Para beber el agua envenenada

El mal de Kafka o del escritor diletante

¿Qué ocurre pues con los escritores que en lugar de padecer el síndrome de Bartleby padecen lo que bien podría llamarse el mal de Kafka? Aquellos que adoptan el silencio pero sólo de manera intermitente porque sus vidas se ven tiranizadas por dos fuerzas abrumadoras y contradictorias: la implacable necesidad de escribir y la imposibilidad de hacerlo.

Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos.
—Marguerite Duras

Enrique Vila-Matas llamó síndrome de Bartleby a esa negación repentina que experimentan algunos autores ante la escritura. Negación que la mayoría de las veces culmina con un completo abandono de la tarea de las letras. Bartleby, el célebre personaje del cuento de Herman Melville, lentamente sucumbe a la inmovilidad absoluta y después a la inanición. Así, para Vila-Matas, padecen de este síndrome los escritores que un día abruptamente optaron por el silencio definitivo. Rulfo, Sallinger, Wilde y Rimbaud son algunos de los contagiados por el mutismo literario y, aunque sería aventurado decir que compartieron motivos para soltar la pluma, todos ellos se ven rodeados de la misma aura misteriosa que nos hace preguntarnos por aquellos maravillosos mundos que debieron de dejar en el tintero. El silencio nos parece antinatural, propio solamente de las cosas yermas, porque la vida siempre es bullicio, cadencia y alboroto. Así, decidirse por el silencio es de alguna forma elegir el momento de abrazar la muerte en lugar de sentarse a esperar a que nos sorprenda. Los Bartlebys de Vila-Matas lo sabían, y con su silencio lograron adueñarse de ese instante preciso que el resto de nosotros dejamos en manos del azar.

Sin embargo, el mundo moderno no parece ser el lugar propicio para los Bartlebys, la creación literaria se ha convertido en apenas un eslabón de la industria editorial y en la actualidad los libros se posicionan en el mercado bajo la misma lógica que cualquier otro producto. Las mesas de novedades se atiborran mes con mes de nuevos títulos, la lucha de la mayoría de los autores por evitar quedar sepultados bajo las nuevas publicaciones los obliga a tratar de mantenerse vigentes a como dé lugar. Pareciera que es indispensable publicar al menos un libro por año para asegurar presentaciones constantes, aparecer en un par de antologías, escribir críticas y artículos en diversas revistas y tener una opinión acerca de todo. En una época donde las editoriales pagan adelantos por libros que ni siquiera se han escrito e incluyen en sus dictámenes un apartado para la valoración comercial, quienes no se adaptan a la vorágine del mercado no tienen posibilidades. Nuestra sociedad parece vivir en un presente perenne y paradójicamente efímero cuyo mejor emblema bien podría ser el botón de refresh de nuestros teclados.

Poco o nada se imagina la mayoría de la gente de la angustia que significa vivir luchando contra el desánimo, tratar de retener a toda costa el entusiasmo y verlo escaparse inevitablemente como el calorcillo del aliento entre las manos.

¿Qué ocurre pues con los escritores que en lugar de padecer el síndrome de Bartleby padecen lo que bien podría llamarse el mal de Kafka? Aquellos que adoptan el silencio pero sólo de manera intermitente porque sus vidas se ven tiranizadas por dos fuerzas abrumadoras y contradictorias: la implacable necesidad de escribir y la imposibilidad de hacerlo. Kafka mismo, en una de las cartas que le escribió a su entonces prometida Felice Bauer menciona: “Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados. Pero el no escribir me hacía estar por los suelos, a punto para ser barrido”. Los escritores que sufren del mal de Kafka jamás son capaces de convertir la literatura en una disciplina diaria, ni mucho menos en una forma de subsistencia. Tienden a sobrevivir como burócratas en empleos que desprecian y donde son despreciados y viven agobiados por la certeza de que su obra jamás alcanzará la calidad que desean; así que la abandonan de manera constante jurando una renuncia definitiva, pero irremediablemente vuelven como amantes arrepentidos y son capaces de pasar varias noches insomnes en apasionada reconciliación. Estos Kafkas desasosegados, entre los que inexorablemente debo contarme, hacen de su tragedia literaria su realidad cotidiana y viceversa. Su vida se convierte en una sucesión de despropósitos y proyectos inconclusos. Desertan de los estudios, de los empleos, de las relaciones, de los talleres y los gimnasios pero en lugar de rendirse a la inmovilidad absoluta, como Oblomov, ese extraordinario personaje de Iván Goncharov, su condición de apóstatas involuntarios los atormenta.

Desde afuera se les juzga de volubles, inconstantes y hasta caprichosos, personas cómodas que no desean esforzarse ni son capaces de ningún sacrificio en aras de la debida estabilidad. En una sociedad donde dejar el alma en el trabajo del que habremos de jubilarnos es visto como uno de los más altos valores, la discontinuidad se castiga prácticamente con la marginalidad. Poco o nada se imagina la mayoría de la gente de la angustia que significa vivir luchando contra el desánimo, tratar de retener a toda costa el entusiasmo y verlo escaparse inevitablemente como el calorcillo del aliento entre las manos. Imposible para el resto del mundo comprender esa atroz circunstancia del espíritu que algunas veces nos obliga incluso a apagar por la mitad un cigarro que hemos estado deseando todo el día.

En el ámbito de las letras, los escritores que no terminan sus proyectos literarios están condenados en principio a permanecer inéditos y por lo tanto a que ni siquiera se les considere como tales, ya que en la actualidad la literatura no se estima como un proceso sino como un producto, y cuando no produces simplemente no existes. Un escritor que no publica no es un escritor, no importa cuánto haya empeñado en cada una de sus líneas. Al contrario del escritor que sufre el síndrome de Bartleby, cuyo silencio lo consagra, los balbuceos entrecortados del escritor enfermo del mal de Kafka lo convierten en un diletante.

Resignado ante tan terrible situación este escritor termina por ceder a su naturaleza trashumante sabiendo de antemano que el ideal literario se encuentra lejos, prácticamente inalcanzable, y que sólo le queda refugiarse en el menospreciado acto de la escritura íntima, ya que, como dice Chantal Maillard, una de las poetas que mejor comprenden este fenómeno: “Escribir/ ¿y no hacer literatura?/ ¡y qué más da!/ hay demasiado dolor/ en el pozo de este cuerpo/ para que me resulte importante/ una cuestión de este tipo./ Escribo/para que el agua envenenada/pueda beberse”. ®

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Publicado en: (Paréntesis), Julio 2012

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  • Muy buen texto.

  • Esa necedad de transitar la cuerda floja. ¿Qué de malo hay en morirse de hambre?

  • Doctor Placer

    En mi opinión hay dos grandes tipos de escritores (o de aficionados a escribir).
    Por un lado están los que no tienen la suerte de ser publicados ni leídos. Suelen ser exigentes con su trabajo y reescriben mucho, siempre corrigiendo.
    Por otro están los que sencillamente carecen del sentido del ridículo. Estos son los más y llenan las mesas de los ejemplares más vendidos en las librerías. Publican mucho y sus libros suelen ser gruesos. Últimamente se estilan los títulos extravagantes. Comienzan sus novelas con una frase corta y enseguida un punto y aparte.

  • muy bueno el artículo. se complica cuando comprendes que la escritura te mantiene en contacto con el hilo de tu destino, cuando de ella depende tu salud y paz interior.