Oscura belleza

Lectura de Junichiro Tanizaki

A diferencia de los occidentales, el mundo oriental crea la belleza a través de la proliferación de la sombra, como si en ella se fomentara no lo monstruoso —tal cual lo entiende parte de Europa o América— sino la manifestación de una elipsis poética, el esmero hallado en un decir que se oculta a sí mismo.

La tiniebla conquista a través de lo que oculta, un susurro a media voz en el que no se termina de entender lo que se escucha y, sin embargo, el sólo murmullo desarma, domina. En este universo, el de la insinuación y el flirteo con la sombra, destaca la obra de Junichiro Tanizaki por su interés hacia el contrastante claroscuro que se repliega en los recónditos entrecejos de lugares y objetos de uso cotidiano. Para este escritor japonés de lo que se trata es de encarnar, hacer patente la sombra que rodea a los hombres, invocar el espacio indefinido que la oscuridad procura.

Elogio de la sombra, publicado en 1933, es un ensayo en donde el autor nipón eleva la oscuridad a categoría estética. Por supuesto, Tanizaki es un lector de los poetas malditos, aquellos deslumbrantes talentos que oscurecieron sus atmósferas y prefirieron la embriaguez a la claridad. Sin embargo, dista mucho de adherirse al mismo credo, aunque en verdad compartan ciertos rasgos. Si bien los europeos celebran la decadencia del réprobo en calidad de genio y mártir de la poesía, el japonés vislumbra más bien un retorno a las vetustas formas y costumbres de su país, un encomio dirigido a las viejas tradiciones, un lamento por la pérdida de identidad. A diferencia de los occidentales, remarca Tanizaki, el mundo oriental, especialmente Japón, crea la belleza a través de la proliferación de la sombra, como si en ella se fomentara no lo monstruoso —tal cual lo entiende parte de Europa o América— sino la manifestación de una elipsis poética, el esmero hallado en un decir que se oculta a sí mismo. Frente a Los Caprichos de Goya, aquellos retratos en aguafuerte entre lo cómico y la superlativa deformidad, Tanizaki se inclina más por la sombra meditabunda, cercana a la quietud, propensa a lo reflexivo, que intima con la introspección.

No obstante, la oscuridad reclama sus tributos, y aquí es donde sí es posible establecer un canal comunicativo entre los poetas malditos y Tanisaki. En Shisei (El tatuador, 1910), cuento con el que atrajo la atención en el medio literario, Junichiro delinea una visión más cercana a las perversiones simbolistas al contar la historia de Seikichi, un talentoso artista del tatuaje que dibuja sobre la espalda de una joven geisha la imagen de una araña gigante. Símbolo del delirio erótico que siente Seikichi por aquella mujer, el tatuaje, visión terrorífica encarnada en la piel, exalta la comunión entre el sexo y el dolor. Sobre la piel de la dama se manifiesta el carácter terrible de su naturaleza en un contraste más cercano al despotismo que al amor.

De alguna forma torcida, el proceso mismo del tatuaje hace emerger este substrato delirante, maléfico y castigador que, a ojos de Tanizaki, toda fémina alberga. Pero la liberación del salvaje arrebato carnal es sólo culpa de Seikichi, que funge como médium entre el anterior estado de las cosas, calmo y virginal, por ese otro en el que la viuda negra despierta hambrienta, deseosa de copular y aniquilar a su amante al mismo tiempo. Por ello, la primera víctima de la geisha-araña es quien trastocó con el arte de las agujas su identidad tímida y recatada; el tatuador se entrega, sin reparos, a la oscura y malévola belleza que anidaba en el interior de la muchacha.

En el imperio de la sombra, sugiere el autor, es posible dar con la auténtica naturaleza humana. El tatuador no inventa, sólo descubre algo que ya estaba ahí, latente y peligroso, el instinto hipnotizante y embriagador de la mujer fatal o, suscribiendo las palabras mismas de Juchiniro, sólo se hace patente que es “la mujer un ser inseparable de la oscuridad”.

Por otro lado, y siguiendo con el interés de Tanizaki por representar aquello que se agazapa en la oscuridad de todo ser humano, el también novelista, presenta en Kagi (La llave, 1956) una pareja de esposos aburridos de su prolongado matrimonio. Sin embargo, bajo la superficie monótona, Ikuko y su marido encuentran un placer oblicuo y perverso al exhibir sus fantasías sexuales en la escritura de sus respectivos diarios. Dice Ricardo Piglia que “el diario es un objeto hecho de dos experiencias fuertes: lo que llamamos vida, que tiene muchas ramificaciones, y la literatura, que también las tiene”. Entre ambos cónyuges se estable un pacto creativo y subterráneo en el que se emplaza un encubrimiento que en el ejercicio mismo de ocultar, de tornar oscuro, desvela. Es pues una erótica cuya base es el coqueteo de lo que no se puede ver, del secreto y la confesión a media voz, una verdad jamás dicha en todas sus letras sino apenas esbozada con tiento para no hacerla demasiado evidente. En la confesión de los pensamientos íntimos del matrimonio esta novela otorga al lector el privilegio del vouyeur que se adentra en la región nebulosa de la falsa normalidad.

