Trenes y migrantes

La mirada en el norte

Las tristes historias de los migrantes del sur hacia el norte, historias de trenes, de trabajo, violencia, de hambre y de frío. Relatos de abandono, de borracheras, recuerdos y alejamientos. El autor habla con los migrantes y ellos hablan con él.

I. En el tren

El ruido del tren me remite a la infancia. La nostalgia por los que se van. Quién sabe si volverán. Cuánto de su historia dejan en la última estación, cuánto más falta para que la vida se apague. El ruido del tren es la antesala de la melancolía, la resistencia de los viajantes, la existencia de una bestia que repta por las arterias férreas del país.

Antes, cuando morro, me trepaba feliz a un ferrocarril de pasajeros. Escuchaba en cada estación gritos de vendedores ambulantes que financiaban así la manutención de su familia. De noche ansiaba llegar a Benjamín Hill nomás para escuchar aquellos gritos que ofrecían tacos de harina, tacos dorados, champurro, café.

Antier estuve en Caborca, y mientras José Saramago me enseñaba sus islas literarias escuché de nuevo el ruido del tren. De pronto miré ante mí un migrante que me pedía ayuda. Tengo mucha hambre, iré a buscar algo de comer, dijo.

No atiné más que a quedarme viendo su paso ligero en busca de comida. Lo seguí con la mirada hasta una de las casas de la calle 12, en el ala norte de la perla del desierto. El ruido del tren, en breves instantes, lo hizo regresar. Tenía en sus manos un galón de plástico y agua, un taco de papas con chorizo. Las papas se le derramaban de la tortilla y el migrante corría de prisa sujetando la vida en sus manos.

Lo miré con sus pantalones rotos, la mirada frágil, el pelo opaco. Antes me había dicho que era hondureño, que iba hacia el norte. Fue tan concreto, tan ágil, la bestia que repta le había permitido descender unos momentos de los furgones, no había tiempo para platicar, apenas si la mirada para ubicar un domicilio, tocar la cerca, gritar, pedir algo para comer. En unos minutos cumplir su objetivo, emprender la carrera y trepar a como se pueda en el metal que avanza. Apenas si atiné a gritarle al migrante: ve con cuidado.

* * *

Ayer caí en Benjamín Hill. Iba como guía de dos reporteros, Surya Lecona y Diego Legrand, venidos desde el D.F.. Los miré trabajar y me dispuse también a encontrar la vida en los migrantes.

Estaban allí. Los miré debajo de un eucalipto, a la vera de la vía, con sus miradas de esperanza, de paciencia. Los abordé y conversamos. Vinieron las historias desde Nayarit, desde Culiacán, siempre con hermetismo por la desconfianza, una armadura contra la violencia, por las vejaciones que ya han sufrido.

Debajo de un eucalipto los cuatro viajantes se disponen a contar las horas que faltan para la mañana siguiente y trepar al tren, en sus proyectos está el de buscar la casa del migrante: Tal vez nos dejen dormir allí, dice el del torso desnudo, el del tatuaje en el pecho.

Uno de ellos, de torso desnudo, que bien puede llamarse Francisco, Roberto, Manuel, Gregorio, me preguntó si sabía la hora en que pasa el tren. Me dijeron que hasta mañana por la mañana, se contestó a sí mismo. Sólo asentí con un movimiento de cabeza. Luego un monólogo: Vamos para Mexicali, queremos trabajar en el campo, a ver si en la pizca de uva. Vengo de Nayarit.

Después conversamos de sus travesías, yo para preguntarle sandeces, tal vez, él para decirme que ya no quiere trepar en trenes en movimiento porque la última vez casi se mata, y luego para mostrarme la herida en su rodilla izquierda, y a curarla como se pueda.

El hombre de torso desnudo tiene un tatuaje en el lado derecho de su pecho. Patricia es nombre de mujer y está impreso en su piel. ¿Aún amas a Patricia?, le pregunté. Sí, es mi esposa, aquí traigo su teléfono. En cuando tenga oportunidad la llamaré.

Debajo de un eucalipto los cuatro viajantes se disponen a contar las horas que faltan para la mañana siguiente y trepar al tren, en sus proyectos está el de buscar la casa del migrante: Tal vez nos dejen dormir allí, dice el del torso desnudo, el del tatuaje en el pecho.

