Una rumba sin rumbo

Con el alma en una pieza. La leyenda de El Personal

El Personal fue una banda tapatía que ha trascendido más allá de su primera época e influenciado a muchos músicos mexicanos. Julio Haro, el alma indiscutible del grupo, falleció de sida en la plenitud de su talento. Este documental cuenta parte de la historia.

Julio Haro era gay en tierra de machos, ateo en tierra de católicos, artista dentro de una familia de conformistas y músico de reggae en tierra de mariachis. Enfrentó la encrucijada que ahora enfrenta el país. Porque México no tan sólo ya no es completamente católico, o completamente machista, o totalmente tierra de mariachis o totalmente conformista. La liberación de mujeres y gays ha llegado a México igual que llegó el rock.
—Rubén Martínez

Alfredo Sánchez, Pedro Fernández, Julio Haro, Andrés Haro y Óscar Ortiz. Vestíbulo del Teatro Degollado, Guadalajara, 1988. Foto © Flor Acosta.

Alfredo Sánchez, Pedro Fernández, Julio Haro, Andrés Haro y Óscar Ortiz. Vestíbulo del Teatro Degollado, Guadalajara, 1988. Foto © Flor Acosta.

Con el alma en una pieza: la leyenda de El Personal no obtuvo ningún premio en la reciente edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, aunque el documental debió de haber tenido, por lo menos, una función especial, como la futbolera Messi, de Alex de la Iglesia, en el Teatro Diana. Pudo haberse organizado, incluso, un concierto con los sobrevivientes de El Personal y con integrantes de grupos como Café Tacuba, Gerardo Enciso o José Fors; además, una mesa para conmemorar los casi treinta años de este grupo tapatío de culto.

Obviamente, una presentación más ambiciosa habría requerido del compromiso y el esfuerzo no solamente del director Jorge Bidault sino de los organizadores del Festival y algunos patrocinadores. Pelear por el espacio e impulsar el documental para que trascienda más allá del estreno en el Festival, pues la mayoría de los habitantes de Guadalajara, sobre todo los más jóvenes, no tienen la menor idea de que existió una banda llamada El Personal que influyó a muchos músicos y que vivía y proclamaba la transgresión a flor de piel, en los años ochenta, cuando pocos en esta ciudad se atrevían a ello.

“Cuando yo me muera… / Yo no quiero un homenaje / Y que nadie diga nada más de mí / Y que nadie diga que Ay qué bueno fui / Lo que quiero es que se olviden de mí…”.

En el documental, tan tapatío, hablan críticos de música locales como Enrique Blanc —en buena medida el hilo conductor— y músicos como Gerardo Enciso o José Fors, pero hacen falta más testimonios, como el de Adriana Díaz Enciso, conductora entonces de un programa de rock en Radio Universidad de Guadalajara y promotora del primer LP de la banda. Tampoco aparecen Mongo y Rogelio Villarreal, quienes llevaron a esta banda a tocar en el bar El Nueve, en la Ciudad de México, lo que fue un impulso decisivo para su fugaz carrera. Tampoco se aprovechó la exhaustiva investigación que hizo el periodista angelino Rubén Martínez para el Village Voice de Nueva York, trabajo traducido por Cuauhtémoc García, amigo de Julio Haro, y publicado en Replicante. No hay nadie de la familia de Julio Haro que pudiera ofrecernos algunas anécdotas de su infancia y su juventud.

La leyenda de El Personal tenía posibilidades de ganar el Premio Maguey pues Julio Haro era homosexual y fue militante, en los años ochenta, del Grupo Orgullo Homosexual de Liberación; el cantante que sustituyó a Julio, Lalo de la Parra, también murió de sida. (Dicho sea de paso, este premio se está volviendo un tanto sectario al premiar al conductor de televisión Horacio Villalobos, quien de crítico de cine no tiene nada, pero es gay… El Premio Maguey debiera otorgarse a discursos emancipadores o transgresores).

Con el alma en una pieza tiene, lamentablemente, una factura descuidada y los créditos parecen de tipografía de computadora ochentera; merecía una realización más paciente y una investigación más profunda; incluso podría haber esperado un año más para coincidir con los treinta años de la fundación de El Personal. Las secciones dedicadas a los dos sucesivos cantantes después de la muerte de Julio Haro se alargan de más. Ya lo dijimos: faltan voces y sobran algunas, como la del ubicuo “licenciado” Raúl Padilla López, presidente del Festival, cuya breve y oportunista inserción no aporta nada al documental. Desaprovechada también la intervención del narrador y conductor Enrique Blanc, poco empático con la cámara y mal dirigido al hacerlo caminar por las calles tapatías y detenerse, cual detective, a tomar notas sesudas nota en su libreta.

El documental cumple al menos con la función de dar a conocer a nuevas y no tan nuevas generaciones sobre la importancia de esta banda señera y sobre todo de su versátil cantante, hijo de Agustín Lara y de Sid Vicious. “Cuando yo me muera… / Yo no quiero un homenaje / Y que nadie diga nada más de mí / Y que nadie diga que Ay qué bueno fui / Lo que quiero es que se olviden de mí…”. Así cantaba Julio Haro en su “Rumba sin rumbo” hace muchos años. ¿Tendríamos que haberle hecho caso? ®

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Publicado en: Cine

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