Navidad sin luces

¿No me das para mi navidad?

En México hay una multitud de manos sustraídas al juego en pos del trabajo. De inocencias prematuramente cercenadas y arrojadas al mundo. O mejor, a un inframundo donde millones de niños son explotados como jornaleros en riesgosos trabajos temporales, obligados a mendigar o a vender dulces y artesanía en las calles de las ciudades. Una multitud de sonrisas apagadas que se mueve a la sombra del desamparo.

El trabajo infantil es una plaga que afecta a cerca de tres millones de menores en el país, de acuerdo con la última encuesta de INEGI. Fenómeno que según expertos se acentúa por la venta ambulante durante las fiestas navideñas; las que para muchos niños significan trabajo ingrato, pero también deseos. Detrás de la fórmula “¿No-me-das-para-mi-navidad?”, más allá de la necesidad de vender chicles y pulseras para comer o para dar dinero a sus padres, bullen en esos infantes aspiraciones que rebasan sus privaciones cotidianas, hasta abarcar problemáticas como la inseguridad que azota al país o la imposibilidad de gozar del derecho a una educación digna.

Como lo manifestó un grupo de niños-trabajadores que viven en Guadalajara, dejados libres de pedir lo que realmente le gustaría tener para esta navidad, que a través de sus cartitas expresaron unos deseos lo cuales, más que encomendarse a la bondad del niño Dios, representan voces —al mismo tiempo de esperanza y de denuncia— que se filtran por las grietas de un país que no sabe escuchar, y menos atender, sus necesidades elementales. De un México visto desde sus miradas enfrentadas precozmente a la vida, sin la mediación de una infancia despreocupada. Punzantes propósitos navideños que lucen en sus sonrisas apagadas.

I

Alexis se ve introvertido, desconfiado. Tiene 12 años y, desde que se murió su papá, vive en una casa del centro con tres hermanos y su mamá, quien vende chicles y dulces en un crucero de Guadalajara. Para ayudarle en la venta tiene que restarle tiempo a la escuela y, sobre todo, a jugar futbol en la calle con sus primos y otro hermano de 14 años —su verdadera pasión: de grande le gustaría ser futbolista. El mayor, de 18, en cambio limpia vidrios en otro crucero del centro y su hermana quinceañera trabaja en una tortillería.

Rompiendo su difidencia inicial, pese a su cara pálida y a su cuerpo flaquito empuña con fuerza el lápiz y empieza a rayar decididamente la hoja blanca que tiene enfrente, dejando fluir sus requerimientos:

“Quisiera una computadora para saver todo lo del mundo
Todo lo que ay en la tiera de nuestro pais
y quiero sader (to) do por que mi tiera es
muy Padre me gustaria sader ingles franses
leer letras gotikas muchas gracias”
“Feliz Navidad”

II

En lugar de expresar sus peticiones, Faustino empieza a dibujar en la hoja letras deformadas y panzudas, pegadas unas a las otras. “Dice ‘Chino’. Es mi tag”, explica. “Chino” es el nombre con que rayas las paredes y con el que lo conocen en el barrio del Cerro del 4, donde vive con su familia. Tiene 12 años y es indígena otomí. Sus padres antes de que naciera migraron a Tlaquepaque procedentes de una comunidad de Querétaro. La mamá tiene un puesto callejero de artesanía en Guadalajara y él, con sus nueve hermanos, le ayuda vendiendo collares y pulseras por las calles del centro.

Faustino viene de una de las zonas más violentas de la ciudad, rodeado de pandillas juveniles, a una de las cuales empezó a acercarse: los “PVC”. Absorto, “graffitea” en la hoja:

“Niño Dios me gustaria que me traygas
una computadora pa poder estudiar
y que no hayga mucha
violencia en México”.
“Gracias”
y
Feliz Navidad

III

Salvador es conciso y rápido. Parece no tener duda sobre lo que quiere pedir. Es el más pequeño de siete hermanos. Pese a tener sólo nueve años le ayuda a su mamá, que trabaja haciendo limpieza en varias casas y también vende dulces en la calle. A su papá nunca lo conoció. Solo, todos los días agarra el camión que lo lleva de su casa de Tlajomulco a una primaria del centro de Guadalajara.

Con letra firme y amplia, envía un mensaje escueto y directo para estas próximas festividades:

“Yo quisiera en navidad que no
haiga violencia y que todos
esten en paz”.

IV

Huraña, resuelta, Julieta aparenta muchos más de los diez años que tiene. Hace pulseras y las vende en el centro de Guadalajara. Pero también se le puede ver con frecuencia por la zona rosa de Chapultepec cargando con una caja de mazapanes, que siempre intenta vender por mayoreo. Inconfundible en su traje de la primaria, de café en bar, de fondita en restaurante, se abalanza sin rémoras sobre todos los grupitos de clientes que apenas se percatan de su presencia, seguida tímidamente por una hermana más chica. Además de ella, Julieta tiene otros cinco hermanos mayores; todos viven en Tesistán con su mamá. A su padre nunca lo ha conocido.

