Lo que yo soy para los otros

Ideas contra la soledad

Soledad, muerte, misterio, los pensamientos que nos dominan, las leyes que nos rigen, lo mejor que se puede hacer es verlos a los ojos, hablarles con la verdad y decirles: ¿tú qué te traes?

A Víctor Caamaño

© Lisette Model

No es cierto que vamos buscando a quien amar porque nos hayan arrebatado, en el principio de los tiempos, según dicen algunas mitologías, a nuestra mitad, e incompletos vayamos vagando por el mundo, olfateando en los demás la esencia de la nostalgia que ellos a su vez tendrán de nosotros. No es cierto. No buscamos algo que perdimos, sino el misterio de lo que aún no conocemos. Que observen nuestros gestos, los conozcan, los respeten y hasta los quieran. Que conozcan el mecanismo de nuestro pensamiento, el modo en que nos afectan las cosas y las razones de nuestras reacciones. Nuestras intenciones, las aspiraciones, los miedos, los recuerdos, las obsesiones, las debilidades, el color de nuestra ropa interior. Que sin necesidad de dar explicaciones, lo sepan. ¿De dónde nos viene la exótica idea de que esto existe? De la familia. Nuestros padres y hermanos, a fuerza de convivir prolongadamente con nosotros, comienzan a conocernos, aceptarnos e incluirnos en sus vidas. Saben nuestros tonos de voz, nuestras muecas, reconocen la sutil diferencia de nuestros distintos silencios. Una vez que hemos crecido y el imperio enardecido de las hormonas ha tomado el poder indisciplinado sobre nuestros cuerpos, reconocemos la necesidad de la carnalidad. Nos arrebata el deseo de un beso, de una caricia, de una mirada intensa. Así, pues, mezcla de lo corporal y de la inmensa satisfacción que da saberse aceptado y partícipe de una relación con otros, comenzamos a buscar (o a aceptar gustosamente) quién nos satisfaga. Quién se tome el tiempo y el esfuerzo de observarnos, medio comprendernos (porque siempre seremos un misterio para los demás, y los demás lo serán para nosotros) y aceptarnos, al mismo tiempo que nos abraza, nos toma de la mano, nos hace el amor. Hay quienes, incluso, sentimos la urgencia de que terminen de una buena vez los primeros meses donde todo es admiración, deslumbramiento y perfección para que comience la batalla real: que conozcan nuestros olores secretos, que sepan de nuestra loca familia y su historia y sus costumbres, que sean testigos de esa mirada de disgusto, de ese gesto de incomodidad. Si algún extraordinario sujeto logra sobrepasar esta etapa de continuas dudas, reconsideraciones, interrogantes, misterios, disgustos, incomodidades y todo aquello que implica la adaptación a una vida compartida con un desconocido (todos somos desconocidos para los demás. Incluso nuestra familia, porque la idea de que nos conocen es sólo una ilusión), entonces habremos encontrado a alguien especial, perdurable, y podremos recordar esa cita de Italo Calvino que dice “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Y hacerlo durar y darle espacio”. Hacerlo durar y darle espacio. Ahí está el problema.

Lo que realmente me impacta es verme como una isla inaccesible, alguien que ha perdido el eslabón que la une, no sólo en sentido social sino histórico y existencial, con los otros, con los demás. Quedarme progresivamente sin esa familia en cuyo mapa de vida figuran mis gestos y mis gustos.

Este ensayo está dedicado a un amigo que conocí en un taller de ensayo literario con el ilustre y muy querido por mí Israel Carranza. Ese amigo era un hombre “de edad” (como se dice por ahí para no lastimar a quienes ya han vivido más años de los que aún les restan) y quizás el más disciplinado e instruido de todos los que asistíamos a ese curso. Sus ensayos, que llevaba religiosamente cada viernes, estaban poblados de referencias literarias, filosóficas, políticas y científicas de lo más cultas; después de cada ensayo leído por los asistentes él retroalimentaba con precisión. Pero lo que verdaderamente lo delataba como un hombre sabio era el hecho de que siempre se daba el gusto (que para la mayoría de quienes olvidamos nuestra mortalidad, es un lujo) de beberse un café o de tomar una de las riquísimas nieves que venden a pocos metros de la librería donde nos citábamos cada semana. Este amigo, Víctor, un buen día (no: un excelente día) me dijo, después de leer un ensayo (no recuerdo cuál) que había escrito para el taller, que yo llegaría muy lejos. Y que lo mismo le había dicho a Eugenia León cuando la conoció, siendo ella apenas una muchachita sin la fama que ahora tiene por, precisamente, haber llegado tan lejos. En esos espesos días en que amanezco con poco amor y confianza propios recuerdo ese augurio que me echó mi amigo y me siento aferrada a un flotador que sale de nuevo a la superficie. Víctor, otro día, me regaló el libro Elegía, de Philip Roth, y me pidió por favor que yo lo autorizase a convertirse en mi mentor. Le dije que sí, sin la intención de que realmente se llevara a cabo. ¿Qué quería decir eso de convertirse en mi “mentor”? No lo entendía muy bien y me daba un poco de pereza, incluso de miedo. Estoy acostumbrada a llevar mi propio ritmo con mis mentores, que siempre han sido los libros y alguno que otro profesor, brillante o despistado, en quien he creído encontrar atisbos de genialidad. Víctor, por su cuenta, pareció muy emocionado con la respuesta. Yo notaba que disfrutaba mucho de mi compañía: frecuentemente me invitaba a actividades culturales; me pedía, al final de la clase, los viernes, que me quedara con él a tomar un café; me interrogaba sobre el libro que me dio y que hasta la fecha no he leído. Quizás era la diferencia de edad, de sexos, de caracteres para la escritura. Acudimos juntos a algunas exposiciones en museos, charlamos en ciertas ocasiones, y no me volvió a regalar otro libro. Me mudé de ciudad y hace algunas semanas Víctor falleció.

