Trovador de barro negro

Una semilla es una cosa pequeña, pero de una pequeña semilla puede nacer un gran árbol.
—Lobsang Rampa, El camino de la vida

Si un hombre tiene una gran debilidad, desde un punto de vista es una ventaja, porque si puede vencer este rasgo o debilidad, de una zancada puede lograr muchas cosas.
—Piotr D. Ouspensky, El cuarto camino

En el pabellón de los juguetes un pequeño trovador de barro negro su laúd ataca…
—Silvio Rodríguez

En memoria de Lobsang Rampa: monje tibetano y escritor inglés.

Para mi maestro de psicoanálisis, Alejandro de Jerusalem.

1.

El anciano rasgaba una antigua vihuela de cuatro cuerdas, casi sin trastes, tal vez tan añeja como el trovador que la portaba. Fue una introducción musical larga, que echó de ver una destreza poco común en el movimiento preciso y ágil de la mano izquierda: el viejo era zurdo. Un huapango de las serranías de San Luis Potosí se transformó de pronto, sin previo aviso, en un vals español. Acrecentando en cada acorde, la maestría en la mano siniestra del trovador, marcando los tiempos y los destiempos, en combinación preciosa e hipnótica de ritmos, notas vivas y muertas. Al frenar levemente la vibración de las cuerdas de nilón de un golpe con la palma sobre la caja del modesto instrumento, para volverlas a tañer con fiereza guerrera a miles de rasgueos frenéticos por minuto, interrumpiéndose con violencia de nueva cuenta sobre el diapasón de la humilde vihuela desgastada. Formando en conjunto un compás majestuoso y elegante que congeló el tumulto del mercado.

Mientras tocaba, el viejo contemplaba un vacío inconmovible y vívido sobre los puestos de comida y las cabezas inclinadas de los presentes, al que por supuesto, nadie más que él podía acceder. Tal vez serían las Puertas del Cielo, como rezaba una canción de otro género que nada tenía que ver. Evidentemente el hombre era un artista.

Los comensales no pudieron evitar dejar lo que estaban haciendo, arrancados de sus conversaciones triviales, la compra y venta de vegetales, carnes y legumbres; los hambrientos echándole diente a la gorda de maíz con frijoles, o el sorbo desesperado al caldo de vísceras con picante que luego padecerían sus torturados aparatos digestivos durante más de un mes al tratar de procesar y expulsar aquella comida insufrible.

Entre los perros vagabundos que disputaban los huesos y los cascajos de tortillas endurecidas, y los clientes de los agachados y puestos de comida, no se apreciaba diferencia alguna en la avaricia para con las apreciadas garnachas y las tan anheladas frituras en manteca.

De espaldas, Rodrigo se mostraba bastante entretenido hincando el colmillo al taco de tripitas de res con su ración de frijoles de la olla y salsa de jitomate. Las vísceras estaban tan bien cocidas y fritas, que crujían entre sus muelas y al interior de sus mejillas, ungiéndolas poco a poco junto con su lengua, en una grasa espesa y consistente, difícil de diluir. Proporcionándole un placer gástrico inenarrable.

Pero su oído estaba cultivado, y sabía apreciar la calidad musical tanto en una pieza de cámara como en el sentimiento rústico de un músico callejero. Al fin que él era también un músico haciendo escala en el mismo mercado para desayunar.

Mientras degustaba, aunque nada le desconcentraba de su taco, no dejó ni un momento de prestar oreja a los acordes del anciano.

No fue sino hasta que la voz del trovador asomó, al entonar un melancólico vals proveniente de una época anterior a la Guerra Civil española acompañando su instrumento, cuando Rodrigo dejó su comida para enfocar con su vista al hombre.

Una voz cristalina, de tenor, pronunciaba cada sílaba de los versos con cuidada recitación y énfasis en las vocales dominantes. Conmoviendo a la totalidad de los presentes: era una canción antigua y melancólica en demasía, que hablaba sobre la vejez y el ocaso de una vida humana, de cosas perdidas sin remedio y amores desafortunados.

Entonces pudo apreciar el abrigo grueso y agujereado de lana con que el trovador envolvía su esbelto cuerpo, el sombrero mohoso de terciopelo, la barba blanca recortada, los rasgos semíticos de piel dorada y curtida por los rayos solares en su rostro. Una nariz prolongada, no aguileña, sino de ave más grande y poderosa: de cóndor vigilante, entre los pómulos desarrollados y huesudos.

Era un bello rostro de anciano pobre pero cuidado, con una vida bien vivida en su haber. Sus ancestros debían haber sido parte del Pueblo Elegido.

2

Era evidente que el Trovador no comía carne roja, o tal vez carne de animal alguno que no fuese de mujer bonita.

Cuando Rodrigo lo invitó a sentarse en la desvencijada mesa de latón junto con él para compartir unos tacos el anciano pidió únicamente un plato pequeño de frijoles cocidos, un trocito de queso y otro de aguacate, nopales cocidos y un café con canela sin azúcar. Negándose por completo a compartir el refresco de cola que bebían la mayoría de los clientes.

Al viejo pareció resultarle indiferente la calidad del instrumento musical del muchacho o los estudios profesionales en guitarra y cuerdas que había realizado. Únicamente le sonrió, asintiendo con respeto. A estas alturas era muy difícil impresionarlo.

—Quiero tocar guapangos y valses como usted. Tengo tiempo buscando un buen maestro de música vernácula y se ve a leguas que usted es todo uno…

El ancianolo escuchaba mientras daba sorbos pequeños a su pozo con café para no quemarse los labios. Mirándolo con unos ojillos aceitunados, casi verdes y atentos.

—También quisiera aprender a interpretar boleros. ¿Sabe usted tocar boleros…? Es que en el conservatorio de música sólo le enseñan a uno la música clásica. Las canciones populares son prohibitivas para los directores de orquesta y expertos musicales.

Insistía Rodrigo al viejo Trovador. En ese momento el joven se inclinó levemente debajo de su asiento para acariciar un estuche de madera e indicarle al anciano que ahí estaba su preciada guitarra clásica entre sus pies.

Al viejo pareció resultarle indiferente la calidad del instrumento musical del muchacho o los estudios profesionales en guitarra y cuerdas que había realizado. Únicamente le sonrió, asintiendo con respeto. A estas alturas era muy difícil impresionarlo.

—En efecto, joven —le respondió el anciano, amable y ecuánime —me sé miles de boleros, de diferentes épocas y regiones… Si gusta puede tomar conmigo algunas clases. De hecho tengo algunos alumnos más.

3

A lo largo del trayecto en autobús rumbo a la casa del Trovador, Rodrigo se observó a sí mismo hablando en exceso. El anciano se limitaba a escucharlo sin perder en ningún momento la paciencia y la calma.

No fue sino hasta que el chico logró regular su lenguaje, interrumpiendo su propio monólogo y cesando su cháchara imparable, cuando el Trovador comenzó a hablar.

—Yo nací en España, en los años treinta, joven… Mis padres eran judíos sefardíes, sus ancestros se refugiaron en Galicia desde el siglo XVI. Primero se convirtieron al cristianismo, huyendo de la Inquisición, y más tarde retomaron su religión original. Mi padre era fontanero y maestro de música también, violinista y pianista, él me enseñó las nociones básicas que poseo sobre la música y también me transmitió el violín, de hecho, yo aún toco su instrumento todos los días: un Stradivarius que ha estado en mi familia por más de doscientos años…

La conversación del hombre produjo en Rodrigo una sensación curiosa, a la vez inquietante y tranquilizadora. Nunca se sintió con alguien de la misma manera. En las últimas semanas se había percatado que le costaba trabajo escuchar las palabras de las personas y la música a su alrededor. Durante semanas se había descubierto a sí mismo distraído e irritable, yendo de una tristeza y melancolía inexplicables, haciaun aburrimiento e indiferencia con respecto atodo lo que antes considerara bello e interesante.

Por primera vez había caído en cuenta acerca de la diferencia radical entre “escuchar” y “oír”. Se suponía que lo esperado en un músico era su capacidad de escucha y su oído, que debían ser atentísimos. Pero no sólo era en él en quien identificaba la atención insincera y la escucha fingida: sus propios profesores del Conservatorio, sus compañeros músicos, familiares y amigos de siempre. Parecía que durante toda la vida la gente había funcionado de la misma manera sin que nadie se percatara de ello: aparentaban “escuchar”, o creían hacerlo, pero tan sólo aguardaban su turno en la conversación o en un concierto, mientras el interlocutor parloteaba, o el compañero interpretara su parte en alguna obra, esperando que se callara, tan sólo para soltar ellos su propia perorata o para brillar frente a los demás. Nadie parecía poner verdadero interés en las palabras, menos en la música de los otros. Incluso tratándose de artistas profesionales y reconocidos.

