Villahermosa acuática

El Tabasco del pasado y el del presente

Hace cincuenta años Villahermosa era una agraciada y tranquila población junto a un río. Hoy es un auténtico monstruo urbano que corre el riesgo de inundarse por completo antes de que acabe este siglo.

© Bruce Mozert

Hace poco más de un decenio los periódicos publicaron una fotografía del río Grijalva a su paso por Villahermosa, en una de cuyas riberas se distinguía numerosos sacos de arena sobrepuestos como diques de contención. La imagen correspondía a la sección del malecón situada en frente de la colonia Las Gaviotas —ésta al otro lado del río— y era invisible el ancho pavimento de la calle porque a ésta la cubrían por completo las aguas del Grijalva, no obstante el esfuerzo de la trinchera improvisada.

Mirar hoy de nuevo esa fotografía me ha conducido inmediatamente al Tabasco de hace cincuenta años, a la pequeña Villahermosa, semejante aún a la de sus épocas de cuando se llamó San Juan Bautista, pero que entonces iniciaba su modernización urbana.

Gobernaba Tabasco con mano férrea Carlos Madrazo Becerra. Hombre de cuarenta y tantos años, de mirada inteligente y nerviosa, era una notable figura política, influyente en el Golfo y en el Sureste. Personaje de atrayente personalidad napoleónica, estaba transformando la entidad para despegar de su largo abandono. El hierro de Madrazo se notaba en el empuje y la solidez de su administración, y la mano en la destreza impresionante con que la conducía. Tal vez incurría en excesos, en distintos órdenes. Sus detractores llegaban incluso a propalar, por ejemplo, que a los presidiarios que mostraban rebeldía les aplicaba la llamada ley fuga y que sus enemigos políticos desaparecían, atados a una roca, en el fondo de las aguas del río. Eso era completamente falso. Lo que sí me consta es que dos sucesivos jueces de Distrito asignados a Tabasco y que antecedieron a mi padre en esa función federal tuvieron solamente un paso efímero porque no fueron capaces de oponer ante aquel gobernante un ánimo independiente y un temple indispensable.

Ese malecón inundado de la foto fue construido por Madrazo en sólo seis meses y concluido a mediados del año 1962. La colosal obra era absolutamente imprescindible para contener, precisamente, las crecidas del portentoso caudal que inveteradamente, año con año, cubría las calles de la mayor parte de la ciudad capital; de ahí la gran altura y el grosor de las antiguas y sinuosas aceras, incluso muchas provistas de altos escalones. Para el volumen de agua que traía el río durante cada verano, las dimensiones perpendiculares del malecón fueron suficientes. Santo remedio, sobre todo después de las lluvias del siguiente año —septiembre de 1963—, cuando fue necesario tender dos hiladas adicionales de bloques sobre la barda de sostén del enrejado del malecón. Tengo entendido que, desde entonces, no se habían registrado desbordes mayores, hasta hace diez años y todos los subsiguientes hasta ahora.

Ese malecón inundado de la foto fue construido por Madrazo en sólo seis meses y concluido a mediados del año 1962. La colosal obra era absolutamente imprescindible para contener, precisamente, las crecidas del portentoso caudal que inveteradamente, año con año, cubría las calles de la mayor parte de la ciudad capital.

Hace media centuria, con el flamante malecón en activo, la vida en la ciudad acuosa comenzó a marchar sin ningún sobresalto. El río Grijalva la limitaba con precisión y sus afluentes la circundaban con gracia. Además, una amplia, bella y pintoresca laguna tutelar vivía feliz en uno de los bordes de la breve ciudad, más bien los del poniente. Y nosotros, sus habitantes todos, también respirábamos tranquilos, a pesar de la presencia ubicua del agua. Desde la altura de las ramas de un árbol teníamos al río y la laguna abrazándose; desde un casi elevado edificio estaba la misma pareja, multiplicada, y los brazos de agua por aquí, por allá. Y desde un avión en el aire, alrededor de la minúscula urbe, en vez de suelo resaltaban manchones de ansiosa vegetación sitiada entre múltiples y líquidos espejos.

