Las historias de Nahuel Maciel

El alter ego de un periodista

A principios de los noventa no existía el internet en las redacciones de los diarios y era muy difícil localizar plagios y corroborar datos. Las prisas por publicar una gran nota en un suplemento cultural y las ganas de un joven periodista desconocido dieron lugar a una historia que deja reflexiones y lecciones.

Este artículo comenzó siendo una caminata de primavera con un viejo amigo por la Rambla de Montevideo. Me propuso escribir el guión cinematográfico sobre la historia que relato a continuación para presentar a los fondos concursables del Instituto Nacional de Cine Argentino. El cuento, de parte de mi amigo, venía con el sabor de la primera mano porque hace casi dos décadas conoció al protagonista. El tema siguió con días febriles de escritura del susodicho guión y la respectiva autocensura antes de ser presentado, entre otras razones, porque parte del suceso ya había salido a la luz en una especie de ensayo documental.
La historia es real. Si no me creen, basta buscar en Internet, si es que confían en todo lo que allí se publica.

I. Entrevista por fax a Vargas Llosa

Buenos Aires. Verano del 91. Arde el asfalto y el humor de los porteños.

Un joven entra a la redacción de El Cronista Comercial, periódico de orientación liberal y circulación nacional. El muchacho no es alto, tiene el rostro manso y una mirada oscura de fiereza mal domesticada. Lleva la tierra en la piel y calza sandalias. Parece no ser consciente de que es portador de una estampa mezcla —valga el pleonasmo— de Che Guevara y ángel caído. Camina lento pero sin timidez.

Golpea la puerta y entra al escritorio del director justo en el momento en que éste mantiene una conversación alterada con la jefa de redacción.

Es una mañana miserable en el periódico. La nota principal del suplemento cultural acaba de hacerse añicos y no hay con qué reemplazarla. Una tapa y una doble es mucho espacio para llenar. Hacen llamadas, barajan soluciones, todas opacas.

Se presenta con la digna humildad de un cacique desterrado. El nombre ayuda al hombre: Nahuel Maciel. Llegado desde el hondo desierto patagónico a las fauces de la gran ciudad. El director puede verificar los datos que acreditan su trayectoria en ascenso a través de las fotocopias de algunas colaboraciones suyas en Le Monde Diplomatique y National Geographic, entre otros medios. Es activista en el campo de los derechos humanos e indígenas. Ha participado en campañas y ha sido vocero y orador en actos multitudinarios.

Viene a ofrecer la entrevista que le hizo, por fax, a Mario Vargas Llosa y trae además, una carta de recomendación de su amigo y mentor Eduardo Galeano. Conoce bien al uruguayo porque tradujo al mapuche una parte de Las venas abiertas de América Latina.

Por lo demás, en la situación en la que están, la llegada de un indio mapuche que trae una larga entrevista al autor de La ciudad y los perros es un regalo de Dios —el cual, como dice el manual, es argentino.

La dirección lo acepta sin muchas más pruebas de vida. Aún no lo saben, pero se convertirá en el nuevo periodista estrella. Como aquellos indígenas guaraníes que tocaban el violín para los jesuitas en Europa, Nahuel Maciel será, por un breve lapso, la curiosidad, el número vivo del ambiente. El aura primitivista que lo rodea sirve para contrastar aún más el permiso que este niño tiene de meter el dedo en la crema y nata progresista de la cultura latinoamericana.

Las mujeres, muchas de ellas colegas de la redacción, sudan por ganarse su mirada negra y, si es posible, un lugar en su lecho.

Y si el apuro y la oportunidad fueron los motivos de haber obviado el rigor periodístico que obligaba a la redacción a cerciorarse de los datos de aquella primera colaboración, no hay explicaciones contundentes respecto del haber pasado por alto la veracidad de las notas que siguieron. Muchas.

A la entrevista inicial, Nahuel Maciel añade reportajes a Carl Sagan, Rigoberta Menchú, Ray Bradbury, Umberto Eco y Gabriel García Márquez, entre otros.

Hay quienes dudan, sobre todo algunos colegas de la redacción. El blanco manto de sospecha estará manchado, sin duda, por una gota de racismo y otra de envidia.