“¡Qué patético!”, se repetía en su interior, aunque exteriormente seguía esforzándose por aparentar admiración ante los respetados concertistas e intérpretes del Conservatorio, quienes eras sus maestros. Sonriendo con fingimiento delante de los rostros de sus compañeros y amistades.

Algo que notó ese día fue el hecho de que los rasgueos del antiguo instrumentodel anciano y sus palabras tenían un efecto en él, de sacarlo de sus pensamientos por completo y hacerlo olvidar momentáneamente sus miedos, preocupaciones e ideas repetitivas.

En su mentesurgió una conclusión que, aunque iluminadora, no dejó de preocuparle e incrementar una irritabilidad nerviosa que le perseguía desde meses atrás: para que las palabras y la música de un hombre tuviesen el efecto de despejar la conciencia de los otros y de tocar el corazón de cualquiera, era menester conseguir una difícil pureza espiritual y un especial estado de atención psicológica y de alerta del alma:

“El que quiera ser escuchado, debe ante todo saber escuchar primero a la naturaleza y al mundo…”

“Un verdadero artista sabe poner atención y observar perfectamente el mundo, para después proyectar como un espejo con su arte, de mayor o menor pulidez y transparencia, según su grado de desarrollo, esa luz hacia a quienes le rodean…”

“Gentes como Beethoven, Paganini y Brahms, por ejemplo, aunque de complejas personalidades, debieron haber estado bastante cerca de cierto estado de vibración específica del ser y de particular claridad interior…”

Se dijo a sí mismo. Sintiendo derrumbarse todo un tinglado de conceptos y creencias preconcebidas que se había echado a cuestas yhecho suyos durante los años de formación en el conservatorio. Viéndolo así, ni él mismo ni ninguno de sus tutores y profesores eran verdaderos artistas omúsicos. Aunque todos actuaban como si fueran inmensos genios incomprendidos próximos a ser descubiertos.

En realidad hace días que venía pensando y masticando erráticamente las mismas ideas, sólo que al momento de conocer al Trovador logró formularlas de manera certera y precisa. Sacudiéndose en sus emociones, pero complacido en lo que concluía.

4

—Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial —prosiguió el anciano— mis padres cruzaron el Mediterráneo hacia Marruecos. Pero, como usted sabe, los ejércitos fascistas pronto alcanzaron África y el Medio Oriente. Yo tenía seis años cuando con mi familia fuimos a dar hasta Israel: en Hebrón, un pueblito donde las raíces de nuestros ancestros se hundían en la noche de los tiempos… No duraríamos mucho tiempo, tan sólo dos años de tranquila vida en el campo, limpiando sembradíos de trigo, cultivando olivares y cuidando cabras. Aunque no lo crea, poseo imágenes y recuerdos muy vivos en mi memoria de aquella época, de mis hermanas, mis padres…

Al entrar en una callejuela empedrada el transporte sufrió una violenta sacudida que obligó al anciano a sujetarse con las dos manos de la barandilla del autobús para no caer.

La gente se les quedaba mirando, embobada y curiosa ante su presencia poco común: la figura del Trovador enfundado en su viejo abrigo que bien podría haber sido extraída de alguna postal amarillenta de Europa en los años cuarenta, con su barba cana, el estuche de su instrumento colgando de la espalda y aquel sombrero de espantapájaros.

El joven músico, a su manera también extravagante: de cabello larguísimo, oscuro y suelto, metido en guaraches indígenas de cuerda de barco, con un morral de lana al hombro y el estuche de su guitarra en el otro brazo. Era inevitable que secuestraran la atención de los mirones: obreros saliendo de sus fábricas, albañiles de regreso al hogar para la hora de comida, amas de casa con sus críos igualmente boquiabiertos ante las figuras de los dos artistas. Toda aquella gente, en su mayoría de extracción humilde, parecía provenir de los callejones y ruidosos barrios aledaños a la casa del anciano.

El Trovador continuó con su relato.

—Cuando los alemanes llegaron a Tierra Santa tuvimos que iniciar una larga peregrinación a través del desierto, huyendo de los nazis. Todo aquello lo recuerdo como si acabara de ocurrir. En algún punto mis padres decidieron embarcarme en un puerto en Túnez, rumbo a América. Le pidieron a una familia de judíos norteamericanos que se hicieran cargo de mímientras ellos lograban conseguir papeles para supuestamente alcanzarme más tarde. Mi padre me entregó su violín y me dijo que lo cuidara, que luego él me lo volvería a pedir… Y como debe suponer, joven, al igual que en todas las historias tristes, nunca más los volví a ver ni a saber de ellos…

Todo esto era narrado por el Trovador con una calma desenfadada y sin el menor dejo de nostalgia.

Rodrigo había observado que, al envejecer, mucha gente se volvía apasionada y melancólica con sus recuerdos, o amargada y resentida por otro lado. Llenos de historias dolorosas y reproches hacia la vida, hacia los muertos y la historia. O idealizando y aferrándose a un tiempo remoto y perdido hace mucho.

Por su parte, parecía que este anciano había meditado sobremanera acerca de su propio pasado, incluso quizá escrito en su cabeza bibliotecas enteras de libros mentales sobre sus desgracias, errores y goces. Al punto de lograr una elaboración y una calma en sus recuerdos y emociones hacia ellos, que sorprendería al más versado psicoanalista o al más riguroso escritor de biografías por su templanza, desprendimiento de las etapas previas y autodominio.

La cuestión es que aunque los recuerdos del Trovador resultarían duros de asimilar a cualquiera, éste parecía narrarlos sin la menor nota de tristeza o melancolía. Todos esos sentimientos parecían reservados más bien para su música, en lugar de torturarse a sí mismo, conmiserándose o flagelándose con pasajes lamentables de la vida y rumiando un sinfín de nostalgias innecesarias, como gran parte de la gente de su edad e incluso más jóvenes.

5

Una enorme llave de hierro deslizóel pesado cerrojo de una gruesa puerta de madera antigua.

Era una casita pequeña de adobe, el techo de tejas apoyadas en vigones de roble, ubicada en un barriode los más antiguos y populares de la ciudad.

La primera clase comenzó sin que el muchacho apenas se diera cuenta. De un cuarto resguardado por una reja de hierro enclavada en el muro, de la que el anciano retiró dos candados, extrajo su preciado violín y una guitarra clásica, al parecer era la recámara donde el Trovador guardaba celosamente bajo llave sus instrumentos musicales.

Rodrigo recordó historias truculentas que la gente divulgaba acerca de lo que ocurría por aquellos rumbos a los que muy poco se había aventurado hasta ahora: asesinatos, balaceras y desapariciones de personas a quienes nunca se había vuelto a ver. Una guerra se llevaba a cabo, según los noticieros televisivos, entre grupos de traficantes por el control del comercio de estupefacientes en la misma zona. La gente que no vivía en aquellas callejuelas empedradas, sino en las colonias más acomodadas y pudientes de la ciudad, solía atemorizarse a sí misma diciendo que por aquellos rumbos donde vivía el anciano, se robaban a las muchachas y a los niños chiquitos.

Cuando se introdujeron en la vivienda, todo asombró a Rodrigo y causó serias impresionesen él: los libros apilados en improvisados estantes que llegaban hasta el techo de repletos: enciclopedias sobre la historia del arte, tratados de teoría musical, de pintura, estudios sobre instrumentos de cuerda, manuales de anatomía, física, histología, neurología, química; variados volúmenes de diferentes ediciones de Don Quijote de la Mancha. Un cráneo humano disecado sobre un escritorio saturado de cosas extrañas; una reproducción del Beso de Klimt, oscurecida por los años; la imagen de Buda hecha de pasta y de medio metro de altura, cubierta con esmalte color oro. Diversos gravados e imágenes al óleo sobre modestos lienzos, pintados incluso sobre cartoncillos y pliegos de papel revolución, cubrían las partes de los muros que no eran ocupadas por los libros. Todas aquellas imágenes de estilo simbolista, firmadas bajo el mismo pseudónimo discreto: Carl Kuon Suo, en la parte inferior de las obras.

La primera clase comenzó sin que el muchacho apenas se diera cuenta. De un cuarto resguardado por una reja de hierro enclavada en el muro, de la que el anciano retiró dos candados, extrajo su preciado violín y una guitarra clásica, al parecer era la recámara donde el Trovador guardaba celosamente bajo llave sus instrumentos musicales.

Del violín fueron a la guitarra, luego a la vihuela. El Trovador interpretaba algunos acordes, transmitiéndole técnicas y secretos de la música popular que no hubiera adquirido al lado de ninguno de sus profesores del Conservatorio. Rodrigo lo observaba con mucho cuidado, tomaba anotaciones en una libreta extraída de su morral y luego enfocaba su oído hacia las notas y las palabras del maestro.

