Vivir en el Antropoceno

Nuevos retos conservacionistas

Hay que reconocer la importancia de conservar la naturaleza para el desarrollo económico global. Fomentar el uso de las tecnologías necesarias para mejorar la salud y las condiciones de vida tanto de los humanos como del resto de los seres vivos. En lugar de maldecir el capitalismo los conservacionistas deben aliarse con las grandes corporaciones para integrar a sus operaciones políticas y comerciales valores a favor de la naturaleza.

I

El cambio climático representa una de las transformaciones más rápidas e intensas que la Tierra haya experimentado jamás. Algunos científicos argumentan que con el advenimiento de la era industrial, la humanidad ha causado tantos cambios a nivel biótico, geoquímico y sedimentario del planeta, que hemos dejado atrás el Holoceno, entrando así a una nueva fase geológica: el Antropoceno. Las implicaciones de este suceso en el futuro de la vida en el mundo son hasta ahora poco claras. Comprensiblemente, algunos expertos han interpretado esta transformación masiva del clima y los sistemas de la biosfera como un indicio de que la humanidad está alcanzando o de hecho ya ha rebasado las capacidades que el planeta tiene para sobrevivir.

Desde que nuestros primitivos antecesores descubrieron el fuego y los diferentes beneficios del esfuerzo colectivo, tales como la caza y el aprendizaje en sociedad, los sistemas humanos superaron los factores biofísicos que limitan al resto de las especies. No fueron las reglas planetarias, sino los límites originados por los propios sistemas humanos los que constriñeron el desarrollo en el Holoceno; y no debemos esperar muchas diferencias en el Antropoceno. Sin embargo, ¿cuánto de razón hay en percibir todos estos cambios como algo enteramente decadente? ¿Son válidas todas las visiones catastrofistas de la mayoría de los grupos conservacionistas?

Los humanos hemos alterado dramáticamente los sistemas naturales. Hemos convertido los bosques en granjas, hemos apresado ríos, hemos conducido infinidad de especies a la extinción y domesticado otras por la fuerza. De igual forma, hemos alterado los ciclos de nitrógeno y carbono, acelerando así el calentamiento global; y a pesar de todo, la Tierra se ha convertido en un lugar más productivo y eficaz para soportar el incremento en la población mundial. En otras palabras, mientras el Antropoceno se establece trayendo consigo nuevos riesgos ecológicos y sociales, prácticas humanas milenarias tales como la agricultura han probado oponer una resistencia extraordinaria a los retos ambientales y sociales. La Tierra, pues, es un bastión robusto capaz de soportar las presiones demográficas, el uso exhaustivo de los suelos y las fluctuaciones climáticas a través de los siglos.

II

En los últimos doscientos años, los hidrocarburos fósiles han sustituido en gran medida la fuerza laboral humana y animal, revolucionando nuestra capacidad para manejar ecosistemas. La escalada industrial ha traído de la mano el aumento en el uso de materiales artificiales, tantos que su cuantificación es prácticamente imposible. Estos artificios incluyen un variado abanico de productos destinados, por ejemplo, a controlar especies indeseables. La ingeniería genética ha acelerado la transferencia de genes entre especies (productos transgénicos). Los deshechos resultantes de los sistemas humanos están en todos lados: tierra, aire, agua, incluyendo emisiones de dióxido de carbono con la fuerza necesaria para acidificar los océanos y modificar los promedios de temperatura atmosférica a velocidades nunca antes registradas en la historia del planeta. La fauna marina salvaje, así como los bosques están en vías de volverse parte de nuestra memoria.

Simultáneamente, los avances en salud pública y tecnología médica han incrementado de manera contundente las expectativas humanas de vida. Los sistemas industriales están conectados globalmente y evolucionan con mucha mayor rapidez que los sistemas humanos del pasado. Esto ha acelerado el ritmo de las transformaciones sociales, mediante un continuo intercambio de materiales y saberes tecnológicos. Especialmente, en los últimos cincuenta años la mayoría de los humanos han disfrutado de vidas más largas, más saludables y libres en comparación con todo el Holoceno.

