LOS GRIEGOS TAMBIÉN CANTAN RANCHERAS

Grecia paga sus tarjetazos

Una foto en un diario es ejemplo de una actitud extendida por el mundo: una multitud avanza en Atenas, en protesta porque el rescate aprobado por la Unión Europea, 110 mil millones de euros, debe ser correspondido con rigor interno. Al gasto público excesivo debe seguir ayuno, lo sabemos en México desde Echeverría.

La manta dice: Kato i junta: Abajo la junta. ¿Junta? ¿Junta militar? Grecia, como México, tiene elecciones democráticas controladas por ciudadanos y vigiladas por todos los partidos políticos y observadores internacionales; tiene también un Parlamento multicolor (e igualmente torpe). Y como aquí llaman “fascista” a un presidente al que todos los días insultan y caricaturizan, al que un mocoso espeta en su cara una expresión oída y cuyo significado desconoce, sin que lo desaparezcan los SS, allá hacen referencia igualmente facilona a la junta de los coroneles y su dictadura en los años setenta.

El idioma griego que nos ha llenado de regalos, desde Cinépolis y tiendas Mega hasta telescopio, kilómetro, pentágono…, recibió de Latinoamérica una contribución sórdida: junta, que los griegos pronuncian junda porque nt suena nd (uso la j con su sonido en español): junta militar. Cuando conocí Grecia la gobernaba una junta militar, la de los coroneles, que había derrocado al rey Constantino (cuya hermana, Sofía, es reina de España por matrimonio con Juan Carlos), por todas partes se veía un símbolo facho: un ave fénix surgiendo entre llamas y la silueta en perfil de un soldado, y una fecha “21 Aprilíu”: 21 de abril, día del golpe en 1967. La junta militar duró en el poder siete años.

Atenas era una ciudad modesta, como hace cuarenta años la calle de Tacuba en la Ciudad de México o Galeana en el centro de Guadalajara hoy día, con alguna avenida como San Juan de Letrán (sin torre Latinoamericana): callejuelas simpáticas, anuncios pobres de barberos pobres y de sastres pobres, zapateros, perfumerías baratas; llegué con 28 años en plenos fríos de febrero, llovizna, viento, estanquillos con sus costales de dulces corrientes muy pintados y perfumados en la puerta, palomas picoteando por la rotura de un costal. Luego de casi tres años de cárcel, había pasado uno en Chile, gobernado por Allende y conmocionado por manifestaciones a favor y en contra, así que buscaba señales del levantamiento popular griego.

En la plaza Omonia —irónicamente Concordia, en la que los manifestantes incendiaron un banco e impidieron que los bomberos salvaran de morir incineradas a tres personas, cuatro porque una mujer estaba embarazada— vi en aquellos años de la junta grupos de hombres jóvenes y maduros arremolinados en discusiones, sacos de casimir viejito y luido todos, sin hacer juego con el pantalón, algunas corbatas (chilapastrosas), camisas mugrosonas, vendedores de lotería. Me acerqué a tratar de comprender los signos de la revolución. Sólo llevaba un diccionario francés-griego, comprado en el aeropuerto de Bruselas, y con el que había tratado de pedir un desayuno en uno de los cafés de la plaza central, Síntagma (que, claro, pronuncian síndagma por aquello de la n+t). Vi la pronunciación figurada, y dije trabajosamente: Tha… (mmm)… íthela… ena  café me… me… gala, ke… El mesero, desesperado, respondió en francés: Ah, vous voulez un café complet… Y se dio vuelta sin esperar respuesta… Típico de griego. Lo trajo en una charolita. Muchos años después me enteraría de que aquella frase simplona contenía una de las formas verbales más complicadas.

Puse atención a la discusión que subía de tono. Hum… No deberían discutir sus diferencias para derrocar la Junta aquí en público. Una palabra se repetía: podósfero, podósfero, podósfero. ¿Podos? Quizá como en decápodo, podólogo: pie. ¿Y sfero? Pues suena a esfera, ha de ser esfera. Los junté: podósfero: pie-pelota: ¡futbol! Discutían de futbol.