Tras dos productivas horas de estudio, ejercicios y trabajo se dio cuenta de que había logrado mantener su atención enfocada hasta su máxima capacidad durante todo ese tiempo. La presencia del anciano le había permitido olvidar durante un importante período sus tristezas y obsesiones. Era inevitable sentirse mejor tan sólo con estar cerca de la presencia del Trovador.

Finalizada la sesión, se escucharon ruidos en uno de los cuartos traseros, donde al parecer había una recámara y lo que sería una cocina. Alguien trajinaba en aquellas habitaciones. La puerta de un patio trasero se abrió y pasos desconocidos se alejaron a través de un prolongado pasillo iluminado, que permitió la entrada a los ladridos de varios perros. Los siguieron los maullidos de un par de gatos hambrientos exigiendo su obligada porción de alimento.

La misma persona que abría puertas parecía ir y venir en la parte posterior de la casa de adobe, agitando trastos en la cocina, alimentando a los animales y cumpliendo con variadas tareas.

Rodrigo supuso que se trataría de la esposa del Trovador o algún hijo suyo. Hasta ahora no pensó en el hecho de que el Trovador podría tener mujer e hijos.

Cesó de concentrarse en las actividades de aquella persona desconocida y entabló algunas palabras finales con el anciano antes de despedirse.

Acordaron un precio de trescientos pesos semanales que el joven tendría que pagar por una sesión de dos horas, los viernes, en horario del medio día.

El muchacho tendría que hacerse de un violín también para complementar los estudios de guitarra popular, boleros y huapangos. Hasta ahora se había especializado en la guitarra clásica. Pero tras establecer contacto con el Trovador se enamoró igualmente del violín y la vihuela.

Para tratarse de música popular el anciano tenía bastantes sistematizados sus conocimientos, del mismo modo que cualquier artista del conservatorio. Al parecer, poseía muchísimos años de experiencia no sólo como músico e intérprete callejero, sino como profesor privado de varias gentes de diversas edades. Por lo que Rodrigo alcanzó a darse cuenta, el Trovador tenía a unos diez alumnos más, quienes asistían a su casa semanalmente para estudiar, desde violín y guitarra, hasta solfeo, piano y armonía.

—Fíjese joven —le dijo el anciano antes de despedirlo— que acabo de recordar que hace tiempo otro alumno me dejó un violín para que lo vendiera. Como él pudo ir hasta Europa para encargar uno nuevo a un lutier italiano, me dejó su viejo instrumento sin usar… Por ahí debo tenerlo. ¿Le interesaría verlo?

El Trovador se precipitó en el cuarto de sus instrumentos de nueva cuenta en busca de aquel violín.

En lo que movía cajas y estuches, Rodrigo no pudo evitar husmear y echar un ojo a los libros del anciano. Descubrió una imagen del Quijote de la Mancha moldeada a mano sobre barro. Cerca de ella, en medio de unos libros de medicina y dos volúmenes antiguos de arte sacro, otra estatuilla igualmente forjada sobre barro negro: la figura a escala de un hombre mayor con su sombrero de copa atacando su violín. Era especialmente hermosa: “Trovador de Barro Negro”, tenía inscrito en su base como título la figurita.

Fue inevitable pensar que la obrita se parecía a la delgada silueta del anciano dueño.

Rodrigo descubrió que alguien las había firmado en la parte inferior con el mismo nombre, incesante y anónimo: Carl Kuon Suo.

¿Quien sería el artista que firmaba todas aquellas piezas, esculturas, grabados y pinturas con aquel pseudónimo tan estrafalario? ¿Se trataría de un alumno del anciano, quizá algún familiar en Europa u otro país lejano, o el nombre que el mismo Trovador utilizaría para distinguir aquellas imágenes y esculturas?

Al mirar los títulos de los libros que se apilaban en los estantes Rodrigo encontró a Emilio Salgari, a Balzac, a Mircea Eliade, a Levi-Straus, a Freud, a Jack London, Elías Canetti, Ortega y Gasset, Unamuno, Hemingway y Wilhelm Reich.

Junto a una colección de textos de física cuántica y budismo tibetano apareció de nueva cuenta el enigmático nombre de Carl Kuon Suo. Eran unos diez volúmenes delgados, publicados en diferentes editoriales tanto de España como de Sudamérica. Al parecer el tal Carl Kuon no sólo era pintor, grabador y escultor, sino también autor de una veintena de libros.

El Trovador salió de su habitación cargando un pequeño estuche de plástico. Rodrigo se alejó del librero y fingió desinterés ante toda la desconcertante colección de objetos que saturaban la sala del anciano.

—Si le parece, joven, me lo puede ir pagando en partes. El dueño original de este violín me lo dio a cambio de varias clases que no había saldado. Puede irme abonando como pueda. No tengo demasiada prisa en recuperar el dinero. Es suyo si lo quiere…

La mujer se limitó a mirar indiferente al muchacho, con unos ojos verduzcos y maliciosos, desapareciendo de nueva cuenta hacia las habitaciones posteriores de la casa.

Rodrigo extrajo el violín de su estuche y acarició el delicado instrumento que olía a maderas preciosas. Tal vez no era un Stradivarius, pero era tan bello y delicado como el mejor. Un inmenso e inabarcable sentimiento de felicidad lo embargó como pocas veces en su vida. De pronto, en un solo día había encontrado un maestro tal como lo necesitara desde meses atrás y un hermoso instrumento.

—Mi alumno lo compró usado hace varios años, es de origen alemán. Con el tiempo yo le sustituí el puente y el diapasón. No es demasiado antiguo ni de los mejores, pero es bastante decente…

Una silenciosa silueta femenina, delgada y lívida, apareció de pronto en la sala donde ellos ya se despedían.

—La comida está lista, Carl… —pronunció fugazmente antes de retirarse aquel fantasma sutil.

Era muy joven, probablemente de la edad de Rodrigo. De ojos inmensos y etéreos, como un gato huidizo, metida en un vaporoso vestido gris de seda, casi transparente.

La mujer se limitó a mirar indiferente al muchacho, con unos ojos verduzcos y maliciosos, desapareciendo de nueva cuenta hacia las habitaciones posteriores de la casa.

Al mirarla por detrás Rodrigo creyó entrever que la chica no llevaba puesta ropa interior alguna bajo la delgada seda que le cubría. Unas nalgas blanquecinas y redondas se bambolearon coquetas y hermosas mientras la muchacha desaparecía. La hendidura del culo casi al aire trastornó sus sentidos hasta enloquecerlos.

La sangre saturó en un frenesí su cerebro y Rodrigo sintió estar a punto de desvanecerse. Tuvo que respirar hondo y cogerse de un librero con discreción para no caer.

El trovador no los presentó ni manifestó intención alguna de que se conocieran, sólo se limitó a gritarle mientras la silueta de la chica se perdía en la cocina.

—¿Diste de comer a los animales?

Nadie respondió a sus palabras.

6

Rodrigo comenzó a asistir periódicamente a la casa del Trovador. Descubrió que podía abordar un tren urbano, el cual atravesaba la ciudad y lo llevaba de un tirón desde donde él vivía con sus padres hasta la casa del anciano.

Con el tiempo se fue familiarizando y dominando paulatinamente el violín. No sólo dedicaban largas sesiones a la práctica de los instrumentos de cuerda y al estudio de partituras y técnicas musicales, sino a la prolongada y misteriosa observación de animales y plantas.

El Trovador se dedicaba a recoger perros callejeros, a curarlos y alimentarlos en el patio trasero de su casa. En un corralón habitaban diez amistosos canes que el anciano había adoptado, también tenía dos gatos y variadas plantas cultivadas por su propia mano.

Ciertos ejercicios consistían en practicar la contemplación en silencio de una rosa, una violeta o una hierbabuena del jardín del anciano, en la observación meticulosa del paso elegante de un gato, hasta el jugueteo sin fin de dos cachorros de perro que se afanaban detrás de un trapo. Una de las perras más grandes había parido hace no mucho a diez cachorritos.

—Si le interesa convertirse en un verdadero músico, joven, debe observar la vida y escucharla —expresó el Trovador como único fundamento teórico de aquellos largos ejercicios y meditaciones en el patio trasero de su casa.

Aparentemente, mientras más consiguiese vaciarse la mente y llenarla de un silencio interior sin nombre ni estructura, mayores posibilidades se tendrían de escuchar la música del universo y aprender de ella.

En todas sus sesiones no volvió a encontrarse con la figura de la mujer, aunque de repente presentía sus movimientos y su paso en las habitaciones posteriores de la casa, a las que nunca se le invitaba. Secretamente anhelaba admirar su tentadora figura y con discreción giraba su cabeza para ver si conseguía descubrirla cuando escuchaba pasos y ruidos en los otros cuartos. Pero nunca conseguía encontrarla.

