Los ninis

Las cucarachas

A la luz del sol las cucarachas
lucen alas de cobre tornasol
y las pupilas cambian de pigmentos
según los ropajes que las visten.

Ignoro si son de temperamento
caliente sólo en el trópico
y de carácter templado en el centro
del mapa donde nací.

Vistas al microscopio descubres
su condición hiperquinética
pues mueven las patitas
como las criaturas que penden de mezquites.

Si les arrojas el chorro de luz
de una Eveready potente,
con las pequeñas antenas
trazan un alfabeto desconocido.

Son irrepetibles cuando las ves
arrinconadas con el bote
rociador de Baygón: levantan las manitas
como quien pide paz.

Las hormigas

Si hay algo que echo de menos de mi pueblo
es el universo de las hormigas,
la perfección de su nado sincronizado
y el tempo que las lleva cada día
a procurarse el sustento.

Cuando en casa alguien amanecía
con una cara de los mil demonios
me mandaban a observar el hormiguero
y el ballet que trazaban con hojas verdes.

Antes de rendir mi informe
acerca de la tarea cotidiana
que cumplían, ya me había hecho
una idea de sus cavidades en el agujero.

Me iba entonces a la sala
y con una hoja de cuaderno y ahí
trazaba minuciosamente la arquitectura
interior del vecindario.

En cualquier momento me escapaba
a la luna del ropero y veía que Uriel
ya tenía otro semblante: ya eran
menos los demonios; los más, amaestrados.

Los fakires

me dice el fakir que en casa
comen de todo: vidrios, clavos y alambres.

que puedo regalarle botellas pet,
goznes, chapas y cables de cobre o acero.

que los chicos van al kínder
y llevan para el recreo bisagras y, a veces, herramientas.

que en vacaciones no van a playas
sino a ciudades grandes y medianas.

ahí, en los cruceros, venden klínex unos,
otros chicles o globos de azúcar, helio y gasolina.

que los más grandecitos cantan corridos
con guitarras de cartón, o rap con botes de café.

que quieren presentarse en programas de tele
en horario AAA para conseguir una beca.

que quizá un día lleguen a nueva york,
miami o hollywood, en la cresta de un meteorito.

En la plaza

Antes que se desvanezca
la tarde en brazos desconocidos
te detienes donde alguien espera
a otro alguien, alguno desea
a quien.

Ves que pasa el de ojos
ágata como ajeno felino
que ha perdido el don
de fijarlos en algunos.

Ése no, dices, tampoco
aquél de mirada vidriosa
como vitral que se vendrá
en astillas, en trozos inevitables.

Tampoco ése, dices, que
no llega porque ahí está
como el agua detenida
que no duplica nubes ni bocas.

Ni siquiera yo que no espero
ni encuentro, ni despedida de nadie
ni puerta abierta, ni pulso
que me sostenga ni sol fundido. ®

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Publicado en: Noviembre 2012, Poesía

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