocuparte por conseguir un trabajo. Lo difícil era conseguir una plaza de estudio.

En comparación con otros países del Este, siempre había suficiente comida acá, carne, por ejemplo; en todo caso, lo que faltaba eran vegetales.

Ahora, mi propósito principal no es hablar sobre la RDA, sino hablar sobre precisamente esa coalición de las dos diferentes Alemanias, de esa transformación del 89 y 90. Hay un chiste muy contado acá: hasta el 89 uno podía decir todo sobre su jefe pero nada sobre el canciller en turno, pero después del 89 uno podía decir todo sobre el canciller pero nada sobre su jefe. El problema es que es muy fácil hablar sobre la RDA, porque se simplifica con frases como: Estado sin derecho, Estado de vigilancia… así que es muy fácil terminar con la interpretación del pasado con estas dos frases. Claro que estoy muy feliz de que ya no exista el muro y, desde antes hice todo lo posible para apoyar su caída, pero eso no quiere decir que ahora estemos en el mejor de los mundos.

—Hace un momento decías que el proceso de reunificación Este-Oeste no puede simplificarse. En este sentido, en Nuevas vidas algunos de tus personajes, como Enrico Türmer, tienen una visión idílica sobre el Oeste y una visión sombría sobre lo que vivían en el Este, ¿tú compartes esas visiones?

—Claro que lo que está detrás de todas esas visiones y las distintas estaciones que vivo son autobiográficas, pero no la posición política ni lo que el personaje imagina para el mundo.

—Uno de los saldos negativos de la reunificación es el surgimiento de muchos Enricos Türmer, quien se dedicaba al arte en la RDA y después se volvió un arribista dedicado al periodismo…

—Uno podría decir que él fue un oportunista. Türmer quería  vivir en la RDA y escribir en la RDA para después irse de ahí como un escritor reconocido. Claro que él vive la situación, y se da cuenta de que un escritor pierde su función simbólica en la RDA y se encuentra con el diablo, entonces hace lo que sea necesario para salir adelante. Además, es un personaje que uno nunca sabe cuándo dice la verdad y cuándo no, y también quien hizo el libro es una persona que lleva mi nombre y tampoco le puedes creer todo…

—¿Te sientes parte del rescate de las identidades individuales? Es decir, ¿crees que tus libros rescatan la identidad de la RDA?

—Tengo un gran problema con la definición de lo que es la identidad, porque eso es algo que se desarrolla en una relación. Por ejemplo, en el este de Alemania se ve precisamente que el concepto de identidad empieza a tomar forma y a existir cuando se abre el muro, cuando ven que son diferentes a los otros. Y es que uno se llega a conocer sólo a través del otro que es diferente a mí.

—¿Cuánto tiempo te tardaste en escribir Nuevas vidas?

—Siete años. No es ningún logro, pero tampoco soy manco, así que el tiempo no tiene ningún papel en ese proceso. Hay historias en las que sé cómo es el final, y busco la historia que haga el final que ya imaginé. Para Nuevas vidas tenía toda la historia y sabía qué iba a seguir, pero me faltaba la imagen final y eso me inquietaba.

Cuando pude pensar la imagen final caí como en una cierta etapa de letargo que duró cuatro días… estaba tan feliz ya que sabía que a partir de ahora sólo tenía que trabajarla.

—¿Y escribes de noche? ¿De día? ¿Cómo escribes?

—Prefiero trabajar como una persona de oficina: de 8 a 1, y después otra vez en la tarde… pero la mayor parte de los días se transforman en otra cosa. Una vez que estás dentro de la historia puedo escribir en cualquier lado, en cualquier situación. Lo complicado es pasar de un libro a otro.

—¿Cómo saber que una historia es buena y que tienes que terminarla después de siete años de trabajar con ella? ¿Cómo tener la certeza de que vale trabajar en eso, aun después de tanto tiempo?

—No fue muy cómodo trabajar siete años en una novela y no lo quiero vivir otra vez. Necesité tres años hasta que escribí las primeras frases que ya quedaron dentro del libro, pero antes escribí un montón sobre otras cosas, supuestamente para el libro, pero de lo que no quedó nada. Y se llega el momento cuando uno se da cuenta de que la estructura empieza a tener una cierta forma redonda, cuando entiendes que empieza a funcionar… y al final éste es el libro que más quiero. Estuve en una ciudad, en el desierto africano hablando de Nuevas vidas, y ahí, en una discusión, supe que no sirve de nada explicarle a la gente todo el contenido del libro, porque no hay algo que sea cierto, es literatura. Me di cuenta, con esa discusión, de que es mucho mejor entender el libro a partir de su estructura. Incluso a mí, entenderlo desde ahí me atrajo más, me acercó a él. Viendo cómo es que funciona la estructura se puede entender mucho más.

—¿Qué leías cuando eras más joven? ¿Cuál fue la literatura que te influyó?

—Soy alguien que trata de leer mucho también para escribir. En su tiempo leí mucho a Proust, cuando mi hija era muy joven iba con ella al parque mientras dormía y yo escuchaba los audiolibros de Proust. De repente uno tiene la sensación de que todo lo que haces tiene que ver con tu trabajo… Todo lo combinas con eso, porque son experiencias que tenemos todos en común, cada uno que escribió una tesis de maestría o tesis de doctorado o algo así sabe que hay momentos en los que necesitas una experiencia para escribir y otros momentos donde sabes exactamente lo que tienes que escribir y no puedes. De eso todos tenemos experiencias en común, los estudiantes y los grandes escritores. Todos hemos tenido la sensación de saber qué escribir y hacerlo, o de saber que tenemos que escribir y no poder hacerlo.

—Decías que en ti el concepto de identidad comenzó cuando cayó el muro. ¿Cómo viviste ese proceso?

—Tal vez no me expresé bien cuando dije que apenas cayó el muro existió algo como la identidad, porque también antes de la caída del muro existían las distinciones entre la gente… Pero, bueno, hay que dejar claro que la situación era bastante estática en comparación con hoy, que el movimiento, la movilidad, no existían en los términos actuales. Por ejemplo, después del 89 me di cuenta de que crecí bajo una cultura evangélica protestante, porque para mí no había diferencias o distinciones.

—¿Por qué si el concepto de la otredad es tan importante es tan difícil aprenderlo?

—Sería hacer la comparación con el libro de Sartre A puerta cerrada. En ese libro los otros que están con él son el infierno, y para mí lo más terrible es la soledad. Siempre es un intercambio entre cercanía y distancia, en momentos cuando estoy solo en mi cabeza siempre tienen un papel muy importante las experiencias que tuve con otra gente, las escuelas, las situaciones de familia… ®

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Publicado en: Abril 2010, Libros y autores


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