Un hombre que piensa con libertad

Fragmento de Desobediencia civil, de Henry David Thoreau

El Estado nunca confronta voluntariamente la conciencia intelectual o moral de un hombre, sino que se las tiene que ver con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de una sabiduría superior o de honradez, sino que recurre a la fuerza bruta. Yo no nací para ser forzado.

Hace algunos años, el Estado me conminó, en nombre de la Iglesia, a que pagara cierta suma para el sustento del cura, a cuyos servicios solía asistir mi padre, aunque no yo. “Paga —se me dijo— o serás encarcelado.” Me negué a pagar. Desgraciadamente, otra persona decidió hacerlo por mí. No entendía por qué el maestro de escuela tenía que contribuir con sus impuestos al mantenimiento del cura y no al revés; además, yo no era maestro del Estado, sino que me mantenía gracias a una suscripción voluntaria. No veía por qué la escuela carecía del derecho a recibir impuestos del Estado, mientras que la Iglesia sí lo tenía. Sin embargo, a petición de los concejales, condescendí a hacer la siguiente declaración por escrito: “Por medio de la presente, hago del conocimiento de todos que yo, Henry Thoreau, no deseo ser considerado miembro de ninguna sociedad legalmente constituida a la cual no me haya unido personalmente.” La entregué al alguacil y él la conserva. El Estado, habiéndose enterado así de que no deseaba ser considerado miembro de esa Iglesia, no ha vuelto desde entonces a reclamarme aquel impuesto, aunque insistió en que tenía que acogerme al requerimiento inicial por aquella sola vez. De haber sabido sus nombres, me habría desmarcado también de todas las sociedades a las que nunca me inscribí, pero no supe dónde encontrar la lista completa.

Desde hace seis años no pago el impuesto de empadronamiento. A causa de ello estuve una vez en prisión, durante una noche. Y mientras meditaba sobre el grosor de los muros de piedra de sesenta u ochenta centímetros, sobre la puerta de hierro y madera de treinta centímetros y las rejas de hierro entre las que se filtraba la luz, no pude menos que sentirme impresionado por la estupidez de aquella institución que me trataba como si únicamente fuera carne, sangre y huesos que encerrar. Me sorprendía que alguien pudiera haber concluido que ese era precisamente el mejor uso que se podría hacer de mí, y no hubiera contemplado sacar provecho de mis servicios de algún otro modo. Me parecía que aun cuando un muro de piedra me separara de mis conciudadanos, había otro más difícil de traspasar o superar antes de que ellos pudieran ser tan libres como yo. Ni un solo instante me sentí confinado y los muros se me antojaban un gran desperdicio de piedra y cemento. Me sentía como el único ciudadano que hubiera pagado sus impuestos. Sencillamente no sabían cómo tratarme y entonces se comportaban de forma maleducada. Lo mismo en las amenazas que en las lisonjas, cometían un error garrafal, pues suponían que lo que más me importaba era estar del otro lado del muro. Yo no podía sino sonreír al ver con qué cuidado me encerraban tras las rejas, siendo que mis pensamientos los seguían allá fuera sin oposición ni obstáculo y ellos —mis pensamientos— eran en todo caso los únicos peligrosos. Como no podían alcanzar mi alma, resolvieron castigar mi cuerpo, a la manera de esos niños que, incapacitados para ajustar cuentas con la persona que los fastidia, maltratan al perro. El Estado se me figuraba como una suerte de imbécil, con esa timidez de las mujeres solitarias que temen por sus cucharitas de plata y no saben distinguir a sus amigos de sus enemigos. Perdí todo el respeto que aún le profesaba y me compadecí de él.

