Smartphones y maniquíes

Automáticos, de Javier Daulte

Uno de los temas que retrata Automáticos es la del paradójico silencio tras tantas palabras y, como en Frankenstein, el creador del monstruo se arrepiente luego de ver su creación.

Cinco jóvenes... Foto © Ulises Ávila.

Cinco jóvenes… Foto © Ulises Ávila.

Automáticos. Es la obra de teatro que vi gracias a la invitación de Emmanuel Pichardo, quien además de actuar coodirige al lado de Jorge Maldonado. El texto de la obra es del argentino Javier Daulte (1963, Buenos Aires), dramaturgo, guionista, director y uno de los principales fundadores del grupo Cara-ji en Buenos Aires. Lo que nos dice la página web acerca de su trabajo es que “sus obras, todas ellas catalogadas de comedias dramáticas, han contribuido a la renovación del teatro en Buenos Aires y Barcelona, introduciendo (sic) en sus argumentos elementos fantásticos y de género dentro de una construcción hiperrealista que se manifiesta a través de sus diálogos ágiles y creíbles”. Uff. Hasta aquí con el site. No nos vamos a complicar la vida si ya de por sí se la complicaron quienes redactaron eso. No es promoción precisamente lo que quieren, así que háganse un favor y ciérrenla. Atendamos mejor la propuesta que trae hasta nosotros un grupo de talentosos jóvenes que pronto darán mucho de que hablar.

Llueve mientras espero para entrar al foro La Gruta del Centro Cultural Helénico —al sur de la Ciudad de México—. Otra vez la misma queja: un centro cultural así no puede prescindir de un buen estacionamiento para bicicletas; hay espacio para ello. Unos “elementos” de seguridad (bonachones, sonrisa medio amarga, gorditos) me siguen desde que entro (como si me fuera a robar una jardinera o una banca) hasta que atestiguan que aseguras con el candado la bicicleta en el lugar que ellos me señalan, allá hasta el fondo, en algún tubo del barandal de las escaleras para acceder, o en el que ellos elijan, porque de entre más de diez tubos con las mismas características (se trata de un barandal, no hay que olvidarlo) uno tiene que amarrar su bicicleta en el que ellos te indiquen… y echarle otra vez la bendición.

Cinco jóvenes están por echar a andar el proyecto que presentarán en la feria de ciencias de la escuela y deciden reunirse en lo que parece el sótano de la casa de uno de ellos.

La lluvia es el primer elemento que conforma Automáticos, pues crea una atmósfera que consigue unificar o enfrentar las emociones de personajes que si bien no rompen con estereotipos, están bien construidos de acuerdo con las exigencias de las circunstancias dramáticas. Cinco jóvenes están por echar a andar el proyecto que presentarán en la feria de ciencias de la escuela y deciden reunirse en lo que parece el sótano de la casa de uno de ellos. Lo primero es ponerse de acuerdo. Aquí hay que prestar mucha atención a los diálogos. De una velocidad certera, parecen papas calientes que pasan de actor en actor, lo cual, de entrada, proporciona buen ritmo a la obra.

Los maniquíes. Foto © Ulises Ávila.

Los maniquíes. Foto © Ulises Ávila.

¿Cómo consigues que cinco jóvenes con distintas personalidades se pongan de acuerdo en un proyecto? Los confrontas con sus propias creencias, los enfrentas entre sí, muestras al público apenas una parte de lo que está por venir una vez que la situación haya detonado. Mientras tanto, tres maniquíes hacen de espectadores desde distintos ángulos del escenario. Inmóviles, se entiende. En cuanto los ves (tú, que también eres espectador) te haces cientos de preguntas y esperas el momento en que el primero de ellos se levante, hable o salga corriendo del escenario, porque si no para qué demonios están ahí, para qué demonios se valen de dos actrices y un actor cuyo trabajo corporal es impresionante.

Detalles a favor. En la obra hay muchos. Y hay que tener buen ojo para apreciar los elementos que no se nos dicen. No todo es tan sencillo cuando intentas comprender una propuesta artística. Algo comprendes con Automáticos: los distintos niveles en que se puede apreciar una obra de teatro los edifican ustedes como espectadores. No la crítica mamoma de los mismos medios mamones que atienden las mismas mamonas obras de teatro, si es que un nombre hay que darle a lo que nos quieren hacer pasar por tal, escritas por autores igual de mamones que desperdician juventud y creatividad posando para la fotografía o fumando afuera del teatro a la espera de que el pueblo mamón se acerque como se acercan los villancicos al árbol de Navidad. No lo que diga el barrigón que tanto sabe de teatro y que ni siquiera consiguió titularse. Esos están de más. La experiencia teatral del espectador únicamente ocurre si el espectador ve y lee mucho, mucho teatro, si esa experiencia aún le parece una expresión única, de las más primitivas en tanto que los primeros hombres ya hacían representaciones escénicas alrededor de las fogatas, si desde tu asiento cierras los ojos antes de que comience la obra, cuando se apagan las luces, y los abres justo en el momento en que el primer actor aparece en escena, y entonces admiras, emocionado, cómo esos tres maniquíes adquieren vida gracias a uno de los estudiantes que se las sabe de todas todas en tecnología, cómo esos tres maniquíes los confrontan con toda la mierda que traen dentro —y son apenas adolescentes— para comprender el comportamiento humano, lo crueles que llegamos a ser en ocasiones, lo fácil que se nos hace odiar y a la vez odiarnos por hacerlo, lo complicado que resulta conseguir acuerdos en una generación ocupada en jugar videojuegos, en hablar de sus primeras experiencias sexuales, en enfrentarse al odio al padre, a la madre, en atender estupideces en el smartphone como una extensión idiota de su cuerpo y del vacío de su vida, en despreciar y valorarse a través de la muerte de otros (esa sensación que te deja la ausencia permanente), mientras los maniquíes parecen advertirnos, desde su ridícula inteligencia artificial, televisiva y cómica, los riesgos a los que estaremos expuestos en un futuro no muy lejano si no atendemos al deterioro progresivo de la comunicación entre nosotros, porque uno de los temas que retrata Automáticos es la del paradójico silencio tras tantas palabras y, como en Frankenstein, el creador del monstruo se arrepiente luego de ver su creación. Es demasiado tarde ya, demasiado tarde®

Publicado en: Artes escénicas, Marzo 2014

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