Pero la dirección de El Cronista no se va en pequeñeces. Disfruta los quince minutos de gloria mirando por encima del hombro a la competencia gráfica local que supura una envidia amarilla y desconfiada.

Nahuel Maciel se vuelve una pequeña celebridad del estrecho pero ruidoso planeta del periodismo porteño. Abandona en parte su talante de nativo con quinientos años de resistencia en la espalda y se deja llevar por los vientos del abanico de los conquistadores.

Nahuel Maciel se vuelve una pequeña celebridad del estrecho pero ruidoso planeta del periodismo porteño. Abandona en parte su talante de nativo con quinientos años de resistencia en la espalda y se deja llevar por los vientos del abanico de los conquistadores.

Por ese entonces también es enviado por El Cronista a seguir el rumor de la existencia del Museo de la Subversión en la provincia de Tucumán. Viaja solo y regresa con documentación escrita y un rollo de fotos tomadas a un infame muestrario militar secreto con galardones de la dictadura, sus infamias y aberraciones. Las imágenes muestran partes humanas cercenadas, rótulos de NN en frascos con órganos, fetos, huesos.

El nombre del diario que da la primicia es catapultado a los cables de agencias internacionales.

Días después, el gobernador tucumano Ramón “Palito” Ortega —sí, el que en los sesenta cantaba “La felicidad ja ja ja já”— niega la existencia del lugar alegando animosidad opositora en su contra. Los organismos de derechos humanos de la provincia también están azorados y declaran que todo el asunto es un delirio. El Cronista Comercial, que ha hecho volar muchas plumas en el gallinero, de pronto guarda silencio. No hacerse cargo: Costumbres argentinas, tomo II.

Por esos días, cuando la dirección de El Cronista insinúa la posibilidad de publicar un libro con la tremendamente-larga-qué-pena-que-no-es-más-larga-todavía entrevista al Gabo, Maciel acepta y sugiere para el libro un prólogo de lujo: Eduardo Galeano. No se habla más. Manos a la obra.

En marzo de 1992 Maciel redobla la apuesta de aquella primera entrevista al autor de Cien años de soledad con más material listo para editar entre tapa y tapa.

En la Feria del Libro, y ante un notable público cultural, El Cronista presenta Elogio de la Utopía. Un libro del periodista mapuche, íntegramente realizado vía fax, con prólogo de Galeano y doce secciones con introducciones filosóficas de adivinen quién.

Aquel día, ante más de quinientas almas y con gran pompa y emoción, Nahuel lee una carta muy elogiosa de García Márquez hacia esas intervenciones y hacia su persona. No puede negarse que todo es a lo grande en Buenos Aires, la gloria y la vergüenza ajenas.

Dicen que alguien vio que alguien más vio que había visto, tal vez, a Eduardo Galeano saludando a Maciel en medio de la gente en la Feria del Libro.

Dicen también que un colega periodista osó ir más allá de las sospechas iniciales preguntando cómo era posible preguntar y repreguntar tan alegremente y en un texto tan largo… vía fax. O a nadie le convenía escucharlo u optaron por matar al mensajero. Costumbres argentinas ambas, tomo III.

Hay que decir que el libro ostenta una escritura muy elíptica y mal podada, pero digna. En aquel momento parecía ser una publicación necesaria, urgente. El aire fresco de la Utopía para una militancia quebrada luego de una dictadura atroz que dejó treinta mil desaparecidos, una primera democracia pusilánime y el menemismo de los noventa que, como un elefante rabioso, terminó de aplastar lo poco bueno, útil y público que quedaba.

No obstante, sucedió lo predecible. Días más tarde, como las fichas de un dominó, las demandas empiezan a caer.

La voz de Galeano suena en el auricular. Denuncia, atónito, que jamás prologó el volumen, que todo es un fraude y que no conoce ni de mentas al tal Maciel.

Créase o no, El Cronista publica una última y extensa entrevista central al escritor Juan Carlos Onetti realizada por Nahuel Maciel, aun cuando existía la advertencia de un escritor santafesino que aseguraba que el reportaje era literalmente idéntico a otro de la uruguaya María Esther Gillio.

