UN FUEGO RITUAL PARA…

(Sobre una sospecha lingüística)

En su premonitoria ficción novelística 1984 George Orwell hablaba de la “neolengua” (Newspeak), una invención del partido dominante, el del original y ahora vilipendiadísimo Big Brother, que consistía en una extrema simplificación de la “lenguavieja” (Oldspeak) para dominar la mente de sus hablantes y hacer imposibles otras formas de pensamiento que no fueran las suscritas al partido.

En la realidad de Winston Smith, protagonista de la historia, los diccionarios diferencian sus ediciones por su cada vez menor número de páginas. El vocabulario de sus compañeros comienza a mermar de forma sustancial con ejemplos como “nobueno” para decir “malo” y “doblemásnobueno” para expresar “terrible”. En un apartado que Orwell dedica a explicar las reglas del funcionamiento de la neolengua anota la necesidad de traducir algunos clásicos literarios de su lenguavieja a esta nueva versión de idioma con la idea de que sobrevivan algunos restos de la humanidad pasada, no sin destruir en el proceso de masiva simplificación grandes partes de su sentido original. Uno de los personajes se congratula de lo “hermoso de la destrucción de las palabras” y anota con cierta victoria que para el 2050 la lenguavieja habrá sido por completo reemplazada por la neolengua, dejando a la humanidad en un universo de acrónimos, eufemismos, abreviaciones y un sinfín de formas rápidas e inmediatas de comunicación.

Como puede imaginarse, la genialidad anticipada de Orwell es citada una vez más como ejemplo de un fenómeno de nuestros días. La rapidez y la simplificación, no sólo del lenguaje, llenan nuestras vidas para hacer justicia a la demanda de un tiempo que cada vez se va más rápido. La poesía concreta del HTML domina nuestras vidas. Posteamos nuestros estados de ánimo con un emoticón. Los mensajes de texto acortan palabras, frases y expresiones en favor de una comunicación más inmediata. Empiezo a creer que así como nos amenazaban las abuelas con que si hacíamos enojar a nuestra madre un ángel moriría, cada vez que una “estrella” del espectáculo postea en su twitter con faltas de ortografía, muere una parte de la lengua.

Pero nosotros no somos los que llevamos la peor parte. La comunicación entre seres humanos se sigue llevando a cabo de manera exitosa, así sea para anunciarnos que nos han “desechado“ como “amigos” de Facebook (una nueva muerte social) o para postear el último pensamiento anodinamente insólito de nuestras cabezas. Más bien son los que nos antecedieron los que tienen de qué preocuparse.

No sería de extrañar que las escuelas empiecen a abandonar la lectura de algunos clásicos literarios por la incompetencia lingüística que sus alumnos presenten con la lengua del pasado. Con los periodos de concentración sumamente reducidos por la velocidad con la que se recibe información y la mediatización de la educación y la vida (auxiliada ejemplarmente en la educación pública por la “Enciclomierda” de Fox), el camino hacia la necesidad de una traducción de estos clásicos a una “versión moderna” sale de la ficción orwelliana para (otra vez) insertarse en plena realidad.

Ante este panorama, no es ya materia de la ficción científica pensar que posiblemente la literatura clásica vaya desapareciendo poco a poco, quedando su estudio y preservación en manos de coleccionistas, eruditos o sectas especializadas destinadas a velar por su conservación. Ni Kindle podrá salvarnos.

Lo anterior puede sonar a tremendismo Greenpeace llevado a la lengua, pero pienso en otra obra literaria con premonición. En la obra teatral de 1996 El Doliente Designado el escritor estadounidense Wallace Shawn intercala la situación de sus personajes con la descarnada crítica hacia una clase intelectual cada vez más alejada de la sociedad y plantea una aterrorizante (y posible) historia sobre la destrucción sistemática de intelectuales  (y sus obras) a manos de una entidad desconocida, una masa lumpemproletariada que gusta de aniquilar a la clase docta en sus lugares de reunión como teatros, bibliotecas, salas de conferencia y hasta cenas privadas. Situación que deja la tarea a unos cuantos de convertirse en los “dolientes” de ese mundo que va desapareciendo, como lo explica Jack, su protagonista:

I have to tell you that a very special little world has died, and I am the designated mourner. Oh, yes, you see it’s an important custom in many groups and tribes. Someone is assigned to grieve, to wail, and light the public ritual fire. Someone is assigned when there‘s no one else [Wallace Shawn, The Designated Mourner, Noonday Press, 1996].

En un mundo que todo lo comercializa, pero que poco sabe qué hacer con los restos que va dejando a su paso, quizás no sea una mala idea la de crear una agencia de “dolientes designados” que velen por los clásicos, por los Nobel y hasta por los no publicados. Mundos que no resistirán el paso del tiempo y su acelerada carrera a un destino no conocido y que requieran de alguien pagado de antemano para que encienda un fuego ritual por ellos y les llore un rato.

Si lo suyo son las PYMES, piénsenlo. Puede ser el negocio más rentable para el 2035. ®

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Publicado en: Aquí no es aquí, Junio 2010


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