Ray, Sandy y su blanco Colorado

La noche y la nieve en las Rocallosas

“Me enojaba que la gente sólo llegaba aquí para participar en juegos invernales pues las Rocallosas son más impresionantes cuando se experimentan en silencio, sintiendo su fuerza, contemplando la vida de sus animales, no festejando y riendo”, dice Sara.

I

Las Rocallosas

Sobre Trueno, Ray Haid deja de ser hombre y se convierte en un animal mitológico; la compenetración física con su caballo es tan perfecta que parecen compartir sangre y formar un monstruo hermanado con quimeras, basiliscos y minotauros, capaz de petrificar con la mirada y vomitar llamas.

Desde hace dieciséis años Ray hace lo mismo todas las mañanas: guía cabalgatas por la nieve en el rancho de diez hectáreas que posee en Elk River Valley, a las faldas de las montañas Rocallosas, muy cerca de Steamboat Springs.

Ray es un viejo cowboy de 72 años; tiene pequeños ojos azul acuoso, claros y pálidos, como pintados por acuarelas, que observan larga e intensamente.

Su mirada solía ser sangrienta, de cazador, siempre seguida por balas, pero desde que lo estremeció, dos décadas atrás, el gesto deformado por el horror de un reno agonizante al que acababa de disparar, desapareció la muerte de sus ojos y éstos se fueron poblando por brillos de paz, suave y espaciosamente, a fuerza de cabalgar.

A la altura de Colorado, las Rocallosas se cubren de nieve desde noviembre hasta abril y ofrecen pistas fascinantes para los juegos invernales. Pero todo esto sucede arriba del hielo, en la superficie evidente; debajo de la nieve se esconden los vaqueros, cuyo mundo de misteriosas y profundas fuerzas está enterrado por una avalancha de exclusivos resorts y entusiastas sportsman de ojos vacuos.

Lejos de retraerse derrotados a un frío rincón solitario, los vaqueros revelan que las montañas no son terreno de fiesta de esquí y carcajada sino vehículos para establecer conexiones místicas entre corazón, sangre, intelecto y alma.

Esta batalla por imponer un dominio sensual sobre las Rocallosas es evidente en Steamboat Springs y Breckenridge, pequeñas ciudades situadas al norte de Colorado, donde deportistas invernales y vaqueros representan dos universos opuestos en un mismo destino de nieve.

Los deportistas gritan: “¡Todo es diversión en la nieve! Mantengan el equilibrio sobre sus snowboards, la cabeza en alto, los ojos muy abiertos y disfruten alegres de la inigualable sensación de dominar las montañas. ¡Sonrían siempre, que en la nieve cada día es el mejor de nuestras vidas!”

Mientras tanto, contrariado, Ray masculla adusto, entre dientes: “Cabalgando me desprendí de influencias que me llevaron a lugares equivocados, como la caza; cabalgando me encontré a mí mismo y cabalgar me ayudó a llenar mi vida de reflexiones y calma”. Para él, cabalgar en la nieve por las Rocallosas es una forma de rezar.

II

Al comenzar una cabalgata, Ray se asegura de que todos los jinetes estén bien afianzados sobre sus respectivos caballos, monta a Trueno y guía al grupo entre las montañas sin pronunciar palabra.

En su rancho de Elk River Valley, a las afueras de Steamboat Springs, las Rocallosas son especialmente salvajes. Albergan alces, osos, renos, lobos, gatos silvestres y búfalos, y presentan estrechos y sinuosos descensos, remotas cuevas de piedras e interminables extensiones de ponderosa pine, árbol típico de la región, que se distingue por un delgado tronco color ceniza y la costumbre de desnudar sus ramas en invierno.

Ray no contesta preguntas, golpea suavemente con su talón el vientre de Trueno y guía a los jinetes por la penosa subida de La Mujer desaparecida para luego emprender el regreso a casa.

Algunos pájaros cantan y el viento agita las ramas provocando un opaco tintineo de hojas, pero la nieve cubre la tierra en todas direcciones; es un blanco lóbrego, lleno de presagios, como una aglomeración de nubes de tormenta, que difunde entre las almas una extraña y absoluta sensación de silencio, soledad e insignificancia.

“Se anula mi mente y recibo el terrible recuerdo de los guerreros que habitaron esta tierra y las poderosas bestias que aún viven en ella”, explica Ray, “todo esto me hace sentir a merced de una inexplicable existencia sagrada”.