A veces pienso que ahora, muerto, Víctor puede verme y acompañarme a donde sea y como sea. Me imagino, luego, que todos los que han pasado a “mejor vida” tienen esta característica: nos pueden ver cuando lo deseen. Recreo en mi cabeza hordas de muertos voyeuristas que se agolpan en mi habitación cuando me estoy desnudando para bañarme. Pero se me ocurre también que hay muertos sensibles y amorosos que se te acercan cuando estás triste, cuando te quieres encomendar a alguien que no sea ese dios etéreo del que tanto y tan sólo nos han platicado. Pienso, pues, en los fallecidos, como en una forma imperceptible de compañía, aunque esto suene ridículo. Luego mi cabeza toma el vuelo de un papalote a la hora de pensar cuáles serán los requisitos o los horarios para poder visitar a los vivos. Porque, de otro modo, me parece un poco inmoral el hecho de que cualquier muerto, cuando le venga en gana, me haga una visita cuando estoy, digamos, indispuesta: hablando sola en el cuarto, sentada sobre el retrete o depilando mis axilas. Me abruma plantearme esta indiscriminada falta de privacidad. Pero lo que realmente quiero decir es que en el fondo, como un acto de fe, quisiera creer que los muertos están con nosotros.

Por un lado, pensar que los muertos pueden estar conmigo y, por el otro, acelerar mi primera confesión incómoda en el proceso del cortejo para saber pronto si estoy conociendo a “la persona indicada”, dicen de mí que soy víctima (o propietaria, según se mire) de un terrible, de un sobrecogedor horror vacui. Tenue pero tangible como un olor, percibo un miedo no hacia la soledad sino hacia el vacío de otros en mi vida. No temo tener como único recurso mi calor corporal para habitar mis sábanas; no me repele pensar en ir sin compañía los viernes al cine; no me agobia plantearme los domingos como el día para leer o para pasear en el parque con nadie más que el perro. Lo que realmente me impacta es verme como una isla inaccesible, alguien que ha perdido el eslabón que la une, no sólo en sentido social sino histórico y existencial, con los otros, con los demás. Quedarme progresivamente sin esa familia en cuyo mapa de vida figuran mis gestos y mis gustos.

Esto que siento está bien alejado de un desorden del ego o de la vanidad. Es, más bien, quedarme sin la versión que los otros tienen de mí. Reducir mi espectro de pensamiento o de percepción a aquello que nace únicamente de mí y no también de quienes me rodean.

No es que me parezca que yo merezca ser conocida o que valgo la pena o que puedo aportar algo de trascendencia. No. Esto que siento está bien alejado de un desorden del ego o de la vanidad. Es, más bien, quedarme sin la versión que los otros tienen de mí. Reducir mi espectro de pensamiento o de percepción a aquello que nace únicamente de mí y no también de quienes me rodean. Perderme la oportunidad de verme contrastada con mis prójimos. Pero de ese escenario sobre todo me asusta la desolada certeza de no haber provocado en alguien más la curiosidad y el afecto que a mí me provocan tantas cosas y personas. Por eso es tan difícil mantener el amor propio cuando nos sospechamos derrotados en el ámbito de ser amados por alguien más: porque se va creando un vacío donde sólo existe nuestra persona, y este individuo en cuestión tarde o temprano empezará a pudrirse, porque así pasa con el agua que se estanca, y un ser aislado es materia inerte: no puede reciclarse en la convivencia con el otro.

Precisamente porque no sé a ciencia cierta que alguien me amará hasta el fin de mis días y conocerá mis movimientos, mis tonos de voz y mis hábitos ideáticos, es que prefiero creer que me acompañan los muertos. Por los menos los que conozco, aunque no pueda saber de qué modo o en qué momentos. Por eso, y no en vano, he dedicado este texto a mi buen amigo Víctor. Porque yo aún lo acompaño a él. ®

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Publicado en: Ensayo, Octubre 2011


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