Se preguntaba si la chica sería hija del maestro o su alumna más cercana. Llegó a plantearse la hipótesis de que pudiese tratarse de su novia. No sería el primer anciano artista a quien las mujeres jóvenes seguían para aprender de ellos, tanto de su arte, como de los secretos de su espíritu y de su sexo. Ahí estaban Picasso, Goethe, Sócrates, Miguel Ángel y tantos otros artistas y sabios a quienes asediaban multitudes de jóvenes, hombres y mujeres, no sólo para adquirir su arte, sino para volverse sus amantes. Al final, el sexo sería también una forma de unión espiritual cercana al más grande éxtasis artístico. De todos aquellos sabios solía decirse siempre que habían sido sexualmente activos hasta su más avanzada ancianidad, incluso hasta la cercana hora de la muerte.

Durante los primeros meses de estudio el muchacho descubrió que diversos alumnos de variadas edades asistían con regularidad a su casa para tomar clases.

Llamaba su atención que también acudía mucha gente para consultar al anciano sobre temas de salud. Al parecer, el Trovador compaginaba su trabajo como profesor de música con el de una especie de médico del alma que no sólo atendía y prescribía tratamientos para enfermedades físicas, sino también espirituales. Todo esto no hacía más que desconcertar crecientemente al muchacho, quien no cesaba de sorprenderse cada semana cuando llegaba a la hora de su clase y encontraba despidiéndose no sólo alumnos de música, sino pacientes que iban para ser atendidos por el viejo.

El nombre de Carl Kuon Suo continuaba resonando en su mente como un eco que no terminaba de cesar ni de irse. Cada que miraba las pinturas o la pequeña imagen del Trovador de Barro Negro en el librero volvía a sentir inquietud ante aquel nombre.

Un buen día se decidió a teclearlo en un buscador de internet y le sorprendió encontrarlo en el título de cientos de links y páginas que hablaban sobre autores de interés esotérico, orientalismo y ocultismo ya pasados de moda.

Descubrió que Carl Kuon Suo era principalmente conocido por unos veinte libros publicados en los años sesenta. Se trataba de un autor que guardaba celosamente su identidad. Su verdadero nombre no había sido conocido por nadie, pues Carl Kuon era tan sólo un pseudónimo con el que el escritor se protegía con ferocidad.

En una página donde se narraba lo poco de su biografía que se conocía se señalaba que Carl había poseído al mismo tiempo la nacionalidad española y británica. Carl Kuon Suo afirmaba ser la reencarnación de un monje tibetano y con el primero de sus libros se hizo famosísimo al narrar las aventuras de un monje nacido en el norte de la India, quien fue enviado de joven a China para estudiar medicina antigua por órdenes expresas del Dalai Lama a inicios del siglo XX.

El primero de tales libros le había dado sobrada fama y dinero suficiente para vivir de la escritura durante mucho tiempo. Al parecer Carl era de origen judío, de niño había huido del Holocausto hacia América, donde trabajó como obrero y maestro de música. Luego se unió a diversos movimientos democráticos y revolucionarios, con trabajadores y jóvenes anarquistas, yendo a parar incluso a Cuba durante el auge de la Revolución, para retornar de nueva cuenta a Europa, huyendo de las represiones encabezadas por los gobiernos autoritarios y de la cárcel.

De regreso en España, y luego en Londres, comenzó a ejercer como médico sin título de universidad alguna. Fue cuando su primer libro despegó, causando conmoción y récords de ventas en el Viejo Continente. La idea de un monje tibetano reencarnado, narrando sus andanzas y tribulaciones por Oriente y Europa, huyendo de Mao Tse Tung primero, por ser colaboracionista del Tíbet, luego de los campos de concentración rusos, fascinaba a los lectores del Primer Mundo, carentes de estímulos espirituales en su imaginación y de caminos ya trazados para el alma en los cuales embarcarse.

Pronto, incluso los reyes de España e Inglaterra lo convirtieron en su autor de cabecera. Entonces la prensa de varios países y diversas agencias investigadoras se dieron a la tarea de rastrearlo, desconfiando y burlándose de su presunta reencarnación anterior como lama y también ante el ejercicio de la medicina sin título ni cédula profesional que el músico realizaba a su antojo.

Cuando un periodista de origen alemán dio con la pista de Carl, quien en ese entonces vivía en Barcelona, dedicándose a escribir sus remuneradas obras y a la consulta privada, el escritor desapareció junto con su esposa en turno: una hermosa prostituta, bailarina y pintora nacida en China, a quien había conocido durante sus viajes, negándose por completo a conceder entrevista alguna a la prensa.

Muchos reporteros resentidos publicaron pronto notas en donde se afirmaba que Carl Kuon era un farsante, quien fingía ser la reencarnación de un médico monje, y que no sólo mentía al público y a sus lectores al no ser de ningún modo un lama, sino a toda una multitud de pacientes quienes acudían a consulta con él sin que jamás hubiese asistido a universidad alguna.

Durante meses aparecieron notas atacándolo, mofándose de él y desacreditándolo, acusándolo de mentiroso, estafador y mercachifles.

El auge de sus libros duró poco más de diez años, hasta mediados de los setenta, para luego desaparecer y ser olvidados, junto con las notas periodísticas que le acosaron. Toda una generación en Europa y Estados Unidos durante los años sesenta y setenta se deleitó con las aventuras del monje Carl Kuon Suo, quien no sólo narraba su vida en sus textos, sino que arrojaba en ellos diversos consejos psicológicos y prescribía ejercicios de meditación, para el desarrollo poderes mentales y penetrar en el Mundo de los Espíritus.

Las editoriales se negaron más tarde a publicarle sus libros, incluso a seguírselos editando. La gente lo fue olvidando paulatinamente —aunque no todos.

Los lectores que eran jóvenes en los años ochenta y noventa, hijos de aquella generación que lo idolatrara veinte años atrás, ya no lo conocieron. Es por ello que los jóvenes contemporáneos como Rodrigo, nacidos después de 1980, ni siquiera habían escuchado hablar del autor ni de sus libros.

Alguien señaló alguna vez en una revista haberlo identificado en Canadá, trabajando como miembro de un coro religioso y como profesor de violín con niños. Fue visto de nueva cuenta en México y Centroamérica esporádicamente, laborando como músico callejero, viajando de autostop con su guitarra y su violín entre Guatemala, el Sur de México, Nicaragua y Honduras. Otras veces se le vio como guía turístico e intérprete para extranjeros en ciudades importantes del Continente Americano, pues conocía varios idiomas europeos. Presentándose como experto en la cultura maya y especialista en estudios sobre los pueblos precolombinos. También trabajando como médico independiente en el Sureste y en la capital de México, sin que nadie le solicitara jamás sus credenciales y cédulas profesionales cuando los atendía.

7

Así, cuando Jesús dice que en el Reino del Cielo sólo pueden entrar los que son como niños pequeños, propendemos a olvidar que un hombre no puede hacerse parecido a un niño si no se decide a emprenderse un esforzado y permanente curso de abnegación.
—Aldous Huxley, La filosofía perenne

Los libros de Carlo Kuon Suo resultaban casi imposibles de conseguir durante las últimas décadas. Incluso en internet y en tiendas en línea se reportaban como descontinuados o extintos.

Bajo un documento firmado desde las más altas esfera del Vaticano a fines de los setenta se ordenó la retirada de los pocos que habían quedado todavía diseminados en las librerías de viejo por todo el mundo o en las bodegas de volúmenes fuera de mercado. Con el supuesto fundamento de que los libros del monje perturbaban e inquietaban las mentes de los creyentes, alejándolos del buen camino y llenando sus cabezas con dudas y confusiones. Se acusaba a sus libros de sembrar en cáncer espiritual de agnosticismo, la metafísica y el oscurantismo.

Fue una ola de persecución y condena que la Iglesia lanzó contra varios autores como él y sus libros en aquellos años de tensión y posguerra, catalogados por el Papa en turno como parte de los “peligros de la Nueva Era”.

En una conferencia de prensa el vocero oficial del Vaticano, quien varias décadas después se convertiría en Papa, acusó a Carl de ser colaborador de los nazis y haber sido pagado por ellos para desacreditar a los chinos y a los rusos durante la Guerra Fría. El autor jamás desmintió el sinfín de rumores, malentendidos y comentarios en su contra, suscitados alrededor de su vida y obra a lo largo de años. Simplemente se limitó a permanecer en el anonimato y el silencio, ejerciendo la medicina y la música de manera discreta con quienes creyesen en él. Más tarde se llegaría a saber que el propio vocero papal fue parte de las juventudes hitlerianas, y no Carl Kuon Suo.

Al mismo tiempo que los fanáticos rebaños enviados por el Vaticano se afanaban en localizar los libros de Carl y destruirlos, un ejército de coleccionistas, amantes de lo oculto y de la magia, competían contra los emisarios católicos para detectar los pocos libros que aún hubiera desperdigados en el mundo, resguardándolos con recelo y cuidado en bibliotecas privadas, e incluso reproduciéndolos clandestinamente para difundirlos en cerrados círculos de lectores y amantes del esoterismo.