En los últimos doscientos años, los hidrocarburos fósiles han sustituido en gran medida la fuerza laboral humana y animal, revolucionando nuestra capacidad para manejar ecosistemas. La escalada industrial ha traído de la mano el aumento en el uso de materiales artificiales, tantos que su cuantificación es prácticamente imposible.

No hay razones para creer que estas dinámicas vayan a decrecer, lo cual podría ser visto como una evidencia más de la resistencia humana a todos los cambios por venir. Para bien o para mal, los humanos parecemos ser completamente capaces de continuar con el crecimiento mediante la modificación de los ecosistemas terrestres. A pesar de los desesperados intentos de hacer de la luna y los planetas más próximos lugares habitables, por el momento, no parece haber otra opción que quedarse a morir aquí.

La urbanización es, quizá, el cambio más contundente en los procesos globales de la era industrial. A partir de ésta, las sociedades humanas se han apurado a concentrarse alrededor de las economías de mercado que marcan las ciudades, separándose así de la vida campesina y, en general, de las interacciones con las áreas rurales.

El crecimiento de las economías urbanas origina ventajosos avances en casi todos los aspectos de los sistemas humanos, incluyendo mejor sanidad, mayor salario, mejores oportunidades de vivienda, transportes más eficientes, acceso a una mayor cantidad de servicios y tratamiento más eficaz de los deshechos. No obstante, algunos de los efectos más considerables de la urbanización tienen mayor impacto fuera de las ciudades. La migración rural hacia las urbes implica de manera simultánea una despoblación de los campos y una mayor demanda de comida y recursos en las zonas urbanas. Esto conduce a un incremento en la producción agrícola en hectáreas designadas para ello. Estas operaciones se llevan a cabo con tecnología que suple la mano de obra y permite cubrir la demanda de alimentos necesaria para satisfacer las necesidades citadinas, al tiempo que estimula la recuperación paulatina de la flora y la fauna en las áreas desocupadas.

Tal y como sucedió en el tránsito del Paleolítico al Holoceno, la mayoría de los humanos abandonará las viejas costumbres. En el Antropoceno, las viejas prácticas agropecuarias ya se están convirtiendo en pasatiempo para las élites y recuerdos nostálgicos para el resto. Esto tiene su lógica si pensamos que al tiempo que los ecosistemas desaparezcan —junto con su flora y su fauna en estado silvestre—, también lo harán todos los sistemas humanos asociados con éstos.

Es verdad que no hay nada particularmente bueno en el hecho de vivir en un planeta cada vez más caliente y con menos recursos naturales, sin embargo, en términos de supervivencia, los humanos no tenemos mucho de qué preocuparnos, puesto que es evidente que nuestros sistemas están preparados para adaptarse y prosperar en un mundo con temperaturas cada vez más altas y con menor biodiversidad. Las teorías conservacionistas más fatalistas aseguran que los límites biofísicos marcan asimismo los límites de nuestra capacidad de supervivencia. En contraste, los hechos muestran con relativa claridad que nuestro desarrollo ha continuado expandiéndose, forzando los límites de la naturaleza permanentemente. La historia de las civilizaciones humanas se ha caracterizado por la transgresión de su entorno, así como su constante crecimiento a costa de éste.

El Antropoceno está aquí, y esto significa superar los miedos a transgredir las reglas naturales y deshacernos de una vez por todas de esa esperanza nostálgica del regreso de las épocas pastorales o las eras prístinas. El Antropoceno no debe ser visto como una crisis, sino como el principio de una nueva era geológica que lleva consigo una nueva oportunidad para la humanidad.

III

El conservacionismo se convirtió en una misión global en la década de los setenta y se consolidó como un movimiento importante en la de los ochenta. En este trayecto, la justificación de sus impulsores mutó de los valores espirituales y estéticos a los enfocados en la biodiversidad. La naturaleza, entonces, comenzó a ser oficialmente descrita como primorosa, delicada e inmersa en un peligro inminente de colapsar, víctima del uso y abuso humanos. Y aunque no todo es tan oscuro, es verdad que hay consecuencias indeseables en la depredación indiscriminada de ecosistemas y el crecimiento urbano descontrolado.

