Libros, pavos, deseos y mitologías

Si las nociones de identidad, autor, autoridad y vanguardia han cedido paso a otras maneras de pensar y conocer en red, aún nos queda el desafío del modo de vida.

Estoy en Brasil, donde acabo de deshacerme de una biblioteca que me acompañó durante varios años. No es la primera vez, he tenido varias en distintas épocas y lugares. Ésa en particular viajó bastante y nunca se ha constituido del todo. Ahora, según leo en Facebook, se recombina y multiplica con otros propietarios. La vida, creo, se parece más a esa biblioteca que a una biografía o un texto sedimentado, lineal y progresivo. Una biblioteca que se recompone constantemente, en la que coinciden constantemente finales y comienzos. La vida, que no se confunde con la identidad, será camino, transcurso. La vida se desliza, nueva y vieja.

biblioteca

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En la mitología romana Jano es un dios que tiene dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil. Jano era el dios de las puertas, los comienzos y los finales. Como dios de los comienzos, se lo invocaba públicamente el primer día de enero, el mes que derivó de su nombre porque inicia el nuevo año. Jano no tiene equivalente en la mitología griega. Al igual que Prometeo, es una suerte de héroe cultural al que se atribuye, entre otras cosas, la invención de las leyes, el dinero y la agricultura.

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En la biblioteca de que me deshice no había ningún libro de Anaïs Nin (Francia 1903-Estados Unidos 1977), aunque sí he tenido algunos en otras colecciones. Mi interés por esa autora ha crecido en el último año debido a que acepté el encargo de la editorial Altazor, de Perú, de escribir un texto inspirado en ella y su obra. Vengo lidiando con este texto. Me faltan como treinta páginas y sigo dudando. Tal vez me parezca complejo recrear a Anaïs Nin desde mi contexto, tal vez porque le tenga una suerte de sana envidia a su personaje.

Anaïs, que murió en enero, escribió a lo largo de su vida un diario de 35 mil páginas que se encuentra hoy en la Universidad de Los Ángeles-UCLA, ciudad donde vivió, además de París y Nueva York. Se hizo conocida asimismo por sus relatos eróticos, reunidos en Delta de Venus, y por el modo original como entendió las relaciones amorosas, intelectuales, sentimentales, sexuales. Ese entendimiento, que se esparce por su obra, se puede entender como una filosofía.

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Hace algunos meses estuve en una charla del escritor Javier Payeras sobre la literatura guatemalteca contemporánea. Dijo entonces Payeras que uno de los problemas de escribir desde “una periferia” tiene que ver con el deseo. ¿Qué deseamos nosotros, los guatemaltecos, o los “no blancos, no europeos”? —se preguntó. Extiendo la pregunta, que en su momento, según me informa una fuente que prefiere no ser identificada, lo hizo Luis de Lión (Guatemala, 1939-1934): ¿Qué deseamos nosotros, o los otros de la llamada cultura occidental: las mujeres, los indígenas, los que no caben en los patrones dictados por el mercado y los medios? ¿Qué deseamos los pobres, los mayores, los gordos, los feos?

Payeras mencionó a Anaïs Nin como una excepción que confirma la regla, una mujer a quien, como blanca y europea, se le permite desear.

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Supongo que parte de mi problema con el texto inspirado en Anaïs Nin tiene que ver con el hecho de que deseo y escritura forman un rostro con dos caras que constantemente nos desafían a construir y desconstruir identidades: autor, mujer, latinoamericano, brasileño, etcétera.

En el medio de Anaïs, el autor se constituía como una autoridad en relación con los “otros”, los lectores, a quienes hablaban desde un supuesto centro. Las vanguardias eran grupos con afinidades personales e intelectuales dispuestos a constituirse como referencias históricas y, para esto, a experimentar nuevos modelos para las relaciones sociales e interpersonales. Si las nociones de identidad, autor, autoridad y vanguardia han cedido paso a otras maneras de pensar y conocer en red, aún nos queda el desafío del modo de vida. A la ampliación del acceso a la producción de ideas, arte, literatura y al incremento de las libertades no han correspondido cambios sustanciales en las relaciones y el entendimiento de lo humano. Supongo que debemos a nosotros mismos actitudes más osadas tanto en lo que respecta a las prácticas de las imágenes y los signos como, y tal vez sobre todo, a las prácticas creativas y existenciales.

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En aquella biblioteca sí había algunos libros de Albert Camus (Argelia 1903-Francia 1960). Camus, al margen de las concepciones del cristianismo, del marxismo y del existencialismo, realizó una reflexión sobre la condición humana que definió como filosofía del absurdo. Su obra es una reafirmación de la vida frente al fracaso, el suicidio, la adaptación al medio mediocre.

Camus, que murió en enero, comparte con Nin un proyecto de escritura cuyo eje es la pasión y la libertad, o la vida misma. Entre los papeles que se encontraron después de su muerte había un manuscrito inconcluso, El primer hombre, de contenido autobiográfico.

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Cómo sé que algún día yo moriré y tú también
Como no quisiera que nuestro amor muriera
Que al menos quedara de él un monumento
Quisiera escribirte mis poemas con la más alta tecnología
Para que tal vez fuesen un poco inmortales (Luis de Lión).

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Luis de Lión murió asesinado por la barbarie, Nin en la cama, Camus en un accidente.