La bestia asomará su inmensidad mañana. Por lo pronto la sombra de un árbol es su morada, y allí continúan las ilusiones, la mira puesta más hacia el norte. Y tal vez brincar el muro. ®

II. En los campos de uva

Nacho Pesqueira

Pesqueira: comunidad ubicada al nororiente de Sonora. Aquí los niños, adolescentes, juegan a la felicidad con una pelota de basquetbol, bajo 43 grados centígrados a la sombra, con el sol a plomo. Encima de un baldío, un circo que huele a muchos años de divertimento.

En Pesqueira hay familias que provienen de etnias indígenas que emigraron desde el sur del país. Vinieron a trabajar en el campo, en la recolección de uva, y aquí han visto crecer a los hijos, a los nietos.

A Pesqueira llegó Abel Pérez López. Vino desde su tierra, San Juan Bautista Tuxtepec, Oaxaca, a buscar la vida, después de construir allá, en sus años de juventud, la antigüedad en el empleo con el cual logró su jubilación, pagos mensuales que recibe su madre.

Debajo de un mezquite, en la esquina donde colindan las calles Antonio Amarillas Villa y 21 de Marzo, Abel hilvana desde la memoria lo que él es, lo que ha sido. Extrae de una mochila rosa unas pinzas para cortar racimos de uvas, su herramienta de trabajo, con la cual, dice, ha ganado miles y miles de pesos, pero ya las pinzas están viejas, y la resaca es un trinche que lo hostiga, por eso las ofrece en venta: A cincuenta pesos, nomás pa’ completar un pisto.

Abel tiene en la mirada un niño travieso, digamos nostálgico, que de pronto se apersona y juega con frases de ternura, con sonrisas que le toman por asalto y le modifican el semblante. De los dolores a la felicidad, de la derrota al triunfo. Todo esto ocurre en su oratoria. Y va a los años de jugar con los primos, en el barrio, esos primos que, recuerda, eran pudientes y que alguna o muchas veces pretendieron abusar de él. La traición bíblica de Caín, en este caso con la variante no del hermano, sino del primo, los primos.

Por eso la lejanía con su tierra y la incomprensión de su familia, la que ignora los motivos de su paso trashumante en estos años recientes donde busca vivir lejos de quienes llevan sus mismos apellidos.

Abel muestra sus manos e ilustra cómo tiemblan, luego habla de lo gacho que es la cruda: Si vieras en las madrugadas, tengo delirios, siento que me persiguen, a veces quisiera mejor morir.

—¿Cuánto hace que trabajas en el campo?

—Muchos años.

—¿Desde cuándo andas por acá?

—Ahorita llegué a Pesqueira después de cinco años, pero yo me llevo más en Villa Juárez, allá en San Vicente, con los García.

—¿Por qué viniste a Pesqueira?

—Me dijeron que iba a estar bueno aquí, allá apenas va a empezar.

—En Oaxaca, ¿qué dejaste?

—A mi madre nomás, mis hermanos están del otro lado. Hijos no, nunca he sido papá. Mi padre me enseñó a trabajar en el campo, que en paz descanse, Jorge Pérez Martínez, se llamaba, él me llevaba al campo desde niño. Cuando yo me recuerdo mi infancia mis primos querían abusar de mí, tenían dinero, por eso cuando voy allá yo no quiero ni verlos, se pasaron de verga, si yo te platicara la historia, nadie me ha comprendido, ni mis hermanos, la única que me comprendía era mi cuñada, pero…

”Yo empecé a trabajar en el campo de muy chico, del campo te puedo enseñar a sembrar frijol, chile, plantas de abajo, ahorita ya es puro invernadero, ahí lo meten y crecen las plantas, mi mamá tiene treinta y cinco hectáreas, y todas están a mi nombre.

—¿Por qué andas aquí?

—Pues ando valiendo queso, y estoy pensionado por el gobierno, me dan una mensualidad, pero la cobra mi mamá, por eso ella no se preocupa. Yo soy una persona, así como me ves, conozco todo lo de abajo de los carros, de mecánica, también soy bueno en la electricidad, pero ya se murió mi patrón, yo estaba trabajando con el ingeniero Honorato Avendaño Nieto, lo único que yo lo cuidaba, le administraba el dinero. Pero ya ahora tengo ganas de andar de otra forma, sólo espero que me digan: Amigo, tú vas a cambiar, Dios sabe, ¿verdad?, yo quiero estar cambiado, vivir tranquilo, bien limpio, en mi mente conectar lo que voy a hacer nada más, y a cuidar a ciertas personas, si tú traes dinero te tengo que cuidar a ti.

”Estas tijeras tienen como unos dos años conmigo, han cortado miles de uvas. Yo ya tengo cuarentaisiete años, y voy a cumplir más el 30 de julio, claro que vamos a hacer fiesta, si estoy en mi casa, claro.