Su introvertida firmeza se refleja en la carta lacónica:

“Para ninito dios quiero que
metra y gas una com putadora
para es tudiar mucho”.
grasias
Felis
navidad

Al final se toma el tiempo para dibujar una velita. Le pregunto detalles de su vida y ella, atenta, midiendo cada palabra, revisa todo lo que apunto en la libreta. “¿Te gusta mucho estudiar?”, le pregunto, después de leer la cartita. Ella asiente. “¿Y eres buena para la escuela?” Se queda pensativa: “Sí”, responde. “¿Entonces los maestros te dan buenas calificaciones?” “No”, contesta instintivamente. Luego, también la inquebrantable Julieta titubea: “Sí… no, ¡sí!”, grita y, ruborizada pero sonriente, se aleja a la carrera.

V

Al contrario de Julieta, Arturo luce mucho más chico de la edad que tiene. Delgado y risueño, más que nueve parece tener cinco años. Es el hermano menor de Faustino, el otomí al que le dicen “Chino”. Chupa el lápiz sin saber qué escribir. “¿No tienes nada que pedir?”, le pregunto. Él nada más contesta ovalando los labios alrededor del lápiz, en un intento de sonrisa que resalta el contraste entre su dentadura nívea y la cara morena, los ojos negros y el cabello corvino.

Con el talante desenfadado con el que me mira pensando en qué escribir, también le ayuda a su mamá vendiendo artesanía por las calles del centro de Guadalajara, bajo el cuidado de una hermana poco más grande que él. Por fin Arturo saca el lápiz de la boca y con calma, lo desliza sobre el papel:

“Quisiero que no uviera violencia
y que uviero paz y Quiero que me
traigas algo que sea util”.

Algo no estuvo bien en la carta. El pequeño indígena se queda insatisfecho, dudando unos instantes. Su mirada febril va de mi cara a la hoja que tengo a un lado. Finalmente se decide. Con una expresión pícara dibujada en la cara, se acerca y me la pide. Agarra un borrador y sustituye la última palabra: “útil” con “un selular”, quedando así el final de la cartita: “Quiero que me traigas algo que sea un selular”.

Pequeñas “manos de obra”

De los tres millones de menores de 18 años que trabajan en México —y que representan 10.6% de los menores de edad del país—, la Secretaría del Trabajo estima que 600 mil infantes se emplean en sectores de alto riesgo como la construcción, el minero y el agrícola. Un flagelo social que perjudica física, moral y mentalmente a los niños. Además, esta cifra según Alfonso Poiré Castañeda, de la organización no gubernamental Save the Children, no refleja la magnitud total del fenómeno, ya que en ella no se contemplan los menores que están involucrados en el narcotráfico y los que son explotados como sexoservidores.

Por otra parte, de acuerdo con información de la Sedesol, 59.2% de los niños que laboran lo hacen de jornaleros en las diferentes cosechas estacionales; en su mayoría son indígenas migrantes. La tercera parte de ellos trabaja en condiciones de riesgo, tiene horarios de 35 horas semanales y 70% no percibe remuneración alguna, explicó al respecto Norma del Río Lugo, coordinadora del Programa de Infancia de la UAM, durante la conmemoración del Día Internacional del Trabajo Infantil celebrada el 12 de junio de este año.

Según una estadística presentada en el mismo evento por Hugo Rossell, del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical, Jalisco se ubica en el tercer lugar a nivel nacional entre las entidades que más abusan de mano de obra infantil en condiciones de riesgo, con un porcentaje sobre el total de “baby-trabajadores” de 6.4%, precedido solamente por el Estado de México, con 13.4, y Veracruz con 6.7%.

Cifras incómodas. Como visiblemente incomoda a la mayoría de la gente la cercanía de un niño que le pide una moneda o “su navidad”. La investigadora del CUCSH María Antonia Chávez dijo en otra ocasión que “La cultura arraigada en México es de que un niño es propiedad absoluta de los padres; que un niño en la calle sin padres es peor que un perro sin dueño. Porque a lo mejor con un perro nos sensibilizamos y le aventamos un pedazo de carne, en cambio a un niño de la calle le tenemos miedo”.

¿Miedo, tal vez, a sentirnos culpables? ¿A leer en sus ojos suplicantes nuestra impotencia, vergüenza o indiferencia? Probablemente es más cómodo no ver. Bajar los párpados hasta cerrarlos ante esta escabrosa realidad, en particular durante las festividades. Evitando así que esos niños, con sus sonrisas apagadas, ensombrezcan las luces flamantes de la Navidad. ®

Datos
40% de los tres millones de menores que trabajan en México no acude a la escuela. Fuente: OIT.
De los 50 millones de pobres que existen en México, 22.9 millones son niños. Fuente: CONEVAL.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Diciembre 2011


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  • Enrique Palma

    si esta información no es veraz en su conjunto…pues trata de ocultar a los responsables de esa situación…ademas las cifras que se dan al final son incorrectas para la interpretación real de lo que ocurre…si son niños quiere decir que tienen sus familias y sus padres son estos los que son pobres y por ello sus hijos se ven obligados a trabajar…haría falta que las informaciones señalaran a los responsables que crean esta situación..