Aunque no muchos y en las sombras, a lo largo de los años continuaron existiendo restringidos grupos de simpatizantes que aún consideraban que los libros de Carl Kuon poseían muchas riquezas y enseñanzas. Quienes incluso creían que el monje y el autor eran sin duda alguna la misma persona, a pesar de las opiniones y la publicidad contraria de la prensa y el Vaticano.

El primero de su serie, El Ojo Solar, no fue conseguido por Rodrigo más que en el puesto callejero de un vendedor de libros viejos exiliado desde Cuba.

—Chico… —le cantó con su caribeño acento el book dealer—, esos libros que tú andas buscando son realmente difíciles de encontrar, hace mucho que pasaron de moda y que nadie se interesa en ellos, más que tú. Pero voy a intentar comprarte todos los que pueda con mis contactos.

Tras conseguir El Ojo Solar la sensibilidad nerviosa de Rodrigo se reavivó, pues aquella obra, además de amena y difícil de dejar de leer una vez iniciada, se encontraba plena de recomendaciones acerca de cómo abrir las puertas perceptuales y cómo desarrollar la energía de la mente. No sabía si por mera sugestión, influencia de la lectura o debido al trabajo con el Trovador, pero los sentidos del joven músico comenzaron a captar sutilezas en las que hasta ahora nunca se había detenido.

Si al principio de su aprendizaje con el anciano se preocupaba y angustiaba debido a su dificultad para enfocarse y poner atención al mundo, a poco más de un año de continuar con su enseñanza semanal en casa del maestro sus sentidos se habían abierto y despertado hasta el punto de aterrorizarlo ocasionalmente. No es que lo que percibía fuese realmente nuevo o fantasmagórico, pues en todo lo que experimentaba no sólo a nivel de los instrumentos musicales, sino de su propia personalidad y su sensibilidad, había un extraño sabor familiar y de cercanía persistente. Como si se diera cuenta de que cuando era niño había sido capaz de sentir y captar todo lo que hoy se le presentaba con apariencia novedosa: cada detalle y sutileza del mundo que lo embargaba, cada sonido, eco o color, pero que tras irse convirtiendo en adulto y crecer, fue olvidando, reprimiendo y bloqueando de su vida.

Un sueño suyo de aquellos días, ya que últimamente soñaba demasiado, fue muy revelador acerca de esta “recuperación” de sus sentidos y de su percepción. Mientras dormía, soñó que recorría un mercado en compañía de sus padres. Aquella serie de comercios le era por una parte completamente desconocida, pero por otra, vagamente familiar, como si hubiese estado ahí desde siempre, pero sin saberlo. Mientras avanzaba recorriendo los puestos de frutas, objetos, viandas, recuerdos y regalos, se encontraba presente en él el sentimiento de irse volviendo cada vez más niño. Una voz desconocida le corroboraba los años de su vida que se iban disminuyendo, enumerándolos en voz alta: pasando desde los veintisiete con que contaba actualmente, a los diecisiete, a los doce, hasta llegar a los cinco de edad.

Por la mañana, al despertar lo invadió un sentimiento de tranquilidad y benevolencia hacia todo y con todos.

Al finalizar la lectura del primer texto el comerciante cubano le informó que repentinamente parecían volverse a poner de moda los textos de Carl Kuon Suo. Diferentes vendedores de libros antiguos de varias ciudades coincidían en que ciertas personas comenzaban a preguntar por la obra perdida del monje tibetano y a ofrecer buenas sumas a cambio de los libros. Se hablaba de la posibilidad muy cercana de que una editorial en Chile y Argentina adquiriera los derechos de la obra y comenzara a editarlos de nueva cuenta en español.

Muchas veces le pasó por la cabeza el preguntarse si acaso el Trovador, quien era su maestro, y el escritor fugitivo, Carl Kuon Suo, no serían acaso la misma persona. Varias veces mientras tomaba su clase en la sala del anciano estuvo tentado a cuestionárselo directamente, aunque algo lo detenía y le impelía a respetar la vida privada de su mentor.

Por otra parte, aunque le gustara leer sus libros y aprender de su música, una fuerza mucho mayor saturaba su pecho y su corazón: el deseo de volver a encontrarse con la hermosa mujer de vestido vaporoso y nalgas blanquecinas y redondas.

8

Es indudable que el desarrollo de una técnica perfecta no hace que uno sea creativo. Uno podrá saber cómo pintar maravillosamente, pero puede que no sea un pintor creativo.
Puede saber cómo escribir poemas sumamente perfectos desde el punto de vista técnico, pero no ser un poeta. Ser poeta significa ser lo suficientemente sensible como para responder a algo nuevo, original.
—Jiddu Krishnamurti, El conocimiento de uno mismo

Esa tarde Rodrigo llegó a su clase y la puerta de la casa de su maestro tardó demasiado en abrirse. En lugar de encontrar al Trovador, como habitualmente ocurría, apareció la tan anhelada silueta femenina que alguna vez lo obsesionara tiempo atrás. Metida en un vestido verde de seda, igualmente transparente. Fue uno de los mejores regalos que alguien pudo hacerle aquel día: la dicha de admirarla por segunda ocasión después de imaginarla tantas veces mientras tomaba sus sesiones de violín con el viejo, conformándose con recrearla tan sólo en su fantasía al presentir sus pasos y movimientos en las recámaras aledañas de la casa.

—El maestro tuvo que salir, así que me pidió que te diera la clase en su lugar… —recitó indiferente la chica antes de dejarlo pasar.

Rodrigo ni siquiera imaginó que ella también fuese músico. La siguió con cierta docilidad hacia el estudio, intentando escrutar la parte posterior de su cuerpo, que no se traslucía fácilmente el día de hoy debido a los tonos de luz y a las sombras de la sala.

—Ah, por cierto, mi nombre es Azul, soy alumna de Carl desde hace cinco años.

Al sacar cuentas el joven estudiante se percató de que ya llevaba poco más de un año de trabajo ininterrumpido con el Trovador. En cierto modo él ya era un alumno avanzado. Además había hecho estudios previos de cuatro años en guitarra clásica, por lo que se hizo consciente de que no tendría por qué corresponder con una actitud necesariamente sumisa hacia ella.

Al sacar cuentas el joven estudiante se percató de que ya llevaba poco más de un año de trabajo ininterrumpido con el Trovador. En cierto modo él ya era un alumno avanzado. Además había hecho estudios previos de cuatro años en guitarra clásica, por lo que se hizo consciente de que no tendría por qué corresponder con una actitud necesariamente sumisa hacia ella.

En ese entonces se afanaba en unos arreglos para cuerdas que el Trovador había escrito para algunas canciones de Agustín Lara. Aparentemente Azul estaba al tanto de los avances del estudiante, pues ya tenía listas las partituras correspondientes en el atril, dispuestas para practicar.

De inicio resultó sumamente difícil que los dos jóvenes y sus respectivos violines pudiesen sintonizarse para trabajar en conjunto. La muchacha se mostró bastante acartonada como profesora, rígida y tensa, repitiendo discursos y consejos prefabricados que el estudiante conocía o había asimilado con anterioridad de su maestro.

Si algo había hecho Rodrigo con esmero en el último año era escuchar con suma atención al Trovador y realizar al pie de la letra las tareas y los ejercicios que se le encomendaba.

Intentaron tocar juntos repetidas veces de manera infructuosa cada quien la parte de las obras que les correspondían para acoplar sus violines y el resultado no fue muy grato. La chica se mostraba en extremo seria y solemne, y Rodrigo se sentía demasiado nervioso al tenerla cerca.

En algún punto de la tarde, tras casi una hora de incómodos intentos, Rodrigo cambió repentinamente su manera de mirarla, logrando entrever unos grandes y grisáceos ojos, su cabello largo y ensortijado en prolongados bucles que se extendían hasta debajo de los hombros. Era irresistible el impulso de acercársele y besarla.

El conocimiento de la total hermosura de la mujer recorrió no únicamente su cerebro y su mente racional, sino todo su cuerpo y la completitud de su ser, golpeando la base de su abdomen y sus inglés con emociones apremiantes y una circulación sanguínea galopante e irrefrenable.

Rodrigo se le aproximó un poco más con el pretexto de mirar las partituras por encima del hombro desnudo y cubierto de lunares de la chica. Una capa brillante de esmalte natural recubría y lubricaba su piel desde el antebrazo hasta el cuello, desquiciándolo aún más de deseo hacia ella.

La muchacha, por su parte, transformó su inicial estado de tensión y acartonamiento en una actitud mucho más relajada y natural. Al parecer, la mirada anhelante y límpida del muchacho influía en toda ella.

La tensión comenzó a ceder y ambos jóvenes se sintieron cada vez más a tono.

