La planeación sobre el abismo

Caída libre, de Carlos Martín Briceño

La decadencia de la pasión, la infidelidad y la vida en pareja de las clases privilegiadas, son algunos de los temas que protagonizan Caída Libre, el nuevo libro de cuentos de Carlos Martín.

Las coincidencias entre Carlos Martín Briceño y yo son asombrosas, diría algún fabulista decimonónico. No sólo por ser tocayos, primer dato evidente, sino porque firmamos con nuestros dos apellidos, nacimos el mismo año, somos peninsulares, es decir, golfos de México, somos narradores de historias canallescas, lo que nos hizo estar incluidos en un libro colectivo de cuentos editado en España, y somos colegas publicados por la misma editorial mexicana: Ficticia, en su colección de Cuento Contemporáneo. A esto sumo nuestras etapas de formación literaria, pues ambos fuimos, aunque en talleres y en épocas diferentes, alumnos de don Rafael Ramírez Heredia, el Rayo Macoy.

En Caída libre [Ficticia, 2010] catorce cuentos pugnan por el protagonismo, pero la ventaja la lleva el cuento que da título al volumen, segundo en extensión, y que junto a “Dante para iniciados”, “Saldos”, “Cabriolas”, “La llamada del abismo”, “Se renta”, “Convenios”, “Insomnios”, “Piso 17”, “Casi lo que ella buscaba” y “El cielo perdido” se inscriben dentro de una añeja tradición de la historia de la literatura, como es la erosión, el quebrantamiento y la decadencia de la pasión entre la pareja (hombre-mujer), muchas veces a causa de las diferencias de edades (“Me toca ser un viejo abandonado. Qué remedio”), la anteposición de lo monetario y del negocio a la auténtica querencia (“De no haber sido por Laura, jamás hubiéramos podido alquilarle a Stephen nuestros edificios. Nunca quise saber cómo lo consiguió”) o por un hartazgo de la relación traducido en situaciones de infidelidades prodigadas por los personajes femeninos (“¿Le dirá lo mismo al otro? ¿Usará las mismas frases? Qué mal conoces a las mujeres, pero sobre todo, cuánto ignoras acerca de la tuya”). En este sentido, estas historias se emparientan con las narradas en hermosas y antiguas colecciones de relatos, como son las creadas por Boccaccio en El Decamerón o las contenidas en el Sendebar o Libro de los engannos de las mugeres. “Porque sepas el engaño de las mujeres, que son muy fuertes sus artes, e son muchos que non an cabo nin fin”, frase con la que remata uno de los cuentos contenidos en esa colección medieval, bien pudiera ser epígrafe a estas historias de Martín Briceño, aunque el de Saúl Ibargoyen: “El deseo asedia/ Respirando/ Huyendo/ Como herida/ Que se espera inevitable”, dialoga con las tematizaciones de los relatos mencionados. Es evidente el protagonismo de la pasión que destruye lo que inventa, tan claro lo tiene Martín Briceño que en una entrevista lo revela: “Los seres humanos insistimos en vivir en pareja. Pero tal vez no estamos preparados para ello. A lo mejor deberíamos vivir como los delfines, pingüinos o los leones: largos periodos con una pareja y luego terminar de la mejor manera para comenzar con otra. Los animales pueden hacerlo. Pero los seres humanos no. Y no por cuestiones emocionales, sino básicamente por cuestiones materiales o físicas: qué se hace con la casa, con los hijos, con los perros, con los libros, con el coche… Los bienes materiales y físicos nos unen. Por eso no se pueden terminar las cosas de manera sencilla. Yo creo que allí, en lo material y lo físico, radica la verdadera razón de que el ser humano insista en vivir en pareja y, por lo tanto, en tratar de hacerlo de la mejor manera”. En estas ficciones Martín distiende su mirada hacia las interioridades de las clases acomodadas, atisba sus fisuras, escarba sus contradicciones y, cual debe hacer la literatura, cuestiona la condición humana y al ordenamiento social sustentado en el hedonismo y en los valores bursátiles, expone las situaciones en las que los seres carnales, despojados de toda dignidad, son convertidos en mercancías de cambio o, en el caso de los varones, en piedras derruidas desde las cimas, ya sin deseos de rodar a causa de la degradación causada por la deslealtad de su pareja. Ni una isla paradisiaca enclavada en el Pacífico o en el Caribe puede devolver la genuina pasión; el alcohol y el cansancio minan los cuerpos y las mentes, los recuerdos hunden en la derrota y en el sinsabor de la ruina amorosa. Tal acontece con el protagonista de “Caída libre” y su ágil descenso hasta sus infiernos personales fraguados por la voz narrativa en una historia que abarca veinticuatro horas, bitácora de un naufragio en medio de La Habana, el ron, la cocaína y el sexo de paga, un hombre bulto que en sus espasmos etílicos entiende “que aquí, en esta ciudad donde ella vive no va a encontrar nada que le permita olvidar”. Ninguna lujosa oficina enclavada en un rascacielos, ningún millonario negocio puede devolverle el sosiego a ese personaje de “Piso 17”, que es enterado por un bondadoso amigo de que su mujer lo duplica en la cama.