Días después llega la demanda legal de un tal Mamerto Menapace, abad trapense y escritor de varios libros de cuentos de estilo campestre e intención pedagógica. La demanda llega junto con las fotocopias de su propia obra de la cual Nahuel Maciel plagió cada palabra, menos una.

Fundida la cera de las alas, Ícaro cae en picada y se estrella en el duro mar de la verdad.

El director del periódico agita la evidencia en su rostro y lo interpela: “Es verdad, todo es un plagio”, responde, “uno a veces tiene impulsos que no controla. Como los que se sienten impulsados a matar. La verdad es que no sé por qué hago estas cosas”.

Hay que decir que el libro ostenta una escritura muy elíptica y mal podada, pero digna. En aquel momento parecía ser una publicación necesaria, urgente. El aire fresco de la Utopía para una militancia quebrada luego de una dictadura atroz que dejó treinta mil desaparecidos, una primera democracia pusilánime y el menemismo de los noventa que, como un elefante rabioso, terminó de aplastar lo poco bueno, útil y público que quedaba.

Se ha descubierto el relleno agusanado del pastel. Maciel es el único que marcha al horno, aunque, hay que decirlo, han sido más los que batieron los huevos y añadieron la mantequilla para lubricar un éxito impostor vendido en porciones durante meses y cobrado en efectivo.

Maciel no se defiende, como si hubiese llegado un momento esperado. No insiste, no da más explicaciones. Desaparece. Su silencio es estertóreo. Y lo que en Buenos Aires no hace ruido, no existe.

Los responsables del diario, a su tiempo, balbucen explicaciones de lo inexplicable. (El de Nahuel Maciel no fue un artículo publicado por error. Su mitomanía vino como anillo al dedo para avalar una vertiginosa carrera periodística en ascenso adobada con la rutilante presentación de un libro. Y recordemos que la relativa fugacidad del plagiario no fue obra del rigor periodístico del diario sino de la intervención y la denuncia de los autores.)

Para resarcimiento de los plagiados, la justicia determinó que era suficiente la quema pública de la edición completa de Elogio de la Utopía (aunque no el ejemplar que tengo en mi estante).

Tiempo después, la demanda legal cursada por Eduardo Galeano es desestimada por la jurisprudencia argentina alegando que aquel prólogo no constituye propiedad literaria digna de protección puesto que no había sido escrito por él, y que tampoco existía defraudación pues no perjudicaba de manera alguna el patrimonio de Galeano.

No es para reírse. Aun cuando este tomo del manual se llame Costumbres argentinas, la justicia en los noventa como broma pesada.

Pero la biografía del que todavía vamos a llamar, un rato más, Nahuel Maciel, no termina aquí.

En 2007 se presenta una especie de documental, un ensayo en tono de burla al grupo ecologista entrerriano que generó un largo y penoso corte del puente internacional entre Argentina y Uruguay. La protesta fue a propósito de la instalación de una planta de celulosa en el río lindero entre ambos países. Hasta hace poco fue un conflicto con aristas puntiagudas y pendiente de resolución durante mucho tiempo. La película se estrenó, sin éxito alguno, en Uruguay pero no en Argentina.

El realizador, Eduardo Montes-Bradley, tomó la historia de Maciel como eje de su trabajo ya que él fue uno de los voceros del movimiento a través de su trabajo periodístico en un diario local. Hay que decir que la biografía de Maciel fue ridiculizada y utilizada de forma muy humillante, igual que la de otros personajes, para fundamentar la mirada del realizador. Por lo demás, el filme no aporta información confiable ni de la industria papelera, ni de la ciudadanía que estaba a favor o en contra de ésta.

II. Robin Hood de las ideas y la información

Nahuel Maciel

Lo que hace años me sedujo de la historia de Nahuel Maciel no fue la arista fundamental del derecho a la información, la transparencia y el indispensable respeto al contrato de lectura con la ciudadanía.

Aun cuando la biografía de Maciel es valiosa en moralejas y también su arrepentimiento y la madurez al dar la cara en entrevistas posteriores e, incluso, en la citada película, ni de lejos me atrevo a pensar que es el único caso de plagio, material apócrifo o lisa y llana malversación de fuentes y datos en la prensa argentina. Ni en aquellos noventa ni ahora, en un contexto político de cambios singulares en la distribución de la riqueza al cual corroen los multimedios parciales y atados al poder con sórdidos lazos históricos.

