A 81 años de Nada

de Carmen Laforet

Cada relectura transforma un libro mientras nos transforma. Nada forma parte de esas historias de libertad femenina que la historia no siempre ha sabido nombrar. Frente a un contexto franquista que restringía la voz de las mujeres, Laforet hizo pública la soledad, la precariedad y el deseo de una joven que se niega a quedar anulada.

Carmen Laforet.

Más de ocho décadas después, Nada sigue revelándose como una novela que traduce los espacios indecibles de la migración, la guerra y la experiencia de las mujeres.

Conocí a Carmen Laforet a través de su novela Nada. Llegué a ella buscando un espejo de letras. Había migrado a México desde una ciudad colombiana que, aunque grande, no podía compararse con la vastedad de la Gran Tenochtitlán. En 1944 Laforet presentó Nada al I Premio Nadal como obra inédita; el jurado la declaró ganadora en 1945. Yo la leía en 2012, sesenta y siete años después, en la Ciudad de México: territorio de exilios y desplazamientos que también me observaba, dándome tiempo para decidir si regresaba a la vida de la que había huido o si me atrevía a imaginar otra, quizá más libre, en un lugar donde nadie me conocía.

Llegar a una ciudad desconocida es habitar una casa nueva a la que no se le percibe el interior. Es sentirse fuera de algo que parece tener un adentro. La migrante aprende a observar: afina el acento, mide el gesto, modula la presencia, calla para examinar. Nada está hecha de esos silencios. Andrea, su protagonista, encarna esa contemplación expectante: es quien mira antes de hacer nacer su palabra, quien procura adaptarse sin desaparecer. A veces quien simula o juega el juego de ser o imaginarse otra.

La Guerra Civil ha arrasado no sólo ciudades, sino vínculos y confianzas, ha modificado el afecto, ha hecho lo humano otro, lo imposible, lo ya perdido, ha trastocado la fe.

Huérfana y recién llegada a Barcelona para estudiar letras, Andrea entra en una casa de la calle Aribau, donde viven sus familiares, que condensa la devastación de la posguerra española. La Guerra Civil ha arrasado no sólo ciudades, sino vínculos y confianzas, ha modificado el afecto, ha hecho lo humano otro, lo imposible, lo ya perdido, ha trastocado la fe. Laforet convierte esa casa en una metáfora intacta de esa modificación: habitaciones cargadas de rencor, hambre, violencia contenida. Con una prosa de notable seguridad y madurez, encierra en ese espacio doméstico los estragos visibles e invisibles de la guerra. La decadencia material es también decadencia moral.

Pero la novela no es solamente historia de devastación. Es también relato de deseo. Andrea llega una noche de octubre; nadie la espera y, sin embargo, no siente miedo, la embarga el ansia. En esa llegada nocturna, en medio de la miseria y el aire sofocante del piso familiar, asoma la aspiración de libertad. La ciudad, la universidad, la amistad, la posibilidad de elegir se abren como fisuras en la realidad. Barcelona era el puerto de refugio que se le antojaba como palanca de su vida.[1]

Cada relectura transforma un libro mientras nos transforma. Con el tiempo he comprendido que Nada forma parte de esas historias de libertad femenina que la historia no siempre ha sabido nombrar. Frente a un contexto franquista que restringía la voz de las mujeres, Laforet hizo pública la soledad, la precariedad y el deseo de una joven que se niega a quedar anulada. La insistencia de la escritora por calcar las reglas que se le imponían a Andrea la llevaron a crear escenas donde personajes como Angustias o Gerardo recrean el control sobre el cuerpo de las mujeres: “Luego, en el tranvía que tomamos para la vuelta, me fue dando paternales consejos sobre mi conducta en lo sucesivo y sobre la conveniencia de no andar suelta y loca y de no salir sola con los muchachos. Casi me pareció estar oyendo a tía Angustias”.

“Tal vez el sentido de la vida para una mujer consiste únicamente en ser descubierta así, mirada de manera que ella misma se sienta irradiante de luz”.

A 81 años de su publicación, Nada continúa interpelándonos. No sólo por su retrato de la posguerra, sino porque sigue hablando a quienes llegan a ciudades extrañas, a quienes atraviesan pérdidas, a quienes migran, a quienes se exilian, a quienes intuyen que la libertad puede consistir en buscar la entereza dentro de cada quien, cuando la vida parece mirarte de reojo o ignorarte: “…momentos en que la vida rompió delante de mis ojos todos sus pudores y apareció desnuda, gritando intimidades tristes, que para mí eran sólo espantosas…”. Una libertad fortalecida en medio de la precariedad de la pobreza material y de los delirios de distinción, una libertad sexuada en la que una mujer se separa conscientemente del destino de su sexo: “Tal vez el sentido de la vida para una mujer consiste únicamente en ser descubierta así, mirada de manera que ella misma se sienta irradiante de luz”.

