Los inquisidores están de vuelta

Farías, Heidegger y el nacionalsocialismo

Es necesario el despertar de la conciencia y la crítica. A Víctor Farías le ha tocado sufrir en carne propia la persecución y el ostracismo. Todos estos signos parecen indicar que los inquisidores están de vuelta.

Víctor Farías

Una rápida zambullida en el mar de información de la red basta para que uno le tome el pulso a la situación. El profesor Víctor Farías, que no ceja en sus empeños revisionistas, incluso del pasado de su propio país, Chile, está lejos de ser una figura popular. Los medios y la prensa han regresado a una escueta corrección política, quizás en ciertas partes jamás la abandonaron. Vivimos hoy en la alborada de los nuevos totalitarismos y cualquier voz crítica desentona y debe ser acallada, censurada o simplemente no comentada más delante. El impacto que en 1987 obtuvo el libro Heidegger et le nazisme habría de servirle de bien poco a su autor. Más tarde, en 1989, habrá de salir la versión española en Muchnik Editores de Barcelona, la cual en 1998 sacará el Fondo de Cultura Económica en México (en tiraje de dos mil ejemplares, ya agotada y sin reimpresiones hasta el momento). En aquel entonces Farías enseñaba filosofía en la Freie Universität Berlin, permaneció ahí desde 1974 hasta el 2006, año en que también publicara su último libro, Salvador Allende. El fin de un mito.

El primer contacto con el pensamiento de Martin Heidegger se dio cuando inicié mis estudios formales de filosofía. Un simple repetidor, un discípulo fiel, un epígono casi inconsciente que ni siquiera conoció al maestro ni mucho menos entendía una palabra de alemán, mexicano (para más señas regiomontano), quien se desempeñaba como maestro en el Departamento de Humanidades, no fue ciertamente el primero que pronunciara ante mí el nombre del filósofo alemán, en repetidas ocasiones durante el bachillerato y en lecturas dispersas, me había confrontado ya con la referencia, pero hasta ese preciso momento la palabra vibrante, profundamente viva, casi litúrgica, eco remoto aunque presente de la verdadera voz del maestro, sumo sacerdote de un culto olvidado, llegaba a mis oídos. Los resabios místicos y espirituales, rara vez asociados con un autor contemporáneo y laico, se abrían paso en el sutil y extrañamente íntimo discurso del mexicano que, como el alemán, era de estatura más bien reducida y de mirada penetrante e inquieta, la propia de un hombre del campo.

La actitud ante la vida de Martin Heidegger, en particular sus posturas frente al poder, siempre serían prudentes, algo temerosas, dispuestas en el momento oportuno a lanzarse con todas sus fuerzas por el botín.

George Steiner en su libro Heidegger repara en esos ojos pequeños, casi rasgados, serenos si bien prontos a reaccionar a la menor provocación. La mirada perspicaz de un montañés de la Selva Negra. La actitud ante la vida de Martin Heidegger, en particular sus posturas frente al poder, siempre serían prudentes, algo temerosas, dispuestas en el momento oportuno a lanzarse con todas sus fuerzas por el botín. Hacia el final del libro Farías hace una alusión a los judíos de la Corte, esos Edeljuden o judíos nobles, en la terminología nazi; Heidegger incluso se sirvió del término para en misivas de circulación privada (no podía comprometerse) defender a un Ordinarius de química, un profesor judío que incluso había sido condecorado con el Nobel, quien corría el albur de ser cesado, incluso sin el beneficio de la pensión, alegando ante las autoridades educativas del Reich el mal papel que en el extranjero quedaría la ciencia alemana. Hanna Arendt se refirió al antiguo maestro y precoz amante (casi violentador o por lo menos perpetrador de estupro), como der heimliche König der deutschen Philosophie, el rey secreto de la filosofía alemana. Steiner, desde luego, descalifica los méritos como filósofo y posible crítico de la cultura por parte de Farías, quien se doctoró con una tesis sobre Franz Brentano, presentada en la Universidad de Friburgo, donde en 1966 asistió a un seminario sobre Heráclito impartido por Martin Heidegger. Steiner subraya el hecho de que no han sido precisamente judíos los autores que han acusado al filósofo ni pretendido hacer un caso de su credo político. Fueron varios los nombres de hebreos que se cruzaron en su camino (Edmund Husserl, Karl Löwith, Helene Weiss, Paul Celan), ninguno de ellos lo encaró abiertamente por su antisemitismo o falta de solidaridad con los caídos.