Sin embargo, mi interés en Nahuel Maciel se encendió con el fósforo de un dato que ha pasado inadvertido. En el libro sobre la entrevista a Gabriel García Márquez, Maciel transcribe cada párrafo del texto del abad Menapace; copia cada palabra menos una: donde dice Dios, Nahuel Maciel escribe Utopía.

Si lo único y verdaderamente importante es la información, la literatura y el pensamiento y no la mano que la escribe, esta reflexión podría terminar aquí mismo. También si, como afirma Valery, la historia de la literatura podría contarse sin mencionar un solo escritor. ¿Sería lícito dejarse llevar, por el declive de cierto ecumenismo creativo, al menos en ciertos ámbitos y géneros?

Confieso que desde el primer momento, y en contradicción con los principios que defiendo, no pude dejar de ver en Maciel a una especie de Robin Hood de las ideas. Un ladrón no exento de picardía empática que engañó a la nobleza para derramar las monedas de la cultura entre el pueblo, sin intención de enriquecerse seriamente.

No voy a atribuirle intenciones que él mismo no ha manifestado pero, en primer lugar, no creo que la voluntad principal del plagiario fuera la de la propia gloria. Esto hace la diferencia entre un mentiroso y un mitómano.

Sin embargo, mi interés en Nahuel Maciel se encendió con el fósforo de un dato que ha pasado inadvertido. En el libro sobre la entrevista a Gabriel García Márquez, Maciel transcribe cada párrafo del texto del abad Menapace; copia cada palabra menos una: donde dice Dios, Nahuel Maciel escribe Utopía.

El periodista apócrifo sentía que tenía un rol en la transmisión de un mensaje. Al carecer, aparentemente, de otras herramientas psíquicas y personales, puso su propio cuerpo como pararrayos entre la palabra de los dioses y el destinatario. Y vaya si se quemó.

En segundo lugar, no quiero olvidar que Nahuel Maciel hizo lo propio para engañar a un medio de comunicación que se dejó engatusar para bien del negocio. La mentira no le fue ajena a El Cronista. No hay excusas sostenibles para sostener lo contrario.

En tercer lugar, me resisto a suponer que Nahuel Maciel creyera en la sostenibilidad de su ardid. Tampoco parece ser una persona enferma (a menos que alguien me asegure que todos los que poseemos una o varias personalidades en internet no lo somos, también, en parte).

Por último, es improbable sostener que una mente brillante como la del plagiario y una devoción a cierta línea de pensamiento progresista creyera que sus mentiras, en realidad, tendrían patas largas.

III. La literatura y el plagio

Como borgiana devota me gusta pensar que la literatura es parte de un gran canto sin fin erigido por todos los artistas de la historia y del cual todos los artistas de todas las épocas abrevan.

El plagio, no obstante no deja de ser un error y un recurso absurdo y reprobable.

No me tiren piedras los defensores del derecho de autor, que no a la detracción de éste me refiero sino a la bienvenida de la circulación cada vez más colectiva del pensamiento, la literatura, la música y los contenidos en general y a los cambios en los parámetros de propiedad intelectual.

Basta con hacer la prueba de sacar en tres minutos y un solo clic una cuenta en una red social —o dos o cinco, todo depende del tiempo y las ganas de navegar— para dedicarse a dar voz a distintas facetas de la propia personalidad, ser el escritor negro de sí mismo o, y vaya si sucede, replicar el pensamiento de otros como propio.

Avatar, así se llama el nombre de un usuario en Twitter. La piedra que un avatar tira en las redes sociales puede provocar ondas expansivas de intensidad relativa, de acuerdo con su creatividad e imaginación y con el número de seguidores que tenga.

Se trata de aguas virtuales mal iluminadas en las que, por lo demás, es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano. Aguas en donde el plagio nada libremente por ser el líquido virtual conductor por excelencia de la electricidad del pensamiento global.

