Narcotraficantes y entretenimiento

La canana de Miss Bala

Miss Bala es el discurso simulado de una realidad desvirtuada, hecha a base de fragmentos y percepciones; una película digna de la industria del entretenimiento, nada más.

Desconozco si el cine mexicano necesita de estos elementos “ficcionados” para sobrevivir, pero la sociedad mexicana definitivamente no. Suficiente tenemos con un estado permanentemente kafkiano como para que todavía vengan a contribuir, muy amablemente, estos “charolastras” convertidos ahora a reformadores sociales, con cierta debilidad por las publicaciones rosas, al entredicho de las verdades a medias, en un tema con tantas aristas como el de la delincuencia —que sí está organizada—, pretendiendo inocentemente hacer de una sala de cine un diván colectivo, espacio propicio para la reflexión, sin la debida documentación al respecto, desvirtuando la ya de por si indecible realidad.

No creo que los mexicanos necesitemos más de lo mismo que se encargan de recetarnos, puntualmente, los medios de comunicación que cumplen a cabalidad sus intereses de buenos “productores de noticieros”: informan, pero no comunican y menos motivan a pensar. De ser así tendríamos otra clase de medios de comunicación —y de cine, por supuesto—, el cual también tiene su rinconcito en el cielo del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), como lo fue en el caso de Miss Bala, el cual se podría utilizar para fondear a organizaciones sociales encargadas de transformar desde la realidad, y no desde la ficción, las carencias sociales que muestra la película.

Para cuestionar severamente se necesita valentía, no muestras de envalentonamiento provocadas por la euforia de las percepciones, las subjetivas y las presupuestales. Por supuesto, cuestionar al sistema es como patear el pesebre, morder la mano del amo que nos da de comer, ofender al padre que nos mantiene con el riesgo de volvernos independientes.

Miss Bala, Bala mordida y El infierno cumplen con su tarea de entretener, pero lejos están de ser detonantes que inspiren a cuestionamientos elementales; más bien son atisbos incipientes, áridos y estériles de puras percepciones, ejercicios sintomáticos que hasta por la similitud en los nombres nos hacen pensar que dentro de los montos asignados desde el erario no se incluye la creatividad como requisito para asignarlos, regateando hasta en eso.

No creo que los mexicanos necesitemos más de lo mismo que se encargan de recetarnos, puntualmente, los medios de comunicación que cumplen a cabalidad sus intereses de buenos “productores de noticieros”: informan, pero no comunican y menos motivan a pensar.

“No mencionamos ningún cártel porque no tengo ganas de ser enemigo de los criminales, yo sólo hablo de que creo cómo se manejan. Sólo se da el punto de vista de la víctima, no veo el insulto”, exclama Naranjo. La percepción es el inicio incipiente de una profundidad en el pensamiento, generalmente se inicia con la asociación básica de ilación de ideas que fluyen libremente, teniendo como referente las versiones, las propias y las ajenas, desde las cuales establecemos nuestra realidad. Son los primeros ejercicios sintomáticos de pensamiento hecho por lo general a base de ideas acomodaticias que en algún momento, por lo general lejano, y después de un arduo trabajo de autocuestionamiento, nos llevan a establecer una verdadera reflexión.

Pensar es tan difícil que implica un trabajo de por medio. En el psicoanálisis lacaniano, cuando se inicia un ejercicio de introspección, se acompaña por una regla elemental que después de ver los tres filmes mexicanos mencionados me da la sensación de que la industria fílmica mediática de este país se encuentra sujeta a la ley primaria de lo que el psicoanalista reza en la primera sesión: “Hable de lo primero que se le venga a la mente, no importa cuán absurdo le parezca”.

Miss Bala cuenta con la misma fórmula histriónica que ha definido los ejes rectores culturales del país, las verdades dichas de a mentiritas que dan por resultado discursos delirantes y deformados, desde donde cualquier aberración de la realidad se toma como válido. La permisiva simulación nos lleva al convenientemente estado torcido de ciudadanía malentendida que prostituye nuestro desarrollo social, al grado de ubicarlo en un show cómico-mágico-musical, como el de la Iniciativa México, el cual denuncia, según éste —muy contestatariamente— las problemáticas sociales, a través de la fábrica de sueños que se alimenta de discursos protagónicos y llenos de eufemismos baratos que jerarquizan en actos circenses a la sociedad civil, siendo a la vez parte fundamental de lo mismo que en apariencia denuncia sin apelar, ni por error, a la condición de ciudadanía que nos haga pensar, pero sobre todo actuar a favor de la propuesta, no sólo de la protesta.

Lo mismo pasa con Miss Bala, filme poco documentado, poco pensado y poco analizado; contenedor de percepciones que se identifica a la perfección con un ciudadano-espectador atemorizado, silencioso, ansioso y desprovisto de elementos lógicos de participación ciudadana.

Naranjo elude toda clase de responsabilidad social al torcer una realidad que no sólo desconoce sino que deforma, no define una posición clara ni como trovador, contador de historias, ni como sujeto social que se dice doliente por una realidad que nos supera en el entendimiento, tan infantil, que recurre a la prefabricación de historias llenas de componentes de una fórmula más que predecible: los buenos, los malos y los feos. ¿Así de simple se resume nuestra cotidianidad?

Personajes con clichés que facilitan de manera premeditada y hasta tramposa la identificación con un espectador domesticado. Agudizando el establecimiento de estereotipos de muchacha humilde, ultrajada, agredida, doliente, pero bien valiente; “morenita” toda ella —así como la del Tepeyac—, con uñas de sirvienta (esto ultimo, que forma parte de un diálogo en la película, no supe si fue una manera de discriminar en positivo o tenía algún sentido lúdico). Entre los feos y los malos no existe ni la mínima distinción, utilizar los dos calificativos para describir a los narcotraficantes, policías federales y militares suena a pleonasmo.