Carmen Laforet.

Nada habla a las mujeres jóvenes insistiendo en la construcción de una cálida convivencia con la soledad, les habla del motor que es la rebeldía: “…que ha sido el vicio —por otra parte vulgar— de mi juventud, se convirtió más tarde en una obsesión”. Comunica y hace palpable el coraje cuando describe el hambre: “…No me refiero a los sucesos de la calle Aribau, que apenas influían ya en mi vida, sino a la visión desenfocada de mis nervios demasiado afilados por un hambre que a fuerza de ser crónica llegué casi a no sentirla”. Habla del valor de la amistad y de los vínculos entre mujeres, mostrando la complicidad de unas con el patriarcado, a la misma vez que deja ver las trampas de los pactos y el impacto de la violencia masculina. El dolor de la amiga perdida: “El recuerdo de Ena se me aparecía envuelto en tanta oscuridad y tristeza que llegaba a oprimirme más que todo aquello que me rodeaba”, y, también, la alegría inmensa de compartir la realidad con otra, el deseo, el tiempo, las horas, los terrores y todo cuanto se es, mostrándonos la amistad como un auténtico milagro.

La belleza en una mujer que no se pinta, que es de tez oscura, que tiene los ojos claros, una que prefiere el vagabundeo libre y que llegó a una ciudad a penas conocida, con una maleta llena de libros, así como lo han hecho otras; cargando zancos, llevando a cuestas el tambor que les recuerda su tierra o la libreta de recetas de su abuela.

Andrea sigue comunicándose con las jóvenes de hoy, es fascinante cómo Carmen Laforet expone una juventud marcada por la inquietud, la reflexión, el deseo y la insaciabilidad. La belleza en una mujer que no se pinta, que es de tez oscura, que tiene los ojos claros, una que prefiere el vagabundeo libre y que llegó a una ciudad a penas conocida, con una maleta llena de libros, así como lo han hecho otras; cargando zancos, llevando a cuestas el tambor que les recuerda su tierra o la libreta de recetas de su abuela. Una joven mujer que vivió el placer del pensamiento y del autoconocimiento: “Y a mí llegaban en oleadas, primero, ingenuos recuerdos, sueños, luchas, mi propio presente vacilante, y luego agudas alegrías, tristezas, desesperación, una crispación impotente de la vida y un anegarse en la nada. Mi propia muerte, el sentimiento de mi desaparición total hecha belleza, angustiosa armonía sin luz”.

Nada…

¡La libertad está antes que las ideologías! Andrea parece presentir con mucha claridad esta inmensa frase que, hace ya años, nos regaló la feminista italiana Carla Lonzi. La libertad de las mujeres fue, sin lugar a duda, tema y motivo de escritura para las mujeres en la España posfranquista, así, también, lo captaron escritoras como Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Elena Quiroga, entre otras, que dejaron para nuestros días relatos que condensan la juventud de las mujeres, el encierro y la asfixia moral del franquismo.

Nada es, en parte, la evidencia de la soledad, la fractura, la pérdida; hilos transversales en el relato, sistema óseo que sostiene el libro.

Nada, como una novela “existencial de posguerra”, se mueve en el terreno de la introspección; la prosa poética sostiene párrafos en el libro de inmensa belleza. Nada es, en parte, la evidencia de la soledad, la fractura, la pérdida; hilos transversales en el relato, sistema óseo que sostiene el libro. Sin embargo, Nada es, sobre todo, la experiencia de una mujer como el corazón de la narración, una escritura que dice de la libertad a través de una experiencia subjetiva inédita.

Tal vez por eso Nada sigue hablando con tanta fuerza a quienes la leen hoy. En sus páginas no hay heroínas extraordinarias, sólo la mirada lúcida de una joven que desea conocer y comprender el mundo, encontrar un lugar genuino dentro de él. Andrea discurre en una Barcelona gris, casi borrosa, pero en ese andar íntimo está implícito el deseo de pensar por sí misma. Acercarse a Nada es descubrir que, incluso en medio de la precariedad y la confusión, el deseo abre caminos. Quizá por eso vale la pena convidar —sobre todo a las jóvenes lectoras— a leer esta novela: porque en su silencio, en sus preguntas y en su poética rebeldía, resuena una voz propia. ®


[1] Carmen Laforet, Nada, edición Rosa Navarro Durán, Barcelona: Austral, , 2020. Todas las citas en este texto corresponden a esta edición.

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Publicado en: Libros y autores

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