Poesía y circunstancia

La sal de la locura, de Freddy Yezzed

Se me ha pedido reseñar un libro de poesía y, como sucede a veces, antes de abrirlo empecé a valorarlo, a tener cautela. Su historia (aquí deliberadamente inseparable de la propia obra) lo convierte al mismo tiempo en una novedad y en un representante de la que es, acaso, la tradición poética más antigua: esa que habla del nexo, simbólico o real, entre poesía y locura.

Dada la peculiaridad del libro he sentido necesario hacer una reseña tripartita leyéndolo primeramente en su circunstancia, con todas las interrogantes que de allí se desprenden, luego atendiendo exclusivamente al texto más allá de la historia de su escritura, y terminando con una postdata que el lector del libro y de esta reseña no debe dejar de leer.

I

Siguiendo el plan que el propio libro supone empecé, antes que a leer los poemas, a leer en su prólogo, titulado Palabras desde la cordura, la siguiente explicación del autor:

El 11 de mayo del 2005 ingresé a Urgencias del Hospital Neuropsiquiátrico J. T. Borda de Buenos Aires. El primer dictamen fue que sufría de una alteración nerviosa y un grado alto de delirio con fuerte propensión a la violencia. Echaba saliva por la boca, gritaba obscenidades y me golpeaba contra las paredes.

[…]

En marzo del año antepasado ingresó una psicóloga a hacer sus prácticas, la Dra. Dalzotto. Ella fue la primera que me sugirió escribir los “monólogos blancos”, como yo solía llamar a esas voces en mi mente. Me rehusé de forma tajante. Pasaron meses de terapia con ella, hasta que una vez me mostró un conjunto de hojas impresas tituladas “La sal de la locura”. Las miré con temor. Me confesó que me había grabado durante nuestras cortas sesiones y que en sus horas de descanso transcribió lo que le parecía más coherente. Mi primera reacción fue de ira y decepción. Luego abandoné la terapia por petición personal.

[…]

Dedico a la Dra. Dalzotto este libro, que si tiene valor estético es por la ayuda de su mano, que si tiene valor espiritual es por la sal que extirpó de mi locura [pp. 7-8].

Por razones de espacio suprimí otras aclaraciones del prólogo, como la presencia de un “reconocido poeta” que, junto con la doctora Dalzotto, corrigió y seleccionó de entre los 685 —nada menos— textos que en dos años fueron dictados por Fredy Yezzed, hasta que La sal de la locura tomó la forma con que ganó el primer premio del VII concurso nacional Macedonio Fernández en el área de poesía, en diciembre del 2010, en Argentina, lo cual fue el motivo de su publicación.

No podemos ignorar que ese preliminar, firmando bajo el seudónimo Ariel Müller, formaba parte del manuscrito que se entregó al concurso literario. Es decir: se ha considerado necesario, desde ese momento, que la historia del libro preceda al propio texto para su dictamen. Se ha querido condicionar la lectura.

Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe) prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore.

Sabiendo que el prólogo pudo ser leído como una ficción, no hablo aquí de su pertinencia, y me dispongo a preguntar por asuntos que me intrigan más: ¿Quién es el autor de este libro dictado (¿podemos llamar dictado a ese delirio?) sin intención de ser poesía, por un ser humano fuera de sí, para ser recogido, transcrito y hasta titulado por su doctora, y que fue finalmente corregido y seleccionado por otro poeta? Aunque valdría la pena preguntar primero: ¿importa resolver lo anterior cuando el libro es, a final de cuentas, un libro de poesía verdadera?

Personalmente creo que la poesía, si lo es, puede (no debe) prescindir de la figura del autor y hasta de su contexto de creación: es el poema quien crea al poeta, y no al revés. Pero este libro no quiere dejarle al lector esa opción: no nos deja matar al autor, sino que se vuelca precisamente sobre él, para que sea a partir de esa anécdota (impresionante, queda claro) que la obra se valore. El lector tiene el libro y la historia del libro, que lo amplía y enriquece.

Tal proceder no me parece condenable por parte del poeta o la editorial: conozco lectores de poesía especialmente interesados en libros y autores con historias similares. Pienso en los seguidores del español Leopoldo María Panero, con sus ya muchos e irregulares libros escritos en hospitales siquiátricos, o en los que buscan y comentan los Poemas de la locura de Hölderlin, por decir dos ejemplos ampliamente conocidos. Reservando las proporciones, estoy seguro de que La sal de la locura ganará hordas de lectores fascinados y de que el autor tiene ya sobre sí el halo de misterio que acompaña a los poetas oscuros.

Creo que hay que partir de allí hacia el poema y que nada justifica un poema deficiente, como nada descifra un poema luminoso. La poesía por sí misma es el misterio, sin importar su génesis. Dicho simplemente, un poema verdadero debe ser capaz de abandonar a su autor. ¿Lo logra hacer esto La sal de la locura?

II

Una vez en el interior del libro el lector se encuentra frente a una nueva serie de interrogantes: ¿Son poemas todos los textos aquí reunidos? Me ha parecido estar, en muchos momentos, frente a un testimonio, una narración o una prosa poética. He visto también poesía. El primer texto es uno de los mejor logrados, y da idea del tono del libro completo:

ES CLARO QUE Dios se escapó de mi cráneo. Que se fue dejando una estela de sangre. Una gotita que un gorrión pisa y esparce sobre el piso blanco.

Escuchaba yo una llanura de carneros, los oía arrancar con sus quijadas las raíces. Ese ruido cuando arrancamos la hierba, ese mismo ruidito cuando arrancamos una rosa como un cabello.

Tal vez quise decir que escuchaba voces. Un susurro inesperado al cruzar la calle. Volteo y miro alrededor y no hay nadie, pero alguien que no está me mira desde la esquina. Solo. Inquietante.

Fue el viento, me digo.

Fue sólo el viento, me repito.

[9]

Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.

Tristemente luego hay prosas irregulares, en las que lo autobiográfico llega, me parece, hasta el exhibicionismo y tal vez la invención. No son muchas esas ocasiones, pero sin duda las hay.

Aunque creo justo calificarlo de irregular, La sal de la locura es un libro consistentemente armado, lleno de poemas oscuros en los que se trasluce a cada momento una retórica del malditismo ya muy conocida, pero todavía bien lograda. A pesar de que su mayor virtud la historia de su escritura, admito con placer que el libro tiene muchos momentos brillantes.

Deambulando entre el testimonio, la narración, la autobiografía, la prosa poética y el poema en prosa, el libro que ahora reseño es definitivamente literatura. Sin creer que es una obra maestra, no titubeo en decir que es un libro de poesía verdadera.

Postdata imprescindible

Freddy Yezzed López nació en Bogotá en 1979. Es Licenciado en Lenguas Modernas por la Universidad de La Salle y Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha ganado varios premios literarios, en cuento y poesía. Su tesis de grado Las raíces del poema en prosa en Colombia: A propósito de José Asunción Silva y Luis Vidales fue laureada y terminó por dar paso a la Primera Antología del poema en prosa colombiano, de próxima publicación. Actualmente radica en Buenos Aires, donde realiza estudios doctorales. La sal de la locura es su primera obra publicada.

Jamás ha estado en un hospital siquiátrico. ®

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Publicado en: Libros y autores, Mayo 2011

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