La una de la tarde

Ese reloj siempre daba la una. Recorría con la lentitud de sus sesenta minutos el total de la circunferencia enmarcada por los números romanos. Llegaba al doce y de nueva cuenta era la una: siempre la una, se solazaba siempre en la misma fracción de tiempo. Parecía gustarle ese número, repitiéndolo eternamente.

Pero no era solamente ese reloj: en su entorno el paso natural del ciclo luminoso del sol se había detenido en un insomnio perpetuo. Los reflejos áureos en las calles correspondían al intenso calor de la una de la tarde. Los ciudadanos, paralizados en movimiento, las pieles enrojecidas por la insolación, también se percataron.

Se organizó un comité especial. Vino gente de todo el mundo interesada por el extraño caso de la población en la que el tiempo se había detenido. Se llevó a cabo un foro abierto. Los investigadores pusieron sus teorías. Los ciudadanos opinaron. Los políticos hablaron durante horas sin decir nada. Los noticiarios dedicaron bloques especiales.

Nada se solucionó: los relojes seguían eternamente detenidos.

A alguien se le ocurrió una idea. Se constituyó una nueva comitiva especial. Se dirigieron al reloj de la catedral, el más grande en la ciudad. Movieron manualmente el mecanismo de la enorme mole circular. Las campanas sonaron: las manecillas se movieron. Ahora eran las dos. ®

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Publicado en: Narrativa


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