Palabras cruzadas

Los caminos del amor son tan disímiles como el amor mismo. En el arte de seducir existen tantas formas como corazones solitarios. Cada uno es un mundo, un interrogante. Basta con emprender la simple y ardua tarea de descubrirse, para así poder descubrir.

Cuando Carlos conoció a Cristina, en una fiesta de barrio, sólo le alcanzó con un gesto para descifrar el misterio de la pequeña de ojos claros. El joven descartó los boleros, las flores y los bombones. Desde el primer instante supo que la manera para acercársele era haciendo lo que él mejor sabía hacer: escribir.

© Trent Parke

Mientras desfilaban las postulantes para Miss Costurera, el muchacho deslizó su poesía en una servilleta. Ésta no fue ajena al resto de sus escritos, ya que todos se caracterizaban por la oscuridad del relato y los finales trágicos. Por más que comenzaran hablando de amor o de las maravillas de la vida los desenlaces eran abruptos y violentos.

Esa noche de primavera escribió:

No sé tu nombre y no necesito saberlo. Sólo un síntoma, una señal. Un instante, un momento. Sólo un tiempo sin tiempo. En donde todo se torne lento y vertiginoso, eterno y efímero. Sólo eso.

Pero al mirarnos, nuestros sueños nostálgicos y esperanzados fueron arrasados por el odio de metal que chorrean los desalmados. ¡Derritieron todo! Hasta las raíces más profundas quedaron guachas. Sólo asistió a nuestra ceremonia el sepulturero con su daga brillante y filosa. ¡Qué ironía! Lo nuestro duró lo que dura una mirada, lo que dura una vida.

—Carlos.

Cristina no tardó en responder y utilizó una táctica similar:

Me gustan los acertijos. Nos vemos en la estación de trenes a la hora de las brujas. Me llamo

Cristina.

A la medianoche se encontraron en el lugar indicado. Carlos, al verla, recitó un poema tétrico y ella sonrió. Se observaron, se tocaron, comieron facturas, vieron el amanecer y se besaron. Cristina le contó que estudiaba música y él le habló del fin del mundo.

De regreso, mientras transitaban por las calles empedradas, la joven tímidamente preguntó:

—¿Por qué todo lo que escribís termina mal?

—¿Y por qué tiene que terminar bien? ¿Termina algo bien en la vida? Mis relatos son producto de la realidad. Si el mundo que nos rodea es cruel, mis cuentos y poesías también lo serán —contestó seco y seguro.

Evidentemente la curiosidad de Cristina lo incomodó. Caminaron un par de cuadras más, hasta que ella nuevamente rompió el silencio:

—Te hago una propuesta, dame la posibilidad de reformular algunos de tus escritos.

—¿Cómo es eso?

—Sí, cada vez que me recites o me escribas, pemitíme modificar algunas estrofas, algunos párrafos. Ya que no podemos revertir las miserias cotidianas, por lo menos mejoremos la calidad de vida de tus personajes.

Cristina sonrió levemente y luego estalló en una carcajada. Él también, como aceptando la propuesta. Para Carlos fue todo un desafío, aunque en ese momento no creyó que la diminuta persona que estaba a su lado sería capaz de transformar en forma y sentido sus escritos.

A la mañana siguiente se encontraron en un bar. El lúgubre escritor había llevado un cuento y dos poesías. Leyeron, desayunaron y brindaron.

Cuando él invocaba la muerte, Cristina hablaba de ángeles; las pesadillas se convertían en sueños y las ilusiones en realidades. Cada vez que Carlos escuchaba una nueva modificación se ofuscaba.

Cuatro horas después la estudiante de música lo llamó por teléfono y le relató sus creaciones con someros arreglos que modificaban sustancialmente la idea primaria. Carlos escuchó atónito. Cristina podía convertir la palabra mas sombría en un canto de esperanza. Sus correcciones no eran en absoluto banales, tenían la inteligencia suficiente y la profundidad necesaria para justificar el porqué de los cambios.

Durante días, eclipses y lunas nuevas continuaron con el juego. A medida que los textos de Carlos crecían en pesimismo, las resoluciones de la pequeña se simplificaban. Cuando él invocaba la muerte, Cristina hablaba de ángeles; las pesadillas se convertían en sueños y las ilusiones en realidades. Cada vez que Carlos escuchaba una nueva modificación se ofuscaba. Poco a poco el pasatiempo se tornó insoportable, era como una especie de competencia feroz por el poder de la palabra.

Cierta vez, el joven se despertó exaltado y con una idea fija: ganar una batalla en esta guerra. Decidió escribir su propia historia de amor con la firmeza tal, y con la intención indeclinable de que no se pudiera reemplazar ni siquiera una coma. Su estrategia fue combinar elementos de la ficción con hechos reales y darle al cuento un formato de carta para que resultara verosímil. A diferencia de las narraciones anteriores, ésta la envió por correo.

Cristina:

Los caminos del amor son tan disímiles como el amor mismo. En el arte de seducir existen tantas formas… Cierta vez, un inmaduro escritor eligió la más oscura: la mentira. La mentira sustentada en relatos ténebres, que como objetivo tenían enceguecer el alma de quienes los leyeran. Para él, el destino le reservó un lugar — que no tiene nada que ver con la magia edulcorante de los cuentos de hadas. Las calles interminables y las rutas son el futuro convertido en presente.

Tierna y silvestre dama: a mi viejo lo trasladaron en el laburo. Tal vez te lo tuve que contar antes, pero no pude… Disculpá que no te dé la dirección. Cuando recibas la carta estaré en viaje. ¡Qué ironía! lo nuestro duró lo que dura una mirada, lo que dura una vida.

Hasta siempre/nunca

—Carlos

Calculó cuánto tardaría en llegar la carta. Miró el reloj. Cuando se cumplió el tiempo estipulado esperó, como de costumbre, la llamada de Cristina. Ansió escucharla derrotada, vencida por sus frases. Pero el teléfono nunca sonó.

Se impacientó y no aguardó ni un segundo más. Decididamente, se dirigió a la casa de su amada, gozando en lo más profundo su primera victoria. Una expresión cínica se apoderó de su rostro.

Al llegar observó que la cuadra estaba alborotada. Corrió. Desesperado, se hizo espacio entre los mirones que rodeaban el lugar.

—Dicen que la piba se mató por un desengaño amoroso —susurró una vieja.

Desde ese día Carlos comenzó a escribir cuentos con final feliz, o más bien, dejó de hacerlo. ®

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Publicado en: marzo 2011, Narrativa


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