A la mitad del recorrido, que en tres horas cubre cerca de quince kilómetros, los caballos comienzan a ponerse nerviosos; resoplan con furor, se alejan de la vía y bajan constantemente la cabeza para arrancar alguna planta, pero no tienen hambre, sólo es un pretexto para retrasar la marcha.

El motivo de su angustia al poco tiempo se desvela; al llegar al punto más alto de un collado, tras haber realizado un abrupto giro, surge una amplia y honda sima cuya visión contrasta violentamente con el terreno suave y constante que había caracterizado el ascenso.

Incluso Trueno tiene miedo y se detiene, pero Ray tira de las cuerdas; para evitar sentir dolor el caballo avanza cautelosamente una pata, luego otra, en cámara lenta; los demás caballos lo imitan dubitativos, un mal paso en esa inclinada pendiente puede quebrarles los huesos.

Al poco tiempo el grupo está en el centro de la cavidad y de su temeraria aventura sólo resta un simpático caminito de huellas en la nieve; el temor ha desaparecido, aunque ahora sus ánimos quedan cubiertos por las sombras de un enigma: “¿Qué es este enorme agujero a mitad de la nieve?”

Sin desmontar Ray cuenta, con voz gutural y seca, que parece salir de las piedras, la historia de una pareja que hace mucho tiempo se amó entre un bosque de ponderosa pines a mitad de la noche y ella, en el sopor tras el placer orgásmico, aseguró que el negro de su cabello era más profundo que el del cielo nocturno. La Luna, indignada por semejante atrevimiento, convirtió a los amantes en montañas y las puso frente a frente. Condenada a ver eternamente a su amado sin poder tocarlo, la mujer-montaña lloró tanto que sus lágrimas fueron deslavando todas las piedras hasta que su cuerpo se consumió en el llanto.

Por eso a este hundimiento se le conoce como Pequeña cavidad de la mujer desaparecida, desde donde puede apreciarse, si se mira hacia el sur, una cumbre de las Rocallosas extensa y chata.

“Ése es el amante hombre; él sigue ahí, condenado, pero como no pudo soportar la ausencia de su adorada se quedó dormido; esa montaña es conocida como El gigante dormido, y es un gran guardián del mundo vaquero, porque sus formas han estado ahí para los cowboys de todas las generaciones; mi abuelo lo vio, lo verán mis nietos y ahí estarán incluso después de que todos hayamos muerto”.

Ray no contesta preguntas, golpea suavemente con su talón el vientre de Trueno y guía a los jinetes por la penosa subida de La Mujer desaparecida para luego emprender el regreso a casa.

III

Sara despierta con el alba para alimentar a sus quince vacas y luego toma fotografías de cómo la luz llena de nacimientos Cows Saloon, su granja a las afueras de Breckenridge.

El tractor, un par de establos, los cuatro graneros, el edificio con los dormitorios, la casita para las cien gallinas y su motocicleta; todas las cosas que la noche escondía van perdiendo sombras y adquiriendo contornos y dimensiones hasta ser otra vez reales y estar ahí para Sara, como las formas conocidas de su hogar.

A las ocho de la mañana un reloj gigantesco colocado afuera de la entrada principal de su propiedad, al lado de un espantapájaros, estremece la mañana con un estrépito agudo e histérico que marca el inicio de la jornada. Entonces llegan los cuatro trabajadores que laboran en Cows Saloon y viven en cabañas construidas en el entorno de la granja. Sara les da indicaciones para cuidar cosechas y animales; al mediodía lleva costales de rábanos, zanahorias y pimientos; carnes de vaca, gallina y cerdo a Clara, una vecina suya que cada viernes vende todo en Denver y reparte las utilidades al día siguiente.

Además de lagunas de sangre, en el Valle de la Muerte hay decenas de pisadas evocadoras de frenéticas cacerías donde las ágiles huellas del lince se marcan cada vez más cerca de las vacilantes del conejo hasta que ambas desaparecen en manchas aún calientes de muerte, cuyo espeso carmín destaca tétricamente sobre la nieve.