A lo que me refiero aquí, empero, es que ecologistas y conservacionistas (Al Gore, Rachel Carson, entre otros) han puesto un énfasis enfermizo en la vulnerabilidad de la naturaleza, argumentando con frecuencia que una vez que un ecosistema es alterado, éste está condenado a desaparecer. En la óptica de dichos grupos, si una especie se extingue, todo el hábitat está en peligro de derrumbarse y que, a su vez, si varios de estos ecosistemas se pierden el mundo dejará de existir. Todo, desde la expansión tecnológica en la agricultura, hasta la destrucción de los bosques húmedos, pasando por la modificación de las rutas hidrográficas ha sido pintado como una amenaza a los supuestamente endebles órganos que componen el cuerpo de los ecosistemas planetarios.

El problema para los conservacionistas es que la información y las estadísticas confrontan radicalmente sus teorías apocalípticas. Actualmente se sabe que la desaparición de una especie no lleva necesariamente a la extinción de otras formas de vida dentro del mismo ecosistema. El nogal norteamericano, por ejemplo, fue alguna vez un árbol dominante en el este de Estados Unidos y Canadá, y ahora se ha extinguido debido a una plaga extranjera. Sorprendentemente, el bosque y su ecosistema no se han visto afectados de ninguna forma. La paloma migrante, una vez tan abundante que sus parvadas oscurecían los cielos, también ha desaparecido, así como múltiples especies que van desde la vaca marina hasta el pájaro dodo, dejando tras de sí pocos o ningún cambio en sus respectivos hábitats.1

Estos ejemplos constituyen paradigmas en lo que a capacidad de recuperación de un ecosistema se refiere. Además, no son casos aislados. En el artículo referido, los autores identificaron 240 estudios acerca de ecosistemas a lo largo y ancho del mundo, en los cuales ha habido casos de deforestación, explotación minera, derrames de hidrocarburos y otros tipos de contaminación tóxica. En 173 de estos estudios (el 72 por ciento) la abundancia de plantas y animales, así como otros parámetros de normalidad, mostraron una gradual recuperación en el mediano plazo.

En el 2010, un reporte aparecido en Animal Conservation indica que las selvas tropicales que han sido abandonadas después de servir como tierras de cultivo han mostrado una recuperación de entre el 40 y el 70 por ciento de sus especies originales.2 Incluso los orangutanes de Indonesia, especie que se pensaba sólo sobreviviría en los bosques silvestres, han sido contados por centenas en las plantaciones de palmera oleosa y en las tierras degradadas por la agricultura.3

La naturaleza es tan resistente que se puede recuperar rápidamente incluso de los disturbios humanos más serios. En los alrededores de la planta nuclear de Chernobyl —que explotó y se fundió en 1986— la vida silvestre es cada vez más abundante a pesar de los niveles de radiación.4 En el Atolón Bikini, donde entre 1946 y 1958 se llevaron a cabo pruebas nucleares que materialmente hirvieron millones de litros de agua, el número de arrecifes de coral se ha incrementado en comparación con la población existente antes de las explosiones.5 Más recientemente, las bacterias del Golfo de México han degradado y consumido velozmente la mayor parte del derramamiento masivo de crudo acaecido en 2010.6

La naturaleza es tan resistente que se puede recuperar rápidamente incluso de los disturbios humanos más serios. En los alrededores de la planta nuclear de Chernobyl —que explotó y se fundió en 1986— la vida silvestre es cada vez más abundante a pesar de los niveles de radiación.