Sus violines comenzaron a entenderse por fin, interpretando cada cual su parte de manera precisa y grata hasta formar una melodía a dos instrumentos crecientemente dulce. La obra “Farolito”, de Lara, inundó la sala del Trovador, iluminando con su calor todo cuanto había en la casa, hasta saturar la atmósfera con un perfume dulce y melancólico.

Ambos empezaron a reírse para disipar las tensiones previas, la risa de la chica era mejor que todos los violines y arreglos de cuerdas que jamás hubiese apreciado.

Al cerrar el final del bolero y en un impulso inesperado, Azul lo atacó con su boca sin que Rodrigo apenas pudiera o quisiera hacer algo, robándole un prolongado beso. Abandonaron sus violines cerca de sus cuerpos, bajo el peligro de aplastarlos. Se besaron sin término, sin dejar de estar unidos por sus bocas. La chica se transformó aún más de una tutora ceremoniosa y solemne en una hembra anhelante y presurosa por ser cabalga o por montarlo a él como a un jamelgo nervioso e inexperto.

Rodrigo alzó el vestido de la muchacha, como tanto había ensoñado y fantaseado, hundiendo su rostro entre los muslos de Azul, mientras ella se dejaba hacer con sus ojos cerrados. Un perfume carnoso, ocre y floral impregnó su lengua y sus labios.

Ella extendió sus piernas, invitándolo a entrar aún más, ya no únicamente con su boca y rostro, sino con todo su cuerpo.

Rodrigo se olvidó de sí mismo, como cuando se fundía por completo con sus instrumentos y la música que amaba, ya fuese con su guitarra o con el violín facilitado por su anciano maestro. Cohesionando su cuerpo con el de la chica, en una mezcla bioquímica y energética en la que no era factible ya distinguir entre átomos, fluidos y elementos ácidos de uno u otro amante.

—Yo conocí a Carl en San Cristóbal de las Casas —comenzó a relatar la muchacha mientras se recuperaba de la intensa contienda sexual, desnuda sobre su cama de agua.

Sin darse cuenta, amándose, se habían deslizado desde el estudio del anciano hasta una de las recámaras donde solía pernoctar ella. La tarde había transcurrido demasiado aprisa, llegándose la media noche. La quietud de las calles y de la ciudad los acompañaba junto con una oscuridad muda.

Azul respiró un poco, recuperando el aliento y luego prosiguió.

—Viví desde pequeña en la Ciudad de México, quería ser violinista. A mis padres les parecía buena idea que estuviera inmiscuida en la música, siempre y cuando a su debido tiempo accediera a ir a una universidad privada para estudiar una carrera redituable y socialmente reconocida, como administración, medicina o derecho.

Rodrigo no dejaba de acariciarle los pechos: pequeños y hermosos, y el vientre diminuto y relajado. La muchacha seguía hablando.

—En el momento de hacer trámites para la universidad decidí escaparme, pues no me iban a dejar dedicarme a la música como yo quería. Me fui a recorrer el sureste de México con mi violín. Pero la decisión de irme sin avisarles, las culpas insoportables y las dificultades para viajar sola, pues nunca había estado sin mis padres, estallaron dentro de mí en una insoportable depresión. Llegó un punto, al llegar a San Cristóbal, después de unirme a un grupo de hippies, que no supe más de mí. Mis supuestos amigos se aprovecharon mientras yo permanecía inconsciente, probablemente me violaron, pues más tarde descubrí que ya no era la ingenua y virginal bachiller que había dejado la Ciudad de México. También se robaron mi violín.

Una lágrima asomó por su ojo izquierdo y se deslizó en su rostro y cuello hasta caer sobre uno de sus pechos. Mientras hablaba ella miraba un muro repleto de libros, los cuales probablemente también eran del Trovador, proyectando sobre ellos, como sobre una pantalla, sus recuerdos.

Rodrigo se precipitó a envolverla con sus brazos sin dejar de proporcionarle pequeños besos en el rostro, el cabello y las mejillas. Azul prosiguió con su relato.

—Anduve durante casi dos semanas deambulando sola por la ciudad, con el estuche vacío de mi violín y con mi cuerpo abusado y abandonado, tanto por los antiguos amigos como por mí misma. Sin comer y sin que a nadie le preocupara lo que me ocurriera, durmiendo en la calle. Fue entonces cuando Carl me encontró una noche deambulando en medio de la nada. En ese entonces él trabajaba como médico de los indígenas en lo más recóndito de la Selva Lacandona. Eventualmente iba a San Cristóbal para comprar hierbas medicinales, tocar de vez en cuando su violín para los transeúntes en la plaza y hacerse de víveres. Tomó mi mano y me llevó con él a la selva para curarme y alimentarme. Desde entonces he estado a su lado, de esto hace más de cinco años. Luego me transformé de su paciente en su alumna de música y de muchas cosas más…

Se asemejaba a una especie de testigo silencioso, invisible y permanente en su vida. A veces Rodrigo se atemorizaba al sentirse estudiado por alguien, otras prefería no pensar en ello. Y unas pocas veces más lograba sentirse pacificado, como si ya no fuera a estar solo nunca más.

—Pero ¿cómo te curó? ¿Qué clase de medicina utiliza, si él es un músico? —la interrumpió Rodrigo incorporándose para comenzar a acariciar y estimular de nuevo su cuerpo. Excitado de nueva cuenta y listo para retomar lo que ya era un ritual amatorio con ella, pero sin dejar de permanecer interesado en el relato de la muchacha.

—Carl es un ser único, ha logrado desarrollar su energía de una manera poco común, está en camino de convertirse en un buda. Para los médicos yo hubiera sido catalogada como esquizofrénica y me hubieran declarado simplemente como una loca sin remedio ni cura. Alguien como Carl ha desarrollado su energía corporal y espiritual hasta el punto de poder sanar a los que quieren estar cerca de él.

Al joven no parecían convencerlo tales descripciones de su maestro. De hecho se sentía por completo extraño cuando apreciaba estos lados desconocidos de su personalidad, aunque estaba bastante empapado con la filosofía budista tibetana expresada por Carl Kuon Suo en sus libros. Por su parte, hacía días que percibía curiosas y desconocidas sensaciones a su alrededor, como si alguien lo estuviese observando cuando estaba en casa de sus padres, durmiendo o realizando sus tareas musicales. Se asemejaba a una especie de testigo silencioso, invisible y permanente en su vida. A veces Rodrigo se atemorizaba al sentirse estudiado por alguien, otras prefería no pensar en ello. Y unas pocas veces más lograba sentirse pacificado, como si ya no fuera a estar solo nunca más.

La muchacha dio un profundo suspiro antes de limpiarse dos lágrimas y siguió contando.

—Desde que estoy con él mis noches son mucho más tranquilas y descansadas. Cuando me dormía en su choza en medio de la selva Carl se acostaba cerca de mí e ingresaba en mis sueños, ayudándome a arreglar mi mente. ¿Sabes tú que algunos monjes y hechiceros tienen la facultad de transportar su espíritu hacia la mente de otras personas y hacia todos los lugares que ellos desean? Mediante estos procedimientos pueden curar el cuerpo y la mente de sus seguidores, o transmitirles diversas enseñanzas.

Pero Rodrigo parecía no escucharla. Una oleada ineludible y violenta de celos lo corroyó sin que pudiera hacer nada más que enardecerse.

—¿Fuiste su amante? —preguntó jadeante y con una cólera a punto de explotar.

—¡Ay qué celosito me salió este muchachito! —soltó en una carcajada inocente ella, riéndose, crecientemente excitada también ante los celos del joven— ¡Pues eso no te lo puedo decir! Por si no lo sabes, el sexo puede curar a los dementes… ¡Ja ja ja!

Y ahora ella se incorporó en un impulso violento y sorprendente, con las pupilas dilatadas, cual gato cazador, empujándolo para que él fuera ahora quien se recostase y estuviese debajo.

El miembro de Rodrigo ya estaba por demás crecido y erecto. Él intentó erguirse para no perder el control del acto amatorio, pero ella lo empujó de nuevo, manteniéndolo boca arriba sobre la cama, con una fuerza de la que le muchacho jamás creyó hasta hora capaz a la frágil chica.

De un sentón la mujer desapareció la totalidad de la verga, aún más viva, de Rodrigo. Engulléndola con sus nalgas, dominándolo y cabalgándolo con todo el poder de sus caderas inefables.

10

La expresión “río arriba” en los años cincuenta significaba ser llevado a una de las más oscuras y siniestras prisiones de los Estados Unidos: Sing Sing, en el estado de Nueva York, junto al Río Hudson. Cuando un prisionero era procesado y se le anunciaba que sería enviado “río arriba”, no significaba otra cosa más que el hecho de que lo mandarían a una de las cárceles más oscuras de ese país, de las que no había escapatoria y en donde muchos reclusos morían cada año debido el contagio de diversas enfermedades en sus húmedas celdas, picados por moscos mortales.

