Perdida por unos días

En ese momento empezó el infierno

Esa primera noche, al sentir caliente la cama y saber que ella podría estarse muriendo de frío era la cosa más horrible, o comer y sentir que ella no estaba comiendo, o sonreír por algo, y puta, todo dolía.

México, D.F.— ¿La has visto? Sexo: Mujer. Edad: 41 años. Complexión: Delgada. Estatura: 1.55 m. Tez: Blanca. Cara: Redonda. Frente: Mediana. Nariz: Recta. Boca: Mediana. Labios: Medianos. Cejas: Pobladas. Mentón: Redondo. Tipo y color de ojos: Grandes, café claro.

El anuncio, impreso en hoja tamaño carta, contiene una fotografía de Brígida. Debajo de su mirada, que irradia felicidad, una leyenda reza: Señas particulares: padece esquizofrenia. Con letra de molde, que sugiere un pulso tembloroso, se describe: urge medicamento. Después un número de teléfono adónde comunicarse para dar información de su paradero.

El anuncio pende de uno de los muros de los pasillos del metro estación Insurgentes, tiene impresos logotipos de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) y del Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA).

Otro anuncio con los datos sobre Brígida se leen en el diario La Jornada, sección Correo ilustrado. Es domingo y para ese día Brígida lleva cuatro días desaparecida.

Al momento de su desaparición, según información impresa en la hoja, Brígida viste pantalón azul marino de mezclilla, blusa negra, chaleco amarillo, chamarra beige tipo cazador, tenis café oscuro.

Desde el jueves por la mañana sus familiares la buscan incesantemente. La incertidumbre. El hoyo negro que cava en las pupilas y el corazón la ausencia de quien se ama.

Yomara es hermana menor de Brígida. Desde que se enteró de la desaparición las imágenes se apersonaron hasta quitarle el sueño. Cuatro días después, ante la llamada y solicitud de un reportero para conversar sobre el caso de su hermana, Yomara propuso la mesa de un café para contarle sobre la desaparición.

Yomara tiene la mirada fija y usa palabras pausadas. El pelo le acaricia los hombros, la espalda. Pide café americano. Sus labios se humedecen en el primer sorbo. Y cuenta: “Mi hermana era una niña prodigiosa, actriz de telenovelas. También fue co-conductora de un programa de televisión para niños, después actuó en una novela donde hacía un personaje de niña mala. Todo iba viento en popa hasta que mi mamá manifiesta los primeros síntomas de esquizofrenia; mis papás ya se habían separado y Yomara empieza a enfermarse; mi hermana, como a los doce años, estaba completamente metida en una televisora y había empezado a resentir directamente los síntomas de mi mamá, a partir de la violencia”.

En ese tiempo la sacaron de la televisora y la mandaron a estudiar a Texas con una abuela. Al regresar, Brígida entró a estudiar a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, hizo el primer semestre, y a partir de ahí su vida se fue deteriorando.

Yomara es la tercera de tres hermanos. Brígida la primera y Ezequiel el segundo. Los dos hermanos tuvieron más cuidados por parte de sus papás. Ella, Yomara, cuenta que fue como el pilón y creció con menos atenciones.

El anuncio, impreso en hoja tamaño carta, contiene una fotografía de Brígida. Debajo de su mirada, que irradia felicidad, una leyenda reza: Señas particulares: padece esquizofrenia. Con letra de molde, que sugiere un pulso tembloroso, se describe: urge medicamento. Después un número de teléfono adónde comunicarse para dar información de su paradero.

“Tenía libertad para hacer lo que quisiera, y eso me daba mucha tranquilidad, porque veía muy ensimismados a mis papás con mis hermanos y sentía que yo no tenía ninguna responsabilidad más que hacerme cargo de mí, mientras ellos estaban dedicados a mis hermanos, pero después, cuando todo se empieza a resquebrajar, yo, primero no lo entendía, estaba chica, aún no empezaba lo del descenso familiar, entonces primero fue mucho coraje al entender por qué mi plan inicial de vida no se estaba cumpliendo, y finalmente pasé por el coraje, mi papá nunca me explicó lo que era la esquizofrenia, lo tuve que ir entendiendo sola, era su forma de negarlo”.

