Un editor fantasma en Dublín

Dublinesca, de Enrique Vila Matas

Enrique Vila Matas se ha consolidado como uno de los autores contemporáneos consentidos por los lectores y la crítica hispanohablante. ¿Ha llegado el fin de las novelas totales? ¿Estamos en la era del minimalismo laberíntico?

Lo hecho, hecho está, pero a Samuel Riba pareciera que lo inhabilitara el devenir convulso del tiempo; el término de su larga trayectoria como editor que leía con desenfreno marca el fin de una era: un cambio sustancial que incrementará su “fanatismo desmesurado por la literatura”. Pues para Riba la literatura lo ha sido todo. Ahora no es más que una “vieja puta con ajada gabardina irrisoria en la punta de un muelle barrido por la tempestad y el viento”.

El primer decenio de un crispado siglo XXI avanza y a Samuel Riba solamente cuando deja de ser un hikikomori se le descubre andando por el barrio, quizás sumido en una de esas tantas cavilaciones, casi siempre bajo la lluvia. Alza los ojos al cielo de Barcelona y camina como una leyenda puesto un pantalón corto, y mientras come pizza sujeta una bolsa de la farmacia. Si uno se topa de casualidad con él comprobará que luce, a veces, aparatosas gafas de sol para ocultar el deterioro físico al que se ve expuesto y su mirada, la interior y la exterior, rebasa de nostalgia; de pena, porque para Riba el tiempo lo ha engullido todo para dejar una “gran masa analfabeta creada deliberadamente por el Poder, una especie de muchedumbre amorfa que nos ha hundido a lectores y editores en una mediocridad general”.

Al igual que a la literatura, a él la vida física le empieza a pasar factura. Su universo próximo se deteriora: “Nadie le invita a nada, a ninguna conferencia ni encuentro de editores, a nada de nada, solo le dan la lata con asuntos triviales o le piden favores. En cierta forma, le están olvidando sin olvidarse de él”.

No obstante, parece aferrarse con sus uñas a su erudición, como si ésa fuera la única luz capaz de hacerle compañía en la vejez, aunque por momentos demuestre ser un cinéfilo empedernido que admira a Spider, el mismo que no ha olvidado la búsqueda de ese autor genio que lo devuelve a la realidad y que pensó podría llamar alguna vez a su puerta editorial: promesa idealizada que Riba teme no llegue jamás. Y eso, eso, es una raya más al tigre de la nostalgia editorial de la que ya no se puede desligar.

Vila Matas ha escrito Dublinesca [Seix Barral, 2010] para sellar el fin de un tiempo y dar paso a otro: la novela total versus el minimalismo laberíntico, un punto de vista visionario pese a no haberse adelantado a esa especie de decadentismo que se vive en nuestros tiempos.

Ahora que se ha alejado del alcohol divide su tiempo sobrio entre jornadas de búsqueda en Google y la exhaustiva introspección. Vive con una mujer convertida al budismo que parece seguirlo con ojos de lupa y ha elegido los miércoles para visitar religiosamente a sus padres, para darse golpes de pasado en el piso familiar de la calle Aribau. Si tiene algo que decir Riba habla con su padre y su madre, si no, contempla la lluvia que sorprende a la ciudad condal y cree ver algo más en esos desconocidos que surgen en su campo visual, fantasmagóricos caminantes que aparecen como resucitados de un más allá que siempre parece próximo; próximo a Riba. Descubrir que ya no tiene plan en la vida lo desarma por dentro.

Cierto día, para evitar que su madre advierta que carece de plan, a Riba se le ocurre decir que tiene que ir a Dublín. Ahora que parece imposible el regreso del lector con talento, en el cementerio de Glasnevin se ha decidido a llevar a cabo un extraño funeral por la era Gutenberg. Con ese réquiem quiere poner punto final a una etapa literaria; a toda una vida. La brecha de sus desilusiones es como esa brecha que se acrecentó con el distanciamiento entre las estéticas de Joyce y Beckett, que no hizo más que marcar el “duro descenso en la forma física, el envejecimiento, la bajada hacia el muelle opuesto al esplendor de Joyce”. El mismo Beckett lo dijo así:

Me di cuenta de que Joyce había ido todo lo lejos posible en la dirección de conocer más, de controlar el material propio. Siempre estaba añadiendo; basta ver sus pruebas de imprenta. Yo comprendí que mi camino estaba en la pobreza,en la falta de conocimiento y en la sustracción, en restar más que en añadir [p. 223].

Hecho el equipaje la casualidad conduce a nuestro último editor al Bloomsday (festividad que se celebra en Dublín el 16 de junio desde 1954 en homenaje a los personajes del Ulises de Joyce), y junto con sus viejos amigos prepararán seguidamente el funeral donde Riba cree adivinar la presencia de Samuel Beckett, visión extraña que nos conducirá por un mundo beckettiano lleno de sinsabores, anécdotas dolorosas y escapatorias literarias como la presencia de aquel hombre que aparece en la novela como un personaje invitado, tal vez la encarnación de la literatura misma decidida a no manifestarse del todo.

Vila Matas ha escrito Dublinesca [Seix Barral, 2010] para sellar el fin de un tiempo y dar paso a otro: la novela total versus el minimalismo laberíntico, un punto de vista visionario pese a no haberse adelantado a esa especie de decadentismo que se vive en nuestros tiempos.

Dublinesca es una carroza llena de melancolía literaria, cuyo camino se va abriendo paso en dirección a Dublín para celebrar el funeral por la era Gutenberg. Además de Barcelona damos saltos ingleses, franceses y americanos, por los que alguna vez anduvo Riba, para terminar en ese ambiente a donde éste un día decide regresar, quizás en busca de “otras voces, otros ámbitos”, para instalarse, como si una vez hecho el funeral quisiera morir él también en Dublín, entregado a esa búsqueda optimista del gran genio autor que nunca ha llamado a su puerta pues al final no se cansa de seguir buscándolo, como si una vez terminado el libro Riba se inmortalizara fuera de sus páginas, suspendido quizás en el limbo, como un fantasma.

“—No, si ya se sabe. Siempre aparece alguien que no te esperas de nada.” ®

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Publicado en: Agosto 2011, Libros y autores

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