El párrafo más importante del libro, aquel donde se revelan todos los elementos, subjetivos y objetivos, de posible juicio que lo avalan, se sucede hacia el final:

Con cierta intención provocativa, pero a la vez pedagógica, en una conferencia leída en un centro de estudios judíos, afirmé que lo realmente terrible del Holocausto (la Shoah) no era el que se hubiese asesinado a seis millones de judíos. Incluso que en realidad no eran judíos los que fueron quemados, gasificados y usados industrialmente para hacer jabón con su grasa y peines con sus huesos, esclavizados para construir armas que iban a aumentar el poder destructivo de los criminales hasta el paroxismo. Tampoco era en el fondo lo terrible que proliferen hasta hoy los que afirman que todo este proceso inaudito de exterminio es ficticio, invento de los judíos. Y tampoco, por último y ello es particularmente amargo, que no falten los judíos de la corte dispuestos a minimizar lo que sucedió mediante un servilismo pro alemán incondicional. Todo esto es terrible, pero no porque fueran judíos las víctimas, porque no se puede quemar y exterminar judíos. Ése es el vocabulario de los nazis: El judío es nuestra desgracia. Lo realmente terrible es que se haya matado a millones de seres humanos de religión u origen cultural hebreo. Sólo los seres humanos pueden morir, vivir, ser felices o desgraciados. Y por eso, solamente quien tenga la dimensión de lo humano, lo inmediatamente humano y no las grandiosidades deshumanizadoras abstractas, puede tener acceso a los sentimientos sin los cuales la fundamentación de la ética no es posible. El ¡Jamás! que Heidegger espetó a mi camarada de estudios holandés tenía un origen que estaba muchísimo más allá de la pura especulación en los llamados problemas fundamentales de la filosofía. La extrañeza de que Heidegger nunca haya roto su silencio tiene por lo mismo algo de frialdad inconmensurable, entremezclada con una ingenuidad digna de mejor causa. Es muy semejante a la monotonía que han alcanzado en las rotativas las noticias de que en Europa son cada vez más los extranjeros (no los seres humanos que provienen de lejos —niños lactantes y viejos muchas veces—) que mueren quemados en atentados perpetrados por jóvenes de los cuales no es posible decir si pertenecen a una organización de extrema derecha. Vuelve a quedar clara la otra insuficiencia cognitiva e ideológica: la de que se ha centrado el problema del Holocausto en los judíos y se ha olvidado a los cientos de miles de seres humanos (a veces más abandonados por la vida) que fueron igualmente asesinados o inmolados: gitanos, comunistas, cristianos de conciencia limpia, incluso los miles de latinoamericanos encarcelados en un campo de concentración especial en la Bélgica ocupada. En 1946 todavía un barco de la Armada chilena recogía en Hamburgo más de cien chilenos internados en campos de concentración. Todos ellos (también niños) con números marcados a fuego en el cuerpo.

Hugo Ott, el historiador friburgués, quien también exhibiera el oscuro pasado político del filósofo, presentando como testimonio pasajes de sus discursos públicos y sus conferencias donde se adhería por completo a la causa nacionalsocialista, hizo algunas críticas respecto de ciertos pormenores históricos mal interpretados por Farías. Otros más se sumarán a una larga lista de objetores (alemanes, franceses, judíos y estadounidenses) que han tildado de resentida la actitud de Farías, un tercermundista (casi subhumano) quien, al no poder elevarse a las esferas supremas del pensamiento, tiene que manchar con sospechas políticas a aquellos que sí tuvieron los tamaños y los alcances para hacerlo. Desde Gadamer a Derrida, pasando por la corriente de Lévinas, los expertos mostraron cierta apertura al principio ante la revelación periodística pero luego volvieron a sus posiciones de principio. Si en Heidegger habían apoyado el grueso de su pensamiento, no iban a cambiarlo de la noche a la mañana, y mucho menos hallándose en el crepúsculo de sus días. Es innegable que cierto sentido común los asistía. Y no es que todo el pensamiento de Heidegger sea reducible a sus implicaciones políticas, existe también un fuerte arraigo histórico acerca de problemas de la filosofía cristiana, a pesar de los pesares, la tradición escolástica, una nueva interpretación de los textos griegos y la incorporación del método fenomenológico.