Pero Sara, a los 27 años, es una cowgirl moderna. La granja ocupa únicamente parte de su día. A las tres de la tarde comienza su jornada como guía de caminatas en nieve profunda por las Rocallosas.“Me enojaba que la gente sólo llegaba aquí para participar en juegos invernales pues las Rocallosas son más impresionantes cuando se experimentan en silencio, sintiendo su fuerza, contemplando la vida de sus animales, no festejando y riendo”, dice Sara.

“Por eso en septiembre de 2009 presenté a la Oficina de Turismo de Breckenridge la iniciativa de realizar caminatas en la nieve; para que los turistas puedan hacer aquí algo más que esquiar, como descubrir la verdadera vida animal de las montañas”.

Las faldas de las Rocallosas, a la altura Breckenridge, son especialmente tranquilas, pues abundan anchos corredores con pocos accidentes. Aunque para adentrarse en sus dominios, donde la nieve es muy honda, a veces hasta dos metros, es necesario usar unos zapatos especiales cuya base metálica y flexible impide que los pies se hundan al caminar. Son cómodos y se puede correr con ellos, aunque no es recomendable ir hacia atrás o brincar.

Para conocer la verdadera vida animal de las montañas se debe caminar mucho y tomar rutas osadas. Luego de tres horas y media de cruzar zonas inhóspitas y vadear dificultades, como agitados y gélidos vientos chocando contra el cuerpo o troncos caídos obstaculizando el paso, se llega a una pequeña extensión plana pletórica de pequeñas lagunas de sangre.

“A este lugar se le conoce como Valle de la Muerte porque todas las cacerías terminan aquí; casi todos los caminos estrechos y complicados salen a este terreno plano donde los depredadores tienen suficiente espacio para matar”.

Además de lagunas de sangre, en el Valle de la Muerte hay decenas de pisadas evocadoras de frenéticas cacerías donde las ágiles huellas del lince se marcan cada vez más cerca de las vacilantes del conejo hasta que ambas desaparecen en manchas aún calientes de muerte, cuyo espeso carmín destaca tétricamente sobre la nieve.

Sara fantasea con historias de linces y conejos; eso la hace sonreír, abrir mucho los ojos y rizar con el anular su largo cabello color oro. Es tan bonita, de una belleza pueril, un tanto rígida y armónica, que parece una muñeca armada por un artista naif con piezas Lego. La imagen de su perfección irreal no podría pertenecer a lugar más ideal que Breckenridge, cuyas casitas todas iguales: de madera y una planta, fachada cuadrada con cuatro ventanas y techo triangular, hacen pensar en una entrañable maqueta de cartón donde un niño querría jugar a los vaqueros con hombres y caballos de plástico.

Las caminatas por la nieve a veces terminan hasta las nueve, cuando ya es noche cerrada y la oscuridad en las montañas es impredecible; puede ser absoluta, si el cielo está cubierto de nubes de nieve, o abierta y romántica, encendida de luna y esperanzadoras estrellas.

Al regresar de las Rocallosas no hay nada más vaquero que emborracharse en el Gold Pan Saloon, bar fundado en 1879 en Main Street, que corre paralela al diminuto río Azul, cuyas aguas de noviembre a abril suele estar congeladas.

Sillas de poca altura, barras con escupideros en el suelo, mesas de billar y cantineros de mirada desconfiada que fruncen los labios y tienen pedazos de paja entre los dientes; un grupo toca música cowboy, subgénero del country, con amplias líneas melódicas para steel-guitar y canciones que hablan sobre cementerios y trenes.

Aquí Sara bebe whisky y cerveza artesanal oscura casi todas las noches con sus amigos. Sara es una bomba en la fiesta: baila, grita, sale a correr en la nieve y regresa y brinca arriba de la mesa ágil y salvaje, como una pantera; pero poco antes de irse, a las dos de la madrugada, se pone seria.

“¿Sabes?, hay algo muy vaquero en esto; bebemos en invierno de cara a las montañas y en el bar, con los tragos, extrañamos la primavera, cuando se derrite la nieve y flores amarillas cubren las Rocallosas”, dice con voz lánguida, apenas audible. “Sólo entonces las sentimos nuestras, cuando son primaverales y podemos hacer picnics en ellas, ir con nuestras familias a volar papalotes y protagonizar historias de amor entre los Ponderosa Pine, que entonces están verdes”. ®

—Una versión editada de esta crónica se publicó el 15 de enero en la sección De viaje! del periódico Reforma.

Publicado en: Apuntes y crónicas, Diciembre 2012

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