Ciudad acuática, Villahermosa era, efectivamente, una agraciada villa acostada sin miedo junto al río. Así ha vivido, rodeada de agua, insectos y batracios; de aves fluviales y de selva; de exuberantes frutas sorpresivas y de gente temperamental y sin dobleces. En ella la lluvia vaporiza las mañanas, estremece las tardes y acaricia las noches sensuales, de húmedas luciérnagas.

Los setenta mil habitantes de entonces nos despertábamos diariamente con el noticiero radiofónico del licenciado Sibilla Zurita, gracias al cual y a la prestancia y simpatía del popular e inteligente periodista nos enterábamos de todo, incluso de si en la ranchería fulana, “primera sección” (en la margen izquierda del río), había fallecido un loro casero y parlanchín… Es que la vida toda transcurría con tropical y deliciosa lentitud, la misma con la que el ganado del rastro bajaba a beber a la orilla oriental de la Laguna de las Ilusiones, a un lado de nuestra casa.

Lo mismo ocurría con el tráfico vehicular. Junto con los relativamente pocos automóviles, sólo se requería, francamente diferenciadas, cuatro rutas en los autobuses urbanos: una, la de Atasta, otra la de Tamulté, dos antiguos poblados gemelos convertidos ya en barrios muy distantes del centro, más allá de la Ciudad Deportiva, otra obra monumental de Madrazo. Mayito era la tercera, ubicada entre la Quinta Grijalva y el poniente de la ciudad. Y la cuarta, la ruta de Circunvalación, que tocaba las dos únicas colonias propiamente urbanas —la López Mateos y la Magisterial—, cercanas a la Ciudad Universitaria (de nuevo, otra magna obra de Madrazo), espaciosa, funcional y estéticamente incrustada en los bordes norteños de la laguna. El verdor del multiforme estanque reflejaba en sus orillas los modernos edificios universitarios y las copas y ramajes de robustos ceibos y ramones, y corpulentos castaños y macuilises, todos ellos absolutamente silvestres.

La algarabía tabasqueña bullía en la Plaza de Armas y en los Parques Juárez, La Paz y Los Pajaritos, y a lo largo de la elegante Calle Juárez, en cuya tienda de ultramarinos Colón (negocio de los hermanos Rojas, de origen yucateco, y uno de ellos padre de mi tabasqueñísimo condiscípulo) adquiríamos cotidianamente la prensa yucateca,único contacto vivo con nuestro abandonado terruño, en donde abruptamente habíamos dejado casa, familiares y amigos.

El hermoso y selvático Parque Tabasco era, desde entonces, un paraíso frutal de varias hectáreas, arbolado de mangos y zapotes, jujos y granados, platanar y cocotal, y atravesado de senderos y carretera, dotado de bancas y de kioskos, uno por cada municipio, para la Feria de Abril. Años enteros estuvo en el litoral de un amplio recodo de la laguna omnipresente, en cuya jungla oscura emplazaron desde hace treinta años la atrayente y selvática zona hotelera de la ciudad, a trescientos metros en frente de donde estuvo situada nuestra casa. Esta vivienda, al igual que sus vecinas, era completamente lacustre ya que, localizada en la orilla exacta del pequeño lago, nuestro patio era de naturaleza acuática: un verde remanso cubierto de jacintos morados, donde nadábamos y remábamos frecuentemente, cuidándonos de algunos lagartos que ahí merodeaban y que eran alimentados municipalmente con truchas y mojarras. Por las tardes, mientras estudiaba en mi amado libro de Biología de primero de secundaria, sentado de cara al anaranjado poniente, sobre mi cabeza y la laguna y rumbo al Parque Tabasco, miraba pasar, en bandadas, las ráfagas de loros.

Ciudad acuática, Villahermosa era, efectivamente, una agraciada villa acostada sin miedo junto al río. Así ha vivido, rodeada de agua, insectos y batracios; de aves fluviales y de selva; de exuberantes frutas sorpresivas y de gente temperamental y sin dobleces. En ella la lluvia vaporiza las mañanas, estremece las tardes y acaricia las noches sensuales, de húmedas luciérnagas.

