Mr. Tormentas

El imaginario popular le atribuye tantos nombres como poderes mágicos. Domingo Ávila, Eduardo Urzaiz, Anthony Smith. Dicen que firmó un pacto con el diablo, pues ningún ser humano puede hacer algo parecido. Que es un agente encubierto de Greenpeace, que lo contrató la CIA para contrarrestar las campañas ecológicas de Greenpeace. Me río de esos rumores y supercherías. Créanme, sé algunas cosas de Mr. Tormentas que nadie más sabe. Su nombre, precisamente. Ni Domingo ni Eduardo ni Anthony Smith. Sino Marcos Ordóñez Aguilera.

El mundo entero, sin embargo, se refiere a él por su apodo. Es obvio, su sola presencia causa extraños efectos atmosféricos allá donde vaya. Los telediarios, por otra parte, han contribuido a propagar con entusiasmo los desastres que ese hombre concita, sin detenerse a indagar en sus posibles razones —¡qué otra cosa cabría esperar de esas cotorras que hacen de conductores, seducidas por la nota fácil y enemigas de cualquier averiguación a fondo! Por culpa de Mr. Tormentas muchos “hombres y mujeres del tiempo” han caído en el más humillante desprestigio merced a sus falsas predicciones, tanto en el plató como en las desangeladas oficinas de los servicios meteorológicos estatales (¿se han fijado que en esas oficinas sólo suele haber un escritorio metálico, un ordenador y un teléfono?). Es increíble, pero cuando Mr. Tormentas aparece, sea en un balneario de Budapest o en el desierto del Sahara mientras se corre el Rally de Dakar, la atmósfera se nubla y se carga de electricidad. Los pronósticos más favorables se incumplen siempre que esa ave de mal agüero se atraviesa. Comienza a tronar y a llover cuando había un día soleado y luminoso apenas unos minutos antes, de pronto reinan las tinieblas. La cellisca se desparrama. Los sembradíos se pudren bajo la nieve. Sobran los testimonios. En Acapulco, en 2002, un insólito fenómeno transformó la relumbrosa playa del Hotel Princess en un antro glacial donde los relámpagos refulgían y las olas gigantes se precipitaban contra los bañistas que huían despavoridos sin conseguir recuperar sus cosas de las palapas inundadas. El casino de Montecarlo, un año más tarde, tuvo que suspender las apuestas durante una tempestad que abrió en el techo unas goteras tan grandes que algunos declararon ante los reporteros que había caído un misil (al principio los Grimaldi responsabilizaron del incidente, sin fundamento, a un grupo islámico de Turkmenistán). Sobre Mr. Tormentas pesa la sospecha de haber provocado el tsunami que devastó las costas de Indonesia en 2004 y el haberse alojado con pasaporte falso en una de las suites empresariales del Burj Dubai obligó a Tom Cruise a repetir diez veces la toma de Misión Imposible. Protocolo Fantasma, en que baja corriendo con una cuerda por los ventanales exteriores del rascacielos más alto. No porque Cruise sea muy valiente y haya decidido prescindir de un doble que lo sustituyera en esas escenas de peligro extremo, como los medios han informado de manera equivocada, sino por las tolvaneras que se levantaban desde el desierto e impedían la visibilidad a cada nueva intentona del divo escalador (una panorámica en helicóptero sería aprovechada a la postre para algunas secuencias). Hay que reconocer que Mr. Tormentas (Mr. Storms, they call him) es todo un profesional. Lo mismo da que visite una apacible colonia de ancianos veraneantes al pie de la montaña andina o los albergues de cinéticos esquiadores juveniles en la ladera de los Alpes: las bombillas se fundirán a punta de rayos, los televisores, aparatos de música, iPhones, computadoras y tabletas electrónicas se quemarán por los súbitos cambios de voltaje sin que haya nadie a quien exigir una indemnización. La brisa suave de un hermoso atardecer en la cornisa cantábrica engendrará galernas y tornados al paso firme de Mr. Tormentas, aquella linda embarcación mecida en la mar serena al susurro de las palmas se hundirá para siempre en un descomunal coágulo de cumulonimbos atronadores. Yo lo he visto con mis propios ojos y puedo dar fe de ello. Recuerdo a un nudista de pelo largo hasta la cintura y piel broncínea que caminaba orondo por las extendidas playas de Tulum junto con su tribu asimismo desnuda. Venía hacia mí con el pecho por delante, a la zaga la mujer de senos oscuros: canutillo de marihuana, ajorca de tela en el tobillo y morral guatemalteco al hombro. Un poco más atrás gritaban los niños con las nalgas llenas de arena; el perro pulgoso con collar de soga jugueteaba en la orilla y ladraba persiguiendo la franja movediza de espuma. Mr. Tormentas debía de estar al acecho entre los matorrales porque una centella cayó de la nada en un testículo del padre de familia. El can huyó y todos tuvieron que pegar la vuelta, correr a gritos con el pubis al aire (papá cojeaba) para refugiarse en una precaria tienda de campaña que, al cabo de unos segundos, arrancarían de cuajo las rachas repentinas.

