Vida Nova Galicia

Como la vio y escuchó y probó el autor

Ciudad bombardeada. Me dicen que no, jamás nada ha mancillado a la Perla de Occidente (excepto cuando tronaron los ductos de Pemex y quedó esto como Nuremberg luego de la guerra). Y no queda claro entonces dónde quedó el centro, dónde los palacios y por qué hay tanta casa tan hermosa cayéndose a pedazos y siendo suplantada por cemento en bruto con castillos al aire.

Nuño Beltrán de Guzmán.

Nuño Beltrán de Guzmán.

Rey Pelé pisó este reino, su majestad arrancó en esta villa el camino al cielo hasta tocar la gloria absoluta: la Copa Jules Rimet, el trofeo que certificaba la grandeza de la verdeamarela para siempre, yo aún lo siento en el aire húmedo de esta tierra tropical y medieval. Mañana prehistórica desde el balcón, veo, vivo, y hoy, mi memoria llega a Edson. Al oriente, las torres de catedral se dibujan al mismo nivel que las palmeras que emergen por encima de esta noble e irreal ciudad. El naranja del amanecer ensordece, violetas y rosas, el Apocalipsis ahora, la onda de choque que escurre el nuevo día… una noche más sin poder dormir.

La Conquista por aquí fue cosa seria… serial killer. La gente de Nuño “el Saico” no se andaba con medias tintas, la guerra de tierra arrasada no dejó nativos, aquí quedó poca gente, no mucha cosa, pero como todos y aun con todo a su favor terminó siendo engullido por el horror. Con él vinieron muchos que en las islas se habían forjado ya a vivir la pesadilla de las flechas, esperando otra carga de guerreros que arrancaban pieles o destazaban caballos, siempre sin poder dormir.

Una cosa llevó a la otra, fue un absoluto y total desastre. Demasiada sangre y pocas ganancias, una de esas aventuras piratas que sólo dejaron amargura en ambos bandos. Al final, los hombres que cruzaron el mar se instalaron luego de tres intentos al lado de un río al que llamaron San Juan de Dios. Oñate la llamó y dedicó con el nombre del pueblo natal de Nuño de Guzmán allá en ultramar: Guadalajara.

La Plaza Mayor de la antigua Guadalajara.

La Plaza Mayor de la antigua Guadalajara.

Entonces abro la puerta y en la calle un camión ardiendo inflama el cielo. En el horizonte, desde la azotea, vemos columnas de humo por toda la ciudad. Llegué aquí luego de sobrevivir a la ciudad de Los Ángeles, buscando calma. Yo no lo creía pues lo leí en una poesía, aunque es una verdad absoluta: las naranjas caen de los árboles por todos lados pues gravedad se escribe con g de gato.

Más apacible imposible dijo la chica del medio oeste gringo que lleva aquí un rato y es mi guía en esta vida tapatía. Por cierto, nos cortamos las alas pero nos salieron ruedas.

Surcando la ciudad al oeste pierdo de vista la punta del hotel aquel que raya el firmamento, hay que ubicarse todo el tiempo, aquí todo diverge y esa flecha al cielo del Riu es el punto de referencia… y me pierdo. En ese preciso instante, una parvada de pericos me atrapa, van haciendo ruido mientras pasan todo por encima sin ningún esfuerzo. Verdes arbóreos, aleteos, animales de otra dimensión.

Surcando la ciudad al oeste pierdo de vista la punta del hotel aquel que raya el firmamento, hay que ubicarse todo el tiempo, aquí todo diverge y esa flecha al cielo del Riu es el punto de referencia… y me pierdo.

Paro en seco y los veo alejarse. Aquí hay algo que no cuadra.

Otro día tomo el transporte público y encuentro a un gringo pobre tocando canciones de más allá del delta del Mississipi, es un hombre viejo, blanco. El día que aprendo el atajo para ir a mi trabajo conozco las vías por donde todos los centroamericanos llegan o cruzan o pasan.

Un nuevo mapa se abre.

Como en el resto de lo que he visto de otros países de la Concacaf, aquí sólo se vienen a refugiar de lugares más lejos o más pobres, da igual si es Luisiana o San Vicente, Tapachula o Comala.

Poco a poco y sin pensarlo ni pedirlo desaparezco en este paisaje y el resto del tiempo lo vivo de lejos. Podría hablar como la gente de Nuño, dañados, tristes, ajenos, muertos de hambre, volviéndose locos, añorando y extrañando. Pero no, aquí hemos venido a renacer en contra de todo, liviana cosa.

La catedral.

La catedral.

Todo ha sido extraño, ha habido casos en los que se han dejado animales muertos y ofrendas de sal afuera de mi puerta pero también apareció una armenia que buscaba un poco de sombra (y que terminamos con el Jones y una teutona en el Lola Lolita), o la gente que siempre pide un vaso de agua o una charla o una opinión.