A pesar de todo, su prosa no es oscura, o al menos no en el sentido convencional de la palabra; es decir, en el estilo amable, elegante y sensual de su pluma vemos la proclamación calma y natural del vacío que genera la falta de luz.

Dentro de esta novela llevada al cine en dos ocasiones, la primera dirigida por Kon Ichikawa y la segunda por el italiano Tinto Brass, la intensidad dramática corre a cargo del recíproco encubrimiento y exposición de la personalidad de los esposos, la declaración indirecta de aquello que no pueden hablar cara a cara. La sensualidad que anima el galanteo sesgado de esta pareja es el envolvimiento de la palabra. Ante la falta de diálogo verdadero, sus deseos y aventuras quedan resguardados entre las páginas de sus diarios, pero como toda escritura, su poder de sugerencia es mayor precisamente por su nula transparencia. Hay un exceso en la escritura que estimula la imaginación al mismo tiempo que socorre a la fantasía. Para ellos es más excitante, por prohibido, leer sus confesiones a hurtadillas que hacérselas de frente. Su amor es un idilio auténticamente literario, con todas las traiciones y falsedades que la escritura suscita.

Y así como ensalza el deseo no domeñado, furibundo y filtrante, Junichiro Tanizaki también encuentra que la sombra funge como elemento decorativo en la arquitectura, idea que desarrolla con gracia y fortuna estilística en algunas páginas del Elogio de la sombra. Incluso, llevado más allá de la simple idealización, asegura que “lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés” y cita al maestro Söseki, quien celebraba la regularidad del intestino, sólo apreciable dentro de un semioscuro y limpísimo retrete “desde donde, al amparo de las sencillas paredes de superficies lisas, puedes contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje”. En materia de gustos y placeres los japoneses han alcanzado un refinamiento que sólo puede entenderse mirando sus escusados, sostiene orgulloso el amante de las sombras.

Pero al margen de tales consideraciones, o quizá como corolario a esas exquisiteces arquitectónicas, para Tanizaki la sombra, de manera más evidente es una alegoría de la mentalidad humana. La oscuridad no genera la corrupción en el alma, la corrupción ya está ahí. No obstante, habitar en las sombras es, pues, un camino para sosegar al espíritu dado que en ellas, por paradójico que pueda parecer, la verdad y la belleza se muestran tal cual son. En la sombra, sugiere el escritor, se aúna el sentido de la profundidad. No aquella que causa vértigo y delirio, por el contrario, esa otra en la que se encuentra el silencio del espíritu apaciguado.

La fascinación occidental por lo claro y translúcido se opone al refugio susurrado de lo invisible, de lo que no se dice ni ve. Es, de alguna forma, la táctica de incitación de la geisha en donde el traje no es “más que una parcela de la sombra, sólo una transición entre la sombra y el rostro”.

Descorazonado por el avance de la cultura del otro lado del mundo, de hecho Elogio de la sombra es un ensayo reaccionario y conservador en el sentido de que apela con urgencia a rescatar el aliento tradicional de su agonizante Japón, Tanizaki reconoce que el único terreno en donde puede combatir la intoxicación por la claridad es en la literatura. Ahí se concreta el requiebro de la oscura belleza.

A pesar de todo, su prosa no es oscura, o al menos no en el sentido convencional de la palabra; es decir, en el estilo amable, elegante y sensual de su pluma vemos la proclamación calma y natural del vacío que genera la falta de luz. No se trata de volver oscuro a fuerza de proliferaciones, como el barroco y su miedo a la vacuidad, sino de crear una simple ausencia que hable en todos y cada uno de sus laberínticos niveles.

Convencido del poder redentor de las sombras, Junichiro Tanikazi proclama con vehemencia un consejo útil para todos aquellos que en la advocación de la negrura se sienten en paz consigo mismos y, especialmente, con su lado ensombrecido: al escribir, y uno añadiría al vivir, es preciso “oscurecer las paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar el interior de cualquier adorno superfluo”. ®

Publicado en: Ensayo, Mayo 2012

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