“Cuando yo tenía dieciséis años y Brígida veinte, mi mamá muere, por una complicación de hidropesía, entonces yo en ese momento me fui de mi casa, porque cuando yo quería salir mi papá quería que me llevara a Brígida; ella tenía síntomas de plena explosión de esquizofrenia, yo no lo entendía, y si quería yo ir a cualquier lado mi papá quería que me la llevara. Cuando mi mamá se murió me fui de la casa, creo que eso me salvó bastante, pero cuando regresé mi papá siguió con esa tendencia, nos mandó a vivir solas a unas cabañas. Ahí las cosas más o menos funcionaban, ella terminó de salirse de Antropología, yo continué con mis estudios y francamente me ha costado muchísimo lidiar con eso. Durante años no pude hablar de mis hermanos y, como verás, sigo sin poder hacerlo, me duele muchísimo, pero justo antes de que empezara este episodio [de la desaparición de Brígida] yo estaba sintiendo que al fin estaba pudiendo llevarme con ella, logrando tener una actitud más madura, de aceptar que no se va a aliviar nunca, cosa que racionalmente lo sé desde hace años, pero emocionalmente no lo había aceptado y seguía teniendo una actitud de enojo, de desesperación, y justo hace unos tres meses decidí verla mucho más, porque de no poder estar con ella, porque me hace daño y ese daño hace que mi vida personal no sea tan óptima como quisiera, entonces era un círculo para mí y optaba por alejarme, terminé entendiendo que entre menos la veía más mal me ponía. Ha sido muy doloroso, y lloro porque, puta, en estos días pensé que ya no iba a poder continuar con esta nueva etapa que empezaba a vivir, y que va a continuar, que es de total aceptación, resignación, de amor, porque además en estos tres meses me di cuenta de que entre más la veo más tranquila estoy, y ella también.”

Para Yomara actualmente no hay pareja sentimental, ni proyectos de hijos, “Porque me da terror que si tengo un hijo él herede la esquizofrenia. Y sí he tenido pareja, toda la vida, pero justo en este momento, no”.

Herencia genética

La tarde es gris, como lo han sido los días en el Distrito Federal a partir de los resultados electorales. El cielo otra vez anuncia la posibilidad de lluvia. De pronto y ya caen las primeras gotas. Yomara agita un sobre de azúcar, lo abre, lo echa en su café, revuelve y sorbe. Al beber vuelve a los días de formarse y verse, en la conversación, de sentirse a salvo de la esquizofrenia.

“Bueno, ese tema tiene dos vertientes, creo que me salvé de padecer la esquizofrenia, porque es genético, lo que se sabe y es muy poco todavía es que sí es un gen. Y sí sentí que me había salvado, pero eso lo supe mucho tiempo después, porque siempre tuve miedo, porque se sabe que eso se hereda, que lo puedo tener pero no se detona por alguna razón. Mi teoría es que se detonó en ella por el trato que tuvo de mi mamá, y a diferencia de ellos nunca recibí una educación tan dura, si bien lo fue algo pero no tanto como ellos, eso me salvó y además eso me hizo sentir como culpable. Toda la vida he vivido con una sensación de que en mis mejores momentos de felicidad aparece el sentimiento de culpa, la culpa de sobreviviente, pero he tomado muchas terapias, desde que estaba adolescente, y me aseguraron que definitivamente a mí no me daría, que tengo un mecanismo de sobrevivencia fuerte, lo que me ha dado han sido otras cosas, cierta facilidad para boicotearme, producto de esta culpa, supongo.”

Pensaba que la tenían en algún lugar, contra su voluntad

Yomara abre una cajetilla de cigarros, enciende uno y su mirada se transporta, lejos, muy lejos. Una bocanada, dos, tres. La memoria abre esa parte vigente del dolor, la bisagra entre la incertidumbre y el desconsuelo, la necesidad de energía para no claudicar en la búsqueda de su hermana, quien se extravió un jueves. Las palabras otra vez como una brisa constante y fresca desde donde decir la historia.