En una ocasión recuerdo haberle regalado con mucho aprecio unos calzones a unos centroamericanos (que aquellos que los usasen jamás fueran tocados por narcos o sheriffs y que su camino se abriera hasta donde tenían que llegar con bien al cruzar esos ríos y desiertos, aquí hay de todo, aquí empieza todo otra vez).

Y es que así como se puso por allá por el Golfo de México, no, pos mejor irse lejos hasta Arizona y cruzarle por donde haya menos gente. Entran los mariachis, el tequila y el tren de Pepe Cuervo lleno de caras pálidas, ebrios, extranjeros y mexicanos que se las pueden.

Y este contraste, como de toncho fino me explica un compa: “Mira, la cosa es que la vainilla y el toncho no se mezclan, los tienes que batir bien acá en la bolsa pa’ que la puedas inhalar bien fresca, pero recuerda, el toncho y la vainilla no se mezclan”.

He pasado horas escuchando pleitos sobre la naturaleza más allá de la Calzada, como le dicen ahora al cuajo de agua ese que alguna vez fue un río y ahora es la frontera entre los apaches, los cholos, las vestidas y todo aquello que aquí, con perdón de Dios, pero cómo los pone mal, hasta el culo andan siempre de chivo, perico y grillo.

He pasado horas escuchando pleitos sobre la naturaleza más allá de la Calzada, como le dicen ahora al cuajo de agua ese que alguna vez fue un río y ahora es la frontera entre los apaches, los cholos, las vestidas y todo aquello que aquí, con perdón de Dios, pero cómo los pone mal, hasta el culo andan siempre de chivo, perico y grillo.

Del otro lado. Una riqueza ultramarina cedida por cédula de su majestad con sello y firmas, ojo, sin tener que pasar por el esculque o la fecha de esos pinchis capitalinos pepones. Y es ahí donde la puerca tuerce el rabo, saben, pues es aquí donde el criterio de Nuño vive todos los días, así, sin más: Que nadie nunca lo sepa, las cosas tan terribles que aquí pasaron.

Por donde se le vea, algo hizo el cabrón que dos veces esta villa fue asediada por los ejércitos de esos protochilangos americanistas y dos veces los Señores Obispos salieron con sus protocasacas de Chivas y Atlas a ponerlos quietos, y así sigue, ultracatólica, bastión de la pureza y capital universal de la creencia, el año pasado el equipo libró el descenso con cinco goles en una temporada, éste, ya llegamos a liguilla y crecimos en redes sociales. ¡Ah, cómo truenan cohetes en el Expiatorio!

Y es muy extraño, y es la parte que no me checa, no señores. Algo pasó aquí, de a gratis no fue ni la torta ahogada, ni el birote, ni el tequila ni las calandrias que pasan frente a mi casa al sol poniente.

El cavernal, le decían...

El cavernal, le decían…

Veo las palmeras y siento al trópico pero escucho y veo a mi alrededor otro universo, algo ajeno a esas mañanas frescas de flores que chorrean colores. Salgo del vapor para ir a trabajar (sólo así arranco, son dos horas de rehabilitación, llenarme los pulmones de humedad, dormir un poco, tres jugos de frutas y mucha garra para lograr pararme), el invierno había sido brutal, de no haber sido por el capitán aquel, yo habría muerto irresolublemente, primero de tristeza y luego de desnutrición. Entiendo que mis compañeros de oficina sólo hayan visto un cubo de hielo temblando y dando excusas siniestras antes de ser puesto en la tabla y arrojado a los tiburones como marcan los cánones (que se acepta sin reparo pues somos piratas y aunque ya no violamos monjas, seguimos sólo pensando en dineros y especias).

Así pues quedé varado en una torre hecha de restos de otra vida, igualito que todos esos pinches locos que por oro le agarraron gusto a la muerte.

El horror. Tiempo pasa. En navidad, mis hermanos de Sayula me habían mandado un puerco, lo comí con aprecio pero no quedaba ya nada. Y aunque añoraba yo irme ya, decían los avanzados que a Nueva Galicia se viene a saquear o a morir. Yo les creo.

Y luego, la beatitud. Ese tufo a estiércol bien prensado, esa cosa que encuentro en cada cucaracha seca cuyas patas oran por el bien de las demás y el futuro de la especie, y que con sus partes expuestas cubren los adoquines rojos y blancos de tus calles, Santa Tere. El sol quema y sigo sin comprender cómo es que he visto tantos trajes de monjas, tan variados, de todos los colores y formas, es un viaje directo al siglo XVII, escaparate al estilo Sor Juana. Las hay rojas como si cuidasen al emperador Palpatin, azules como Teresa de Calcuta, de café y crema de esas de peinado feo y lentes pesados, otras de negro y blanco, duquesotas, europeas. Esta ciudad esconde un ejército celestial (que tiemblen los pinchis narcos que Santiago anda hecho una furia). Ajá. Beso de anillo.