En los años cincuenta hasta allá iba a dar toda una fauna de espías, prisioneros políticos, anarquistas, comunistas, violadores, miembros de la mafia y asesinos, sin distinción de categoría alguna. Muchos de ellos terminaban en la silla eléctrica o en la horca luego de tortuosos procesos judiciales. Existía la consigna de aplicar un tratamiento especialmente duro hacia con los espías, conspiradores y comunistas hasta quebrantarlos.

Río arriba embarcaron al músico judío, que en ese entonces tendría aproximadamente la edad de Rodrigo. El muchacho había sido atrapado en una redada, donde cayeron otros diez líderes anarcosindicalistas, acusados de instigar a la huelga a los trabajadores de varias fábricas en todo el país. Si no los hubiesen detenido en ese momento el movimiento obrero hubiese puesto en jaque al gobierno, pues exigían mayores salarios y educación para todos sus trabajadores, además de la liberación de varios miembros de su movimiento detenidos anteriormente. En ese entonces Carl era idealista en demasía, resentido con los regímenes nazis y estadounidenses, la esperanza de un cambio posible en el ámbito social era uno de los principales motores en su vida de entonces. Había estado en Cuba poco antes del triunfo de la Revolución, aunque no logró enamorarse del todo de ella. De cualquier manera, a su regreso, la CIA había seguido cada uno de sus pasos mediante espías infiltrados en las filas de su movimiento hasta dar con él.

Fue en un momento de desesperación, una madrugada en su celda, deprimido y desesperado, al punto de enloquecer, cuando en algún recóndito sitio de su mente logró entrar en contacto con el lama.

Llevaba ya casi un año recluido en Sing Sing, sin tener acceso a su violín, acosado durante día y noche por los carceleros, obligado a convivir con traficantes, asesinos y policías sin escrúpulos. Varias veces pensó en quitarse la vida, como había visto hacer a algunos de sus compañeros.

Durante una ensoñación, una de las múltiples voces mentales que se habían hecho ensordecedoras e incisivas en la cárcel le exigió que se incorporara y se pusiera a escribir. No teniendo más que hacer, el joven Carl hizo caso y en una libreta comenzó a plasmar de un tirón la historia llena de tribulaciones de un monje que había sido enviado a China desde el Tíbet por recomendaciones del Dalai Lama.

En algún punto de su aislamiento y soledad carcelarias el personaje y el escritor se hicieron uno solo. El lama causó en el joven músico y escritor una impresión tal que luego le resultaría imposible a Carl desprenderse ya de él, siéndole muy difícil distinguir entre su propia identidad de judío laico, músico y anarquista, y la del monje tibetano que huiría de China hacia Europa, perseguido por los comunistas varias décadas atrás.

Carl logró enviar su manuscrito por correo a varias casas editoriales en el Viejo Continente, y aunque fue rechazado en tres ocasiones, cuando por fin apareció en Inglaterra dos años después se convertiría en un best seller en pocos meses.

Pronto continuó escribiendo los siguientes volúmenes con los que llegaría a formar una afamada colección de poco más de veinte libros, todos sobre las aventuras y enseñanzas del lama médico. Durante los últimos meses de su reclusión, y luego al salir de la cárcel, se desinteresó para siempre de los movimientos sociales, de los sindicatos, el anarquismo y la Revolución cubana. En su mente y durante la escritura el lama le transmitiría enormes cantidades de experiencias y conocimientos sobre medicina, meditación, espiritualidad, budismo, secretos para tener acceso al Mundo de los Espíritus, o al Mundo Astral, como se refería a él incesantemente el monje tibetano.

Fue en la cárcel donde comenzó a practicar la meditación y el yoga, a devorar toda clase de libros de ciencia, religiones, medicina y arte, a pintar y a esculpir guiado por la mano del lama durante violentos y profundos trances artísticos.

Con el barro que las corrientes de aire le llevaban hasta el patio de la prisión desde las playas del río Hudson, Carl logró forjar diferentes figuritas que luego intercambiaba con sus compañeros por papel, lápices y libros. Ahí fue modelado el Trovador de Barro Negro durante prolongadas y solitarias horas de la madrugada y de fructíferos diálogos mentales con el monje médico.

Al salir de Sing Sing abandonaría en definitiva su vida como sindicalista y anarquista, embarcándose como cocinero y músico en un crucero rumbo a Europa, preparándose para una nueva vida con papeles falsos como médico y escritor. Sus camaradas y las personas que lo conocieron durante esa época nunca más volverían a saber de él.

11

El amo es un genuino lama tibetano. Ahora está viejo, gordo, pelado y barbudo. Pero no hay necesidad de tocar las trompetas por él: Lean El tercer ojo, El médico del Tíbet y El cordón de plata. Son libros verídicos. Si no creen en ellos, llamen al enterrados más cercano, Porque están MUERTOS…

—Lobsang Rampa, Mi vida con el lama

Tras conseguir y leer el tercer libro de Carl Kuon Suo, El conocimiento del lado oscuro del Alma, Rodrigo comenzó a experimentar cosas inexplicables durante las noches, mientras descansaba y dormía en casa de sus padres. O en las madrugadas, cuando practicaba y se ejercitaba en las tareas prescritas por su maestro.

Una noche, después de cuatro horas de practicar con su violín hasta las dos de la mañana, al acostarse y estar a punto de quedarse dormido, sintió que alguien se aproximaba hasta su cuerpo semidesnudo y se metía en su cama.

Muy rápido reaccionó y se levantó, encendiendo una lamparita en su buró, no encontrando nada ni a nadie. Su piel permaneció erizada todavía un buen rato, luego de volver a la cama, pues la sensación de sentir la energía de otra persona o ser junto a su cuerpo fue demasiado clara y evidente.

Cuando logró quedarse dormido media hora más tarde, a pesar del nerviosismo, comenzó a soñar, síntoma de un descansó merecido y bien ganado tras un día y noche de mucho trabajo y estudio con la música y la lectura.

En su sueño se encontraba de nuevo en casa de su maestro, y Azul lo invitaba a entrar en las habitaciones traseras del recinto para acostarse con él. Rodrigo no lo pensaba ni un momento, precipitándose tras de ella para despojarla de su transparente vestido.

Repentinamente desaparecía la amiga del Trovador y unas manos alargadas y fuertes comenzaban a acariciar su cuerpo ya desnudo. Inexplicablemente su piel y su boca respondían ganosas y anhelantes, como si se tratara de la presencia de Azul.

Una boca delgada y muy fina lo besaba, raspando su rostro con una barba crecida y blancuzca: era el anciano. En el mismo instante el muchacho comprendía que se encontraba a punto de hacer el amor con su maestro. También entendía por primera vez de manera inequívoca que Carl Kuon Suo y el Trovador eran la misma persona, sin lugar a dudas.

Al sentir un veinteavo beso en su cara y no poder de ningún modo resistirse a la fuerza espiritual del monje tibetano y músico, sintiendo la nariz enorme de ave depredadora del maestro, recordó algo de sus clases de arte en el conservatorio: que el miembro sexual de los hombres es directamente proporcional al tamaño de sus manos y su nariz.

Ni siquiera se dio cuenta, en medio de su sueño, cuando una verga inmensa y trémula se introducía palpitante en su organismo a través de su recto, abriéndose paso sigiloso y pausado, empujando las paredes de su intestino. Rodrigo no podía hacer nada para impedirle actuar al viejo. Éste poseía una fuerza espiritual que no se reducía de ningún modo a lo físico, pues para ser ya un anciano su cuerpo era bastante vigoroso y fuerte, como siempre lo supuso al estar en sus clases. Era un poder del alma que envolvía todo en el ambiente de su sueño y le impedía utilizar su propia voluntad para liberarse de sus brazos, sacarlo de su cuerpo o despertar. Como si se encontrara atrapado en la consciencia del maestro y no soñando en su propia mente inconsciente.

Una serie de convulsiones comenzó a sacudir su corporeidad, desde las piernas, las caderas y su vientre. Las paredes de su esfínter y de su intestino, que albergaran durante largo rato al monstruoso miembro del maestro, vibraron de manera rítmica, oprimiendo el falo del anciano, causando indescriptible placer en ambos amantes. Se trataba de un inverosímil orgasmo anal.

Por un instante miró el rostro del Trovador y éste lució transmutado y deforme, presa de un transe místico y sexual, con un inmenso y malévolo Tercer Ojo desarrollado en la frente y una prolongada lengua de serpiente, tan larga como su verga. Con ella le acariciaba el rostro y el cuello, al mismo tiempo que se convulsionaba entero, acabando de estallar al interior del muchacho, al igual que alguna antigua deidad hindú: perversa y adepta del shivaísmo o el tantrismo primitivos.

