Steve Jobs

La idolatría por el hedonismo creativo

La muerte de Steve Jobs causó tremendo alboroto en los medios y las redes sociales. A las pocas horas de su fallecimiento estaban listo para canonizarlo. Revisemos, entonces, los adjetivos de su epitafio. ¿Gran genio? Dudoso. ¿Humanista universal? De ninguna forma.

Steve Jobs

Lo primero fue la euforia. Unirse apasionadamente a la causa, aunque la alharaca que la propicie sea la muerte. No es raro que el luto, en las redes sociales, se disuelva y se camufle con una suerte de fúnebre celebración: el famoso epitafio católico descanse en paz, por ejemplo. El pésame de los borregos menos creativos. Delante de ese rebaño ‒que busca siempre un prado donde pastar y conformar su identidad en turno‒ está el pastor, quien lleva a sus mansas bestias al terreno que se le antoje.

El 5 de octubre la muerte de Steve Jobs impactó a los medios de comunicación de todo el mundo (sí, también los no occidentales). “Gracias a Steve Jobs el mundo es un lugar mejor”, rezaba el comunicado oficial de Apple entorno al deceso de su cofundador. Miles se volcaron a subir a las redes sociales los videos en los que el chamán de la tecnología oficiaba auténticas homilías aderezadas con sentimentalismo y humor anglosajón.

Alguna mente aún más obtusa prefirió compararlo con Thomas Alva Edison. ¡Sí!, exclamaron miles, ése es el símil perfecto para Steve Jobs, pensarían, y acto seguido ya teníamos cientos de posts y tuits de quienes, por fin, habían logrado encontrar un refugio a su postura en semejante tontería. El parangón entre el inventor de la lámpara de filamento incandescente (foco) y el creador del iphone salvó a varios de irse en blanco ante un acontecimiento de tal envergadura. No voy a extenderme en la argumentación de por qué esa comparación es un disparate. Sólo diré que, mientras Edison creó objetos que afectaron y ciertamente mejoraron la vida diaria del humano universal, Jobs bombardeó al mundo con productos de diseño destinados a satisfacer las necesidades terciarias de una fracción minoritaria de la población mundial. El primero fue un genio humanista que patentó más de mil inventos, mientras que el segundo fue un inventor hedonista de 317 inventos con la firma de Apple.

Cuando el mundo comienza a rendir culto a un inventor y diseñador de gadgets que sólo pueden comprar unas pocos millones de personas, algo está pasando. El consumo es una religión y uno de sus obispos más carismáticos ha muerto.

Cuando el mundo comienza a rendir culto a un inventor y diseñador de gadgets que sólo pueden comprar unas pocos millones de personas, algo está pasando. El consumo es una religión y uno de sus obispos más carismáticos ha muerto.

Un buen amigo (uno de los del grupo descanse-en-paz) rebatía mi postura diciendo que mi discurso estaba muy gastado. Además, me preguntaba si yo tenía un modelo mejor. Desde luego que no lo tengo, no soy economista ni mucho menos. Para reconocer un problema, empero, no es necesario tener su solución. Me sorprende la canonización popular de un personaje cuyas empresas se enriquecen a costa del pisoteo de los derechos de sus empleados.

Jobs fue un innovador admirable. Su legado en las intrincadas selvas de las comunicaciones y el entretenimiento es incuestionable. Sin embargo, el también fundador de Pixar no era un humanista y mucho menos un filántropo. Su actitud era mucho más la del voraz empresario hipster de la era post hippie (también se le aclama por lo insólito de no usar corbata en su oficina mientras su empresa se adueñaba del mundo. ¡Wao, qué chic!).

El perfil de un líder en el mundo hipermoderno está basado en sus acciones en el mercado bursátil. La fascinación por las máquinas ‒y por la estética que éstas ostentan‒ lleva a esa multitud ávida de consumo a idolatrar la mente que las ha concebido. La manzana mordida es un símbolo de poder, una bandera de jerarquía alta en el organigrama social. Tal y como sucede con cualquier símbolo, detrás de éste existe una convención, un acuerdo masivo y voluntario que lo retribuye simultáneamente con sentido y protección. Esa manzana es, pues, la insignia en la que cada uno de sus feligreses ha decidido depositar parte de su identidad, de la misma forma como sucede con un equipo de futbol o un séquito religioso. De ahí, la vital importancia en términos comerciales de que en el primero exista un jugador emblemático, un semidiós en el que la multitud reconozca la idealización de su propio ser, el alter ego de sus frustraciones; y en el caso del segundo, una deidad protectora, que garantice o al menos otorgue la ilusión de que en el largo plazo habrá un enorme beneficio en el sacrificio y/o el sufrimiento.

Steve Jobs reunió ambas características: la del mercadólogo superpoderoso, el dios terrenal, el Papa de Silicon Valley, y ahora muerto, la del espectro celestial que nos ha dejado toda una herencia filosófica del culto al placer, así como un decálogo de cómo convertirse en un despiadado colonizador, y pasar por humanista sensible y bondadoso. ®

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Publicado en: Diábolo, Octubre 2011

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