La historia, ya la saben —o si no la saben de menos y sin mucho esfuerzo la suponen— es la de una joven motivada por la inocencia, propia de su género, pura y virginal, que se ve envuelta en una emboscada donde su amiga resulta ser “daño colateral”, elemento suficiente para que la protagonista termine transportando “paquetitos cafés” llenos de dinero sobre su cuerpo en un avión que pasa más fácil la frontera de Estados Unidos que un automóvil en lunes a las cinco de la mañana por la carretara México-Toluca. La organización criminal es comandada por un pelafustán de mediano pelo, que a juzgar por los componentes interpretativos del personaje bien le podríamos atribuir un papel más de carterista que de líder de una banda delictiva.

El cineasta nos hace pasar del discurso “ficcionado” al delirio psicótico, que entre uno y el otro sólo existe el nombre. El filme toma elementos reales —la historia de Laura Zúñiga, Miss Sinaloa— para trastornarlos y luego los transforma en situaciones —según él— reales; utiliza recursos que, como ha dicho Naranjo, “ni siquiera tiene claro”.

Lo mismo pasa con Miss Bala, filme poco documentado, poco pensado y poco analizado; contenedor de percepciones que se identifica a la perfección con un ciudadano-espectador atemorizado, silencioso, ansioso y desprovisto de elementos lógicos de participación ciudadana.

¿Por qué en la compleja realidad que nos rebasa en entendimiento se utiliza un discurso tan simple? ¿Acaso la situación no amerita recursos intelectuales más elaborados? El filme, de acuerdo con las notas en circulación sobre el tema, señala que “no pretende hacer una historia panfletaria, ni caer en la trampa retórica de señalar culpables”, pero cuenta con las reglas inequívocas de un género difícilmente alterable que hemos visto ya: el efectismo, la fragmentación, la simplificación y la endeblez argumental que bajo estos elementos a toda costa visibles ¿aporta, en verdad, algo en el “remover conciencias” o sólo cumple con una histérica función catártica que dispensa a todos de intervenciones más rotundas?

Miss Bala desperdicia la canana entera. Deja ir una una oportunidad para mostrarle a la sociedad mexicana que los cambios dependen del número de personas involucradas, trabajando al unísono, en las causas sociales. Al contrario de esto, nos imprime ráfagas de desesperanza y abandono, sin hacer ejercicios fundamentales de introspección ni recuento de los esfuerzos y conquistas apenas gestante de una sociedad civil en proceso de dolorosa evolución.

Después de ver esto, quién en su “sano juicio” se acercaría a las dependencias públicas —incipientes de ciudadanía todavía— a denunciar un acto delictivo sin dejar de estar expuesto a una madriza, en el mejor de los casos. A qué individuo se le antojaría promover una participación ciudadana activa en coordinación y exigencia permanente con autoridades, gobernantes, legisladores, jueces, servidores públicos y revisar leyes, crear manuales, protocolos de actuación para los casos de detenidos, procesados, manuales de procuración de justicia, estudios legislativos, seguimiento de acuerdos internacionales, presión para aprobación de reformas constitucionales, revisión de asignación de recursos, promoción de transparencia en cuentas públicas, entre otros, a gastar tiempo, a exponer la integridad por un bien común.

¿En qué contribuye esta película a exigirle resultados a las instituciones, procuradoras de la prevención del delito y la impartición de justicia? ¿Cómo escarbar en la conciencia del 84% de mexicanos que desconfía no de las instituciones sino de los mismos conciudadanos? ¿Con estas percepciones, cómo nos ponemos de acuerdo para cambiar las cosas con resultados desalentadores? ¿Cómo entendemos que el involucramiento normal de la población mundial en temas de política es de 44%, mientras que en México vamos diez puntos abajo? ¿Cómo hacemos que el 98% de los mexicanos que se dicen orgullosos de serlo se involucren en más acciones de participación civil? ¿Cómo escarbamos para que más del apenas 6% de los mexicanos participen en actividades políticas como firmar peticiones, unirse a mítines y asistir a participaciones públicas?

Miss Bala no pretende hacer denuncia, eso nos queda claro, pero sí quiere remover conciencias, acción inocentemente temeraria por parte de su director cuando ni él mismo visualiza “cuál es el primer impulso para poder solucionarlo”. Así, ¿cuál es el papel social en específico que desempeña su filme? ¿El de un engrane importante del entrenamiento: trovador o agente social? Porque 50% de los mexicanos cree en los medios de comunicación y eso ya lleva en sí una responsabilidad —le guste o no.

Aquello de lo que se habla es lo que nos excede, también de lo que carecemos, y para pretender incidir en una realidad y en una problemática social no bastan nuestras creencias materializadas en 35 milímetros. Existen denominadores comunes articulándose unos con otros, tensiones y entrecruzamientos de muchos mundos: el utópico, el jurídico, el político, el social, el imaginado y el subjetivo. Todos ellos articulándose no forzosamente de manera complementaria, sino derivado de tensiones y contradicciones que se escenifican en la experiencia de participar política y activamente, acción mas no percepción que cada día requiere de una resignificación en la praxis cotidiana.

Miss Bala sólo es el reflejo parcial de una de estas situaciones que se sitúa en alguno de esos planos y desde ahí emite versiones peligrosamente totalitarias, condición de un recuento donde se convoca, sin presencia, y se está sin estar y se dice, con palabras prestadas, ignorando para producir. ®

[Publicado originalmente en la revista www.cronotopo.com.mx]

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Publicado en: Cine, Diciembre 2011


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  • Alma Villarreal

    La película es malísima, pésimas actuaciones y aburridisima.