“Mi hermana se extravió el jueves pero mi papá me dijo a mí hasta el viernes a las diez de la mañana. A Brígida, después de que vivió conmigo en la cabaña, mi papá le compra un departamento y le asigna enfermeras. Brígida tiene la rutina de levantarse a las seis de la mañana, siete, se baña, toma sus pastillas y sale a caminar porque los antisicóticos son generadores de energía, entonces si los esquizofrénicos tienen muchísima energía, pues ella más. Se toma las pastillas y sale a caminar horas y horas, eso la ha llevado por toda la zona centro, entonces tiene que regresar a las ocho a más tardar, la hora de sus siguientes pastillas, y no regresó y hasta las diez de la noche la enfermera le llamó a mi papá. Él dijo, bueno, tal vez llegue más tarde. A las once de la mañana del viernes mi papá me llamó y me dijo, pues una mala noticia, tu hermana no llegó a dormir. Después de que me enteré estuve dos horas más en el trabajo, luego ya no aguanté y salí. En ese momento mi papá iba a poner la denuncia, a hacer el trámite del CAPEA, el aviso, puso la denuncia, y yo lo que temía es que en ese inter ella regresara, me fui a hacer guardia afuera de su casa, por si regresaba.

”En ese momento empezó el infierno, porque no regresaba, y lo primero que sentí fue un enorme cansancio, abrumador, me la pasé toda esa tarde llorando, no me podía mover, y ahí empecé a recibir llamadas de mis amigos que se fueron enterando. Yo no quería ayuda, no sé por qué, como que siempre los problemas de mi familia son tan grandes que rebasan toda la capacidad de la gente, y siempre les produzco dolores de por sí con mi propia historia. Como a las ocho de la noche se terminaron las diligencias jurídicas, a esa hora me fui a la oficina a sacar copias, ciento de copias del aviso, y ahí me agarró una crisis de llanto, terrible, empezaron a llegar amigas, amigos, empezamos a hacer llamadas, a todo mundo, Derechos Humanos, PGJ, Secretaría de Seguridad Pública, a todos.

”Esa primera noche, al sentir caliente la cama y saber que ella podría estarse muriendo de frío era la cosa más horrible, o comer y sentir que ella no estaba comiendo, o sonreír por algo, y puta, todo dolía. Yo pensaba que la tenían en algún lugar, contra su voluntad, y estaban haciendo las cosas más horribles con ella, porque ella camina mucho por el centro, por Tepito, Garibaldi, pide muchos cigarros, ella tiene paquetes diarios que le dan, de cigarros, también le dan dinero, todo, pero se lo acaba en dos horas, y si le das otro en media hora se lo vuelve a acabar, es insaciable. En algún momento del día empieza a caminar, a pedir, y además es una chava muy llamativa, tiene unos ojos cafés miel gigantes, entonces yo estaba pensando lo peor, y que si no era eso por alguna razón había tomado un camión y había terminado en Azcapotzalco, y estaba tratando de regresar y mientras llovía y estaba debajo de un techo, no sé, horrible, horrible.

”Mientras se supone que esas cosas del CAPEA avanzaban, que es algo muy fuerte porque ellos te dicen que van a buscar, uno mete la denuncia y se supone que ellos tienen que estar monitoreando cada tres horas: cárceles, hospitales, albergues. Y te dicen habla a tal hora, y hablábamos y nada, yo sentía que esa parte estaba cubierta, mientras tanto lo que me restaba era más investigación de a pie: limpiaparabrisas, vecinos, tiendas, y eso fue lo que hice el sábado, y pegar carteles con la información.

También pensé podría estar en un anexo, porque como es esquizofrénica puede parecer más bien borracha, y me fui a Garibaldi, pensé que podía estar en un anexo o en un albergue lejano.

“A las seis de la mañana la saqué de allí, la llevamos al Hospital Juan Ramón de la Fuente, la queríamos meter a un hospital privado, pero el único que hay y donde estuvo mi mamá y ella ya había estado, en el sur, cerró, y resulta que en el D.F. no hay siquiátricos privados, y yo no quería que estuviera en el Fray San Bernardino, porque está de terror también, y es conocido por ser un infierno”.

”El domingo en la tarde una compañera me dice: ¿Sabes qué?, CAPEA no checa nada. Ella trabaja en Derechos Humanos y me propuso ir a buscarla hospital por hospital, y ahí se me cayó más el mundo, porque yo estaba confiada que esos güeyes estaban buscando, y no. Lo primero que hice fue empezar a buscar en internet albergues, mujeres, enfermos mentales, y fui a dar a uno que está hasta Zaragoza, que es como hora y media de camino, y de ahí fui a dar a otro, y otro. El punto es que sí había registro, que si las líneas telefónicas funcionaran la hubieran encontrado el viernes. Brígida pasó por cuatro instituciones, la llevaron los policías, si el CAPEA empezó a radiar, supuestamente, la policía debió haber dicho, y nada.