Me enamoré del país y de su gente y volví una y otra vez, en ocasiones cada año. Así fui viendo el cambio: han remodelado Omonia varias veces, a cual más peor, y en una desapareció el café Megas Aléxandros (Alejandro Magno, como es fácil intuir), se fueron los cafés de Síntagma (mi compu insiste en que la palabra es sintagma, término sofisticado de lingüística).

Las últimas dos ocasiones, Atenas era otra: bajo Síntagma ya no están los mingitorios públicos con 24 horas de ligue, sino una estación de Metro esplendorosa; la callecita más céntrica, Ermú (de Hermes o de Mercurio) y sus tiendas de telas corrientonas y cortinas feas, ahora es peatonal, con fuentes y jardineras, y se llenó de grandes marcas, la más baja es Zara y de ahí para arriba, ya no hay autos haciendo vibrar la mini iglesita Kapnikarea. El nuevo aeropuerto es una maravilla, la red de avenidas de seis carriles en su entorno, puentes, tréboles, alumbrado, es impresionante y de primer mundo: millones… de la Unión Europea.

Me dio tristeza. Pero los griegos se veían encantados abarrotando unos limpios y modernos comedores rápidos llamados Néon, todo acero reluciente, luz de neón y limpieza. Frente a Kolonaki, sus restoranes elegantes con enormes terrazas bajo toldos hoy lo son más, con el añadido de muchas pequeñas boutiques y millares de jóvenes vestidos a la moda mundial, muchachas delgadas (que eran antes más bien escasas) y sin bigotes, muchachos también sin bigotes. Sigue allí a una cuadra la escuela de baile donde me inscribí a estudiar jasápiko, el baile de hombres con las manos en los hombros y de frente al público; el joven maestro ponía siempre “El último tranvía”, que me aprendí de memoria.

Me la aprendí tan bien que, años después, en la Atenas limpia y moderna, en una taberna grande por Monastiraki donde tocaba un grupo canciones viejas para concurrencia bohemia, noté que se habían saltado el final. Me había despachado un litro de retsina con el plato de cordero y papas, así que me levanté, supongo que algo tambaleante, entre una canción y otra, y me dirigí a los músicos: “Muchachos… olvidaron el final”. Hum… sólo imaginen a un griego en Garibaldi reclamándole al mariachi, con sintaxis algo enredada, que se saltó el final de “Amor perdido”… Pues eso, como dice Román. Miraron al loco y aclaré: les faltó donde dice: “Hay qué triste qué triste que seamos tan pobrecitos”. El del buzuki miró al de la guitarra, éste al del violín, se sonrieron, menearon las cabezas y, con su más amplia sonrisa aceptaron: Ejis díkio: tienes razón. Y prometieron cantarla completa. Cuando lo hicieron, me llamaron a acompañarlos. Años después, en un restorán griego de Guadalajara-Zapopan, sería el motivo del peor oso que he hecho en mi vida o visto hacer… Es otro asunto.

Días después, y de nuevo en la que era “mi” mesa en la taberna bohemia a donde llegaban actores y actrices después de sus funciones de teatro, cantantes y músicos de algún concierto de música popular griega, luego de vaciar otro kilo de retsina (dicen kilo y no litro), oí hablar español en torno de tres o cuatro mesas juntas para un grupo grande, como una docena. Puse atención y no noté acento. Son mexicanos, dije. Soy enemigo de buscar mexicanos en el extranjero y más bien les rehuyo, pero la retsina había hecho efecto, así que me levanté, supongo que otra vez algo tambaleante, y me dirigí a la mesa larga llena de muchachos. Que sí, eran mexicanos y ya se iban, era su última noche. Veo la mesa y exclamo: “¡Pero ustedes no son mexicanos, son gringos!” Me ven con aire ofendido y explico: “¡Una mesa llena de coca-colas! La última noche que pasan en Grecia ¿y no piden vino griego? Los griegos inventaron el vino hace… cinco mil años”, me saqué de la manga.