Los clubes de ciclistas arrancan las calles a los automovilistas, convoys infinitos de gente pedaleando terminan de neurotizar a choferes y señoras en camionetotas. Por cierto, aquí a lo único que respetan los conductores es a la Calandria de la Muerte.

Por la vaquita de Escorza, al lado de las tortugas con tentáculos los chicos juegan con sus sables láser, jedis y siths iluminan la noche enfundados en espandex. Neta.

Los clubes de ciclistas arrancan las calles a los automovilistas, convoys infinitos de gente pedaleando terminan de neurotizar a choferes y señoras en camionetotas. Por cierto, aquí a lo único que respetan los conductores es a la Calandria de la Muerte.

Otro día, otro camión, el sticker: Salvemos al mundo, reza un rosario.

Ciudad bombardeada. Me dicen que no, jamás nada ha mancillado a la Perla de Occidente (excepto cuando tronaron los ductos de Pemex y quedó esto como Nuremberg luego de la guerra). Y no queda claro entonces dónde quedó el centro, dónde los palacios y por qué hay tanta casa tan hermosa cayéndose a pedazos y siendo suplantada por cemento en bruto con castillos al aire. Yo sigo creyendo que sí hubo bombardeos antes que aceptar que las gentes siempre borran todo, hasta la gloria, digo, del equipo emblema de la ciudad a nivel intergaláctico no queda más que un jodido logotipo. “Campeonísimo”. ¿Qué es eso?

Hay que recordar dos cosas, que éste es un reino aparte, y más importante, emblema y cuna del imaginario fílmico a la Allá en el rancho grande y depositario de lo que los mexicanos somos fuera de la federación para con otros pueblos y razas y culturas y gentes muchas de otros lados.

Guadalajara, 22 de abril de 1992. Foto © Antonio Romero / Público.

Guadalajara, 22 de abril de 1992. Foto © Antonio Romero / Público.

Tequila está a media hora y dos gramos de coca lavada sabor a mango, como me lo ofreció un taxista que también me exigía cigarros. En algún lugar de esta comarca se gestó ese vestigio del barroco, el charro, los bigotes, las suertes. Nobles caballeros y bandidos otros tantos. This is Cielito Lindou amigou.

Aquí pasó algo, en verdad, aquí comenzó todo. Y es que todo pasa y no pasa nada, algo entre la caída de Roma y Angry Birds. Pterodáctilos vuelan. Se siente a mar pero no hay agua por ningún lado.

En el baño de un viejo soldado del imperio británico hallé el mapa que ubicaba bien el Marem Chapalicum, espejo olvidado de otros días, otras olas, gente en yates o lirio acuático, bueno, pues de lo que sea que haya habido, no queda maldita la cosa, un agua macilenta despojada de todo brillo. Hace más de un año por ahí pasaron levantando gente una tarde en las riberas, la tensión histórica entre los de acá y Michoacán lo ha tornado además en centro eléctrico de la carnicería nacional. Huele a azufre. Al fondo, una mujer persigue a su hijo por la playa, ambos están enojados, imagino que en otros tiempos esa playa no existiría y ellos estarían nadando alegremente.

Ultratapatía y ultrachola la capital de este reino se debate entre ser un satélite y nexo de California como el resto del Pacífico mexicano o aceptar que salvo su mercado de libros, poco hay que celebrar por aquí. Los años sin títulos pamboleros son como cuentas de un rosario y pesan cada vez más.

Ultratapatía y ultrachola la capital de este reino se debate entre ser un satélite y nexo de California como el resto del Pacífico mexicano o aceptar que salvo su mercado de libros, poco hay que celebrar por aquí.

Eso sí, las nenas… ya sé que decir que están bien buenas es un cliché… pero qué cliché.

Y al final siempre la misma palabra: la plaza. Que pa’ armar el party hay que arreglarse con la plaza, que pa’ que no te tumbe la plaza arréglate, que mejor quedar bien con los cuicos y la plaza, y las calcomanías de la plaza en cada bolsa que halla uno en el hongo del Parque Rojo. Ruido. El otro día a la mitad del reventón, así de acá, que se abren paso unos enmascarados buscando al Wero. No, pos pinche morro, se armó un partyson sin pagarles. Bueno ya hasta el toncho está emplazado. La plaza lo mueve todo, la plaza lo es todo y si no sabes qué es la plaza, mejor cambiamos de tema.