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En Curitiba encontré a una amiga, la escritora portuguesa Estela Guedes, quien, en medio de una conversación sobre ciencia, uno de nuestros temas favoritos, me contó que escribió, con la filósofa Ana Luísa Janeira, un libro sobre una finca en el Alentejo dedicada a la agricultura y avicultura orgánicas. Confrontadas con el problema de cómo dar a conocer su trabajo entre la comunidad, aventaron la idea de poner ejemplares en los embalajes de pavos, el producto más vendido en la época de Navidades. Aunque les pareció brillante en un primer momento, luego de una acalorada polémica —al final, ¿qué relación hay entre los pavos y los libros?— la idea fue desechada.

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Amor y pasión, como deseo y escritura, son la doble cara de un mismo rostro. Para amar es necesario desear. Para desear es necesario amar a la vida con todo su absurdo.

Saco así del absurdo tres consecuencias, que son: mi rebelión, mi libertad y mi pasión (Albert Camus).

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Desde cierta comprensión de la teoría de la evolución, la pasión en su manifestación sexual sería una estrategia evolutiva. Esa idea deriva del concepto de selección sexual desarrollado por Charles Darwin primero en El origen de las especies y luego en El origen del hombre y la selección en relación al sexo, a partir de la observación, en uno de sus viajes, del pavorreal.

Según Darwin, cuando los machos y las hembras tienen los mismos hábitos generales pero difieren en estructura, color u ornamento, las diferencias son producto mayormente de la selección sexual, y el ejemplo clásico es el pavorreal. Durante el cortejo, el macho abre su cola, mientras la vibra produciendo un sonido característico. La hembra observa y escoge al macho con el despliegue más impresionante para ella.

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Los pavorreales y los pavos domésticos son parientes, ya que pertenecen a géneros distintos de la misma familia de los Phasianidae. Como todas las aves, ambos descienden de los dinosaurios.

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Uno de los primeros en estudiar los dinosaurios fue el zoólogo inglés Richard Owen (1804-1892). Los enormes esqueletos, reconstruidos por los restos fosilizados, eran de naturaleza netamente reptiliana. Por eso Owen los llamó “los lagartos terribles”, en griego, los “dinosauria”. De hecho esos gigantescos reptiles antiguos tienen parentesco más cercano con los caimanes que con los lagartos, según explica Isaac Asimov en Los lagartos terribles y otros ensayos científicos, añadiendo que “Dinocrocodilia hubiese sido un nombre inadmisible”.

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Entre los libros que preservé de mi antigua biblioteca está Darwin: La expedición en el Beagle (1831-1836), de Alan Moorehead. En esa expedición Darwin conoció, entre otros lugares, Brasil, siempre impresionado con el paisaje y la diversidad de la naturaleza.

La expedición en el Beagle

Isaac Asimov (Rusia 1920-Estados Unidos 1992), que nació en enero, profesó una profunda fe en la ciencia. Al contrario de Darwin, que escribió cartas confesando la claustrofobia que sentía por el poco espacio que había en el Beagle, Asimov padecía de claustrofilia, que se describe como la afición a los ambientes pequeños y cerrados.

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Mucho antes de Darwin, la naturaleza del Hemisferio Sur ya había impresionado al viajante y astrónomo holandés Pieter Dirkszoon Keyser (1540-1596), quien estuvo varias veces en Brasil.

Keyser, junto con Frederick de Houtman, observó y registró las constelaciones que no eran visibles en el Hemisferio Norte, entre ellas la relativamente cercana, a 25 años luz, Constelación del Pavo. Entre sus aportaciones se cuentan doce constelaciones que aún están entre las 88 constelaciones modernas.

La Constelación del Pavo, como las demás que solo son visibles en el Hemisferio Sur, no está asociada a ningún mito griego.

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El término mitología viene de la conjunción de las palabras griegas mithos —“el discurso”, “palabras con actos” y, por extensión, un acto de habla ritualizado, como el de un jefe en una asamblea o el de un poeta o sacerdote o un relato— y logos —expresión oral o escrita de los pensamientos y asimismo la habilidad de una persona para expresar sus pensamientos.

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Con mis amigas portuguesas comentamos que la ciencia es un saber entre otros, no la única verdad ni la única forma de razonamiento valido. La verdad es más bien fractal, y la ficción, lejos de ser su contrario, es parte de ella.

Ya una biblioteca es un modo de conjugar.

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Nin creía en el sexo con amor. No se refería al amor romántico, con su imposición del dominio del hombre y su deseo y la normativa que impone. Entendía el erotismo como un componente creativo de la vida, una forma de conocimiento, vinculado asimismo al amor, la entrega, la amistad. En su obra el amor ágape, el de la amistad y la lealtad, se conjuga con el amor eros, el del impulso creador y apasionado. “El único transformador, el único alquimista que cambia todo en oro es el amor. El único antídoto contra la muerte, la edad, la vida vulgar, es el amor”.

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La caída, una de las obras más conocidas de Camus, transcurre en el bar México City, donde “en todas las lenguas vienen a pedir, ateridos, ginebra”.

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Todos los pavos domésticos descienden del guajolote o pavo salvaje mexicano que aún vive en los bosques de Norteamérica.

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En La caída, el narrador se describe a sí mismo aludiendo a “un rostro doble, un encantador Jano. […] En mis tarjetas se leería: ‘Jean‑Baptiste Clemence, comediante… Yo también soy avisado, y sin embargo me confío a usted sin precauciones por su aspecto. Por último, a pesar de mis buenas maneras y de la forma elegante de expresarme, frecuento bares de marineros del Zeedijk. ¡Vamos, no busque más! Mi oficio, lo mismo que la criatura, es doble”.®

Mexico peluche

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Publicado en: Febrero 2013, Jardines en casa ajena


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