Los buscadores vs. el editor web

Dos formas de acceder a la información

Los buscadores fungen como la bolsa de valores de la información. Desafortunadamente su criterio editorial es el que señalen las masas. En contrapeso a ellos ha surgido el oficio del editor web, individuos que saben ordenar ese vendaval de contenidos, mentes capaces de establecer filtros informáticos, curadurías multimediáticas.

¡Ah, muchedumbre! Ha llegado el momento de abandonar tu carácter colectivista y de regresar al carácter individualista. Todo lo que es colectivo, es represión, sumisión del yo…

—Ezio Flavio Bazzo, Manifiesto abierto a la estupidez humana

La profundidad en metros de los pozos sin fondo

La mayoría de los cibernautas exploran el internet con la vocación trotabunda del turista, privándose a sí mismos de hacerlo con el espíritu vagamundo del viajero. Para darnos una idea aproximada de la inmensidad del territorio comparto algunas cifras recientes. Cada día se postean dos millones de entradas de blogs, se suben doscientos cincuenta millones de imágenes a Facebook, ochocientos sesenta y cuatro mil horas de video a YouTube, y se crean más de mil trescientas nuevas aplicaciones. Fantasear con una cartografía de la red es como querer esculpir cerámica con lodo. Se estima que la información contenida en una semana del New York Times es más de lo que una persona normal hubiera adquirido a lo largo de su vida en el siglo XVIII. Por otro lado, de los aproximadamente trescientos billones de correos que se envían al día, un porcentaje mayoritario es spam. Esta cifra seguirá creciendo exponencialmente, por minuto, de modo que la cantidad de información se vuelve casi irrelevante y las preguntas que atañen a los usuarios de internet serían cómo ubicarse en el ciberespacio; cómo acceder, no digamos a la información, término abaratado, sino al conocimiento y su goce, al libre pensar, la construcción de un auténtica individualidad.

Érase un lector…

Nos hallamos ante un novedoso fenómeno, el consumo inmediatista y compulsivo de información, realizamos una lectura que privilegia lo cuantitativo antes que cualitativo, la eficacia antes que la intelección. Cualquier alteración en nuestra forma de leer un texto necesariamente repercute en nuestra forma de leer el mundo —y viceversa. La transformación es de índole neuronal. Gary Small, autor del libro iBrain y director del Centro de Investigación sobre la Memoria y el Envejecimiento en la Universidad de California, advierte que las tendencias revelan una lectura superficial, un escaneo del texto en busca de palabras claves, y si acaso desarrollamos nuestra capacidades asociativas o para ejercer varias tareas a la vez, estamos perdiendo habilidades para la comunicación verbal o la empatía. La lectura ya no es lineal, sino fragmentaria, interrumpida. Otros estudios hablan de la pérdida de la memoria como consecuencia lógica de los nuevos dispositivos de almacenamiento, también de los espacios cortos de atención, de un patrón sensitivo que tiende al aburrimiento, y un razonamiento que pretende una descodificación automatista del texto antes que su interpretación, es decir, un entendimiento apresurado y menos personalizado de la información.

Los buscadores y el mercado de la información

A pesar de ser considerado un logro genial de las matemáticas y la programación, el algoritmo que da cuerda a PageRank, el sistema que Google utiliza desde 1999 para hacer funcionar su buscador, se encuentra limitado por las dos variables que privilegia su ecuación: el número de clics al artículo y a la página que lo hospeda, ambos validados por los hipervínculos provenientes de otros sitios. Por varios años las etiquetas tuvieron alto peso, también las palabras clave, al comienzo sólo en el título, eventualmente en cualquier parte del texto. Por si fuera poco, la ecuación pasa a segundo término cuando las primeras páginas que aparecen no se sitúan por la envergadura de sus materiales, sino que se venden al mejor postor. Aun tomando en cuenta que el programa se actualiza con frecuencia, el criterio editorial es el mismo: jerarquizar la información según el dictamen del consumo masivo. Si los individuos no me son de fiar, las masas me incitan al autismo. Las masas son fanáticas, caprichosas e histéricas. Las masas se miman con memes. Por eso considero que los buscadores siguen en su etapa primitiva, no se ocupan de diferenciar el entretenimiento de la academia, el periodismo del blog; su daltonismo les impide distinguir la nota rosa de la roja, lo objetivo de lo subjetivo, la síntesis del ensayo y poco les importa la consistencia de los adjetivos o el temple de las acuarelas. Descotizan el intelecto en función del clic. Los números no saben contar, por ejemplo, la veracidad y el estilo, dos componentes neurálgicos de los diversos materiales informáticos que circulan en la red.

Por eso considero que los buscadores siguen en su etapa primitiva, no se ocupan de diferenciar el entretenimiento de la academia, el periodismo del blog; su daltonismo les impide distinguir la nota rosa de la roja, lo objetivo de lo subjetivo, la síntesis del ensayo y poco les importa la consistencia de los adjetivos o el temple de las acuarelas. Descotizan el intelecto en función del clic.