Sábado en la calle de López Cotilla. Ya a punto de cerrar esta aventura y entendiendo que vine a dar aquí por percibir alguna identidad, así como los que terminan deportados o vinieron a probar fortuna en un call-center. Entender que Televisa sí nos pudrió la memoria y que si termina uno buscando a Jorge Negrete o a Los Soler, los agaves y eso que se dibujó alguna vez como un mexicano, quien les halle terminará llorando, falacias, viles y vulgares falacias cual mezcal rebajado. Del sueño mexicano no queda nada, la memoria perdida, no existe tal cosa, un infierno vil de traiciones y trasnacionales. El único que gana es el osito Bimbo.

Chivas tapatías.

Chivas tapatías.

Que igual que Nuño o Cabeza de Vaca por otros lados, vine a dar a esta tierra caliente por perseguir un sueño y estar mal de mi cabeza cuando…

Un sujetucho en un auto blanco se amarra, de él descienden bloqueando el tráfico dos guaruras. El charrito comprado que bajó de la nave pintándonos dedo al tiempo que se la sacaba y orinaba mentándonos la madre y enardeciendo a toda la raza le valió madres aplicar la prepotencia cavernícola tan famosa en estas cortes. Me detengo, el tipo me mira a los ojos, se limpia la nariz, sus guarros me vibran. Se suben y se largan para repetir el numerito más adelante pero ahora son los gorilas meando.

Jalisco Ilegal clama el artista desde las sombras. Aquí pasó algo pero ya nadie lo recuerda. Se borran memorias.

Mi problema es que no puedo olvidar.

Y por fin entiendo qué pasó, que hombres de metal arrasaron con un reino precámbrico en el que mujeres semidesnudas movían tabaco y guerreros longevos hacían buenos chistes y que luego de ello estalló en colores y atrajo y volvió loca a la gente y no, no hablo de los Panamericanos, hablo de una genuina voluntad por hacer de este sitio un lugar de bien, con buenas maneras a la usanza occidental: biblias y balas. No olviden, aquí la gente nunca pierde y si pierde arrebata.

Y por fin entiendo qué pasó, que hombres de metal arrasaron con un reino precámbrico en el que mujeres semidesnudas movían tabaco y guerreros longevos hacían buenos chistes y que luego de ello estalló en colores y atrajo y volvió loca a la gente.

Eso lo plasmó alguien de por aquí en un hospicio.

Porque si le quitamos todo aquello que ha venido a atiborrar este jardín, empezando por Maná y hasta Miss Universo pasando por Canelo, Lorena Ochoa y Checo Pérez, sólo queda un llano bien iluminado, una barranca, el cielo, las jericallas y Minerva con cabeza de Medusa.

El tiempo apremia.

Una noche, al ver bajar ilegales del tren, uno en particular llama mi atención. De tierras lejanas apenas va llegando y ya levanta un trozo de cigarro y lo prende, se quita sus gafas y aparecen unos ojos, viene de San Pedro Sula, escapa de la violencia, cubierto por el hollín tose y se sienta. Viaja en el tiempo y el espacio y nadie lo ve.

Y así hay muchos en esta ciudad, andamos perdidos, buscando la forma de llegar a California. Le entrego una botella con agua. Somos iguales.

(Perdóname reina mía si por caer en este exuberante sitio me perdí de ti, no hay día que no te llore, yo no te olvido, sólo pienso en volverte a abrazar, silencio).

Debo escapar. Me lo advirtió un bajista; pasado algún tiempo te atrapa, Guadalajara es como la heroína, es fantástica. Y volteo a ver a todos los hindúes y chilangos y alemanes y gringos y franceses y huicholes y a todos los que se quedaron. Sea lo que sea que haya pasado, uno aquí se pierde en jardines colgantes o en barrios marcados con góticas negras. Cruces de neón y plantas de otros tiempos. Algo se chupó el color de todos los televisores. La narco-tecno-administración de las almas, el Cerro del Tesoro como futuro posible e inmediato y otra campaña sin títulos.

Guadalajara es como la heroína, es fantástica. Y volteo a ver a todos los hindúes y chilangos y alemanes y gringos y franceses y huicholes y a todos los que se quedaron. Sea lo que sea que haya pasado, uno aquí se pierde en jardines colgantes o en barrios marcados con góticas negras.

Rebobinado. Peleas. Me han asaltado… llegué con dos celulares y no queda ni uno.

Jamás fui, pero se habla de un palacio hecho de merengue en el cual se adora a un santón electrónico que viola vírgenes que te miran con odio cuando no lloras ni te agitas por la partida divina del señorón hijo de su bomba madre hace años. Alguna vez tuvieron a su disposición un rayo láser en esa villa pero ya no brilla más.

Thanx Dog. Juro que volveré.

Como la vio y escuchó Dn. Rodrigo Betancourt.

Soundtrack by: José Alfredo Jiménez, Enio Morricone, Jorge Negrete, Pedro El Malo, La Toña, Jorge Ben, Brigitte, Slayer, Banda Limón, Sonido Satanás y muchos más. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2013


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