Hoy en día hay coyotes merodeando Chicago por las noches y halcones peregrinos han sido vistos abalanzarse desde los rascacielos californianos para capturar algún pájaro menor. Es decir, así como destruimos hábitats, creamos unos nuevos: en el suroeste de Estados Unidos una especie clasificada de salamandra parece vivir únicamente en los bebederos del ganado. A la fecha, no se le ha encontrado en ningún otro sitio.7

Desde luego, este tipo de información rara vez aparece en los libros, pues no le da juego a las audiencias que de algún modo se han vuelto adictas a las historias del colapso y el apocalipsis ambiental.

Incluso el clásico símbolo de la fragilidad, el oso polar —al que gracias a las teorías ambientalistas más maniqueas suele imaginársele parado de puntitas sobre el último bloque de hielo del ártico—, tiene grandes posibilidades de sobrevivir al calentamiento global, en caso de que las poblaciones de focas tanto de puerto como las groenlandesas continúen con una tendencia ascendente.

La historia de la vida sobre la Tierra tiene como marco permanente la evolución y adaptación de las especies a los constantes cambios ambientales. Así ha sido desde hace millones de años y seguirá mientras el planeta resista.

Los ideales ambientalistas presuponen que hay todavía partes del mundo que no han entrado en contacto con la humanidad, pero a ciencia cierta se sabe que actualmente —salvo aguas marinas muy profundas— es imposible encontrar un rincón de la Tierra que no haya sido marcado por la actividad humana. La edénica virginidad de la naturaleza, objeto supremo del deseo conservacionista, no ha existido al menos en los últimos mil años.

Los efectos de los sistemas humanos se encuentran por doquier. Los peces y los mamíferos marinos de las remotas aguas árticas están contaminados con pesticidas químicos. Hay más tigres en cautiverio que en sus hábitats naturales. En lugar de extraer madera de los bosques, se estima que para el año 2050 vamos a obtenerla sólo de criaderos arbóreos de enormes dimensiones. La erosión natural, así como los deslizamientos del subsuelo solían ser los grandes removedores de roca y tierra, hasta antes de que los humanos comenzáramos con la construcción masiva de carreteras, la explotación indiscriminada de zonas mineras y los proyectos arquitectónicos de gran envergadura. En todo el mundo, la mezcla entre el cambio climático y las especies desarraigadas de sus hábitats naturales han creado una nueva palestra de ecosistemas cuyo único catalizador es la actividad humana.

IV

En el presente, los esfuerzos por coartar el crecimiento y proteger los bosques de la explotación agrícola resultan injustos, si antes no se toma en cuenta que existen aproximadamente 2,500 millones de personas viviendo con menos de dos dólares al día, y de ésas, la mitad malvive en permanente inanición. Enfrentar a las personas con la naturaleza, como hacen numerosos grupos conservacionistas actualmente, sólo crea una atmósfera en la que éstas comienzan a ver a la naturaleza como el enemigo. Si la gente no ve el conservacionismo como algo que beneficie sus intereses, éste nunca se convertirá en una prioridad social. Por ello, las teorías conservacionistas más ambiciosas deben demostrar cómo los porvenires tanto de la humanidad como de la naturaleza están completamente interconectados, y ofrecer, así, nuevas estrategias que promuevan la salud y la prosperidad de ambos factores.

En todo el mundo, la mezcla entre el cambio climático y las especies desarraigadas de sus hábitats naturales han creado una nueva palestra de ecosistemas cuyo único catalizador es la actividad humana.

Uno no necesita ser un teórico posmoderno para entender que el concepto Naturaleza como antítesis de los procesos físicos y químicos de los sistemas naturales siempre ha sido una construcción humana, diseñada y moldeada para nuestros propios fines. La noción de que la naturaleza sin personas es mucho más valiosa que donde sí las hay, así como el retrato de esta misma naturaleza como entidad frágil o femenina no son el reflejo de verdades primigenias, sino esquemas mentales que varían según la época.

¿Si no hay más naturaleza en estado salvaje, si la naturaleza es resistente y adaptable en vez de enclenque y si los humanos somos, de hecho, parte de esta naturaleza y no los pecadores originales que causaron el desvanecimiento del Edén? Con estos golpes de timón en los paradigmas, ¿cuál debe ser la nueva visión conservacionista?