En una entrevista con el periodista Juan Mascardi, Beatriz Busaniche, integrante de la Asociación Civil Wikimedia Argentina, advierte el mismo riesgo en otros emporios cómplices. “Es un peligro el nivel de concentración de plataformas como YouTube, Facebook o Twitter, sumado al nivel de concentración de la infraestructura. Que tres empresas del mundo sean los dueños de los caños por lo que circula Internet es un peligro directo a la libertad de expresión y comunicación”.

En la dimensión virtual Google es Wall Street. La publicidad en internet irá aumentando y el mercado de la información digital terminará por imitar la infraestructura del mercado económico, con sus respectivas ofertas y demandas, clusters, monopolios, clases (informáticas), pero con ínfimos costos de producción. A pesar de su riqueza, tasada en más de doscientos billones de dólares, el bien más preciado de Google es la información. Eso, en una sociedad que se jacta de la especialización del conocimiento y el poder de su aparato mediático, es más valioso, digamos, que todas las coca-colas del mundo.

Los editores web y el clictivismo ideal

En contrapeso a los buscadores, gracias a las permisividades de las nuevas plataformas, ha surgido un nuevo rol, una alternativa de accesibilidad. Me refiero al editor web, un joven oficio que será determinante en este siglo; estoy hablando de individuos con juicio crítico que sepan categorizar y ordenar ese vendaval de contenidos, mentes capaces de establecer criterios editoriales, filtros informáticos; estoy hablando de un curador multimediático, cierta inteligencia humana que resista a la inercia de los buscadores. Es lo que la microeconomía a la macroeconomía, lo que la tiendita de la esquina a los Oxxos.

Me refiero al editor web, un joven oficio que será determinante en este siglo; estoy hablando de individuos con juicio crítico que sepan categorizar y ordenar ese vendaval de contenidos, mentes capaces de establecer criterios editoriales, filtros informáticos; estoy hablando de un curador multimediático, cierta inteligencia humana que resista a la inercia de los buscadores.

Abundan ejemplos de gente que desempeña esta noble tarea. Un caso sería el de Rafael Toriz y su columna Wünderkammer, que le hace honor a su nombre y a través del hipervínculo transforma un espacio virtual en un auténtico cuarto de maravillas. También valdría la pena seguir la cuenta twittera de Nalgas y libros, que se especializa en rastrear lo mejor de nalgas femeninas y literatura universal en internet —todo lo que uno necesita para su realización espiritual. Habría que darse una vuelta por Free Music Archive, donde un conjunto de expertos actualizan lo mejor de la música no comercial del mundo clasificada en distintos géneros. O recibir gratuitamente los boletines que más nos interesen. O suscribirse mediante RSS a Ubu web, un archivo extraordinario de letras, sonidos e imágenes. En cierta forma, cada quien es editor de su propio semanario. No nos engañemos, como individuos y como sociedad el mejor clictivismo que podemos realizar es el de un consumo inteligente y personalizado de la información.

La disyuntiva no se resuelve en la accesibilidad

Hoy por hoy, hoy por mañana, nos hallamos ante una disyuntiva que la mayoría ha afrontado inconscientemente, sin dejos de voluntad: la elección del entretenimiento fácil por encima del conocimiento individualizado, la jerarquización de éste como estatuto moral de nuestra sociedad. El error fue decantarse por las redes sociales en vez de las redes de conocimiento. La tendencia en nuestro consumir y compartir la información es buscar el consenso, la convergencia, un sentido de pertenencia artificial, resultado de una mentalidad que nos orilla al pensamiento grupal, la fabricación de identidades de éter que persiguen el estatus antes que el ser. El mundo unido por el trending topic.

La realidad es que cada cibernauta se valdrá de ambas opciones para acceder a la información que le interese. Gracias al internet estamos avanzando a pasos agigantados en aquella consigna humanista: democratizar el conocimiento. Sin embargo, también estamos pagando las consecuencias del alfabetismo funcional y esto ha determinado el comportamiento del mercado digital, el posicionamiento de información chatarra por encima del entretenimiento desafiante, el cúmulo de milagros que ofrecen el raciocinio y la imaginación. Las repercusiones son inclusive económicas, los anunciantes buscan los sitios con mayor cantidad de visitas, no con mejores contenidos y esto irá causando la desaparición de más de una estimable propuesta. La industria editorial empezará a sufrir los estragos económicos que han permeado la industria de la música y, contrario a lo que sugieren las notas que acaparan los titulares, no serán las grandes empresas las que paguen las consecuencias, sino las iniciativas independientes. También sé que la oferta impresa es igual de cuestionable —aunque quizás en otra proporción. Se trata, al fin y al cabo, del uso de nuestro tiempo, la más valiosa de nuestras pertenencias; recordemos que en cierta medida somos lo que consumimos y si acaso es cierto que cada quién es responsable de sí mismo, por lo menos habría que evitar reconocernos en aquel chiste de Woody Allen cuando presume haber tomado un curso que le permitió leer las más de mil páginas que componen Guerra y paz en veinte minutos, gracias a lo cual pudo exegetizar que la obra maestra de Tolstoi, bueno, vaya, podría decirse que involucraba a Rusia. ®

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Publicado en: Julio 2012, Medios

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  • A la palabra apellido “Íñiguez” le falta acento aun siendo mayúscula se pone la tilde, pues si leemos como está, se lee “iñíguez” y eso no existe aún.