Es notable observar la fruición y la furia con la que algunos usuarios denuncian las ideas robadas, recicladas a veces, y devueltas como propias a la red. En otra acepción, son avatares de la red, circunstancias que vale la pena saber antes de colectivizar una idea, un texto o un poema en el mar de la web.

Se trata de aguas virtuales mal iluminadas en las que, por lo demás, es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano. Aguas en donde el plagio nada libremente por ser el líquido virtual conductor por excelencia de la electricidad del pensamiento global.

Curiosamente, un avatar es también el nombre que en el hinduismo se le da a la encarnación terrestre de un dios, en particular Visnú, que junto con Brahama y Siva forman la tríada creadora cuyos atributos son la bondad, la pasión y la ignorancia.

La asociación libre tiene coherencia: Internet es paradigma de creación original de múltiples autores, de intercambio solidario, apasionados lazos virtuales y, también, propalador de la estupidez y la ignorancia.

IV. El pensamiento y el fax

El gran error de Nahuel Maciel fue intervenir en la historia del pensamiento vía fax.

Su equivocación fue del tipo 1.0. Su insensatez, llegar antes de tiempo a la fiesta de confusión de lenguas en la Torre de Babel. Como el invitado que acude vestido de pingüino a una fiesta de cumpleaños de largo y al que recuerdan llorando de risa, años después y disfrazados, los mismos invitados de entonces.

Pero el punto no es la mediación tecnológica en sí sino sus consecuencias en el contrato de lectura y el capital simbólico del que da cuenta. Lo que en los noventa escandalizó de Nahuel Maciel y su particular modo de mentir para decir su verdad hoy suele ser pan de todos los días, en el trinar del pajarito de Twitter tanto como en el amplificado clarín del gran diario argentino. No con el mismo modus operandi, pero sí con los mismos resultados.

Defiendo la propiedad intelectual y la defensa de la obra que costó crear. Pero me pregunto qué es lo propio y lo ajeno en un mundo de creaciones que se repiten y pasan de mano en mano como una antorcha, de avatares e identidades extendidas, un mundo que va demasiado rápido y donde todo se olvida fácilmente.

El otro error de Nahuel Maciel fue decir a través del periodismo lo que debería haber intentado a través de la creación literaria. Mentir es condición de la literatura. Los escritores somos embusteros por naturaleza.

La escritura altera la rutina de la vida, la enjaeza, le da una dimensión fantástica, absurda u onírica. Por eso escribir es un ejercicio curativo y transformador. Cambia la vida.

Su equivocación fue del tipo 1.0. Su insensatez, llegar antes de tiempo a la fiesta de confusión de lenguas en la Torre de Babel. Como el invitado que llega vestido de pingüino a una fiesta de cumpleaños de largo y al que recuerdan llorando de risa, años después y disfrazados, los mismos invitados de entonces.

Apuesto a que un hombre que pudo recrear una ficción de tales dimensiones podrá crear las mismas historias —siempre son las mismas— de su propia mano. Me alegró mucho saber que a esto se dedica actualmente.

Por mi parte, la sola esperanza de la propia voz que entonces no llegó a ver y que ahora intentaría conquistar le otorga los cien años de perdón.

Por último, debo decir que el protagonista de esta nota no es mapuche. Que nació en Corrientes y allí fue criado. Nahuel Maciel es, a su vez, un seudónimo, un avatar elegido por el muchacho que fue anotado en el registro civil bajo el nombre de Arquímedes Benjamín.

Algo parecido a lo que sucede con una servidora, Vesna Kostelić. No soy croata, aunque fui criada por abuelos balcánicos. Desde niña utilizo mi segundo nombre y mi segundo apellido para firmar cualquier tipo de intervención literaria. También debo decir: “No sé por qué hago estas cosas”. El avatar de Vesna en Twitter es @Bradamante7.

Del hombre a quien seguiré llamando Nahuel Maciel aprendí que el alter ego de una persona es a veces una forma de ser más fiel a la propia identidad y no a la que impone la cédula, la rutina y la supervivencia. Es el verdadero nombre escondido en el nombre.

A veces los avatares son como esas muñecas rusas, huecas, tramposas y ocultas una dentro de la otra. Hace falta la voluntad de abrirlas una por una para llegar a la verdad. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2011

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