”La encontré el domingo a media tarde, en un albergue que se llama Villa Mujeres que está en Vallejo, en los límites del Distrito Federal, y es para enfermos mentales. Ella estaba totalmente sedada, porque había tenido una crisis, lógicamente porque no tenía su medicamento adecuado. Tenía un golpe, parece que por otra interna, reciente, se veía, me dijo la enfermera, y no pudimos llevárnosla porque estaba sedada, ya era como la una de la mañana y el médico me dijo que me tranquilizara, que regresara al día siguiente, a las siete, que ella no se iba a mover de la cama, pero ese albergue es de terror. Estábamos saliendo cuando nos alcanza el doctor y nos dice: Está teniendo una convulsión, y ahí me partió el alma, porque cómo es posible, pero al final ya me explicaron los siquiatras que las personas que toman antisicóticos son más propensos a las convulsiones, todos lo estamos, pero ellos más, y a ella que se le acentuó por la bronquitis que traía que era casi neumonía.

”A las seis de la mañana la saqué de allí, la llevamos al Hospital Juan Ramón de la Fuente, la queríamos meter a un hospital privado, pero el único que hay y donde estuvo mi mamá y ella ya había estado, en el sur, cerró, y resulta que en el D.F. no hay siquiátricos privados, y yo no quería que estuviera en el Fray San Bernardino, porque está de terror también, y es conocido por ser un infierno.

”La llevamos al Juan Ramón, allí dijeron que no era necesario internarla por el rollo siquiátrico, pero sí tal vez por la neumonía, pero eso sería en su clínica. La llevamos y tampoco fue necesario internarla, y ahorita está con las enfermeras, en su casa, sin poder salir, todavía muy dopada, y yo no he querido platicar con ella sobre lo que vivió. Dice la enfermera que ya empezó a hablar sobre eso, pero a mí me late que no lo va a contar bien, honestamente. Ella ha dicho que se encontró una amiga de nombre Ramona, y que estaban platicando, pero creo que no está diciendo la verdad. Me la quiero llevar a la playa y tal vez ahí va a ser el momento, eso será en un mes, cuando ya se recupere.”

Uno se aferra a todos los santos

Un indigente solicita dinero para comer. Yomara escudriña su bolso, encuentra, regala las monedas. El indigente se pierde en la avenida, desde la acera afuera del café. Un cigarro más y la insistencia en la impaciencia ante la búsqueda. Yomara se remite a las amigas que son religiosas y quienes le pidieron, en los momentos de mayor angustia, que se sostuviera de la fe.

“Pero en realidad nunca estuve tranquila. Uno se aferra a todos los santos, pero la verdad es que no, por más que me decía sí voy a tener fe, y gracias porque está bien, Dios, porque la estás cuidando, y todo eso, no me lo creía, nunca estuve tranquila, casi no dormí. Me daba terror la idea, porque estoy en contacto con familiares de desaparecidos, y pensaba en ese proceso que he visto en ellos y en el que en algún momento tienen que aceptar y yo decía, por Dios, yo no voy a vivir eso, y por primera vez realmente sentía lo que estaban sintiendo, es increíblemente doloroso, yo decía yo no voy a llegar a eso, yo la tengo que encontrar porque no podemos vivir así, ni ella, ni yo, ni mi papá.”

La bondad es ella

Brígida es muy risueña, alegre, todavía para mí sigue siendo una chava, además es como niña todavía. Es irónica, ácida a veces, pero sus comentarios son menos de lo que cabe en un renglón, su hilo de coherencia solamente alcanza eso, y de ahí se salta a comentarios dispersos, pero normalmente son comentarios alegres. Ella es una mujer súper compasiva, comprensiva, realmente si tendría que definir en una persona la bondad, es ella. Y habla mucho de amigos pero creo que son imaginarios, creo que son las voces, de repente habla de que si menganito le dijo que si yo ya iba a llegar e íbamos a ir a comer pizas.

“Nunca me ha agredido, jamás. Ayer estaba pensando por qué en el albergue donde la recogí el resto de las internas la veían con coraje. Brígida, si no tiene cigarros y sabe que le puedes dar quizá se pondría agresiva pero verbalmente, y quizá termine más bien, lo ha hecho, golpeándose si no obtiene lo que quiere, pero pensé que a lo mejor sí es agresiva con los demás si no llegan a darle lo que quiere, pero conmigo, no.” ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2012

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