Que no sabían de cuál pedir, dijo el más desinhibido. “¿De cuál va a ser? ¡El típico de Grecia: retsina de barril! Además el más barato”. Preguntaron si era muy fuerte. “Nada, nada: es un vino blanco. Se llama retsina porque sabe a resina de pino… Es que los griegos antiguos no conocían el corcho, así que sellaban sus ánforas de vino con resina para conservarlo, y el vino tomaba el aroma del pino. Ahora lo hacen a propósito… Hum… Nada más imaginen un grupo de griegos que se va de México sin haber probado una copa de tequila… Pues eso están haciendo ustedes…”

Llamé al mesero que los atendía: “Estos muchachos están festejando su última noche en Grecia y no han probado retsina, dales un kilo… o mejor pregunta si quieren dos kilos, son muchos… Y los mexicanos somos buenos bebedores”.

En eso oigo un chiflido: los músicos me llamaban a cantar “El último tranvía” con ellos. Me les uní: “Esúrosa ke argísame: Me emborraché y se nos hizo tarde, abre el paso para que alcancemos el último tranvía…” Y hacia el final se me llenaron los ojos de lágrimas… El grupo de mexicanos me veía raro, feo la verdad. Volví a mi mesa. Cuando salieron pasaron junto a mí y no se despidieron. “¿Y ora?”, me dije, “¿qué les picó?” Pregunté al mesero cuántos kilos de retsina se habían bebido. Ni uno, respondió. No habían pedido. Y entendí las miradas: “Este pinche griego transa de La Merced cree que ya nos ensartó su bebistrajo que no vende, pero ésas ya nos las sabemos…”

Griegos y mexicanos compiten por el primer lugar en hijos de mamá, consentidos y esperanzados a que el gobierno los haga ricos. Para una canción ranchera hay una canción griega que le gana: “Debajo de mi camisa mi corazón se deshace… Me saco sangre del corazón y te firmo” le gana a José Alfredo. La que le pongan.

Esa última ocasión me instalé por seis meses en una isla cercana, Poros, y seguí enviando mis colaboraciones a Milenio y Nexos, primero desde cafés-internet, luego de mi cuarto cuando conseguí línea telefónica directa… Escribía en la terracita, mirando mecerse las coloridas barcas de pescadores y asolearse las redes. El pueblo es estrecho, un par de calles de fondo, pero muy largo, unos kilómetros que ondulan siguiendo la costa, así que hay dos camioncitos urbanos.

Alguna tarde iba en el camioncito, que sólo llevaba a dos mujeres en animada conversación con el chofer (by the way: uno de los hombres más atractivos que han pisado el planeta Tierra). Se quejaban y quejaban y quejaban: todo era caro. Intervine: Es caro para mí, que soy mexicano y debo comprar euros, pero ustedes ganan su salario en euros y gastan euros, ¿cuál es el problema? Eran dos: Que todo les resultaba mucho más caro, aun ganando en euros, y otro, peor, que así como a mí le ocurría a muchos turistas: Grecia les resultaba cara y se iban a Turquía, que también tiene Egeo. En pleno junio y los hoteles seguían vacíos, dijeron. Eran empleadas de hotel. No mencioné lo que acaba de leer: la UE se quejaba de que Grecia había recibido, per cápita, más ayuda que España, y hecho con esa inversión mucho menos.

Hice cálculos: antes del euro me había bajado de un barco en el Pireo y al preguntar a un taxista por cuánto me llevaba al centro de Atenas aprendí una palabra de las que no se enseñan en cursos, respondió: Ena jiliáriko. Jilia es mil (deberíamos decir jiliómetro), así que “uno de a mil”, mil drajmas. El precio en euros, admití ante las empleadas, sería casi diez veces superior. Vi al pueblito llenarse en julio y vaciarse en octubre. Fue todo, con eso debían pasar el resto del año.

Como a las familias con padre dado al tarjetazo para cumplir gustos de sus hijos, les cayó la hipoteca. ®

[Texto ampliado de la columna del mismo autor aparecida el lunes 10 de mayo pasado en Milenio Diario.]
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Publicado en: Apuntes y crónicas, Mayo 2010


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