“Ahorita me voy a echar un pisto, para curarme y ya. Te voy a decir la realidad, a veces tengo delirio de persecución, y mucha hambre, pero ya ahorita me eché unos tacos, un compa me regaló un lonche, aquí toda la gente de Oaxaca me cuida a mí, porque me conocen”.

—¿En qué te viniste de Oaxaca a Sonora?

—La primera vez me vine contratado, pinchis contratistas son muy mentirosos, prometen que al llegar te van a dar una despensa, y son mentiras, ni botana te dan, ni modo, son puras mentiras de ese contratista, Antonio González, él nos trajo el 2002, y de ahí para acá mi mamá ya me daba por muerto, regresé a Oaxaca el 2005, porque me metí a un centro de rehabilitación cristiano, te digo que leo la Biblia, y eso es lo que me mantiene, nomás que ahorita, el domingo apenas empecé a caer otra vez con la tomadera, tengo ahorita como trece días pistiando, no a gusto porque estoy operado de una hernia ombligal, y sí me pegan una patada… El otro día me tiró una un bato, con una bota picuda, apenas la alcancé a agarrar, allá en el casino, yo cargo pesado, por eso me salió la hernia, un carro como ese que va pasando te lo cargo de volada, yo sé estibar.

—¿Dónde duermes?

—Ahorita te voy a decir dónde me estoy quedando, porque no he ido por mis cosas, no he cobrado, tengo cincuenta cajas de uva sin cobrar, en el campo Pesqueira, acá pa’ San Juanito, con el Chato, pero me quedo aquí donde se ponen los tianguis, duermo debajo de un carro, pero no vivo a gusto, tú sabes los fríos que pasa uno. Esta mañana tuve que pararme, me estaba muriendo del frío. Si alguien me dice vamos a trabajar yo dejo de pistiar y ese día hasta que no me inviten una cerveza entonces sí. Ahorita me quiero ir de aquí, ayer me invitaban para Chihuahua al corte del chile, en el chile, ¿sabes cuánto me gano yo?, cuando no es con tijera, a mano, me gano más de cuatrocientas bolas diarios, por cortar chile, gano una feria, y estoy viejo, ¿verdad?, y todo para mí, para qué le voy a mandar a mi mamá si ella está cobrando la pensión.

”Ahorita, con todo respeto te digo la verdad, que si no ahí está ese sol que me está oyendo, ahorita pos vendí mi celular, vendí todo y pos perdí los números, me robaron mi mochila allá en San Vicente, por la Baja California, yo he andado por todos lados, hasta La Paz he andado yo. Me gusta trabajar, cuando llego me la dan de mayordomo, o me dan un tractor, yo manejo, nomás que eso sí, cuando agarro la pistiada pierdo todo el trabajo. Dios me pagó esta operación (Abel levanta su camisa, muestra una cicatriz que le atraviesa la piel encima del estómago), yo no tengo resentimiento con mis hermanos, lo que pasa es que todo el tiempo cuando tengo celular yo le tengo que hablar a ellos, ellos nunca me buscan, tengo que llegar a la montaña, si la montaña no va a mí, yo soy más grande.

”Ahorita me voy a echar un pisto, para curarme y ya. Te voy a decir la realidad, a veces tengo delirio de persecución, y mucha hambre, pero ya ahorita me eché unos tacos, un compa me regaló un lonche, aquí toda la gente de Oaxaca me cuida a mí, porque me conocen.

Abel mira hacia el campo donde los niños adolescentes juegan a la felicidad. Su mirada parece atravesar el horizonte. Levanta su mochila rosa, salen de allí, como de una caja de Pandora, un envase de caguama, un rollo de papel sanitario. Abel mira cómo el papel se desplaza por la calle, lo mira sin parpadear. Al volver de su contemplación toma el cuello de la botella, lo sumerge en la mochila: Esto es lo único que me importa, el papel vale madre, al cabo que ya ni cago. Después se echa a andar, quién sabe hacia adónde. Al descender la cuesta hacia al norte de Pesqueira de a poco se pierde entre una bruma que levanta el viento al tocar la tierra. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2012


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  • Damaris villatoro gomez

    Da tanta tristeza esta situacion…todos deveriamos ser mas humanos, ayudarnos unos a otros, luchar por un mundo mejor,donde no exista tanto dolor, tanto sufrimiento…todos merecemos una sola patria, un mundo mejor sera posible cuando nos unamos en amor, solidaridad, justicias, fraternidad y amistad y ser mas humanos ante los padecimientos de nuestros hermanos