Únicamente se contaba entonces con dos templos católicos, La Conchita y La Santa Cruz, ya que Tomás Garrido Canabal —cuyo régimen anticlerical inspiró la novela El poder y la gloria de Graham Greene— los derruyó todos en los años veinte, y estas dos iglesias eran necesariamente posteriores a esa agitada época. La nueva catedral —llamada formalmente El Señor de Tabasco, para alentar el catolicismo adormecido— estaba aún en construcción, en la parte alta de la Avenida 27 de Febrero, que baja anchurosamente hasta la Plazuela del Águila, donde se estrecha cada vez más hasta desembocar en el malecón, después de pasar por el ya desaparecido mercado Gregorio Méndez, oloroso siempre a requesón y a pan de huevo. En las tempranas noches de fin de semana, en la Plaza de Armas los muchachos caminaban en un sentido y las muchachas en otro, saludándose repetidamente en cada encuentro con un “adiú” en vez de “adiós”, ya que Garrido había terminantemente prohibido este inocente pero religioso vocablo.

En frente de la plaza, a un costado de La Conchita, estaba el Museo Arqueológico, tras cuyas ventanas —púberes en excursión escolar— a veces sorprendíamos trabajando, con el torso desnudo por el sofocante calor de su tierra–agua, a Carlos Pellicer Cámara, excelso poeta del paisaje, original museógrafo y devoto confeccionador anual de Nacimientos en su casa de Las Lomas en Ciudad de México, metrópoli en donde residió desde su juventud, aunque visitando siempre su húmedo solar. Me parece que él acuñó la expresión de hombre-boa para referirse al hombre del campo y la selva tabasqueños, el hombre de agua, de río, el hombre reptil sobre el zacatal, el hombre untuoso a lo largo de las riberas, el hombre-boa…

Ése era el Tabasco de ayer. El de hoy es otra cosa. Y Villahermosa es un portento urbanístico a partir del auge petrolero y del superlativo desarrollo extensivo de la ganadería y la agricultura, que —según el investigador Iván Restrepo escribió en el año 2000— avanzó “a costa de la destrucción de los ecosistemas y los recursos naturales de la entidad”, afirmando también que “el sistema de regulación hidráulico de la ciudad de Villahermosa ha sido sustituido por los centros comerciales y por la infraestructura y fraccionamientos urbanos”.

Prueba de todo ello ha sido, desde hace más de un decenio, la presencia prácticamente anual de las severas inundaciones en todo el territorio tabasqueño. Son de recordarse la del año 2000 —a la que me refiero al inicio del texto— y la de agosto del año pasado, la de más triste memoria por ser el mayor desastre natural en cincuenta años, y que ocurrió entre el 28 de octubre y el 15 de diciembre de 2007: ochenta por ciento de la superficie estatal bajo las aguas, un millón de damnificados, aislamiento por tierra del resto del país y, por supuesto, suspensión de la mayor parte de las actividades económicas y sociales en la entidad. ¿La causa original, según investigaciones comentadas en páginas de Multimedios? “La deforestación continua e implacable, desde hace décadas, de la selva tabasqueña para uso ganadero y agrícola. Esto se debe a que la lluvia, en vez de ser consumida por la vegetación exuberante del trópico, se precipita río abajo, aumentando el caudal exponencialmente”.

Es decir, las tremendas inundaciones y desbordes de hoy, inimaginables en un gran centro urbano como lo es Villahermosa desde hace veinte años (pero sumamente vulnerable por estar completamente rodeada por ríos y por encontrarse bajo el nivel de éstos), son consecuencia de la mencionada deforestación que ha padecido nuestro país; en este caso, la de los bosques y selvas chiapanecos, donde se engruesan los caudalosos ríos que descienden y cortan aquellas sierras y que después serpentean por toda la extensa llanura aluvial tabasqueña, naturalmente propensa a inundarse. Aunque se asegura que existen medidas técnicas que podrían revertir en serio tal deterioro forestal. De no aplicarse éstas con responsabilidad, tanto de los gobiernos como de la sociedad civil, la gravedad de las anuales inundaciones puede dibujarnos un futuro incierto para el estado de Tabasco y un cuadro fúnebre para el viejo y novelesco puerto fluvial de San Juan Bautista, la Hermosa Villa de mis púberes evocaciones. ®

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