Estas historias se emparientan con las narradas en hermosas y antiguas colecciones de relatos, como son las creadas por Boccaccio en El Decamerón o las contenidas en el Sendebar o Libro de los engannos de las mugeres.

Otra inquietud que percibimos en estas narraciones es la preocupación por otear al interior del eterno femenino. Prueba de ello es el cuento “Retrete”, texto en el que una mujer embarazada va enhebrando, a modo de soliloquio, una serie de preocupaciones y recuerdos que van desde las menudencias de la vida diaria hasta el darse cuenta de la descomposición y el hartazgo de su relación con el marido, situación contrapuesta al goce que advierte con la visión del cuerpo desnudo de su vecino: “la imagen se me queda grabada en la mente, salgo a la ventana y lo encuentro ahí, desnudo, bañándose en la piscina y qué cuerpo, me recuerda a los modelos de los anuncios de trusas Calvin Klein, nada que ver con el cuerpo de mi marido”. La condensación de espacio y tiempo (todo sucede en el cuarto de baño y en el acto de defecar) otorgan al relato la categoría de credibilidad. El relato se torna verosímil, no sólo por el manejo del registro narrativo de la visión y voz que coinciden en la narradora protagonista, sino por las descripciones triviales y monótonas que se tornan convincentes y que refuerzan el microcosmos construido por la voz de una madre de familia y ama de casa acomodada, consumidora de revistas de modas, la encarnación de la vaciedad ostentada en los altos estratos de la pirámide social.

En “Round de sombra”, el texto más largo de todos, se entabla un pugilato entre una mujer y un hombre, aunque la contienda nada tiene que ver con lo amoroso, pues ambos son escritores, ella una celebridad de las letras nacionales, él un novel cuentista que, sintiéndose ya un posible triunfador con su primera novela, cae abatido por un último round que, desde las sombras de la muerte, le propina la autora. Ésta es una ficción que desvela lo que muchas veces acontece en los mundillos literarios plagados de pudientes y perversos escritores ataviados con los ropajes de la simulación y la máscara, ávidos de poder, fama y dineros. Lo que menos importa a muchos escribidores es la literatura como espacio de reflexión y buena escritura.

Eros y Tánatos, sensualidad y asco, entrecruzan los polos que rigen los destinos humanos, tantas veces incomprensibles para los mismos actantes.

Los cuentos de este volumen están focalizados, cada uno, desde diversas perspectivas narrativas (primera, segunda y tercera personas gramaticales), lo que impregna vivacidad a las historias y permite a los lectores sumergirse en la cadencia de las descripciones, ya de lugares, ya de conductas, y en las, a veces, escatológicas escenas que conjuntan la atracción/repulsión que perciben los personajes con lo vivido. Eros y Tánatos, sensualidad y asco, entrecruzan los polos que rigen los destinos humanos, tantas veces incomprensibles para los mismos actantes. Ya lo expresa el malsano protagonista de “Cabeza de tortuga”: “Desde aquí alcanzo a escuchar a las palomas que revolotean en su patio. Como cada domingo aguardo su señal”. La señal para volver a experimentar el ritual de la visión y el rozamiento de unos cuerpos de una pareja de ancianos extraviados en la demencia y los placeres mórbidos.

La virtud de la pluma de Martín es sugerir unos mundos, pintar unos estados mentales, nunca mostrarlos en su totalidad, tal como pregonaba Hemingway al teorizar sobre la poética del cuento; éste debe mostrar sólo la punta del iceberg y dejar que la complicidad y la curiosidad del lector muevan las aguas que ocultan la masa, el verdadero placer de un lector de ficciones breves. ®

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Publicado en: Abril 2011, Libros y autores

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