Una amistad en medio de la tormenta

Rudolf Bultmann y Martin Heidegger, Correspondencia 1925–1975

El teólogo siempre estuvo fascinado por el pensamiento y la figura de Heidegger, y las cartas revelan una notoria admiración por parte del primero hacia el segundo, mientras que Heidegger mantiene siempre una postura muy severa hacia el trabajo de Bultmann

Bultmann y Heidegger.

Bultmann y Heidegger.

“En estos días llegué yo a Marburgo hace medio siglo. Y ya en el primer semestre comenzó nuestra amistad, que ha durado toda la vida”, escribía al final de sus años el filósofo alemán Martin Heidegger a su siempre fiel amigo el teólogo alemán Rudolf Bultmann. La amistad comenzaba en 1923 —con la llegada de Heidegger a Marburgo, invitado a enseñar en esa institución—, para envejecer hasta 1975 y eternizarse por medio de las cartas, escritas con constancia inicial y posterior distanciamiento —pero jamás olvido—, en las cuales ambos compartían no sólo su “trabajo científico y actividad docente sino también la alegría y amistosa existencia de sus familias”.

Al principio, una relación desequilibrada, un Heidegger demasiado seguro de su labor intelectual y un Bultmann humilde, ansioso de aprender del nuevo amigo, un filósofo que a pesar de la insistencia del teólogo nunca estuvo de acuerdo con aparecer como colaborador en la revista teológica Theologische Rundschau, dirigida por aquél. Heidegger siempre se rehusó a mezclar la filosofía con la teología, por lo que a pesar de los ruegos de Bultmann no permitiría que la conferencia con la cual se había presentado ante éste, intitulada Fenomenología y teología, fuera publicada a la par de su Enciclopedia Teológica, un curso que el teólogo perfeccionó a lo largo de su vida. La negativa de Heidegger por inscribirse en alguno de los proyectos editoriales del amigo fue permanente, al igual que la obsesión de Bultmann de que en algún momento aquél cambiara de opinión.

El teólogo se encontraba muy preocupado por “la oprimente atmósfera” de la Alemania en guerra, y rogaba a Heidegger reflexionar si se “había comprometido en el lugar adecuado y en el momento oportuno”, dejándole los mejores deseos y la mejor suerte para la ponderación que el filósofo había decidido “cargar sobre sus espaldas”.

El teólogo siempre estuvo fascinado por el pensamiento y la figura de Heidegger, y las cartas revelan una notoria admiración por parte del primero hacia el segundo, mientras que Heidegger mantiene siempre una postura muy severa hacia el trabajo de Bultmann. En una mirada superficial, pareciera una amistad desigual, sin embargo, de no ser por el pensamiento del filósofo, su amigo teólogo jamás hubiera considerado plantear la religión desde una perspectiva más apegada al desenvolvimiento epocal de ésta. A partir de la lectura de las obras de Heidegger, Bultmann se da cuenta de la importancia que habría de tener la historia para su pensamiento teológico. Sin importar el desencanto que en algún momento podría haber generado el posible egoísmo crítico del amigo, el teólogo nunca dejó de reconocer que una de las influencias más grandes para su pensamiento había sido Ser y tiempo, y al final de su vida continuó remitiéndose siempre a este libro.

Pero si algo hemos de admirar más de Bultmann que de Heidegger es su postura política; la objetividad jamás abandonó al teólogo y cuando en 1933 leía el discurso de rectorado de su amigo filósofo, le escribía con dura sinceridad que no se encontraba muy de acuerdo con sus palabras y mucho menos con su ingreso al partido nazi. Bultmann comentaba que prefería el sendero filosófico para cambiar las cosas antes que buscar la solución en una política mediática. El teólogo se encontraba muy preocupado por “la oprimente atmósfera” de la Alemania en guerra, y rogaba a Heidegger reflexionar si se “había comprometido en el lugar adecuado y en el momento oportuno”, dejándole los mejores deseos y la mejor suerte para la ponderación que el filósofo había decidido “cargar sobre sus espaldas”. Después de la guerra el distanciamiento entre Heidegger y Bultmann fue notorio, y los encuentros escaseaban, aunque nunca dejarían de escribirse.

Una amistad consolidada en una “juventud despierta, afanosa de rigor en el trabajo, y a la vez alegre” se volvía poco a poco el recuerdo de las épocas fructíferas de disciplina y dedicación absoluta al pensamiento noble. En su “sede de la vejez”, ambos glorificaban aquellos “años fértiles y conversaciones hechizadas de añoranza”. En una última carta a Heidegger escribía Bultmann: “Estoy viejo y cansado, ya no puedo leer, y a duras penas soy capaz de escribir unas pocas palabras. Lo único que puedo hacer con satisfacción es fumar mi pipa”.

Un 30 de julio de 1976 murió Bultmann. ®

Rudolf Bultmann y Martin Heidegger, Correspondencia 1925–1975, Barcelona: Herder, 2011.

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Publicado en: Libros y autores


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