Narcocorrido, la balada por la droga

Del corrido al movimiento alterado

Existen canciones mucho más violentas que el mentado narcocorrido. “El centenario”, de Los Tucanes de Tijuana o “El jefe de jefes”, de los Tigres del Norte, son canciones de cuna, comparadas con temas como “Pleasure to kill”, de la mítica banda alemana Kreator.

Los Tigres del Norte

En relación con la prohibición del narcocorrido hay dos posturas predominantes: quienes aplauden la medida y del bando de enfrente, los que la repudian. Los primeros consideran oportuno el veto de este género musical, pues creen que de ese modo se impide que niños y jóvenes escuchen estos temas, a los que se les atribuye cierta apología del delito. Los que están contra la restricción de esta música aducen un ataque a la libertad de expresión, la cual es derecho legítimo de todo mexicano.

Para empezar, hay que aclarar que el narcocorrido no comenzó ni hace un año ni hace veinte, sino hace unos ochenta años, derivado de esa antigua tradición musical que es el corrido. Esto indica que durante mucho tiempo un gran sector de la población vivió y escuchó narcocorridos sin culpas. Sin temor a ser acusado de nini, malandro, enfermo o cualquier término que se invente. Todo el cine mexicano de los hermanos Almada, Valentín Trujillo y Jorge Rivero fue visto por generaciones enteras sin que fueran catalogados como influencias negativas para niños y adultos. Lo más gacho que te podía pasar, al mostrar gusto por este género, era que te tacharan de naco (no narco, como te acusan ahora). Nada grave, pues.

Así, ¿cómo llegamos a una prohibición?

Son “malos ejemplos para los niños”

Si se ha prohibido al narcocorrido por su mala influencia para con las nuevas generaciones, lo mismo debe hacerse con todas y cada una de esas cancioncillas e influencias que también afectan el pleno desarrollo mental de los futuros mexicanos. Es decir, con el veto, parece que se quiere acusar al narcocorrido de ser el culpable de todo y no es así. También es culpa del reguetón, del pop fácil, de los políticos, de la policía o de los gobiernos. Pero nadie ha pedido que ya no se toque el “perreo, mami”. No. Incluso se celebra si el sobrinito de tres años imita a Don Omar o si la primita pide “tubo, tubo” en la fiesta de seis años.

Tal y como revisamos el grado de alcohol, el precio o la fecha de caducidad de algún producto, así se debería cuidar lo que escuchamos.

Hay displicencia contra esas expresiones musicales y mano dura contra el narcocorrido. Hasta pareciera que existe un prejuicio contra el sombrero y la bota. Deshacernos de la apariencia ranchera y adoptar una más hipster.

Ahora bien, existen canciones mucho más violentas que el mentado narcocorrido. “El centenario”, de Los Tucanes de Tijuana o “El jefe de jefes”, de los Tigres del Norte, son canciones de cuna, comparadas con temas como “Pleasure to kill”, de la mítica banda alemana Kreator, que dice más o menos así: “Mi único objetivo es tomar muchas vidas/ entre más, mejor me sentiré/ mi único placer es escuchar muchos lamentos/ de quienes han sido torturados por mi cuchilla/ el color de la sangre saliendo del cuerpo abierto/ es todo lo que anhelo ver/ tomar la sangre que sale de tus labios muertos/ significa satisfacción para mí…”

Digna de cualquier pesadilla. Pero no, esta canción formó parte del disco homónimo que esta agrupación de thrash editó en 1986. Es decir, con éstas y otras lindas melodías de thrash, death o hardcore crecimos todos los modelos del setenta para acá. Las escuchábamos hasta taladrarnos los tímpanos sin que adoptáramos conductas delictivas.

La mentada libertad de expresión

En México la libertad de expresión es un derecho constitucional. Lo que indica que podemos pensar y gritar a los cuatro vientos nuestro sentir. De ahí aquello de “mi pecho no es bodega ni mi boquita baúl”.

Si en un principio se escribían loas a la vida mafiosa, a las troconas del año, plebitas hermosas y tragos costosos, ahora el narcocorrido ha mutado hacia otra tendencia: la intimidación.

Si se ha prohibido al narcocorrido por su mala influencia para con las nuevas generaciones, lo mismo debe hacerse con todas y cada una de esas cancioncillas e influencias que también afectan el pleno desarrollo mental de los futuros mexicanos. Es decir, con el veto, parece que se quiere acusar al narcocorrido de ser el culpable de todo y no es así.

El movimiento alterado es un estilo (y estrategia empresarial, por supuesto) que se ha regado como pólvora en todo el país y en Estados Unidos, pese a la prohibición y pese a que no tienen cobertura de los medios masivos (ni lo necesitan: la piratería, la clandestinidad y el internet les han abierto las puertas del mundo). En estos temas, además de las alabanzas a tal o cual capo, existen composiciones que destacan de las demás porque en ellas se incluyen claras advertencias a los grupos contrarios. Se ufanan de la “mentalidad enferma”, de lo sanguinario, de lo inhumano y cualesquier clase de tortura “a los contras”.

Por su alto contenido violento y explícito, este tipo de canciones no son para niños ni adolescentes, aunque sucede lo contrario, pues son pocos los padres que cuidan lo que ven sus hijos en la tele, en la consola de videojuegos o en la calle.

El narcocorrido intenta convertirse en un cántico de guerra, como bien lo define el experto en el tema Juan Carlos Ramírez-Pimienta, autor del libro Cantar a los narcos. Voces y versos del narcocorrido [Planeta, 2011]. Ahora es un medio que se usa para advertir a los contrarios (sean narcos o gobierno) los que les sucederá si llegan a caen en sus fauces.

En “El comando suicida del Mayo” Los Buchones de Sinaloa, retan: “Por si alguien se pone perro/ de volada lo trozamos/ aquí volamos cabezas/ sean gobierno o sean contrarios./ Para enemigos, contrarios estoy advirtiendo que aquí no fallamos/ somos equipo suicida rifamos la vida y sangre derramamos/ dicen somos sanguinarios/ por cómo se hace el trabajo/ nada más porque a los contras/ sin cabeza los dejamos”.

En este tipo de temas desaparece la fantasía de tres minutos que el narcocorrido representaba y a lo cual Ramírez-Pimienta atribuye su éxito, “el narcocorrido le da la sensación de empoderamiento al escucha. Se sienten respetados o temidos. Para mucha gente que no tiene control sobre su situación laboral, económica o social, esta fantasía de tres minutos resulta muy atractiva”.

Hasta parece que el movimiento alterado y los nuevos compositores del género siguen la premisa de George Orwell en Rebelión en la granja: “Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír”.

Dependerá de cada quien qué es lo que elige escuchar. Considero que ellos pueden seguir cantando y componiendo lo que quieran. Ahí no radica la diatriba, pues como bien dice Ramírez-Pimienta: “El problema no es el género. Si se cambia la realidad, el mensaje negativo se vuelve irrelevante”. ®

—Twitter: @balapodrida

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Publicado en: La música popular, Noviembre 2014


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