Son las playas, sin duda alguna, los sitios que Mr. Tormentas prefiere para robar a otros la felicidad. Si uno pasea por esos parajes y está atento —por una natural inclinación precavida o por haber sido ya víctima de alguna de sus diabluras climáticas—, no es improbable que sea testigo de un curioso espectáculo. En la soledad desesperanzadora de ese hábitat hasta hace un instante luminoso que la muchedumbre ha tenido que desalojar a las carreras, un individuo resiste con autocomplaciente estoicismo bajo un sólido pabellón de lona gris sacudido por las ráfagas. Cuando el chubasco alcanza el clímax, tras cerciorarse de que los socorristas —en caso de que los haya— se han unido a la desbandada, se pone de pie y, envuelto en vendavales, desarma todo y abandona aprisa la escena del crimen. Allá va con su equipo ese hombre no muy alto pero sin discusión elegante, de impecable traje de lino beige (es un secreto cómo logra que no se arrugue) y botas de bombero. Con la otra mano protege el panamá bajo la capucha de plástico azul y un paraguas amarillo con dibujos de paragüitas. Ahora imprime mayor velocidad a sus pisadas. La silueta huidiza de Mr. Tormentas se recorta contra el horizonte borrascoso y luego se escabulle del perímetro hotelero entre las construcciones veladas por la niebla. Justo antes de que aparezca la policía.

Son las playas, sin duda alguna, los sitios que Mr. Tormentas prefiere para robar a otros la felicidad. Si uno pasea por esos parajes y está atento —por una natural inclinación precavida o por haber sido ya víctima de alguna de sus diabluras climáticas—, no es improbable que sea testigo de un curioso espectáculo.

Se ha especulado mucho sobre las motivaciones profundas que impulsan a Mr. Tormentas a arruinar la vida al prójimo. Si las cotorras televisivas han pasado por alto este tema, los pavorreales opinadores de la red cibernética se han explayado aventurando cualquier cantidad de sandeces. @wilmer_daniel, por ejemplo, estima que Mr. Tormentas debe ser un paramilitar sueco que opera en consonancia con los círculos neonazis que afloran de modo clandestino en Europa. Otro sostiene, sin asomo de broma, que se trata de un marciano rencoroso encarnado en forma humana que ha venido a vengarse de las contaminantes sondas que no nos cansamos de enviar a su planeta. Hay incluso quien asevera tener en sus manos documentos que acreditan que el susodicho (Mr. Tormentas, no el marciano) nació en Afganistán y colaboró durante algunos años con la organización terrorista de Osama Ben Laden. Pero más allá de estas suposiciones, lo cierto es que, pese a su remoquete cosmopolita, Mr. Tormentas es originario de Tetela del Volcán, Morelos, un pueblito que se tiende en las faldas del Popocatépetl, paisaje de donde quizá haya extraído, de niño, su singular fuerza telúrica. A lo mejor la explicación es más simple y Marcos Ordóñez Aguilera descubrió un día, sencillamente, que no era feliz con su vida, o que no había nada que hacer para modificar esa circunstancia. La enorme carga de tristeza acumulada, o un acto de fe expiatorio por medio de la desgracia vacacional ajena, lo transformó. Como sea, las causas verdaderas de su comportamiento hostil con probabilidad permanecerán ocultas (ni la DEA ni el FBI han podido sacar nada en claro, menos aún calcular su próximo golpe con sus algoritmos predictivos), igual que seguirá siendo un misterio el asombroso mecanismo biocerebral que lo dota de ese oscuro magnetismo. Tampoco han faltado las imputaciones que lo involucran con el narcotráfico, en el entendido de que estaría asociado a un cártel para estropear las cosechas de la competencia (pero en plan Robin Hood, retribuyendo parte de las ganancias a los menesterosos). Según la leyenda urbana, Mr. Tormentas habita una cueva en la punta de una cordillera —caso atípico de dandi ermitaño—, pues la infaltable formación de un nubarrón gigante sobre el edificio al que volvía tras sus giras internacionales (y donde alquilaba un piso alto con las cortinas siempre cerradas) lo exponía a que se revelara su paradero.

Imaginemos por un momento a mi amigo Mr. Tormentas en una jornada cualquiera de actividades. Se sienta en su camastro o catre y se calza las botas de hule rojo. Camina hacia un espejo de cuerpo entero enmarcado por antorchas. Arregla las solapas, se cala el sombrero que descansa sobre una mesita apolillada, junto a una vela con un platito encerado y la Biblia (¡cinco a uno a que la Biblia es su lectura favorita!). Comprueba que el paraguas amarillo funcione y se lo cuelga del antebrazo. Busca a ciegas la capucha azul, se la guarda en un bolsillo del pantalón. Hoy no será necesario echarse al hombro el saco con el bastidor plegable. Relampaguea. Toda la negrura de la intemperie lo acompañará al salir de la gruta rumbo a su próximo cometido. Al enfilar hacia la ribera turística de la ciudad arrastra consigo una estela de cielos encapotados, nubes rasantes preñadas de cortocircuitos.

A últimas fechas se ha difundido el rumor de que Mr. Tormentas ha sido cooptado por el PRI mexicano para asegurarse el triunfo electoral de 2012 llevando lluvia a los candidatos a la presidencia de los otros partidos. ¿No es para partirse de la risa tamaña ocurrencia? Aunque, después de todo, quizá no sea tan mala idea. Con una ligera variante: que se introduzca de incógnito en el palacio legislativo y evite a fuerza de granizo que el nuevo mandatario, cualquiera sea su filiación política, asuma el cargo. De lo contrario, ese pobre país llamado México acabará de sumirse en la mierda. ®

Archivado en Febrero 2012, Narrativa
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