El Estado nunca confronta voluntariamente la conciencia intelectual o moral de un hombre, sino que se las tiene que ver con su cuerpo, con sus sentidos. No se arma de una sabiduría superior o de honradez, sino que recurre a la fuerza bruta. Yo no nací para ser forzado. Seguiré mi propio camino. Ya veremos quién es el más fuerte. ¿Cuál es la fuerza de la multitud? Sólo pueden forzarme aquellos que obedecen una ley superior a la mía, pues me obligan a ser como ellos. Yo no escucho que las masas fuercen a los hombres a vivir de tal o cual manera. ¿Qué vida sería esa? Cuando me encuentro con que un gobierno me asalta —“¡El dinero o la vida!”— ¿por qué tendría que apresurarme a darle mi dinero? Puede que se halle en apuros y no sepa qué hacer: lo siento, nada puedo hacer por él. Debe ayudarse a sí mismo, justo como hago yo. No vale la pena lloriquear por eso. No soy responsable del buen funcionamiento de la maquinaria de la sociedad. No soy el hijo del ingeniero. Lo que advierto es que cuando una bellota cae al lado de una castaña, ninguna de las dos permanece inerte para dejarle espacio a la otra, sino que ambas obedecen sus propias leyes y germinan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una, quizás, ensombrece y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir según su naturaleza, muere; lo mismo ocurre con el hombre.

* * *

Como me importa ser tan buen vecino como mal súbdito, nunca me he rehusado a pagar el impuesto de carreteras; y en lo que respecta a la subvención de las escuelas, ahora mismo estoy contribuyendo a la educación de mis compatriotas. Mi negativa a pagar los impuestos no tiene nada que ver directamente con esa ley: lo que deseo es negarle mi lealtad al Estado, hacerme a un lado y mantenerme al margen de manera efectiva. Aunque pudiera hacerlo, no me interesa rastrear el destino de mi dinero para comprobar que con él se compra a un hombre o se invierte en un mosquete para matar a otro —el dinero es inocente—;1 pero sí me interesan las consecuencias de mi lealtad. A mi propia manera, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque, como suele hacerse en estos casos, todavía haré uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda.

Si otros, por simpatía con el Estado, pagan los impuestos que yo me niego a pagar, en realidad están reafirmando lo que ya antes habían hecho por sí mismos: instigar la injusticia más allá de lo que exige el Estado. Si, en cambio, los pagan por un equivocado interés en la persona afectada, para preservar sus bienes o evitar que permanezca en la cárcel, es porque no han evaluado con sensatez en qué medida sus sentimientos personales interfieren con el bien público.

Esta es mi postura actual. Pero, en estos casos, no se les puede poner demasiado en guardia a fin de evitar que sus actos se desvíen por la obstinación o el indebido respeto a la opinión de los demás. Dejemos que se den cuenta de que sólo han de hacer lo que les atañe y en su debido momento.

A veces me digo que esta gente es bienintencionada pero ignorante, que obrarían mejor si supieran cómo hacerlo. ¿Por qué poner a tu vecino en la difícil situación de tratarte en contra de sus propias inclinaciones? Lo considero de nuevo y me convenzo de que esta no es razón suficiente para que yo los imite y tampoco para que permita que otros sufran un dolor mucho mayor o de diferente tipo. A veces me digo a mí mismo: cuando millones de hombres sin odio, sin mala voluntad, sin sentimientos personales de ningún tipo, te piden apenas unas monedas y, dada su constitución, no existe la menor posibilidad de que alteren o retiren esa exigencia, pero de tu lado tampoco estás en condiciones de apelar a otros millones de personas, ¿por qué tendrías que exponerte a su aplastante fuerza bruta? No te resistes con esa obstinación al hambre o al frío, al viento o las olas; más bien te sometes resignado a esas y a otras adversidades. Nadie mete la cabeza al fuego. Pero en la misma medida en que entiendo que no se trata simplemente de fuerza bruta —sino que en parte es una fuerza humana, y además creo tener relaciones con esos millones en cuanto personas y no como simples animales o cosas inanimadas—, estoy convencido de que la apelación tiene cabida, en primer lugar, y de forma inmediata, de ellos ante su Creador y, en segundo lugar, de ellos ante sí mismos. Pero si deliberadamente meto la cabeza al fuego, no hay manera de que apele ni al fuego ni al Creador del fuego, y sólo yo podría culparme por ello. Si me pudiera convencer a mí mismo de que tengo el mínimo derecho a sentirme satisfecho de los hombres tal como son y de tratarlos en consecuencia, y no más bien según mis expectativas y exigencias de cómo ellos y yo deberíamos ser, entonces, como buen musulmán y fatalista, me esforzaría por conformarme con las cosas tal como son, aduciendo que se trata de la voluntad divina. Además, por encima de todo está la diferencia entre oponerse a los hombres y a una fuerza animal o natural, pues con esta clase de oposición consigo algún efecto, mientras que no puedo esperar que cambien, como Orfeo con su lira, la naturaleza de las rocas, los árboles y las bestias.