Heidegger

De Edmund Husserl, en realidad, procede aquella aguda reflexión sobre los graves peligros asociados a la técnica moderna y las ciencias experimentales, tema que abordó en la última de sus obras, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (1936), ahí explica que con la aparición del método experimental la concepción cuantitativa de la naturaleza y su consiguiente manipulación se ha abierto la caja de los horrores para la verdadera reflexión (la búsqueda de la verdad) y el futuro de la humanidad en su conjunto (el bien moral). Heidegger en sus escritos partidarios y exaltados, que pretendían dar ánimos a los estudiantes hacia el final de la guerra, se refirió a ese uso ciego de la tecnología, no informado por los valores del Espíritu, que dominaba a los adversarios de Alemania (Estados Unidos y Rusia). Si bien, entre líneas, admitía que igualmente se había desvirtuado la mentalidad de un sector extremo (precisamente aquel en el poder aunque no lo decía abiertamente) respecto de la auténtica misión popular, intelectual y salvadora del nacionalsocialismo.

Es tal la imbricación interna de las ideas originales de Heidegger sobre espíritu popular, arraigo de la tierra, el pensar y hablar en alemán, en relación con el discurso oficial de los nazis, palabras hueras que andaban en boca de todos y que nadie o al menos muy pocos entendían, que resulta muy difícil decir dónde termina uno y comienza el otro. El nacionalsocialismo histórico estuvo dominado por una gavilla de inconscientes y criminales. La facción del movimiento, más espiritual o intelectual, a la que pertenecía Heidegger, y que pretendía reformar las universidades y la educación de los jóvenes, pretendiendo que la reflexión filosófica iluminara la manipulación despiadada de la ciencia experimental, fracasó de manera rotunda en 1934, año que por otras supuestas razones el filósofo renunciara al rectorado de la Universidad de Friburgo. Más tarde, en 1945, durante los procesos de desnazificación de la Universidad, Heidegger esgrimió su relativo distanciamiento del Partido desde 1934, hecho que se ha visto desmentido por la investigación histórica de Ott y Farías. Desde debajo de la cátedra el filósofo siguió ejerciendo una militancia a toda prueba, dando discursos y suscribiendo manifiestos, demasiado radical incluso para los propios nazis, que siempre debieron mantenerlo a raya, sin eximirlo de algunos privilegios (publicaciones y honores). En realidad, sus correligionarios nunca le permitieron convertirse en el filósofo oficial del nacionalsocialismo, aunque a Heidegger, como a tantos de sus colegas por aquellos días, no le faltaron ganas e incluso luchó sin éxito para conseguirlo.

En realidad, sus correligionarios nunca le permitieron convertirse en el filósofo oficial del nacionalsocialismo, aunque a Heidegger, como a tantos de sus colegas por aquellos días, no le faltaron ganas e incluso luchó sin éxito para conseguirlo.

Algo de bueno, muy en el fondo, había en las ideas básicas y originarias del nacionalsocialismo. Si se ha de interpretar con cierta benignidad la doctrina de Heidegger, el retorno a las formas simples, el espíritu del pueblo, la relación con la tierra y la herencia cultural de los antepasados si bien, por otro lado, surge la voluntad de poder nietzscheana, esa fe ilimitada en la propia dignidad, llegar hasta donde hiciera falta. Como salta a la vista, en la exaltación de lo propio está ya el despojo de lo ajeno, un nacionalsocialismo de cara a la beligerancia y la xenofobia. Hanna Arendt recalcará los orígenes tribales y barbáricos de este sentimiento, centrados en la pertenencia al grupo a través de la sangre, más que a través del idioma o las formas culturales. Farías vio con meridiana claridad lo que se ocultaba tras la expresión judíos en boca de los nazis. Judío era aquel de origen no ario, aunque trato de judío merecía aquel ario que no se ciñera estrictamente a sus ideas. Judío era el gitano, el mayar, el casubo, el ruteno, el negro y al final el latinoamericano, haciendo caso omiso de los dementes y los invertidos. Judíos habrían acabado siendo los mismos romanos y el resto de los pueblos latinos. El comportamiento despótico de los nazis en la Italia del Eje, de facto ocupada, no deja lugar a ninguna duda. Los ataques de Heidegger a la romanidad, la tergiversación de las voces griegas al pasar por la traducción latina, el papel histórico de la Iglesia romana parecía avalar, desde el punto de vista de las ideas, todas aquellas pretensiones.