Quizá lo primero sería reconocer la importancia de conservar la naturaleza para el desarrollo económico global. Es decir, fomentar el uso de las tecnologías que son necesarias para mejorar la salud y las condiciones de vida en general tanto de los humanos como del resto de los seres vivos. En lugar de maldecir el capitalismo, los conservacionistas deben aliarse con las grandes corporaciones para integrar a sus operaciones políticas y comerciales valores a favor de la naturaleza. En vez de volcarse a la protección de la biodiversidad por el beneficio único de ésta, los nuevos conservacionistas deben concentrarse en el fomento de los sistemas naturales que benefician a un mayor número de personas, comenzando por los más pobres.

El conservacionismo basado en crear bardas y límites o lugares apartados y recónditos adonde sólo unos pocos (generalmente los naturalistas y biólogos mejor patrocinados) pueden llegar es una misión perdida. Por el contrario, proteger un tipo de naturaleza que es dinámica y resistente, que está a nuestro alcance y que es capaz de sostener comunidades humanas, ésas deben ser las pautas a seguir. De otra forma, el conservacionismo fracasará —tal y como lo ha hecho hasta la fecha— asfixiado en sus propios mitos. ®

Referencias
[1] Jones H.P. y O.J. Schmitz, 2009. “Rapid Recovery of Damaged Ecosystems”. PLoS One.

[2] Dent, D.H. 2010. Error! Hyperlink reference not valid. Animal Conservation.

[3] Nijman V., 2010. ”Declining Orangutan Encounter Rates from Wallace to the Present Suggest the Species Was Once More Abundant”. PLoS One.

[4] Goldenstein, Chris. 2012. ”Ecological Consequences of the Chernobyl Disaster”. Stanford University.

[5] Richards, Z.T. 2008. “Bikini Atoll Coral Biodiversity Resilience Fice Decades After Nuclear Testing”. Marine Pollution Bulletin.

[6] Hazen, T.C. 2011. ”Deep-Sea Oil Plume Enriches Indigenous Oil-Degrading Bacteria”. Science 300.
[7] Collins, J.P. 2009. ”Sonora Tiger Salamander Recovery Plan”. U.S. Fich and Wildlife Service. (Pg. 6: Habitat Requirements)

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Publicado en: Abril 2012, Destacados, ¿Nos estamos acabando el mundo?

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  • César P

    El problema de un antropocentrismo de este tipo es que ignora, o pasa por alto, todo el desarrollo e investigación filosófica que se ha realizado sobre la relevancia moral de: a) los seres vivos, b) los sentientes y c) los ecosistemas. No toda reflexión conservacionista se apoya en “valores espirituales y estéticos a los enfocados en la biodiversidad” sino que aporta argumentos racionales que demuestran, o tratan de demostrar, porque es que un uso irrestricto de los recursos naturales es contraproducente tanto para la biodiversidad como para los humanos en particular.

  • Espléndida prosa, polémico tema. Me recordó a Michael Crichton y sus incisivas provocaciones contra los medioambientalistas. En la misma línea de Lomborg, muestras las cara oculta del catastrofismo. Personalmente creo que es verdad que la naturaleza (y hay que recordar que somos parte de ella, algo que los conservacionistas siempre omiten) nos soportará y nos rebasará. Eso no está en cuestión. Pero hay un flanco valioso en algunas (no en todas) de las diatribas ambientalistas: su crítica ideológica al actual sistema-mundo. Un aspecto vital que tirios y troyanos pasan por alto casi siempre es que, si el capitalismo es inevitable, entonces queremos un capitalismo mucho mejor al actualmente existente. Queremos verdaros Estados de Bienestar y no oligarquías rapaces; queremos corporaciones con sistemas de producción eficientes (“verdes”, les llamamos ideológicamente) y no negligentes. Queremos que quienes manejan sustancias tóxicas se apliquen al máximo en su trabajo y no que desprecien la vida humana y de otras especies, utilizándolas con descuido, etc.
    Como siempre, un gustazo leerte, estimado.
    Saludos.