No tengo interés en pelear con ningún hombre o nación. No deseo ser demasiado puntilloso y establecer distinciones sutiles ni presentarme como el mejor de mis conciudadanos. Incluso podría decir que lo que busco es una excusa para ajustarme a las leyes de este país. Estoy plenamente dispuesto a amoldarme a ellas. De hecho, siempre tengo razones para vacilar frente a mi propia postura y, cada año, cuando pasa el recaudador de impuestos, estoy en la mejor disposición de revisar las leyes y la situación de ambos gobiernos, el federal y el estatal, así como el sentir general del pueblo, en busca de un pretexto para dar mi asentimiento.

Debemos querer a nuestro país como a nuestros padres, y si en algún momento nos alejamos de honrarlo con nuestro amor o nuestro esfuerzo, habremos de aceptar las consecuencias y entonces educar al alma en temas de conciencia y religión, y no en el afán de poder o beneficio propio.

Creo que el Estado podrá quitarme pronto este peso de encima, y entonces ya no seré más patriota que mis vecinos. Vista desde abajo, la Constitución, con todas sus fallas, es muy buena; las leyes y los tribunales son respetables, e incluso el gobierno federal y el de este estado son, en muchos sentidos, admirables y excepcionales; algo por lo que debemos estar agradecidos, tal y como tantos hombres han reconocido. Pero al elevar un poco el punto de vista, las cosas se presentan justo como las he descrito; vistas desde un punto todavía más alto, ¿quién podría decir lo que son o si vale la pena considerarlas o siquiera pensar en ellas?

Como sea, el gobierno no me preocupa demasiado, y mis pensamientos volverán a él lo menos que pueda. Son escasas las ocasiones en que me atañe directamente, aun en este mundo en que vivimos. Si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, difícilmente le podrá parecer verdadero aquello que no lo es, y ni los gobernantes ni los reformadores obtusos podrán interferir de modo decisivo en su camino. ®

—En 1846 Henry David Thoreau fue encarcelado por rehusarse a pagar un impuesto; pocos años después dictaría una conferencia en la que explicaría las razones de su decisión; una conferencia muy influyente en él ámbito de la defensa de las libertades individuales a la que puso por título Desobediencia civil. En una caracterización de lo más sucinta, podría decirse que la desobediencia civil es una forma de participación política que, a través de la violación de la ley, denuncia una injusticia con el fin de remediarla por vías pacíficas, siempre en el marco general del respeto al derecho. Este es un fragmento del libro del autor, Desobediencia civil, traducción de Sebastián Pilovsky, México, Tumbona Ediciones, 2012, colección Dinamita. Reproducido con autorización de la editorial, título de la redacción de Replicante.

Nota

1. Según investigaciones posteriores, el impuesto que Thoreau se negó a pagar no era un impuesto federal, sino más bien una combinación de impuestos locales y estatales, de modo que no está claro que estuviera contribuyendo directamente a la guerra o a la perpetuación de la esclavitud. En la década de 1840, la ley del estado de Massachusetts había prohibido explícitamente el uso de recursos públicos para emprender acciones contra esclavos fugitivos.

Archivado en Fragmentaria, Junio 2012

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