Ese complejo de inferioridad, que precisamente habría de poner de relieve la exploración del alma emprendida por pensadores judíos, se manifiesta como lo contrario, dándose aires de grandeza, mostrando señorío absoluto, algo quizá demasiado humano (común a todos los pueblos de la tierra), pero peligrosamente crónico y pertinaz en el caso de los germanos, esos que muestran gran solidaridad entre sí pero una equivalente agresión contra los otros, los ajenos. Durante la época nazi el concepto de lo propio se restringió tanto como para excluir a casi todos. Esta tendencia, discriminatoria y selectiva, está lejos de haberse extinguido en el mundo moderno. Con cada brote de totalitarismo, en cada conato de control absoluto sobre la población por parte del Estado, se halla en germen una inmolación de buena parte de la humanidad, una shoah de los no aptos. Es importante no olvidar, conocer en detalle el pasado inmediato: 1945 fue apenas ayer. Hay tantos adláteres y partidarios de ideas nocivas aún entre los más vulnerables, precisamente aquellos más expuestos a ser las primeras víctimas (África, Asia y Latinoamérica). Es necesario el despertar de la conciencia y la crítica. A Farías le ha tocado sufrir en carne propia la persecución y el ostracismo. Todos estos signos parecen indicar que los inquisidores están de vuelta.

De Heidegger pronto mis intereses se trasmitieron a su maestro Husserl y, más tarde, de éste a Franz Brentano. El meollo escolástico está siempre presente en todos ellos. Desde Trendelenburg, el auténtico experto en Aristóteles, maestro de Brentano en Berlín. La derivación austriaca, no tanto alemana, de la escuela de Brentano ofrece particular interés, histórico y cultural. Con ella están asociadas las novedades más notorias en la psicología, la lingüística, la teoría política y los nuevos enfoques narrativos en literatura. Brentano tuvo seis alumnos capitales: Edmund Husserl, Kazimierz Twardowski, Carl Stumpf, Christian von Ehrenfels, Alexius Meinong y Anton Marty. Este último, estudioso del lenguaje, precursor del estructuralismo en tantos aspectos, fue objeto de mi tesis de maestría. Recuerdo con emoción el portento de tener ante la vista, en la biblioteca del instituto alemán donde cursaba estudios, el corpus completo (hasta ese momento se entiende) de la edición de las Obras completas de Heidegger. Se presumía entonces que la edición integral iba a constar de más de 60 volúmenes. No sé qué pasó después. ¿Habrán salido todos? Creo que hay numerosos manuscritos con sus adendas y supresiones que están en archivos que, por disposiciones testamentarias, continúan sin acceso. Quedan aún demasiadas lagunas sobre el pensamiento de este curioso teólogo, esteta, místico, ontólogo y, al final de su vida o acaso siempre, poeta. Haber leído la apología de Steiner y las catilinarias de Farías crea un extraño contraste y me da una inexplicable certidumbre de que hice bien en tornar al ámbito de expresión española, único medio donde era posible desarrollarme como escritor. Filósofos mexicanos no hay muchos (en sentido heideggeriano y racista no hay ninguno), escritores hay varios y algunos de estatura colosal. Las letras están incomparablemente más diversificadas entre nosotros. El nivel es aún hoy (y no es lo que fuera alguna vez) relativamente alto. La competencia en este terreno es, por tanto, ardua pero no me quejo, prefiero esto a los ataques, que cuando vivía allá, empezaron a sufrir los asilados turcos en Rostock. Opto por la dignidad nacional e individual, en suma, por la paz, si no civil (si de mí dependiese), al menos anímica. ®

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Publicado en: Ensayo, Octubre 2010

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