A la mañana siguiente se despertó a la vez incómodo y lleno de una rara paz del cuerpo y el alma. Como una doncella tras la primera noche de bodas. Se percató de que él mismo había eyaculado enormidades por una parte, anegando sus calzoncillos y su miembro de semen, en un fastuoso sueño húmedo. Pero por otra, también sus muslos y nalgas se encontraban humedecidos de sudor y litros de fluidos desconocidos.

12

Tu reino no está afuera…
—Rockdrigo González

Rodrigo arribó enfurecido a la casa del Trovador, sin encontrar más que la adorada presencia de la chica. Estaba dispuesto a confrontarlo, reclamarle por su intromisión y atrevimiento, e incluso obligarlo que le revelara si efectivamente era un monje tibetano o un estafador que se aprovechaba de sus alumnos y pacientes.

Ignoraba aún que, de hecho, no volvería a ver al Trovador nunca más.

Sabía que Carl utilizaba desde hace tiempo sus poderes mentales para transmitirle sus extraños e inexorables conocimientos a la distancia. Del mismo modo que el lama médico se los hiciera llegar alguna vez a él cuando estaba joven y prisionero en Sing Sing. Y del mismo modo que lo había hecho el propio anciano con Azul para curarla de su enfermedad mental.

A través de sueños y durante los estados de meditación que el Trovador le había prescrito como tarea para prepararse como músico, sin que apenas se diera cuenta, llegaban a su mente y a su corazón oleadas interminables de datos, emociones, sensaciones, información y conocimientos relativos al arte, la música, el yoga, el budismo, la manera de curar a las personas, de cultivas plantas y criar animales, procedimientos para manejar instrumentos musicales, medicina antigua, sobre cómo pintar al óleo y esculpir…

Tenía la certeza de que el Trovador poseía la facultad de transportar su espíritu y enseñar a los demás sorteando las barreras del tiempo y el espacio, o por otra parte, curarlos, entrometiéndose en la intimidad de sus pacientes, alumnos e incluso acosarlos, como había ocurrido con él la noche anterior.

—Carl te ha elegido como su principal discípulo… El ciclo de su vida ha entrado en una nueva etapa de transmutaciones, ha dejado todo lo que tiene aquí para reiniciar un nuevo periodo en otra parte —sentenció Azul tranquila, mientras se recostaba sobre su cama de agua, con su vaporoso vestido de seda de siempre. Sin ropa interior debajo, presta para ser amada por el chico.

Rodrigo la miraba con un huracán girando en sus sesos.

—¿Cómo que su principal discípulo? ¡No te metes al cuarto de tus alumnos en la noche para violarlos durante sus sueños!

—Ésa es una percepción completamente machista de parte tuya… —espetó la muchacha—. ¿No has aprendido, entrenándote con él, que el cuerpo humano tiene muchas y diversas glándulas en todas partes con las que los iniciados pueden adquirir conocimientos? ¿Quién te dijo que sólo con tu cerebro puedes aprender cosas importantes?

—Pero…

Azul le arrebató de nueva cuenta la palabra.

—¡Iluso! No tienes idea del privilegio que se te ha concedido. ¡Ya no me avergüences, por favor!

—¿Avergonzarte tú de que yo fui violado por un anciano loco con poderes mentales?

—No, no reacciones de esa manera tan machista de nuevo. Se trata de desarrollar tu lado femenino y receptivo para convertirte en un verdadero artista. Debes renunciar a tu manera tradicional de ver las cosas, ¡tienes que abrir tu mente, esta etapa es la más importante de todas, aquí puedes perder todo lo que has ganado! O por el contrario, seguir ascendiendo en la Escalera del Espíritu.

Rodrigo comenzó a tranquilizarse un poco al mirarlo todo desde la perspectiva que le planteaba Azul. Luego ella continuó su explicación.

—Debes saber que las cosas más valiosas de la vida se aprenden con todas las partes de tu cuerpo y no sólo con tu mente racional. Sin darte cuenta, Carl te ha ayudado a transitar hacia un nivel de desarrollo diferente como hombre y como músico. No sabes lo privilegiado que eres, no me decepciones, por favor.

Rodrigo se sentía contrariado, al igual que le ocurriera siempre que sus esquemas mentales eran derruidos por influencia de las enseñanzas del anciano. Sus pensamientos volaban en su cabeza, como una rueda de la fortuna sin control. Al mismo tiempo que no podía dejar de admirar el sexo velludo, carnoso e insinuante, como una boca sonriente que lo esperaba para darle besitos, trasluciéndose bajo las vaporosas telas con que se cubría siempre la muchacha.

Azul, recostada, aguardaba el momento en que el amante se decidiese a abandonar sus pensamientos enfermizos y repetitivos, y se arrojase sobre ella, en lugar de seguir reflexionando sobre cosas que ya no tenían fin ni vuelta para atrás.

—Pronto tendrás que dar algo a cambio de todo el aprendizaje que has recibido y que aún recibirás, pero no te preocupes, vas a ver que te va a gustar…

Fue lo último que menciono la chica, humedeciendo sus labios con la lengua traviesa y levantando su vestido en un gesto sugerente, al mismo tiempo que abría sus piernas, indicándole que se aproximara para hundir su rostro en ellas y volverla loca de placer.

13

Los hombres sin historia, son la historia…

—Silvio Rodríguez

A la mañana siguiente los despertaron fuertes golpes en la puerta.

Rodrigo había hecho el amor toda la noche, eyaculando dos veces en las entrañas de la joven, quedando extenuado tras una prolongada y placentera batalla.

La muchacha lo ayudo a vestirse rápido y luego ella se colocó su vestido transparente.

—Voy a prepararte café y unos frijoles para que desayunes a la mitad de la mañana. No tengas miedo, ya has recibido suficientes conocimientos de música, medicina y budismo. Estoy segura de que podrás estar a la altura de los pacientes y los alumnos de Carl.

Rodrigo caminó hacia la sala, tambaleante y errabundo, en parte debido al agotamiento de sus piernas y caderas, por el prolongado encuentro sexual, y en parte gracias al nerviosismo de tener que hacerse cargo de la consulta y los alumnos del Trovador.

El anciano había desaparecido para siempre, igual que había ocurrido previamente en diferentes y consecutivas etapas de su vida en diversas partes del mundo, para recomenzar en otros orbes.

No volverían a saber nada más de él. El Trovador se había llevado únicamente su antiguo Stradivarius y una pequeña mochila. El resto de sus libros, instrumentos, animales y pinturas estaban intactos y a disposición de ellos, junto con la casa. De hecho, por completo, ya eran responsabilidad suya.

Alguna vez escucharían, varios meses después, que se había sabido de él en Chile y en Argentina, dirigiendo a una partida de indígenas de la Sierra Wixárrika, con quienes formaba un mariachi tradicional y con quienes andaba de gira en el extremo sur del continente, dando a conocer la música autóctona de los huicholes.

Como coincidencia, para esas fechas los libros de Carl Kuon Suo volverían a ser editados en español, precisamente por una casa de libros de Sudamérica. De seguro el anciano estaría alegrándose y beneficiándose con el pago por los derechos de las reediciones de su obra.

Antes de que lograra abrir la puerta a los primeros pacientes del día, Azul se precipitó a besarlo en los labios y a envolverlo con sus brazos por el cuello, para luego perderse en la cocina y prepararle el almuerzo. Le esperaba una ardua jornada de trabajo a lo largo de la mañana, como las que sólo el anciano lograba soportar.

—Ahora tú eres el maestro.

Fue lo último que le dijo su amante de ojos verduscos tras desaparecer en las habitaciones posteriores de la casa, que ahora era suya, junto con todos los objetos, incluida la muchacha.

Rodrigo miro por detrás el fino arco de su espalda y de su columna vertebral, recorriéndolo con su vista hasta llegar a las sentaderas, como si fuese el arco de un precioso violín Stradivarius, ¡esas nalgas blanquecinas y bamboleantes que adoraba!

No tardaría en enterarse también de que debido a la última noche en su compañía ella había quedado encinta, fertilizada con su simiente.

Rodrigo corrió el pesado cerrojo de la antigua puerta para desatorarla. El Trovador de Barro Negro lo miraba desde un extremo del estudio.

Llevaban más de quince minutos golpeando y llamando la puerta desde fuera, al parecer se trataba de una pareja de ancianos, quienes esperaban para ser atendidos de sus problemas con la artritis. Más tarde los seguirían dos alumnos de violín y solfeo. Y por la tarde más pacientes para ser curados.

No podía evitar sentirse nervioso de cualquier manera. Sus manos temblaban cuando introdujo la llave en el cerrojo.

Al abrir la gruesa puerta de madera una tormenta de luz lo envolvió y golpeó su rostro como una catarata cristalina y límpida, encegueciendo sus ojos y bañándolo por completo. ®

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Publicado en: Marzo 2012, Narrativa

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